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¿Putin pierde pie? Nadezhdin ve grietas en el régimen

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el presidente ruso putin en un meeting en 2021

Boris Nadezhdin ve grietas en el poder de Putin: guerra, censura digital y desgaste interno tensan un régimen menos sólido de lo que aparenta

Boris Nadezhdin ha puesto por escrito algo que en la Rusia oficial suele decirse en voz baja, con la puerta cerrada y el móvil lejos de la mesa: el sistema construido por Vladímir Putin ya no transmite la misma solidez de hace unos años. El opositor ruso, vetado en las presidenciales de 2024 pese a haber reunido un apoyo visible y nada menor, sostiene que el poder en Moscú empieza a cometer más errores, castiga a más cuadros propios y se atasca al gestionar una guerra interminable, una economía menos brillante y un control digital que irrita a casi todo el mundo, desde estudiantes hasta empresarios. En paralelo, el Kremlin ha tenido que lidiar con el coste político de los cortes de internet móvil, del bloqueo de WhatsApp, de las trabas a Telegram y de la ofensiva contra las VPN, en un momento especialmente delicado por el desgaste social y por las elecciones parlamentarias previstas para este otoño.

Lo relevante no es solo que Nadezhdin critique a Putin. Eso, en Rusia, ya es un gesto de riesgo. Lo verdaderamente incómodo para el Kremlin está en el diagnóstico: no habla de una caída inminente ni de un derrumbe de película, con banderas arrancadas y estatuas por el suelo; habla de fatiga, de torpeza acumulada, de un poder que sigue siendo enorme pero que reacciona peor, escucha menos y se encierra más. Ahí está la clave. Los regímenes muy personalistas no suelen romperse de golpe al primer golpe de viento; antes se vuelven más rígidos, más desconfiados, más lentos. Y al endurecerse, paradójicamente, enseñan la costura. Eso es lo que Nadezhdin cree estar viendo en la Rusia de 2026: un sistema todavía capaz de mandar, detener, censurar y ganar elecciones sin competencia real, pero menos capaz de convencer, seducir o incluso fingir normalidad.

Un opositor pequeño con un mensaje incómodo

Nadezhdin no es Alexéi Navalni, ni pretende serlo. Su perfil político es distinto, su tono también. Viene de la política institucional rusa, fue diputado de la Duma entre 1999 y 2003 y durante años orbitó en los márgenes tolerados del sistema. Precisamente por eso su figura tiene interés. No es un revolucionario romántico ni un exiliado que dispara desde lejos. Es, más bien, un político de vieja escuela que conoce por dentro la maquinaria del Estado ruso y que en 2024 sorprendió al convertir una candidatura casi testimonial en un punto de encuentro para el voto cansado de guerra y de unanimidad obligatoria.

Aquel episodio dejó dos lecturas. La primera, obvia: en la Rusia actual no hay espacio para una competencia electoral real si el aspirante cuestiona la guerra o el núcleo del poder presidencial. La segunda fue menos cómoda para el Kremlin: incluso dentro de un ecosistema político controlado, existe una demanda visible de otro discurso. Nadezhdin no tenía aparato, ni televisión a favor, ni un acceso limpio a las instituciones. Aun así, consiguió colas, atención, firmas, conversación pública. En un país donde la resignación política ha sido durante años una especie de clima, casi una humedad permanente, aquello fue una anomalía. Pequeña, sí. Pero anomalía al fin y al cabo.

Por eso sus palabras pesan más de lo que sugeriría su tamaño electoral. Cuando afirma que el sistema se degrada, que la represión empieza a golpear con más frecuencia a alcaldes, vicegobernadores o cuadros regionales, no está construyendo solo un relato opositor. Está señalando un movimiento clásico de las autocracias maduras: cuanto más difícil resulta sostener una apariencia de estabilidad, más intensa se vuelve la disciplina interna. Ya no se trata únicamente de neutralizar al enemigo declarado. Se trata de vigilar a los propios, podar ambiciones, mandar mensajes, recordar quién manda. El resultado es un poder que se protege tanto que acaba pareciéndose a un castillo lleno de pasillos oscuros. Desde fuera impresiona. Desde dentro, agota.

La guerra larga ya no cabe en la propaganda

El segundo gran punto del análisis de Nadezhdin tiene nombre y fecha, aunque en Moscú sigan prefiriendo la expresión “operación militar especial”. La guerra contra Ucrania supera ya los 1.500 días y, aunque el Kremlin mantenga el control del relato central, el conflicto ha dejado de ser un telón de fondo remoto para convertirse en una condición estructural de la vida rusa. Eso cambia todo. Cambia la economía, cambia la censura, cambia la jerarquía de prioridades del Estado y cambia, sobre todo, la paciencia social. Una guerra corta puede venderse como sacrificio. Una guerra larga empieza a parecer un impuesto emocional permanente.

