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Grazalema se vacía por Leonardo: ¿evacuarán más pueblos?

Evacuación total en Grazalema por riesgo de hundimientos, Es-Alert por el Guadalete y desalojos en Córdoba mientras Leonardo afloja a ratos. Andalucía llega al final de este jueves, 5 de febrero, con la emergencia creciendo por acumulación, no por sorpresa.

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Grazalema se vacía por Leonardo

Evacuación total en Grazalema por riesgo de hundimientos, Es-Alert por el Guadalete y desalojos en Córdoba mientras Leonardo afloja a ratos.

Andalucía llega al final de este jueves, 5 de febrero, con la emergencia creciendo por acumulación, no por sorpresa. Los desalojos suben y la cifra total se mueve ya por encima de las 5.500 personas, porque a las 4.000 contabilizadas por Emergencias 112 a mediodía se añade la evacuación de unas 1.500 vecinas y vecinos de Grazalema (Cádiz), el municipio señalado por la Junta como “epicentro” de un episodio continuado de lluvias. La foto de ahora mismo es clara: un pueblo entero que se organiza para salir, ríos y arroyos que siguen tensos, y un operativo repartido por varias provincias, con decisiones que se toman por riesgo, no por estética del susto.

Para mañana, viernes 6 de febrero, no se espera una ruptura limpia del temporal, sino una tregua relativa: lluvia más intermitente en muchas zonas, temperaturas algo más bajas en sierra y viento todavía con rachas capaces de causar incidencias. El problema no es solo lo que pueda caer del cielo, sino lo que ya se ha quedado dentro: suelo saturado, acuíferos llenos, laderas blandas y ríos que pueden seguir altos por la combinación de aportes y gestión de embalses. La previsión inmediata es, por tanto, de vigilancia sostenida, con margen para estabilizar y revisar, pero sin bajar la guardia en los puntos críticos.

Grazalema, el pueblo-esponja que ya no absorbe

La evacuación de Grazalema se ha presentado como una medida preventiva y, a la vez, como un mensaje: cuando el subsuelo entra en la ecuación, no se negocia con el tiempo. Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, ha explicado que se ha tomado la decisión “por prevención” y ha pedido calma y seriedad para llevarla a cabo “de manera ordenada, por zonas y con la máxima cooperación de todas las administraciones”. Junto al alcalde Carlos García, Moreno ha insistido en que la prioridad absoluta es mitigar el riesgo para la población, y ahí la palabra clave es riesgo, no comodidad: salir para evitar que el terreno dicte sentencia.

Los datos que se manejan sobre el episodio en Grazalema son de esos que se recuerdan a largo plazo. El municipio ha recibido lluvias récord, con un acumulado de más de 600 litros por metro cuadrado desde el miércoles, sumados a un enero ya muy cargado de precipitaciones. En la práctica, esto significa que el terreno ya no funciona como esponja; funciona como un recipiente lleno. Lo que antes se filtraba y se distribuía, ahora se queda, pesa, empuja y busca salida, y ahí aparece el miedo principal: hundimientos en un municipio de sierra donde una calle que cede puede afectar a otra, donde un pequeño movimiento puede tensar muros, firmes y conducciones.

La evacuación, por zonas y con traslado asistido a Ronda

El consejero de Presidencia y Emergencias, Antonio Sanz, ha concretado que las nuevas medidas se coordinan desde la Agencia de Emergencias de Andalucía (EMA) junto al Ayuntamiento y la Guardia Civil, con un plan de evacuación para unas 1.500 personas ante el riesgo de hundimientos. La salida se plantea durante la tarde, por zonas, y con especial atención a personas vulnerables, encamados y electrodependientes, que requieren un traslado más lento y, a veces, medicalizado. Esto no es una coletilla: en una evacuación masiva, quien depende de un aparato o de una asistencia constante no puede improvisar, y por eso se organiza primero lo más frágil.

