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Salud

¿Por qué Europa registró 10.650 muertes extra tras la ola de calor?

Europa suma 10.650 muertes extra tras la ola de calor de junio, con los mayores como principales víctimas de un verano cada vez más extremo.

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europa bajo sol calor

Resumen

  • Europa registró 10.650 muertes extra durante la ola de calor de junio
  • Más de 9.000 fallecidos tenían 65 años o más, el grupo más vulnerable
  • España atribuyó 1.029 muertes al calor y batió cientos de récords térmicos

Europa registró 10.650 muertes por encima de lo esperado entre el 22 y el 28 de junio, justo cuando la ola de calor alcanzó su punto más duro en buena parte del continente. Más de 9.000 fallecimientos correspondieron a personas de 65 años o más, el grupo que volvió a cargar con casi todo el peso de unas temperaturas excepcionales.

No significa que 10.650 certificados de defunción lleven escrita la palabra «calor». Se trata de fallecimientos por todas las causas que superan la mortalidad habitual para esa semana. Sin embargo, los expertos no han detectado otro fenómeno de suficiente magnitud —una epidemia de COVID-19, por ejemplo— que explique un salto tan brusco. La coincidencia temporal y geográfica con las temperaturas extremas deja poco espacio para el misterio. El termómetro no firma certificados, pero su huella estadística resulta bastante legible.

Una semana que rompió la curva europea

EuroMOMO, la red que reúne semanalmente datos oficiales de mortalidad de países y regiones europeas, detectó un incremento concentrado alrededor de la última semana completa de junio. En el análisis participaron 27 territorios y el ascenso apareció sobre todo entre los mayores de 45 años, con un impacto especialmente acusado en las edades más avanzadas.

La anomalía destaca todavía más al mirar hacia atrás. Durante las ocho semanas anteriores, esos mismos países habían contabilizado, de media, unas 500 muertes semanales menos de las previstas. De pronto, en apenas siete días, la balanza saltó hasta 10.650 fallecimientos adicionales. No es una pequeña oscilación demográfica ni el ruido habitual de una serie estadística: es un muro levantado en mitad de una línea casi llana.

Francia y Bélgica fueron los únicos países clasificados con una mortalidad «muy alta» durante la última semana de junio. En Bélgica, el exceso fue el mayor observado durante una ola de calor desde que comenzaron los registros comparables. Francia también sufrió un aumento extraordinario, mientras los hospitales, los servicios de emergencia y las redes eléctricas trabajaban bajo una presión que no suele aparecer en las fotografías de terrazas llenas y niños jugando con los aspersores.

Los datos todavía son provisionales. Las defunciones tardan en notificarse, los retrasos varían entre países y EuroMOMO corrige sus cálculos a medida que recibe nueva información. La cifra puede moverse en las próximas semanas. Lo que difícilmente desaparecerá es el pico: la mortalidad europea salió de su rango normal con la misma violencia con la que subieron las temperaturas.

Qué significa realmente el exceso de mortalidad

El exceso de mortalidad compara las muertes observadas con las que cabría esperar según las tendencias históricas, la época del año y la estructura de edad de la población. Permite detectar el impacto de epidemias, fenómenos meteorológicos extremos u otras amenazas incluso cuando la causa inmediata escrita en cada certificado es distinta.

Esto importa mucho en una canícula. Algunas personas fallecen por un golpe de calor evidente, pero muchas más mueren después de sufrir una descompensación cardiaca, un ictus, una crisis respiratoria o el empeoramiento de una enfermedad previa. En el papel aparecerá una insuficiencia cardiaca; en la habitación habrá persianas bajadas, aire inmóvil y 30 grados de madrugada. Una cosa no desmiente la otra.

El calor extremo puede agravar enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cerebrovasculares, renales y metabólicas. También provoca deshidratación, agotamiento y golpes de calor, una emergencia médica potencialmente mortal. El riesgo se acumula cuando las noches no refrescan y el organismo pierde la oportunidad de recuperarse.

Los mayores concentran el golpe

Más de 9.000 de las 10.650 muertes adicionales correspondieron a personas de 65 años o más. La edad reduce la capacidad del cuerpo para regular la temperatura y aumenta la probabilidad de convivir con enfermedades crónicas o tratamientos que alteran la hidratación. A ello se suma algo menos clínico, pero igual de real: vivir solo, habitar una vivienda mal aislada o no disponer de refrigeración adecuada.

No todos los europeos atraviesan una ola de calor desde el mismo salón. Hay quien regula el aire acondicionado a 23 grados y quien pasa la tarde junto a una ventana cerrada para que no entre una bocanada aún más caliente. Hay barrios con árboles y otros donde el asfalto devuelve por la noche todo lo que absorbió durante el día. El calor es democrático al caer sobre el mapa; sus consecuencias, bastante menos.

España contabilizó más de mil muertes atribuibles al calor

España quedó dentro del núcleo de la ola térmica. El sistema nacional MoMo estimó 1.029 muertes atribuibles a las altas temperaturas durante junio, el mayor registro para ese mes desde 2015. La temperatura media se situó 3,2 grados por encima de lo habitual y junio terminó como el segundo más cálido de la serie, únicamente por detrás del año anterior.

