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Naturaleza

La gripe aviar explica la caída de grullas en España

El desplome de los censos tiene varias causas y no significa que todas las aves hayan muerto.

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faltan 48.000 grullas este invierno en España

El último censo citado en España registró 47.470 grullas menos que el recuento anterior, una caída que coincide con un brote de gripe aviar H5N1 que ha golpeado a estas aves en Europa. Sin embargo, la diferencia entre dos conteos no significa que todas esas grullas hayan muerto: también influye dónde están, cuándo se hace el recuento y cómo se distribuyen entre sus zonas de invernada.

En el país se habían contabilizado oficialmente 1.056 grullas muertas durante el episodio descrito, 947 de ellas en la laguna de Gallocanta. Esa cifra no resuelve por sí sola el descenso observado: los expertos citados consideran que las bajas reales pueden ser superiores porque no se localizan todos los cadáveres y porque la retirada y el registro no han sido iguales en todas las comunidades.

Un descenso del censo no equivale a una cifra de muertes

El recuento del 18 de diciembre detectó una reducción de 47.470 ejemplares respecto al censo anterior. Es una variación entre dos fotografías de la población, no un registro individual de cada ave desaparecida. Para interpretar el dato hay que distinguir entre las grullas que mueren, las que cambian de lugar y las que quedan fuera del alcance de los equipos que cuentan desde los dormideros.

La diferencia importa porque las grullas son aves migratorias y se desplazan entre humedales y campos en busca de alimento y tranquilidad. El censo nacional se organiza en fechas concretas y en puntos conocidos, pero el agua disponible en lagunas y charcas cambia cada año y puede alterar la ubicación de los grupos. Por eso, una cifra menor puede combinar mortalidad y movimientos, además de las limitaciones inevitables de cualquier recuento de fauna silvestre.

La escala también puede inducir a error. El dato de 47.470 corresponde a la caída entre dos censos en el conjunto peninsular, mientras que los registros de cadáveres reflejan aves encontradas y notificadas. No son medidas intercambiables: una cuenta aves vivas en determinados lugares y fechas; la otra suma restos localizados. La diferencia entre ambas cifras no permite atribuir cada ejemplar que falta al virus.

La gripe aviar, el factor que ha agravado la temporada

El brote de H5N1 afectó a grullas en varios países de Europa occidental y alcanzó las zonas de invernada españolas. En España, la mayor concentración de cadáveres comunicada se localizó en Gallocanta, donde se recogieron 947 ejemplares de los 1.056 contabilizados en el país. El episodio se intensificó entre finales de octubre y principios de noviembre, después de que desde mediados de octubre se mantuviera un seguimiento diario en la laguna.

Los datos de aves recogidas son necesariamente incompletos. En un espacio natural, algunos cuerpos pueden quedar ocultos entre la vegetación, desaparecer antes de ser encontrados o ser consumidos por carroñeros. Además, la información disponible señalaba que el seguimiento y la retirada de cadáveres no se habían desplegado de manera uniforme fuera de Aragón. Un coordinador nacional de censos citado en la cobertura estimó que las muertes en España podrían superar las 5.000 y llegar a 10.000, aunque esa estimación no es un recuento oficial confirmado.

El brote español formó parte de una ola más amplia. En Alemania se recogieron más de 17.000 cadáveres de grullas y en Francia se comunicaron al menos otros 17.000, especialmente en el entorno del lago Der. Una información sobre el episodio situó en torno a 40.000 las aves afectadas en Europa occidental desde el verano. El número real podría ser mayor si, como ocurre también en España, parte de los restos no se encuentra. La escala continental ayuda a entender por qué el descenso no puede explicarse mirando un único humedal.

La cepa identificada en las grullas fue descrita como distinta de la habitual en aves de corral. Ese dato, por sí solo, no permite afirmar que el virus no pueda circular entre aves silvestres y domésticas ni sustituye la vigilancia veterinaria. La gripe aviar se transmite entre aves por contacto con secreciones y excrementos, así como con restos contaminados, de modo que la detección de casos en fauna silvestre requiere atención de las autoridades, especialmente en zonas donde conviven humedales y explotaciones avícolas.