El punto de acogida previsto es el pabellón de El Fuerte de Ronda (Málaga), con Cruz Roja desplegando recursos. El operativo contempla autobuses y otros vehículos, además de la opción de desplazamiento en coche propio para quienes lo tengan. No es un detalle menor: en pueblos, el coche es parte de la vida diaria; en evacuación, es parte del control del propio miedo. Para quien no dispone de vehículo, el autobús convierte la salida en algo más colectivo, más visible, casi más definitivo, y por eso el dispositivo insiste en orden, turnos, acompañamiento y coordinación con el Ayuntamiento.

En Grazalema, además, el peligro no se reduce a “puede entrar agua en tal calle”. Se ha hablado de situación geológica y de acuíferos colmatados porque el riesgo es más difícil de anticipar: el terreno saturado puede ceder sin una lámina de agua que lo anuncie. En un pueblo de sierra, un hundimiento no necesita convertirse en cráter; basta con que un firme se abra, que una ladera se mueva unos centímetros o que un muro de contención pierda estabilidad para que una calle entera pase a ser insegura. Por eso la decisión se toma antes del golpe, y por eso se ha insistido en que el traslado no es voluntario, sino una medida dirigida para reducir el peligro.

Guadalete y desembalses: cuando las presas tienen que respirar

Mientras Grazalema se vacía por miedo al subsuelo, en Cádiz la preocupación baja hacia los cauces. La Agencia de Emergencias ha remitido este jueves, pasada la una de la tarde, un nuevo mensaje Es-Alert a los teléfonos móviles de quienes se encuentran en el entorno del Guadalete, en Jerez de la Frontera y El Puerto de Santa María. La alerta advertía de desembalses extraordinarios en las presas de Bornos y Arcos, con expectativa de gran crecida del río, y pedía a la población abandonar y alejarse de cualquier zona inundable; si no fuera posible, subir a plantas superiores o buscar zonas elevadas. El aviso no llega con poesía, llega con urgencia funcional: aléjate del agua porque el agua va a aumentar.

Los desembalses tienen mala prensa porque se ven como “más agua”, pero en realidad son parte de la gestión para evitar algo peor: cuando el embalse recibe un volumen de entrada demasiado alto, necesita liberar caudal para recuperar margen de seguridad. Dicho en corto, la presa respira. El problema es que esa respiración se siente aguas abajo, donde el cauce puede pasar de “río crecido” a “río que se desborda” en poco tiempo, sobre todo si el suelo ya no absorbe y cualquier aportación extra se transforma en lámina rápida, marrón y pesada.

En ese contexto, la Junta ha analizado nuevas medidas con Puestos de Mando Avanzados (PMA) desplegados en distintos puntos, y se han activado desalojos en Arcos de la Frontera, El Puerto y Jerez. Son desalojos preventivos, pero su efecto social es real: un barrio o una zona rural se vacía, los caminos se cortan, las parcelas quedan a merced del agua y la sensación de seguridad cambia de forma radical. Lo que hoy se vive en Cádiz no es una tormenta puntual; es una gestión de caudal, de movimiento de agua y de límites del terreno.

En la trastienda de esos desalojos hay otra historia: la logística. Guardia Civil, policías locales, protección civil y voluntarios coordinan salidas, revisan viviendas, ayudan a mover a quien no puede, y también lidian con esa resistencia silenciosa que aparece siempre: quien no quiere dejar animales, quien teme por su casa, quien ya vivió una crecida y confía en aguantar “un poco más”. En una emergencia de agua, “un poco más” a veces es el error. La utilidad del Es-Alert es precisamente reducir ese margen de autoengaño, meter un dato seco en el bolsillo y obligar a actuar antes de que el río lo haga por su cuenta.

Guadalquivir en alerta: Córdoba mira al río grande y a sus orillas

En la provincia de Córdoba, el comité asesor provincial del plan de emergencias ha decidido el desalojo de las zonas inundables de todos los municipios de la cuenca del Guadalquivir, incluidas las nueve zonas inundables de la capital cordobesa. Es una medida de calibre: no se trata de un barrio aislado, sino de un criterio territorial, como si el río marcara una frontera nueva. Y cuando se menciona al Guadalquivir, se menciona un cauce con memoria, un río que no solo inunda; también condiciona movilidad, servicios y accesos cuando se pone serio.

