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¿Qué busca Felipe VI en Canadá en plena tensión global?

Felipe VI viaja a Canadá con Carlos Cuerpo para abrir mercado en plena sacudida comercial, energética y tecnológica global

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Los novios de Felipe VI

Felipe VI viaja a Canadá del 19 al 21 de mayo acompañado por Carlos Cuerpo, vicepresidente primero y ministro de Economía, en una visita con una carga económica muy evidente: España quiere reforzar el acceso de sus empresas a un mercado estable, atraer inversión canadiense y aprovechar el acercamiento de Ottawa a la Unión Europea en un momento en que el comercio mundial vuelve a oler a frontera, arancel y repliegue nacional. El viaje pasará por Ottawa, Toronto y Ontario, con agenda institucional, empresarial, cultural y hasta personal, porque el rey volverá al colegio donde estudió COU entre 1984 y 1985.

La frase que resume el movimiento es sencilla: la situación mundial supone una oportunidad para España. No porque el planeta esté para celebraciones, precisamente, sino porque las sacudidas comerciales de Estados Unidos, la pugna con China, la guerra tecnológica y la búsqueda de proveedores fiables están empujando a países medianos —Canadá, España, buena parte de Europa— a mirarse con más interés. No es romanticismo atlántico. Es negocio, energía, datos, defensa, infraestructuras, inteligencia artificial y una idea bastante antigua, aunque vestida con traje nuevo: mejor tener varios puertos donde amarrar que depender de uno solo.

Un viaje económico con corona, ministros y mucho cálculo

El viaje de Felipe VI a Canadá no encaja en la diplomacia ornamental de foto, himno y copa de vino blanco. La presencia del rey funciona aquí como acelerador institucional, una especie de sello de Estado para una agenda que el Gobierno lleva meses trabajando. Carlos Cuerpo ya ha viajado antes al país norteamericano y el objetivo declarado es consolidar una aproximación económica que no nace de la nada. Canadá interesa por su estabilidad, por sus recursos naturales, por su ecosistema tecnológico, por sus fondos de inversión y por su necesidad de diversificar alianzas fuera del paraguas casi total de Estados Unidos.

Ottawa será la puerta institucional, con una recepción de la gobernadora general Mary Simon, figura que representa a la jefatura del Estado canadiense en nombre de la Corona británica. Después llegará Toronto, verdadero corazón económico del viaje. Allí se concentrará la parte más sustanciosa: encuentro empresarial, reuniones con inversores, contactos con autoridades y un foro en el MaRS Discovery District, uno de esos espacios donde la economía contemporánea presume de tener laboratorio, capital riesgo, startups, café caro y promesas de futuro. En ese foro estarán presentes empresas españolas y canadienses, con especial atención a tecnología, infraestructuras, inteligencia artificial y sectores de alto valor añadido.

La comitiva española no va a vender únicamente simpatía europea. Va a buscar contratos, acuerdos, inversión y presencia. En la práctica, España quiere colocar a sus empresas en proyectos canadienses de infraestructuras, energía limpia, defensa, digitalización y servicios avanzados, mientras intenta atraer a fondos canadienses hacia sectores estratégicos españoles. La operación tiene algo de escaparate, sí, pero también de fontanería económica: reuniones pequeñas, memorandos, contactos empresariales, promesas de colaboración que luego pueden quedarse en papel mojado o convertirse en contratos discretos. La economía internacional rara vez entra por la puerta principal con fanfarria; suele entrar por una sala de reuniones con moqueta gris.

Canadá, el socio que Europa vuelve a mirar con otros ojos

Canadá atraviesa un momento especialmente interesante para España y para la Unión Europea. Durante décadas, su economía ha vivido pegada a Estados Unidos con la naturalidad de quien comparte frontera, idioma económico, cadenas de suministro y una relación casi doméstica. Pero el regreso de políticas comerciales más agresivas desde Washington, el ruido arancelario y la sensación de que depender demasiado de un solo vecino puede ser una mala idea han abierto una grieta. Por esa grieta está entrando Europa. Y España quiere entrar también, sin pedir permiso en voz baja.

La relación entre la Unión Europea y Canadá ya cuenta con una base sólida, el CETA, el acuerdo económico y comercial que se aplica provisionalmente desde 2017 y que ha elevado de forma notable los intercambios. La Comisión Europea sitúa el comercio bilateral de bienes y servicios entre la UE y Canadá en niveles muy superiores a los registrados antes de la aplicación del acuerdo. También se han abierto negociaciones para un acuerdo de comercio digital, un terreno donde ya no se habla solo de vender productos, sino de datos, estándares, inteligencia artificial, ciberseguridad y reglas de juego para la economía que viene.