Gallocanta concentra aves, alimento y vigilancia

La laguna de Gallocanta, entre las provincias de Zaragoza y Teruel, es uno de los enclaves más conocidos de la migración de grullas en España. Un recuento histórico realizado un 19 de diciembre registró allí 48.663 ejemplares en una sola jornada, alrededor de una cuarta parte de las grullas que invernaban entonces en la península Ibérica. Aquella concentración se presentó como un récord para el humedal y para el conjunto peninsular y europeo en fase de invernada.

Ese máximo histórico no debe confundirse con el descenso del censo nacional más reciente. Son cifras tomadas en temporadas y contextos distintos, y una cuenta las aves concentradas en Gallocanta en una fecha determinada, mientras que la otra compara el total de los censos peninsulares. Además, en la información del récord se comparaban las cifras de esas mismas fechas en Lac du Der, en la región francesa de Champaña, con algo más de 43.000 grullas, y en distintas zonas de Aquitania, con 38.000. Un gran número en un humedal no describe por sí solo la población de toda España.

La abundancia de comida contribuyó a aquella concentración. La cuenca ofrecía grandes superficies de rastrojos de cereal, donde las semillas que quedan tras la cosecha resultan accesibles para las aves. En esa temporada, el granizo del verano había dejado una cantidad especialmente abundante de grano en el suelo. Cuando germinan las semillas, ese recurso disminuye, pero las grullas también podían alimentarse en los rastrojos de maíz de la vega del Jiloca y en la zona de la laguna del Cañizar.

La comida no es el único elemento que atrae a las aves. Los humedales ofrecen lugares de descanso nocturno y los campos próximos permiten alimentarse durante el día. Si cambian las condiciones de agua, alimento o tranquilidad, los grupos pueden desplazarse a otros parajes. Esa movilidad explica por qué el seguimiento no se limita a mirar una laguna: un cambio de concentración puede modificar el resultado local sin representar una caída equivalente de la población total.

La población invernante se reparte por muchas zonas

En España, las grullas no pasan el invierno en un único lugar. Se han descrito más de un centenar de dormideros, con una presencia destacada en Extremadura y Aragón. En esta última comunidad, además de Gallocanta, se han localizado grupos en el embalse de La Sotonera, la laguna del Cañizar y parajes de las Cinco Villas, los Monegros, el Cinca y la ribera del Ebro. La distribución varía durante la temporada y puede extenderse por territorios alejados de los grandes humedales.

Un censo ibérico de 2018-19 contó 241.530 grullas invernantes en España, entonces un máximo para aquel seguimiento. Extremadura reunió 123.295, algo más de la mitad del total; Aragón registró 46.889 y Castilla-La Mancha, 34.121. Andalucía sumó 15.105 y Navarra, 14.129. Castilla y León contabilizó 7.511, mientras que otras comunidades acogieron cifras menores. Estos datos son históricos, no el resultado del recuento actual, pero muestran hasta qué punto el número nacional depende de la suma de muchos núcleos de invernada.

La comparación con censos anteriores también ayuda a evitar una lectura engañosa. En el año 2000 se registraron 82.000 grullas invernantes y en 2007, 151.000; el recuento de 2018-19 elevó la cifra a más de 240.000. La serie refleja un fuerte crecimiento en esas décadas, aunque no permite asegurar que cada temporada posterior vaya a repetir la tendencia. Para valorar la evolución hacen falta recuentos comparables y continuados, no solo enfrentar un máximo histórico con una temporada marcada por una enfermedad.

El censo depende del trabajo coordinado de observadores que conocen los dormideros y cuentan las aves en momentos acordados. Una cobertura amplia reduce el riesgo de duplicar grupos que cambian de sitio, pero no elimina las dificultades: la movilidad, las condiciones meteorológicas y la disponibilidad de agua pueden alterar dónde se reúnen. La cifra censada es una estimación organizada y valiosa, no un inventario perfecto de cada ejemplar.

