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¿Qué pasa con el Guadiana a 5 metros en Ciudad Real?
El Guadiana y el Bullaque se desbordan en Ciudad Real, con pueblos en alerta, carreteras cortadas y embalses al límite tras lluvias fuertes.

El Guadiana y el Bullaque se desbordan en Ciudad Real, con pueblos en alerta, carreteras cortadas y embalses al límite tras lluvias fuertes.
El episodio ha tenido un número propio, casi una marca en la pared: el río Guadiana alcanzó los 5 metros de altura en Puebla de Don Rodrigo y rozó un pico de 804,96 metros cúbicos por segundo en el tramo de medición, mientras el río Bullaque se fue a 3,51 metros en Luciana con 502 m³/s. Fue el valor más alto del episodio de crecidas que viene apretando a la provincia y que estos días ha convertido la palabra “cauce” en algo menos académico y más físico: agua en los bajos, barro en la calle, pasos que desaparecen, caminos que ya no son caminos.
No ha sido un susto aislado, de esos que suben y bajan en una tarde. Lo que se ha visto es una crecida sostenida, con oscilaciones y picos, alimentada por un tren de borrascas y por una gestión de embalses que ha tenido que abrir salidas para ganar margen de seguridad. En la práctica, el río ha ido “ocupando” terreno: zonas bajas, márgenes, badenes, carreteras secundarias, huertas, fincas; y, en paralelo, los servicios de emergencia han ido moviendo fichas con avisos, cortes y despliegues para que el golpe se quedara en daños materiales.
Marta, Leonardo y el suelo empapado: por qué el agua no daba tregua
La explicación no cabe en una sola causa, y eso se nota en el mapa. Por un lado, las lluvias persistentes de temporales como Leonardo y Marta llegaron cuando la tierra ya estaba saturada; por otro, el sistema de presas del alto Guadiana y sus afluentes empezó a recibir aportes muy rápidos y, en algunos casos, muy voluminosos. Con el suelo empapado, parte del agua que antes “desaparecía” en el terreno dejó de hacerlo; se convirtió en escorrentía, en aportes directos al río, en arroyos que de pronto parecían ríos. Y ahí el cauce, que en invierno suele llevar músculo, se encontró con un exceso de peso, como una cuerda tensada demasiado tiempo. No era solo llover: era llover sobre lo ya mojado.
Ese patrón se vio con claridad en los datos intermedios, cuando el episodio aún no había tocado techo. En el tramo de Puebla de Don Rodrigo, por ejemplo, se registraron 372,87 m³/s y 3,65 metros en un momento de aparente estabilización; y en Luciana, el Bullaque mantenía 205,76 m³/s y 2,57 metros. Aguas abajo del embalse de la Torre de Abraham, el Bullaque seguía marcando 81,69 m³/s, y otros cursos como el río Bañuelos en Fernán Caballero aportaban caudales relevantes, con un sistema entero empujando a la vez. Incluso el río Guadalmez, ya más lejos del foco inmediato, seguía alto: 383,46 m³/s y 3,36 metros, después de haber superado los 1.000 m³/s en el momento más duro de las lluvias. Todo eso ayuda a entender por qué, cuando llegó el pico, no parecía una sorpresa: parecía la consecuencia.
El valle del Bullaque, en tensión: del aviso al barro
En El Robledo se vivió la versión más cruda de la crecida: agua entrando en zonas urbanas, diques levantados a contrarreloj, achiques, y una vigilancia que se pegaba a la piel. El momento más delicado se concentró en una madrugada en la que hubo que tirar un muro de la piscina municipal para que el agua no encontrara un tapón y buscara salida por donde no debía. Suena bestia, pero en una avenida así lo bestia puede ser, precisamente, lo que evita lo peor: abrir paso al agua antes de que lo abra ella sola. En el pueblo se mezcló el trabajo de los equipos con el de los vecinos, y esa mezcla —mangueras, sacos, pala y criterio— fue la diferencia entre “se inundó” y “se salvó”.
El alcalde Gustavo Ormeño describió el domingo como el primer día en semanas en el que se pudo dormir con algo parecido a calma, aunque con el aviso de fondo: el nivel baja, sí, pero el terreno queda tocado, aparecen hundimientos, se abre alguna grieta tonta donde ayer no había nada. En ese mismo contexto, la delegada de la Junta Blanca Fernández habló de una inundación sin precedentes en la zona, con una imagen que se repite mucho estos días: el cielo se abre, sale el sol, y lo que queda es el trabajo pesado, el de limpiar y recomponer. Se decidió retomar la actividad lectiva a partir del miércoles, aprovechando los festivos de carnaval como colchón logístico, y se insistió en que, pese a los cortes en carreteras secundarias, no había pueblos incomunicados.