La situación en Córdoba se entiende mejor con una idea simple: el río no actúa solo. Está el caudal del propio cauce y están los aportes de arroyos y afluentes, más la escorrentía de laderas empapadas. Cuando el episodio de lluvias es continuado, el sistema entero se vuelve más sensible. Por eso, aunque mañana llueva menos en algunos puntos, la tensión puede mantenerse; el agua tarda en salir de los suelos y tarda en recorrer el camino hasta el río grande. De ahí la insistencia en evacuar lo inundable antes de que se convierta en trampa.

Además, desde el 27 de enero se encadena una sucesión de borrascas que ha conllevado más de 7.500 emergencias coordinadas por el 112 en Andalucía, con incidencias por inundaciones, derrumbamientos y deslizamientos, además de problemas en la red de carreteras y ferroviaria. Esa cifra ayuda a entender el desgaste: no es un día malo, es una secuencia larga. En una secuencia larga, el territorio se fatiga: los taludes se debilitan, las cunetas colapsan, las vías secundarias se convierten en arterias improvisadas y cada nueva lluvia cae sobre un sistema ya tocado.

En esta fase, la movilidad es casi un indicador sanitario. Carreteras cortadas por agua o barro significan menos acceso para emergencias y más aislamiento para algunas zonas rurales; incidencias ferroviarias significan reorganización de horarios y presión sobre alternativas. No hace falta convertirlo en apocalipsis: basta con asumir que, con inundaciones y deslizamientos activos, la red se vuelve frágil y las decisiones de protección civil se toman con el mapa en la mano, no con intuiciones.

Málaga, Granada y Jaén: rescates, barro y laderas inquietas

En Málaga, la emergencia tiene también una cara humana concreta: la búsqueda de una mujer que este miércoles cayó a un río al intentar salvar a su perro en Sayalonga. El operativo ha trabajado a lo largo de unos cinco kilómetros del río Turvilla, entre Sayalonga y la localidad vecina de Algarrobo, en una búsqueda que mezcla técnica y resistencia física: cauce cambiante, agua turbia, corriente más rápida de lo habitual, vegetación que engancha y puntos donde un cuerpo podría quedar atrapado sin ser visto desde la orilla. La imagen es dura porque no es abstracta: es gente rastreando agua fría y marrón mientras el temporal sigue.

Ese caso enlaza con un patrón repetido en temporales: la combinación de corriente y confianza. La confianza de acercarse por un animal, por un objeto, por una necesidad inmediata. Luego, la realidad del agua: no empuja como un coche; empuja como una pared móvil. En el mismo tramo de horas, Málaga ha acumulado incidencias por inundaciones y cortes, y el operativo de emergencia se reparte entre lo urgente de los rescates y lo constante de la prevención.

En Granada y Jaén, los efectos se han notado con derrumbes, deslizamientos y problemas en la red viaria. Aquí la palabra “inundación” a veces se queda corta: muchos incidentes llegan por laderas que se mueven, cunetas que se convierten en ríos y tramos de carretera donde el barro no solo molesta, sino que hace inseguro cualquier paso. Con el terreno saturado, aumentan los desprendimientos pequeños, y esos desprendimientos, acumulados, son un riesgo serio: pueden cortar una vía comarcal, impedir el acceso a una pedanía o bloquear el paso de un servicio de emergencia justo cuando más falta hace.

En estas provincias, además, el viento complica lo que ya era difícil. Una racha fuerte puede tirar una rama sobre una carretera, puede derribar un árbol debilitado por el suelo blando, puede mover elementos inestables y obligar a cerrar zonas. La mezcla de agua y viento es un multiplicador: la lluvia afloja, el viento remata.

