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Ciencia

Pulpos de 19 metros: la criatura real detrás del mito del kraken

Las mandíbulas fósiles cambian la imagen de los océanos del Cretácico, aunque el tamaño máximo no es una medida directa.

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Fue real el kraken

Hace entre 100 y 72 millones de años, unos pulpos gigantes pudieron recorrer los mares del Cretácico y ocupar un lugar destacado entre sus depredadores. Los restos no son esqueletos completos ni cuerpos conservados en la roca: son mandíbulas fosilizadas, piezas que han permitido identificar cefalópodos extintos del género Nanaimoteuthis y estimar que uno de ellos pudo alcanzar entre 7 y 19 metros de longitud total.

El hallazgo hace inevitable la comparación con el kraken de las leyendas nórdicas, pero no demuestra que existiera un monstruo capaz de hundir barcos. Lo que aporta es una posibilidad más concreta y, a su manera, sorprendente: hubo pulpos prehistóricos de tamaño extraordinario, quizá capaces de competir con grandes vertebrados marinos. La cifra máxima es una reconstrucción, no la medida de un ejemplar completo, y esa diferencia importa tanto como el propio tamaño.

Los pulpos que amplían el reparto del Cretácico

La imagen habitual de los mares cretácicos está dominada por grandes animales con esqueletos fáciles de reconocer. Mosasaurios, plesiosaurios y tiburones han dejado huesos, dientes y cráneos que permiten reconstruir sus cuerpos con bastante detalle. Los pulpos, en cambio, tenían cuerpos blandos y carecían de un esqueleto interno rígido. Cuando muere un animal así, las partes que podrían contar su historia suelen descomponerse antes de quedar preservadas. El registro fósil, por eso, no refleja por igual a todos los habitantes del océano.

Ese sesgo puede hacer que los invertebrados parezcan menos importantes de lo que fueron. Si un depredador no deja grandes huesos, resulta más difícil encontrarlo y medir su papel en el ecosistema. Las mandíbulas de Nanaimoteuthis ofrecen una pista que faltaba: no prueban que estos pulpos desplazaran a los reptiles marinos, pero sí obligan a dejar espacio para grandes depredadores de cuerpo blando en una historia que se contaba, sobre todo, a partir de vertebrados.

El estudio que dio a conocer estos fósiles fue liderado por investigadores de la Universidad de Hokkaido y publicado en la revista científica Science. Describe dos especies extinguidas, Nanaimoteuthis jeletzkyi y Nanaimoteuthis haggarti. Esta última concentra la atención por su posible tamaño: las estimaciones le atribuyen entre 7 y 19 metros. Para N. jeletzkyi, el artículo original sitúa el rango estimado entre 3 y 8 metros. No se trata, por tanto, de un único ejemplar colosal medido directamente, sino de dos especies reconstruidas a partir de restos parciales.

Una mandíbula puede conservar la huella de la caza

En los yacimientos de Japón y de la isla de Vancouver, en Canadá, se encontraron picos fósiles, las mandíbulas córneas que los cefalópodos utilizan para cortar y triturar alimento. El estudio examinó 27 de estas piezas, algunas ocultas dentro de la roca. En vez de retirar el sedimento a mano hasta exponer cada fósil, los investigadores recurrieron a técnicas de imagen de alta resolución y herramientas digitales, incluida la inteligencia artificial, para reconocer estructuras que podían pasar inadvertidas. La tecnología permitió observar sin destruir las muestras.

La mandíbula importa porque resiste mejor que el resto del cuerpo blando. También conserva señales de uso: grietas, astillamientos, arañazos y zonas pulidas. Esas marcas no revelan una escena de caza completa, pero permiten formular preguntas sobre qué mordía el animal y con cuánta frecuencia se enfrentaba a materiales duros. En algunos ejemplares adultos, el desgaste habría reducido hasta cerca de un 10% la longitud relativa de la punta del pico. La herramienta de alimentación también funcionaba como un registro de actividad.

Los patrones descritos son compatibles con mordiscos repetidos sobre presas protegidas por conchas, huesos u otras estructuras resistentes. Entre las presas posibles se cuentan peces, moluscos y otros cefalópodos, aunque las marcas por sí solas no permiten identificar cada comida. La interpretación más sólida es que estos animales podían procesar alimentos duros y no dependían exclusivamente de presas blandas. El desgaste respalda una alimentación activa y potente, pero no ofrece una lista exacta de especies cazadas ni permite reconstruir cada interacción en aquel ecosistema.

Qué significa realmente la cifra de 19 metros

Los investigadores no encontraron el cuerpo de un pulpo de 19 metros tendido en el fondo marino. Para estimar la longitud, compararon el tamaño y la forma de las mandíbulas fósiles con las proporciones conocidas en cefalópodos actuales. A partir de esa relación calcularon el tamaño probable de los animales a los que pertenecían. Es una estrategia útil cuando solo se conserva una parte del organismo, aunque depende de que las proporciones entre mandíbula y cuerpo fueran comparables. La cifra máxima es una inferencia anatómica, no una medición directa.