ES-Alert: el aviso que llegó al móvil antes que el agua
Una parte clave de este episodio ha sido la cadena de avisos. El sistema ES-Alert se activó con carácter preventivo para seis localidades: Porzuna, El Robledo, Piedrabuena, Luciana, Puebla de Don Rodrigo y Arroba de los Montes. El mensaje se envió en un momento en que el caudal seguía creciendo y la ventana de riesgo se hacía más estrecha: era una forma de decir “la cosa va en serio” sin metáforas. La alerta no reemplaza el operativo, pero ordena la conducta: evita curiosos pegados al río, reduce coches en pasos delicados, y permite que, si hay que actuar de madrugada, la gente no se despierte por el golpe del agua, sino por el aviso.
En Retuerta del Bullaque y en núcleos cercanos como Pueblo Nuevo del Bullaque o El Torno (pedanías donde el río se siente al lado), la subida fue seguida casi minuto a minuto. En la zona de baño de El Torno se describió el inicio de inundaciones y se pidió prudencia; en Pueblo Nuevo del Bullaque, la alcaldesa Rosa Campos llegó a subrayar que era la primera vez que se recibía una alerta de ese tipo, un detalle que no es menor porque habla de la excepcionalidad del episodio. Y, mientras, los cortes se iban acumulando: carreteras provinciales, tramos comarcales, pasos por desbordamiento, con vigilancia de Guardia Civil y mantenimiento, porque el agua no solo corta: también debilita el asfalto por debajo y deja trampas.
Carreteras, viviendas y campo: el inventario real de los daños
El agua no se queda en el cauce cuando el cauce se le queda pequeño, y en este episodio el daño ha sido muy concreto. Hubo cortes por desbordamiento en vías provinciales como la CR-413 entre Los Pozuelos y Luciana, la CR-721 entre Piedrabuena y Arroba, o la CM-4017 entre El Molinillo y Retuerta, además de afectaciones en la N-401 a la entrada de Fuente el Fresno. Son nombres de carreteras que, en el día a día, funcionan como arterias discretas: llevan trabajadores al campo, conectan pedanías, sostienen logística de granjas y cooperativas. Cuando se cortan, el impacto no hace ruido en una capital, pero se nota en cada kilómetro de desvío, en cada tractor parado, en cada ruta que ya no se puede hacer. La provincia se vuelve más grande de golpe.
En Piedrabuena, además, se vivió una escena extraña, casi de película húmeda: agua brotando del suelo en la zona alta, vinculada a un acuífero. Los bomberos tuvieron que achicar en viviendas antiguas, y el alcalde José Luis Cabezas explicó que incluso hubo que forzar la puerta de una casa donde no vivía nadie para evitar daños mayores. Este tipo de incidencia tiene un mensaje claro: no basta con mirar el río; el agua también puede aparecer por donde el terreno la empuja cuando todo el subsuelo está cargado. Y eso complica la gestión, porque obliga a vigilar puntos que, en condiciones normales, ni se consideran “zonas inundables”.
La presión sobre el campo fue otra constante. En Malagón, el desbordamiento de arroyos como Bañuelos, Cambrón y La Laguna dejó caminos rurales impracticables y frenó tareas agrícolas, incluida la campaña de la aceituna. El alcalde Adrián Fernández fue especialmente duro con la Confederación Hidrográfica del Guadiana al denunciar un abandono de los cauces y falta de limpieza que, según su versión, habría agravado atasques en puentes y anegado las zonas más bajas. En paralelo, la protectora San Francisco de Asís tuvo que reubicar animales por la entrada de agua; su presidenta Nieves Carretero habló de desborde organizativo, de urgencia práctica, de trasladar como se puede cuando el agua entra hasta donde no debería entrar nunca.