La migración y los cambios del paisaje también cuentan

La gripe aviar es el elemento más visible del descenso reciente, pero los movimientos migratorios y los cambios en el entorno forman parte de una historia más larga. Los ornitólogos han observado que las grullas regresan antes a sus zonas de cría del norte de Europa que décadas atrás. En la referencia disponible, el grueso de la población emprendía el retorno alrededor del 22 de febrero, mientras que antes pocas aves volvían antes del 1 de marzo. No significa que todas sigan el mismo calendario: la fecha de partida depende de las condiciones de cada año y de cada grupo.

También se ha descrito que muchas grullas permanecen más al norte, en Francia, en vez de continuar hasta la península Ibérica. El frío no suele ser el obstáculo principal; el problema aparece cuando el hielo cubre el terreno e impide encontrar alimento. Con menos episodios de hielo y más disponibilidad de maíz, algunas aves pueden pasar el invierno en Francia. Los cambios agrícolas tienen así un efecto directo: la ruta migratoria responde tanto al clima como a la comida que encuentran en los campos.

En España también se han transformado los cultivos. En algunas zonas de Extremadura, antiguos maizales y arrozales han dado paso a plantaciones leñosas, como olivos, almendros, pistachos o frutales, que ofrecen menos alimento a las grullas. Esa modificación puede empujar a las aves hacia otros territorios donde todavía hay recursos. No es una explicación alternativa a la mortalidad por H5N1, sino otro factor que influye en la cantidad de ejemplares que llega a cada región y en el lugar donde se los detecta.

El resultado es una población que no se mueve como una cifra fija sobre un mapa. Los inviernos más fríos pueden provocar llegadas más numerosas, mientras que un clima más benigno o cambios en los cultivos pueden favorecer que parte de las aves permanezca más al norte. Una temporada baja en España no demuestra por sí sola que la especie esté en declive permanente; para eso se necesita observar varios años y separar los efectos de la mortalidad, la migración y las condiciones locales.

Qué puede decir el próximo recuento

Los censos de invierno se realizan dos veces por temporada, en diciembre y enero, y se coordinan en distintos puntos del país, generalmente cerca de los dormideros. En una campaña descrita en la información disponible participaron alrededor de 180 personas. La repetición permite comparar temporadas, seguir los desplazamientos y estimar el tamaño de la población invernante, aunque un recuento aislado no puede explicar por sí solo todos los cambios que observa.

Tras una ola de gripe aviar, el siguiente censo puede ayudar a comprobar si las aves supervivientes se concentran en otros lugares o si la diferencia entre temporadas se mantiene. Pero no funciona como un recuento de cadáveres ni permite determinar automáticamente cuántas muertes causó el virus. Para conocer mejor ese impacto hacen falta registros de mortalidad comparables, vigilancia en distintas comunidades y datos sobre la cobertura de la búsqueda. La calidad del seguimiento condiciona cuánto puede afirmarse sobre las pérdidas reales.

Gallocanta seguirá siendo un observatorio privilegiado por la magnitud de sus concentraciones y por el seguimiento que se realiza allí. En el año al que correspondían los datos históricos del récord, el centro de interpretación de la reserva recibió 4.842 visitantes. La cifra retrata el interés que despierta un humedal donde el paso de las grullas transforma el paisaje y el sonido de los campos, pero también recuerda que las aves dependen de un territorio amplio, más allá del punto donde se reúnen para dormir.

La caída de casi 48.000 ejemplares entre censos es una señal que merece atención, sobre todo en una temporada con mortalidad confirmada por H5N1 en España y otros países europeos. Aun así, no debe leerse como un parte exacto de muertes ni como prueba definitiva de un desplome permanente. La respuesta más rigurosa surge al combinar censos, vigilancia sanitaria y seguimiento de las rutas: solo así se puede distinguir cuánto pesa el virus y cuánto corresponde a una migración que cambia con el clima, el agua y los cultivos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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