Ahí Nadezhdin toca una fibra sensible cuando sostiene que una mayoría de rusos quiere que aquello termine de alguna manera. No porque de pronto se haya instalado una cultura pacifista de masas —eso sería una simplificación ingenua—, sino porque la guerra eterna tiene un coste cotidiano demasiado ancho. Los muertos y heridos golpean a unas familias concretas, las movilizaciones afectan más a unas regiones que a otras, pero el clima de excepcionalidad, la sensación de país sitiado y el cansancio moral ya se extienden mucho más. El problema para el Kremlin es que el patriotismo administrado funciona mejor cuando promete victoria clara, horizonte reconocible y recompensa simbólica. Cuando la guerra se eterniza, el discurso empieza a sonar como una cinta gastada.

El frente deja de ser una abstracción

Durante mucho tiempo, Putin logró algo decisivo: separar la guerra de la vida ordinaria de una gran parte de la población. Que el conflicto existiera, sí, pero a distancia; que la televisión lo convirtiera en una coreografía de mapas, avances parciales y retórica geopolítica; que Moscú, San Petersburgo y otras grandes ciudades pudieran seguir respirando una normalidad más o menos utilizable. Esa operación política fue muy eficaz. El problema es que las guerras largas tienen el vicio de filtrarse por todas las rendijas. Primero por la economía. Luego por la seguridad. Después por internet. Y al final por la conversación doméstica, que es donde los regímenes autoritarios suelen tener más dificultades para entrar del todo.

En ese punto, la propia agenda del Kremlin delata la tensión. La ofensiva para controlar mejor el espacio digital, el refuerzo del FSB, la presión sobre las plataformas extranjeras y la normalización de interrupciones de comunicación no son simples medidas técnicas. Son síntomas de un poder que se prepara para un país más nervioso. El problema es que, aunque la seguridad sea una coartada creíble en parte, la vida diaria de millones de personas ha quedado atrapada en ese torniquete. La guerra, que durante un tiempo podía vivirse desde el sofá como un espectáculo patriótico a distancia, se ha convertido en una estructura de fondo que altera el trabajo, la conversación y el humor del país.

Internet cortado, negocio parado, enfado real

Si la guerra erosiona a largo plazo, el corte digital enfada a corto plazo. Y eso, políticamente, a veces pesa más. Un país puede absorber mucha propaganda sobre grandeza histórica, amenazas externas o soberanía civilizatoria. Lo que encaja peor es que de repente falle el móvil, no entren los mensajes, el negocio no cobre, el estudiante no pueda enviar un archivo, el taxista pierda carreras y la madre no sepa si su hijo ha llegado. Ahí la ideología se vuelve secundaria. Lo primero es el fastidio puro. Casi físico.

Nadezhdin acierta cuando subraya que la desconexión de internet golpea a “prácticamente todos”. Esa es la parte más peligrosa para el Kremlin. La guerra puede vivirse como algo lejano para una parte del país. La represión política también, mientras no toque a la puerta propia. Pero la asfixia digital mete la mano en el bolsillo, en la rutina y en el sistema nervioso al mismo tiempo. No hablamos solo del enfado del ciudadano de a pie; hablamos también de una irritación que ha subido escaleras arriba, hacia empresarios, gestores regionales y sectores del aparato que no ven con entusiasmo un país funcionando a trompicones.

Hay algo casi irónico en todo esto. El Estado ruso ha convertido Telegram en un espacio ambiguo: útil para la propaganda, útil para la guerra informativa, útil incluso para voces ultrapatriotas, pero también peligroso porque funciona como una plaza pública semidescontrolada. Intentar cerrar de golpe esa válvula no era gratis. Tampoco lo era empujar a la población hacia MAX, la nueva mensajería respaldada por el Estado, que muchos observan con la confianza con la que se mira un micrófono encendido en mitad del salón. El Kremlin niega que pretenda usar esa vía para vigilar mejor a los usuarios. La sospecha, en cambio, ya está instalada. Y en política rusa la sospecha suele valer casi tanto como la prueba.

Ese es uno de los motivos por los que la crítica de Nadezhdin resulta tan punzante. No presenta a Putin como un estratega frío que endurece el sistema porque sabe exactamente adónde va. Lo presenta como un dirigente atrapado en su propio método: centraliza demasiado, decide demasiado y entiende peor la complejidad de la sociedad que gobierna. La frase tiene veneno porque cuestiona la mitología central del putinismo, esa imagen de mando absoluto asociado a eficacia, control y olfato táctico. Un poder que no comprende cómo funciona el mundo moderno puede seguir siendo peligroso, desde luego. Pero deja de parecer infalible.

La comparación con España y Portugal no es casual

Cuando Nadezhdin menciona a España y Portugal no está haciendo turismo intelectual ni repartiendo halagos mediterráneos. Está marcando un marco mental. La idea es sencilla: los regímenes autoritarios personalistas no solo terminan con explosiones revolucionarias, guerras civiles o colapsos imperiales; a veces derivan, tarde y mal, hacia una salida negociada, institucional, menos épica y bastante más aburrida. Aburrida en el mejor sentido. Es decir, una salida sin cataclismo nacional. Eso es lo que él dice querer para Rusia.