Las presas, en primer plano: aliviar para no reventar
Una crecida así también se cuenta desde arriba, desde los embalses que están diseñados para laminar avenidas y ganar tiempo. La pieza central en este episodio ha sido la Torre de Abraham, el mayor embalse de la cuenca oriental del Guadiana en la provincia. Empezó a desembalsar por tercera vez desde su recrecimiento de finales de los 90, y lo hizo tras una subida rapidísima de reservas: el 22 de enero almacenaba 121,6 hm³ (66,3%) y, en apenas 15 días, sumó 61,8 hm³ más. Su capacidad total es de 183,4 hm³, está en la cabecera del Bullaque dentro del término de Retuerta del Bullaque y muy cerca del Parque Nacional de Cabañeros, y recibe aportes del propio Bullaque y de su afluente Milagro. La estructura, de hormigón, tiene 34,5 metros sobre el cauce y una coronación de 514 metros tras el recrecimiento; detalles que importan porque, en episodios así, la seguridad se mide en cifras frías.
Desde el punto de vista del territorio, Torre de Abraham no es “solo” un embalse: es abastecimiento de la Mancomunidad del Valle del Bullaque, riego de miles de hectáreas, garantía para Ciudad Real y su comarca en sequías largas, apoyo al caudal ecológico del Bullaque. Por eso, cuando desembalsa, la conversación pública se vuelve tensa: hay quien ve la maniobra como amenaza inmediata y quien la ve como medida necesaria para evitar un escenario peor. La clave es que ambas percepciones pueden convivir, porque el desembalse puede ser imprescindible y, a la vez, generar un riesgo real aguas abajo si coincide con aportes de lluvia y cauces ya cargados. En este episodio, esa coincidencia se dio.
Vicario, Gasset, Jabalón y Puerto de Vallehermoso: el sistema entero respirando
El movimiento no fue exclusivo de Torre de Abraham. Se informó de cinco presas aliviando agua en Castilla-La Mancha: Puerto de Vallehermoso en el río Azuer, con apertura parcial de compuertas de aliviadero y total de desagües de fondo; el embalse de Gasset en el río Becea, con apertura parcial; el embalse del Vicario, con apertura parcial de desagües de fondo y compuertas; la presa de Vega del Jabalón, con aliviado natural por aliviadero con compuertas abiertas; y la propia Torre de Abraham, con aliviado natural por aliviadero sin compuertas. Son fórmulas distintas, pero todas buscan lo mismo: que el embalse no se quede sin margen cuando el cielo insiste.
En el caso de El Vicario, además, se describió un desembalse controlado para “hacer hueco” ante nuevas avenidas: el embalse había duplicado reservas en dos semanas y se abrieron desagües con un caudal inicial de 25,3 m³/s, con estimación de llegar a 50 m³/s, un agua que se iba a notar pronto en el humedal de Peralvillo (Miguelturra) y en el propio Guadiana. En paralelo, se hablaba del peso que tuvo Gasset como aporte definitivo para esa subida. Esta es la parte poco vistosa de la historia: compuertas, números y decisiones técnicas… pero es la que determina si el golpe se queda en anegamientos o escala a algo más serio.
Emergencias en marcha: PRICAM, UME y la desescalada
La respuesta institucional fue subiendo de nivel al ritmo del agua. El Plan Especial de Protección Civil ante el Riesgo de Inundaciones en Castilla-La Mancha, el PRICAM, se activó y llegó a situarse en emergencia, con un Centro de Coordinación Operativa Integrado (CECOPI) reuniéndose para ajustar recursos, comunicaciones y prioridades. El domingo 15 de febrero, con la estabilización de caudales y desembalses y previsiones meteorológicas más favorables, se decidió rebajarlo a Situación Operativa 1 tras una reunión dirigida por el consejero Juan Alfonso Ruiz Molina, con presencia del vicepresidente primero José Luis Martínez Guijarro y del delegado del Gobierno José Pablo Sabrido, entre otros responsables. En esa misma decisión entró la desmovilización de la Unidad Militar de Emergencias y la retirada del Puesto de Mando Avanzado de Porzuna, un síntoma claro: la emergencia se enfriaba, aunque no se apagaba del todo.
El dato de incidencia ayuda a dimensionar el episodio sin dramatismos: desde el 5 de febrero, el 112 contabilizó 418 incidencias hasta las 14.00 del día 15, la mayoría por inundaciones y obstáculos en calzadas o vía pública, con 7 carreteras aún cortadas en ese momento (6 en Ciudad Real y una en Albacete). La Junta mantuvo recursos movilizados por si el escenario se torcía, y se habló de trabajos de limpieza y bombeo tanto en Talavera como en El Robledo, con apoyo de INFOCAM y TRAGSA. Aquí el matiz importa: bajar de nivel no significa “fin”; significa que la amenaza inmediata pierde filo, pero la provincia se queda con barro, daños y un suelo frágil que, con otra lluvia fuerte, vuelve a dar sustos.