Viento, daños y patrimonio: la Giralda también siente el temporal

Sevilla ha vivido este jueves una imagen que mezcla alarma y simbolismo: la caída de una de las jarras de azucenas que coronan las esquinas de la terraza de la Giralda desde 1751. En un día de lluvia intensa y rachas fuertes, el patrimonio histórico deja de ser solo postal y se convierte en responsabilidad inmediata, sobre todo por seguridad. Una pieza cayendo desde altura en pleno centro de una ciudad no es un detalle decorativo; es un riesgo físico real, y por eso las zonas de tránsito se controlan y se revisan elementos susceptibles de repetir el susto.

El viento, además, no actúa en un solo punto. Cuando se encadena un episodio de borrasca, el viento se vuelve un problema transversal: afecta a andamios, a árboles, a elementos sueltos en fachadas, a cartelería, a tejados, a líneas eléctricas. Con lluvia, la visibilidad baja; con viento, la capacidad de reacción se reduce. Y en una comunidad con miles de incidencias acumuladas, cada daño extra se integra en un sistema ya exigido: recursos que se desplazan, equipos que cubren turnos largos, municipios que van apagando fuegos pequeños mientras vigilan que no llegue el grande.

En paralelo, los daños en patrimonio suelen activar otra capa: inspecciones técnicas, revisión de piezas similares, decisiones sobre si se desmonta lo que puede caer o si se refuerza. Son tareas que no siempre entran en el relato del temporal, pero que importan: el temporal pasa, el patrimonio se queda, y lo que se rompa hoy puede tardar meses en restaurarse.

Viernes en Andalucía: tregua relativa, riesgo vivo

El viernes 6 de febrero se perfila como un día menos explosivo en lo meteorológico, pero todavía sensible en lo operativo. Se espera lluvia intermitente en buena parte de Andalucía, un ambiente más frío en la sierra y rachas de viento que pueden seguir causando incidencias. La clave está en el suelo: con tanta agua acumulada, las laderas y los firmes siguen blandos, y el riesgo de deslizamientos y de problemas geológicos se mantiene aunque el cielo “afloje” por horas. En lugares como Grazalema, el foco seguirá puesto en la evolución del terreno, en grietas, en movimientos de ladera y en cualquier señal de inestabilidad que confirme que la evacuación ha llegado a tiempo.

En cauces como el Guadalete, el comportamiento de mañana dependerá tanto de la lluvia como de la gestión de embalses y del caudal que llegue desde arriba. Un desembalse extraordinario no se anula porque llueva menos; responde a un balance entre entradas y seguridad de la presa. Por eso la vigilancia en Jerez, El Puerto y Arcos seguirá marcada por avisos, patrullas y control de puntos bajos, con la posibilidad de nuevos movimientos si el río responde con una crecida rápida.

En Córdoba y en la cuenca del Guadalquivir, la decisión de desalojar zonas inundables apunta a un horizonte de prudencia: el río grande tarda en bajar y el sistema tarda en “deshincharse”. Mañana puede ser el día de revisar daños, limpiar barro, reabrir tramos que sean seguros y evaluar si algunas familias pueden regresar o deben permanecer fuera. También será el día de sostener la parte menos visible: alojamiento en pabellones, asistencia a dependientes, coordinación de suministros, y seguimiento de carreteras secundarias donde un pequeño desprendimiento puede provocar un gran aislamiento.

Lo que deja esta jornada, dicho sin grandilocuencia, es un patrón: la borrasca Leonardo ha puesto a Andalucía a vivir por cuencas y por laderas, con decisiones que no se toman por dramatismo, sino por cálculo. Un pueblo se evacua por riesgo bajo tierra, un río se vigila por desembalses, una capital desaloja zonas inundables, una búsqueda continúa a contracorriente, una torre histórica pierde una pieza por el viento. Mañana, con menos insistencia en el cielo, seguirá la parte difícil: comprobar qué ha aguantado, qué se ha debilitado y dónde está el próximo punto de tensión antes de que vuelva a apretar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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