España llega a ese tablero con una relación bilateral aún modesta, pese a que hay señales de crecimiento. Los intercambios entre ambos países rondan los 7.000 millones de euros entre mercancías y servicios, y las inversiones se mueven en torno a los 16.000 millones, según los datos manejados en la preparación del viaje. No es poco, pero tampoco refleja el tamaño de las dos economías. Ahí está precisamente la oportunidad: Canadá y España no parten de cero, pero tampoco han exprimido de verdad su relación. Hay margen. Bastante.

IA, energía y defensa: lo que se juega bajo la alfombra roja

El elemento más novedoso del viaje está en la inteligencia artificial. Carlos Cuerpo tiene previsto firmar un memorando de entendimiento con Evan Solomon, ministro canadiense de Inteligencia Artificial e Innovación Digital, para reforzar la cooperación en la aplicación de la IA al tejido productivo, las infraestructuras y la innovación empresarial. Dicho en castellano corriente: España quiere estar cerca de un país que aspira a jugar fuerte en tecnología, y Canadá quiere socios europeos fiables para no convertir su futuro digital en una habitación con una sola ventana.

El foro de Toronto reunirá a unas 170 empresas y representantes económicos, con nombres españoles como Indra o Multiverse y referencias canadienses como Cohere en el radar de la agenda. No es casual. La inteligencia artificial ya no es una curiosidad de campus ni una juguetería para ingenieros con sudadera: condiciona defensa, banca, industria, logística, sanidad, administración pública, energía y educación. Quien fija alianzas ahora puede ganar posiciones cuando lleguen las normas, los contratos y los grandes despliegues. Quien llegue tarde, mirará desde la grada.

La energía es el otro gran imán. Canadá posee hidrocarburos, minerales críticos y una capacidad relevante en materias primas que Europa observa con más ansiedad desde que la seguridad económica dejó de ser una expresión de seminario y se convirtió en asunto de Gobierno. España mira a Canadá como proveedor posible y como socio para proyectos de descarbonización. La transición verde, conviene recordarlo, no se fabrica con buenos deseos: necesita metales, redes, tecnología, financiación, barcos, puertos, permisos y una paciencia casi monástica.

La defensa también aparece en segundo plano, pero con peso real. Canadá se ha incorporado al instrumento SAFE de la Unión Europea para fortalecer la industria europea de defensa, lo que abre la puerta a proyectos conjuntos en seguridad, tecnología militar e intercambio de información. España no es ajena a esa conversación. Empresas como Indra tienen intereses claros en este terreno, y la guerra de Ucrania, el repliegue estadounidense y la presión sobre el gasto militar europeo han convertido la defensa en una palabra que vuelve a pronunciarse en Bruselas sin bajar la voz. No por entusiasmo marcial, sino por puro cálculo de supervivencia estratégica.

El comercio bilateral: pequeño para dos economías grandes

Canadá y España tienen una relación económica inferior a su potencial. La declaración conjunta firmada por ambos países a finales de 2025 ya apuntaba una ambición clara: duplicar el comercio bilateral en los próximos años. Ese documento subrayaba que el intercambio comercial había llegado a cifras relevantes en 2024, con más de 140 multinacionales españolas presentes en Canadá y empresas canadienses con inversiones importantes en España. Traducido: hay músculo, pero falta volumen.

Las exportaciones españolas hacia Canadá se apoyan en bienes de equipo, productos farmacéuticos, maquinaria, bebidas, componentes industriales y productos agroalimentarios, sectores que encajan bien con la imagen de una economía española más sofisticada de lo que algunos tópicos permiten ver. España no llega solo con sol, turismo y aceite de oliva, aunque el aceite tampoco sobra en ninguna mesa seria. Llega con infraestructuras, ingeniería, renovables, salud, movilidad, tecnología aplicada y empresas acostumbradas a competir fuera. Canadá, a su vez, ofrece recursos, capital, estabilidad regulatoria y una puerta norteamericana menos áspera que la estadounidense.

El problema no es la falta de afinidad, sino la distancia práctica. Hay océano, husos horarios, rutas aéreas limitadas y una tradición comercial que durante años no situó a Canadá entre las prioridades más visibles de España. Estados Unidos se llevaba los focos; América Latina, el vínculo emocional y empresarial; Europa, la vida diaria. Canadá quedaba ahí, grande, rico, estable, pero algo borroso. Como esos países que se admiran desde lejos y luego se visitan poco. Este viaje intenta corregir esa miopía. No con poesía diplomática, sino con agenda económica.