La comparación tiene límites, por supuesto. La Rusia de Putin no es la España de Franco ni el Portugal salazarista, entre otras cosas porque el contexto internacional, la estructura del Estado, la dimensión territorial, el peso militar y el tipo de sociedad son radicalmente distintos. Pero la referencia sirve para entender el punto político de fondo. Nadezhdin no está apelando a una demolición súbita del régimen, ni a una escena de 1917 o de 1991, dos fechas que en la memoria rusa arrastran más trauma que romanticismo. Lo que defiende es otra cosa: que el cambio llegue antes de que el país pague un precio histórico todavía mayor, y que llegue por una apertura electoral real, paulatina, incluso imperfecta. Muy poco heroico. Muy difícil. Y quizá, precisamente por eso, lo más serio que puede decir hoy un opositor con aspiraciones institucionales.

En esa línea, su observación sobre el “imperialismo” como enfermedad generacional resulta especialmente incómoda. Porque no reduce el problema a Putin como individuo. Señala una cultura política arraigada, una forma de mirar el poder, el territorio y la relación con los vecinos que no desaparece con un cambio de cara en el Kremlin. Ahí hay un matiz importante. El putinismo no es solo Putin. Es una arquitectura de Estado, una pedagogía nacional y una cadena de intereses que va mucho más allá de un solo hombre. De ahí que Nadezhdin hable en términos de generaciones y no de milagros instantáneos. Sabe que la descompresión de un país así no se resuelve con una noche electoral ni con una dimisión televisada.

Septiembre, la siguiente prueba del sistema

La próxima gran estación política rusa no será una presidencial con resultado cantado. Será, salvo sobresalto mayor, la batalla parlamentaria de septiembre. Y eso cambia el tipo de tensión. En unas legislativas no está en juego el puesto de Putin, pero sí algo muy importante para el Kremlin: la administración del malestar. Unas elecciones de este tipo sirven para medir la disciplina territorial, el humor de las regiones, la capacidad de movilización del partido oficial y el margen real para maquillar descontentos sin que el decorado cruja demasiado.

Por eso los recientes movimientos del Kremlin alrededor de internet parecen también una operación preventiva. Las restricciones se han justificado por seguridad, sí, pero el propio poder ha dado señales de que no puede ignorar el coste político de esa estrategia. El detalle importa mucho. Un régimen seguro de sí mismo no corrige el tono por un puñado de quejas digitales. Un régimen atento al termómetro sí.

A esa tensión se suma el deterioro económico relativo. Rusia no se ha hundido como algunos pronósticos occidentales aventuraron al inicio de la invasión, eso conviene recordarlo porque la caricatura tampoco ayuda a entender nada. Pero el cuadro ya no luce igual. El crecimiento se ha frenado de forma visible y sostener guerra, control político, gasto estatal y apariencia de estabilidad empieza a exigir más esfuerzo. No es un colapso. Es otra cosa: un aviso de cansancio, una pérdida de tracción.

Eso ayuda a entender mejor el momento descrito por Nadezhdin. La debilidad del sistema no tiene por qué expresarse hoy en forma de protesta masiva, fractura visible o desafío frontal al presidente. Puede manifestarse como suma de fricciones: más censura y menos eficacia, más miedo y menos credibilidad, más control y menos obediencia espontánea. Un vicegobernador detenido aquí, un alcalde arrestado allá, una élite económica que protesta en privado, un usuario furioso porque Telegram no carga, un comerciante que pierde dinero por un apagón digital, una familia que solo quiere que la guerra se acabe y que deja de escuchar con la misma devoción el discurso de siempre. Así se desgasta un régimen largo: por acumulación.

Donde empiezan de verdad las grietas

Putin sigue mandando. Mucho. Lleva en el poder, como presidente o primer ministro, desde finales de 1999; ha blindado el sistema institucional a su medida y ha construido una maquinaria política diseñada para que el centro no se discuta. No hay hoy en Rusia una alternativa organizada con capacidad inmediata de disputarle el corazón del tablero. Conviene decirlo así, sin literatura de resistencia prefabricada. La estructura del poder ruso continúa siendo dura, vertical y eficaz cuando se trata de bloquear rivales reales.

Pero una cosa es mandar y otra muy distinta gobernar sin fricción. Ahí es donde el mensaje de Nadezhdin resulta más interesante que su peso electoral actual. Lo que describe no es el final del putinismo, sino el inicio de una etapa más incómoda para él. Un régimen que necesitaba parecer ordenado empieza a proyectar cansancio. Un presidente que basó buena parte de su legitimidad en la estabilidad se enfrenta a un país más caro, más censurado, más fatigado y menos convencido. Y un sistema que presumía de control absoluto ha tenido que explicar, casi disculparse, por qué deja a media población mirando una pantalla que no responde.

Eso no significa que el cambio sea inminente. Significa algo más sobrio, y tal vez más serio: que la fortaleza del Kremlin ya no parece tan limpia como antes. Las grietas no tiran un muro en un día. Primero hacen ruido. Luego dejan entrar el frío. Y a veces basta con que todo un país empiece a notar esa corriente.

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