En el pico del episodio, 35,7 millones de habitantes —aproximadamente el 73 % de la población— estuvieron expuestos a algún nivel de riesgo sanitario por calor. Para el 38 % de ellos, el riesgo fue alto. A lo largo del mes se batieron 165 récords de temperaturas máximas y 225 de mínimas en observatorios españoles. La noche, ese supuesto refugio, también cerró por vacaciones.

Las 1.029 muertes españolas y las 10.650 europeas no deben sumarse como si fueran columnas de una factura. Miden realidades relacionadas mediante métodos diferentes: el modelo español calcula fallecimientos atribuibles a la temperatura, mientras EuroMOMO identifica el exceso total de muertes respecto a una referencia histórica. Parte del impacto español ya está contenido en el balance europeo.

La concentración de episodios tempranos tampoco parece casual. Desde 1975 se han identificado 12 olas de calor durante el mes de junio en España y la mitad se ha producido en la última década. El verano meteorológico entra cada vez antes, empuja más fuerte y dura más. Luego llega julio como si nada, con su educada fama de mes caluroso, y encuentra el terreno ya reseco.

El calentamiento global amplificó la mortalidad

Los científicos sostienen que la ola de finales de junio habría sido prácticamente imposible sin el cambio climático causado por la actividad humana. Las temperaturas quedaron entre 5 y 12 grados por encima de los valores estacionales en amplias zonas de Francia, Alemania, Italia, España y el sur de Inglaterra, alimentadas por aire norteafricano, cielos despejados y un persistente sistema de altas presiones.

Un análisis realizado por instituciones científicas británicas estimó más de 2.700 muertes relacionadas con el calor en Inglaterra y Gales durante las olas de mayo y junio. Alrededor del 42 % se atribuyó al calor adicional aportado por el calentamiento de origen humano.

Según ese estudio, las temperaturas máximas fueron entre 3 y 4 grados más altas de lo que habrían sido en un clima no alterado por las emisiones humanas. Unos 550 fallecimientos se produjeron durante el episodio de mayo y cerca de 2.200 durante el de junio. Los mayores de 85 años representaron aproximadamente el 60 % de las muertes estimadas.

El calentamiento global no inventa cada anticiclón ni enciende personalmente cada incendio, caricatura cómoda con la que a veces se intenta despachar el asunto. Hace algo más prosaico y peligroso: eleva el suelo térmico sobre el que se desarrollan los fenómenos meteorológicos. Cuando llega una masa de aire caliente, encuentra una atmósfera que ya parte desde más arriba. El dado sigue rodando, solo que está cargado.

El calor mata sin ofrecer imágenes espectaculares

Las inundaciones arrastran coches. Los incendios levantan columnas negras visibles desde kilómetros. Una ola de calor, en cambio, suele presentarse con una estética casi amable: helados, piscinas, fuentes públicas, turistas bajo sombreros de paja. Su violencia ocurre en interiores, detrás de una puerta, en una residencia, en un dormitorio donde nadie consigue dormir.

El calor extremo puede matar en horas mediante un golpe de calor, pero su balance suele crecer por caminos menos visibles. Aumentan los infartos, los ictus, las insuficiencias respiratorias y las descompensaciones de patologías previas. También sufren quienes trabajan al aire libre, las embarazadas, los bebés, las personas con discapacidad y quienes toman determinados medicamentos. La vulnerabilidad térmica tiene muchas caras, aunque algunas apenas aparezcan en las estadísticas.

Esa invisibilidad facilita una reacción política tibia. Se activan avisos, se reparten recomendaciones y se recuerda que conviene beber agua —una revelación anual comparable al descubrimiento de que en invierno abriga el abrigo—, mientras numerosos edificios públicos, hospitales, colegios, residencias y viviendas siguen diseñados para retener calor.

El calor ha causado más de 200.000 muertes en la Unión Europea y países asociados durante los últimos cuatro años. Buena parte podría evitarse con planes sanitarios, refugios climáticos, seguimiento de personas vulnerables y una adaptación real de ciudades y lugares de trabajo. Más de la mitad de los países de la región europea todavía carecen de un plan integral frente a las temperaturas extremas.

Una emergencia sanitaria instalada en el calendario

Las 10.650 muertes adicionales de finales de junio no constituyen todavía un balance definitivo ni permiten adjudicar cada fallecimiento al calor con nombre y apellidos. Sí dibujan una señal epidemiológica extraordinaria, concentrada en los días y territorios castigados por la canícula y especialmente dura entre los mayores.

Europa ya no afronta anomalías aisladas que aparecen una vez por generación. Afronta veranos que empiezan antes, noches que enfrían menos y episodios capaces de alterar en una sola semana la mortalidad de todo un continente. El calor extremo ha dejado de ser una incomodidad meteorológica para convertirse en una cuestión de salud pública, vivienda, trabajo y desigualdad.

Durante años se habló de adaptación climática como quien discute sobre una reforma pendiente para la próxima legislatura. Las cifras de junio ofrecen una versión menos abstracta: 10.650 sillas vacías por encima de lo habitual. Podrán corregirse algunas centenas cuando lleguen los registros definitivos. El orden de magnitud, por desgracia, ya está escrito.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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