El factor Trump y la nueva geografía de las dependencias

El viaje se entiende mejor con Donald Trump al fondo, aunque no sea necesario pronunciar su nombre en cada frase. Las políticas comerciales estadounidenses han agitado a socios tradicionales, incluidos Canadá y la Unión Europea. Cuando Washington amenaza con aranceles, revisa acuerdos, endurece posiciones o convierte la frontera en argumento político, sus aliados hacen cuentas. Y las cuentas, a veces, salen inquietantes. Canadá depende mucho de Estados Unidos; Europa depende demasiado de proveedores externos en energía, tecnología, defensa y materias primas. La palabra de moda es diversificación. La palabra antigua es prudencia.

Canadá busca una coalición de potencias medias, países con peso económico, instituciones estables y margen diplomático suficiente para no vivir atrapados entre gigantes. Ahí España puede encontrar un papel cómodo. No es una superpotencia, ni pretende jugar a eso, pero sí es una economía grande dentro de la Unión Europea, con empresas internacionales, buenas conexiones con América Latina, experiencia en infraestructuras y una posición geográfica útil entre Europa, el Mediterráneo y el Atlántico. En el nuevo desorden, ser fiable empieza a cotizar. Y España lleva meses intentando vender precisamente eso: estabilidad, apertura y capacidad de inversión.

La monarquía parlamentaria entra en este viaje como herramienta de Estado, no como actor partidista. Felipe VI no negocia memorandos ni cierra contratos, pero su presencia eleva la categoría del desplazamiento y facilita una escenografía de confianza. En países institucionalmente sólidos, esos gestos importan. A veces importan más de lo que se admite en público. Una reunión empresarial con un ministro puede abrir puertas; una visita con el jefe del Estado, aunque sea constitucionalmente neutral, coloca el asunto en otro estante. Más arriba. Mejor iluminado.

La parte cultural: Margaret Atwood y el regreso al colegio

El viaje no será solo económico. Felipe VI tiene previsto participar en un acto cultural en Toronto relacionado con el Premio Internacional Joan Margarit de Poesía, que recibirá la escritora canadiense Margaret Atwood. La elección no es menor. Atwood, autora de enorme prestigio internacional, permite vestir la visita con una capa cultural que encaja bien con la diplomacia española: lengua, literatura, memoria compartida, universidad, comunidad española. En tiempos de Excel y memorandos, un premio de poesía parece una rareza. Quizá por eso funciona.

La agenda incluye también un momento personal para el rey, su visita al Lakefield College School, el internado de Ontario donde estudió entre 1984 y 1985 el equivalente al COU español. Allí se prevé un homenaje y la presentación de un edificio que llevará su nombre. La escena tiene inevitable carga biográfica: el jefe del Estado regresando al lugar donde fue un adolescente lejos de España, antes de la universidad, antes del trono, antes de casi todo lo que después vendría. La política exterior también se hace con símbolos, y este es de los fáciles de entender.

Ese regreso al colegio suaviza una visita con mucho músculo económico, pero no la cambia de naturaleza. La fotografía sentimental no debe distraer del fondo: España busca posición en Canadá porque el comercio mundial se está reordenando. Lo cultural ayuda, acompaña, barniza. Lo personal humaniza. Pero el peso real del viaje está en Toronto, en las empresas, en la IA, en los inversores, en las materias primas, en la defensa y en la pregunta que todas las economías abiertas se hacen desde hace años: con quién conviene caminar cuando los viejos caminos empiezan a llenarse de peajes.

Qué gana España si la operación sale bien

España puede ganar varias cosas si este acercamiento se traduce en hechos. La primera, más mercado para empresas que ya tienen experiencia internacional y que necesitan crecer fuera de Europa sin depender únicamente de América Latina o Estados Unidos. Canadá ofrece seguridad jurídica, capacidad inversora, grandes proyectos de infraestructuras y una economía con necesidades compatibles con la oferta española. No es un mercado barato ni sencillo, pero precisamente por eso tiene valor: allí no basta con llegar haciendo ruido, hay que llegar con solvencia.

La segunda ganancia posible es energética y estratégica. Europa ha aprendido de mala manera que la dependencia excesiva puede convertirse en debilidad política. Pasó con el gas ruso, ocurre con determinados minerales críticos y puede pasar con tecnologías digitales dominadas por muy pocos actores. Canadá no resolverá todos esos problemas, faltaría más, pero puede ser parte de una red más amplia de proveedores y aliados. En economía, como en la vida doméstica, no conviene guardar todas las llaves en el mismo bolsillo.