El rango amplio, de 7 a 19 metros para N. haggarti, refleja precisamente esa incertidumbre. En un animal de cuerpo blando, flexible y sin un esqueleto que marque con claridad sus límites, reconstruir la longitud total resulta más difícil que en un vertebrado fosilizado. La estimación también depende de cuánto se pareciesen estos cefalópodos antiguos a los actuales. Por eso, 19 metros debe leerse como el extremo superior propuesto, no como el tamaño seguro de todos los individuos. La existencia de un pulpo gigante está mejor respaldada que la precisión de su longitud máxima.

Aun con esa cautela, incluso el extremo inferior del rango describiría un animal enorme. La comparación con los cefalópodos actuales ayuda a dar escala: los pulpos gigantes del Pacífico rara vez superan los cinco metros, según los datos recogidos en la información de referencia. Un Nanaimoteuthis de varios metros habría sido un depredador de dimensiones excepcionales, aunque su cuerpo no se pareciera al de un pulpo moderno en todos los detalles. La incertidumbre no convierte el hallazgo en una exageración; señala qué parte de la reconstrucción sigue abierta.

El kraken es una comparación, no una identificación

En las leyendas nórdicas, el kraken aparece como una criatura marina descomunal, asociada a tentáculos capaces de atacar embarcaciones y arrastrarlas a las profundidades. Los relatos populares mezclaron observaciones del mar, imaginación y transmisión oral; no son descripciones zoológicas verificables. Los fósiles de Nanaimoteuthis permiten hablar de pulpos gigantes reales, pero no de un monstruo que hundiera barcos. En el Cretácico no había seres humanos en el mar para encontrarse con ellos. La semejanza con el mito está en el tamaño y la forma general, no en una prueba de que la leyenda describiera esta especie.

La conexión más prudente es que criaturas marinas auténticas pudieron alimentar, en otras épocas, la imaginación sobre monstruos tentaculares. Los calamares gigantes y otros cefalópodos actuales también se han relacionado con relatos de animales enormes vistos desde barcos, aunque eso no permite atribuir el origen de una leyenda concreta a una especie determinada. En este caso, los fósiles pertenecen a un pasado muchísimo más remoto que cualquier tradición humana. El descubrimiento no confirma el folclore: muestra que el océano sí produjo animales capaces de parecer legendarios.

La diferencia entre un mito y un fósil no le quita interés a la comparación; la ordena. Un kraken que emerge para volcar una nave pertenece a la narración. Un cefalópodo cuya mandíbula conserva señales de desgaste pertenece a la evidencia paleontológica. La segunda historia puede ser menos espectacular en sus detalles, pero abre una ventana real a la vida marina antigua. Lo extraordinario no necesita que se presente como una leyenda hecha realidad: basta con que el registro fósil revele un depredador blando de dimensiones fuera de lo común.

Un depredador blando en la parte alta de la red alimentaria

Hasta ahora, el relato más extendido sobre los océanos del Cretácico situaba a los grandes vertebrados en la cúspide, mientras los cefalópodos aparecían principalmente como presas abundantes. Las mandíbulas de Nanaimoteuthis cuestionan esa división demasiado sencilla. El desgaste y la fuerza que sugiere apuntan a animales capaces de capturar y consumir presas resistentes. Los pulpos no serían solo alimento de los grandes reptiles: algunas especies pudieron actuar también como depredadores de alto nivel.

Eso no demuestra que cazaran mosasaurios o plesiosaurios, ni que dominaran por completo los ecosistemas marinos. La posición en una red trófica no depende solo del tamaño: también cuentan la dieta, las presas disponibles y las relaciones con otros animales. Los fósiles de mandíbulas permiten sostener una hipótesis sobre el tipo de alimentación y el papel depredador, pero no describen enfrentamientos directos entre estos pulpos y los grandes reptiles. La conclusión más sólida es que había más variedad de grandes cazadores de la que dejaban ver los esqueletos.

La idea de un invertebrado ocupando un nivel elevado puede resultar contraintuitiva porque solemos asociar el poder con huesos, dientes grandes y cuerpos acorazados. Sin embargo, un cuerpo flexible puede ofrecer otras ventajas: sujetar, envolver y maniobrar en espacios donde un animal rígido tendría menos libertad. En los pulpos actuales, los brazos y la capacidad de manipular objetos forman parte de una estrategia muy distinta de la embestida de un gran vertebrado. La ausencia de un esqueleto no equivale a debilidad; puede ser el punto de partida de otra forma de cazar.