El Guadiana río abajo: cuando la crecida cruza fronteras
La historia no termina en la provincia. El Guadiana es un corredor largo y, cuando aprieta en un tramo, reverbera aguas abajo, incluso con escenarios distintos. En Extremadura, en las inmediaciones de Arroyo de San Serván, equipos acuáticos de Cruz Roja Extremadura participaron en el rescate de cerca de 100 ovejas que llevaban seis días aisladas, sin comida y con riesgo por la subida del caudal. El propietario, Juan Eduardo, se convirtió sin quererlo en protagonista de una escena que resume bien la lógica del río cuando crece: no solo afecta a carreteras o bajos urbanos; también crea islas improvisadas en fincas y pone en jaque explotaciones enteras.
Y en Castilla-La Mancha, casi al mismo tiempo, se hablaba de misiones para llegar con zódiacs a una finca llamada El Sotillo, donde un ganadero se había quedado atrapado con 120 ovejas en pleno episodio de inundaciones. Son dos postales distintas —una más urbana, otra más rural—, pero la misma mecánica: cuando el río se sale, la vulnerabilidad se reparte por el terreno como una mancha, sin respetar el uso del suelo ni el calendario. Hoy te corta una carretera; mañana te encierra un rebaño.
Obras, reproches y el “después” que ya ha empezado
Con el nivel bajando, lo que entra ahora es el debate sobre responsabilidades y prevención, y no es un debate menor. Alcaldes como Adrián Fernández, en Malagón, han puesto el foco en la limpieza de cauces y en el mantenimiento de pasos y puentes que, en su relato, actuaron como tapón durante el temporal. Este tipo de reclamaciones suelen aflorar tras cada crecida: dónde se actuó, dónde no, qué se podría haber evitado con una motodesbrozadora a tiempo, qué es competencia municipal, qué recae en la confederación, qué exige inversión de largo recorrido y qué se arregla con mantenimiento ordinario. El agua, además de daño, deja facturas políticas.
En el Campo de Calatrava apareció otra cara, menos ruidosa pero igual de relevante: el embalse de Vega del Jabalón, castigado por años de mínimos, recogió del orden de 15 hm³ durante el temporal, y el alcalde de Almagro, Francisco Ureña, lo describió como un alivio tras un periodo largo de incertidumbre por el abastecimiento. En su horizonte inmediato pesa también la obra del ramal de la tubería manchega prevista para marzo, una infraestructura que, en años secos, se vive como salvavidas. Es una paradoja típica de la cuenca: en la misma semana conviven el miedo a la inundación y el alivio por la reserva, el “nos sobra” y el “por fin tenemos”. La gestión del agua en La Mancha siempre va con doble filo.
Baja el nivel, sigue la vigilancia
El Guadiana ya no está en su pico, el Bullaque respira mejor y el sol ha asomado, pero la foto final todavía se está revelando. Quedan carreteras secundarias tocadas, taludes blandos, zonas anegadas que tardan días en drenar, y un territorio que ha aprendido —a la fuerza— que una crecida no se mide solo en centímetros de regla, sino en noches en vela, en muros que se tiran para salvar casas, en animales que hay que mover con barca, en diques que se levantan con manos de vecino y en decisiones técnicas de presa que, bien tomadas o tarde tomadas, cambian el resultado. En El Robledo ya se habla de reconstrucción y de limpieza, y el simple hecho de poder decirlo —sin evacuaciones masivas ni víctimas— es, dentro del golpe, un balance contenido.
El episodio deja también una advertencia práctica, casi incómoda por lo obvia: con el suelo cargado y los embalses aún gestionando aportes, el riesgo puede volver con otra tanda de lluvia fuerte, aunque sea breve. Por eso, incluso en desescalada, los responsables regionales insistieron en mantener recursos listos y en no bajar la guardia en puntos sensibles. En esta cuenca, cuando el agua decide ocupar el terreno, lo hace rápido; y cuando se retira, deja el terreno débil, como si hubiera cambiado la textura del paisaje. La crecida pasa; las consecuencias se quedan un tiempo.

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