La tercera está en la inversión canadiense en España. Los fondos de pensiones, infraestructuras y capital canadiense llevan años mirando activos europeos con apetito. España tiene renovables, redes, transporte, vivienda, sanidad privada, tecnología y turismo, sectores donde el capital a largo plazo encuentra terreno. La cuestión delicada es atraer inversión sin convertir el país en una bandeja de oportunidades servida al mejor postor. Aquí el equilibrio importa: inversión sí, subordinación no; apertura sí, ingenuidad tampoco.

La cuarta tiene que ver con reputación internacional. En un mundo donde la economía se mezcla con geopolítica, España quiere aparecer como socio serio, europeo, estable, abierto, con empresas capaces y una administración que entiende el nuevo lenguaje de la seguridad económica. Suena algo solemne, incluso burocrático, pero tiene traducción directa: más opciones para exportar, más posibilidades de captar proyectos, más capacidad para estar en conversaciones donde se decide el reparto de inversiones futuras.

Los riesgos: mucha foto, pocos contratos

El principal riesgo del viaje es el de siempre: que la diplomacia económica se quede en escenografía. Las visitas de alto nivel generan titulares, saludos, comunicados y frases redondas. Luego llega la parte ingrata: convertir contactos en contratos, memorandos en proyectos, intenciones en inversión real. Ahí no basta la presencia del rey ni la agenda de un ministro. Hace falta seguimiento técnico, empresas preparadas, financiación, regulación clara y una coordinación paciente. La épica de los viajes dura tres días; los contratos, cuando salen, tardan meses o años.

También existe un riesgo de sobreactuar la oportunidad canadiense. Canadá es atractivo, sí, pero no es una mina abierta esperando a España con pancartas de bienvenida. Tiene competidores europeos, estadounidenses, asiáticos y latinoamericanos llamando a la misma puerta. Sus mercados son exigentes, sus provincias tienen competencias relevantes, sus procesos administrativos pueden ser lentos y sus prioridades no siempre coinciden con las españolas. Conviene evitar el entusiasmo de folleto. Canadá no es El Dorado con nieve; es un mercado serio, rico y difícil. Justamente por eso merece atención.

El otro riesgo es político. La presencia del rey junto a un vicepresidente del Gobierno en una misión económica puede ser leída por algunos como una utilización institucional; por otros, como una normalidad propia de una jefatura del Estado dedicada a representar los intereses del país. La discusión no desaparecerá, porque en España hasta el color de una alfombra puede terminar convertido en barricada. Pero el fondo del viaje, si se mira sin anteojeras, es bastante reconocible: diplomacia económica en un momento de incertidumbre global.

Una visita que habla menos de Canadá que del mundo nuevo

Felipe VI viaja a Canadá porque el mapa económico está cambiando. Ese es el verdadero titular bajo el titular. España ha entendido que la relación con Ottawa puede crecer justo cuando Canadá busca socios más allá de Estados Unidos y cuando la Unión Europea intenta blindar su autonomía estratégica sin romper sus alianzas tradicionales. Todo eso suena a jerga de ministerio, pero tiene una traducción muy concreta: vender más, invertir mejor, comprar con menos dependencia, proteger cadenas de suministro y llegar antes a sectores que definirán la próxima década.

La visita mezcla protocolo, empresa, IA, energía, defensa, cultura y memoria personal, una combinación muy de estos tiempos: un rey que entrega un premio literario, vuelve a su antiguo colegio y al mismo tiempo acompaña una ofensiva económica en Toronto. Podría parecer una agenda dispersa. No lo es tanto. En diplomacia, las capas se superponen como barnices: una da brillo, otra protege, otra tapa grietas. La importante aquí es la económica. La más humana será la del colegio. La más estratégica, probablemente, la que se firme alrededor de inteligencia artificial y cooperación industrial.

España no va a Canadá a descubrir América, que bastante ironía tendría la frase. Va a intentar ocupar un sitio mejor en una relación que puede dar más de sí. Si lo consigue, el viaje habrá sido algo más que una postal institucional. Si no, quedará como otra ceremonia amable en el álbum de la diplomacia. La diferencia, como casi siempre, no estará en la foto, sino en lo que ocurra cuando las cámaras se apaguen y alguien tenga que abrir el Excel, llamar a las empresas, revisar los acuerdos y perseguir resultados. Menos épica, más oficio. Ahí se juega de verdad.

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