Lo que las marcas de desgaste dicen —y lo que no— sobre su inteligencia

El análisis también encontró un desgaste desigual entre distintas zonas de las mandíbulas. Una posible explicación es la lateralización, es decir, el uso preferente de un lado en determinadas acciones. En animales actuales, las preferencias laterales pueden relacionarse con conductas organizadas y con el funcionamiento del sistema nervioso. En los fósiles, sin embargo, una mandíbula usada de forma asimétrica no permite observar directamente cómo se comportaba el animal. Es una señal que invita a investigar, no una prueba de inteligencia comparable a la humana.

Los pulpos modernos son conocidos por su capacidad para explorar, manipular objetos y resolver problemas, aunque su sistema nervioso y su forma de procesar información no sean iguales a los de los mamíferos. Trasladar sin matices esas capacidades a sus parientes del Cretácico sería ir más allá de lo que cuentan los fósiles. La mandíbula puede indicar patrones repetidos de uso; no revela cómo percibían el entorno, cómo aprendían ni qué decisiones tomaban. El comportamiento complejo es una posibilidad que las marcas sugieren, no un hecho que puedan demostrar por sí solas.

La cautela no vuelve irrelevante la pista. Si el desgaste lateral se relaciona realmente con una preferencia funcional, podría ayudar a comprender cómo se alimentaban estos animales y qué partes de su cuerpo utilizaban de manera más consistente. Pero también hay explicaciones alternativas, como diferencias en la conservación o en el uso de las piezas, que deben considerarse antes de extraer conclusiones sobre su conducta. La evidencia abre una pregunta científica concreta: cuánto de la sofisticación de los cefalópodos actuales tiene raíces profundas en su historia evolutiva.

La tecnología ayuda a encontrar lo que la roca oculta

La búsqueda de fósiles de animales blandos plantea un problema doble: sus cuerpos se conservan mal y las pocas piezas resistentes pueden quedar atrapadas dentro de la roca. Las técnicas de imagen empleadas en el estudio permiten explorar el interior de las muestras y detectar formas que no se ven a simple vista. El aprendizaje automático sirve para localizar patrones entre esas imágenes, mientras que la revisión científica interpreta si las estructuras reconocidas corresponden a mandíbulas fósiles. La inteligencia artificial acelera la detección, pero no sustituye la interpretación paleontológica.

Este método puede hacer visibles restos que una preparación mecánica habría pasado por alto o dañado. No significa que cualquier roca escaneada vaya a revelar un animal completo ni que la tecnología elimine las limitaciones del registro fósil. Sí cambia la manera de buscar: en vez de depender solo de lo que asoma en la superficie, los investigadores pueden examinar estructuras escondidas en el sedimento. La innovación importante consiste en ampliar lo que se puede observar sin destruir la muestra.

En el caso de los pulpos antiguos, esa posibilidad tiene especial valor porque cada mandíbula conservada puede aportar información que el resto del cuerpo no dejó. Nuevos hallazgos podrían aclarar cuánto variaban las especies, cómo se relacionaban sus tamaños con sus hábitos y hasta qué punto compartían los mares con grandes vertebrados. No hay garantía de que todos esos interrogantes se resuelvan, pero el método ofrece una vía para buscar respuestas con más detalle. Un fósil pequeño puede modificar una reconstrucción grande cuando aparece en un grupo del que casi nunca se conserva el cuerpo.

Un océano antiguo más diverso de lo que parecía

Los pulpos del género Nanaimoteuthis no borran a los mosasaurios ni convierten a los reptiles marinos en actores secundarios. Lo que hacen es ensanchar el escenario. Allí donde la evidencia visible había favorecido a los animales con huesos, las mandíbulas fósiles sugieren que también hubo invertebrados de gran tamaño y con capacidad para procesar presas duras. El Cretácico marino pudo ser una red de depredadores más plural que la imagen construida solo a partir de esqueletos.

El hallazgo también recuerda que la ausencia de fósiles no equivale automáticamente a la ausencia de animales. En los cefalópodos, la fragilidad del cuerpo deja una historia incompleta; cada pieza resistente funciona como una pista aislada dentro de un archivo lleno de páginas perdidas. Con técnicas capaces de descubrir mandíbulas ocultas, parte de ese silencio puede reducirse, aunque nunca desaparecerá del todo. La paleontología reconstruye posibilidades a partir de rastros desiguales, y debe distinguir con cuidado lo observado de lo inferido.

El kraken seguirá perteneciendo a la mitología, pero los océanos prehistóricos no necesitan criaturas inventadas para resultar asombrosos. Hace decenas de millones de años, pulpos de varios metros pudieron cazar en mares compartidos con algunos de los mayores vertebrados de su tiempo. Que Nanaimoteuthis haggarti llegara exactamente a 19 metros continúa dependiendo de una estimación basada en sus mandíbulas; que aquellos cefalópodos fueron animales grandes y depredadores cuenta con indicios fósiles. La frontera entre leyenda y ciencia no desaparece: se vuelve más interesante cuando la evidencia revela cuánto de extraordinario fue real.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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