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¿Está parada la guerra en Ucrania? Rusia avanza apenas unos metros

Rusia avanza apenas unos metros al día en Ucrania, mientras las bajas, los ataques y la destrucción revelan una guerra lejos de estar parada

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Zelensky en el campo de batalla

Resumen

  • La guerra no está parada: Rusia avanza poco, pero combate cada día
  • Moscú gana metros a un coste enorme en soldados, blindados y material
  • Ucrania pierde terreno, pero frena una ruptura decisiva del frente

La guerra de Ucrania no está parada, aunque el mapa apenas se mueva. La ofensiva terrestre rusa se ha frenado hasta avanzar decenas de metros diarios en algunos de los sectores decisivos, sin una ruptura estratégica que permita hablar de derrumbe ucraniano. Pero bajo esa aparente quietud siguen acumulándose centenares de combates, miles de bajas mensuales, infiltraciones de infantería y ataques aéreos cada vez más destructivos.

Entre el 2 y el 30 de junio de 2026, Rusia conquistó unos 80 kilómetros cuadrados netos según los datos de DeepState; el Instituto para el Estudio de la Guerra, que delimita de otra forma las zonas disputadas, rebaja el balance a aproximadamente 28 kilómetros cuadrados. Es una ganancia minúscula sobre un frente de unos 1.200 kilómetros. El 3 de julio, sin embargo, el Estado Mayor ucraniano comunicó 273 enfrentamientos en apenas 24 horas, 39 de ellos en el eje de Pokrovsk. El terreno cambia poco. La violencia, no.

Rusia controla en torno a 117.000 o 118.000 kilómetros cuadrados de territorio ucraniano, Crimea y las áreas del Donbás ocupadas antes de febrero de 2022 incluidas. Es aproximadamente el 19% o el 20% del país. Desde el comienzo de la invasión a gran escala ha añadido a su dominio cerca de 73.000 kilómetros cuadrados, alrededor del 12% de Ucrania, pero la inmensa mayoría fue tomada durante las primeras fases de la guerra. Lo que vino después ha sido un avance lento, carísimo y embarrado en una telaraña de drones.

La guerra no está parada: se ha encogido el movimiento

La palabra más adecuada no es paz, ni congelación, ni siquiera pausa. Es estancamiento operativo. Los dos ejércitos continúan atacando, defendiendo, rotando unidades y buscando puntos débiles, pero ninguno ha logrado transformar sus éxitos locales en una penetración profunda capaz de desorganizar la retaguardia adversaria.

Un estudio publicado el 1 de julio por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales calcula que las fuerzas rusas han avanzado a un ritmo medio de unos 50 metros diarios alrededor de Kostiantynivka, 70 metros en el sector de Pokrovsk y 90 metros en dirección a Sloviansk. Son velocidades propias de una guerra de desgaste extremo: suficientes para borrar lentamente aldeas del mapa, insuficientes para alcanzar pronto los objetivos políticos proclamados por Moscú.

No significa que cada unidad rusa recorra exactamente esa distancia al amanecer, como quien mide una parcela con cinta métrica. Son promedios sobre periodos largos y zonas concretas. Hay jornadas sin cambios verificables, incursiones que fracasan, posiciones que pasan de mano varias veces y pequeños salientes de terreno que después deben abandonarse. La zona gris, donde ninguno de los dos bandos ejerce un control estable, puede extenderse varios kilómetros y convertir cualquier cifra demasiado redonda en una cómoda ficción cartográfica.

Rusia sigue conservando una ventaja de efectivos y mantiene capacidad para presionar simultáneamente en Donetsk, Zaporiyia, Járkiv y Sumy. Ucrania, mientras tanto, ha mejorado su defensa escalonada y sus ataques contra almacenes, centros de mando, carreteras y nudos ferroviarios situados detrás del frente. El resultado es una paradoja bastante cruda: Moscú todavía puede atacar, pero cada ofensiva encuentra una retaguardia más castigada y una franja de terreno donde casi cualquier movimiento resulta visible.

Cuántos kilómetros ha ganado Rusia de verdad

Durante las cuatro semanas comprendidas entre el 2 y el 30 de junio, DeepState atribuyó a Rusia una ganancia neta de 31 millas cuadradas, algo más de 80 kilómetros cuadrados. El cálculo basado en los mapas del Instituto para el Estudio de la Guerra dejó el avance en 11 millas cuadradas, unos 28 kilómetros cuadrados. En la última semana de ese periodo, las dos mediciones situaron las conquistas rusas entre 21 y 44 kilómetros cuadrados.

La diferencia no es un detalle menor. Cada observatorio decide cuándo una infiltración puede considerarse ocupación, cuánto tiempo debe mantenerse una posición y qué hacer con las llamadas bolsas grises. Los drones han ensanchado esas áreas ambiguas: un ejército puede impedir que el adversario circule por un campo sin tener hombres suficientes para ocuparlo de forma permanente.

Ucrania afirmó a comienzos de junio haber recuperado más de 600 kilómetros cuadrados durante 2026 y aseguró que solo en mayo recobró cien kilómetros cuadrados más de los que perdió. La cifra oficial no pudo ser comprobada independientemente, aunque los principales mapas abiertos sí detectaron una ralentización e incluso retrocesos netos rusos durante la primavera. No hay contradicción automática entre ambos balances: una fuerza puede recuperar grandes superficies dispersas y perder simultáneamente pequeñas posiciones más valiosas cerca de una carretera, una altura o una ciudad fortificada.

Un año de avances que cabe en una comarca

Entre el 1 de julio de 2025 y el 30 de junio de 2026, Rusia ganó aproximadamente entre 3.100 y 3.260 kilómetros cuadrados netos, según se utilice la cartografía del Instituto para el Estudio de la Guerra o la de DeepState. Equivale a cerca del 0,5% de la superficie total de Ucrania. Su avance medio mensual durante ese periodo quedó entre 280 y 319 kilómetros cuadrados.

El dato permite colocar la propaganda en su tamaño real. Rusia continúa conquistando territorio y Ucrania sigue perdiendo posiciones importantes, pero no existe una marcha incontenible hacia el oeste. A este ritmo, tomar las áreas del Donbás que permanecen en manos ucranianas exigiría años, siempre que la velocidad no disminuyera y que Ucrania no recuperase la iniciativa. Dos condiciones bastante generosas para cualquier cálculo militar.

La primavera de 2026 fue especialmente mala para Moscú. El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales estima que Rusia perdió alrededor de 400 kilómetros cuadrados netos entre abril y mayo, sus primeros dos meses consecutivos de retroceso desde 2024. En junio volvió a registrar ganancias, aunque modestas. El frente, pues, no se ha convertido en una línea inmóvil: oscila, se pliega, vuelve a tensarse. Como una plancha de metal sometida a golpes continuos.

Kostiantynivka concentra el peligro inmediato

El punto más delicado se encuentra alrededor de Kostiantynivka, la ciudad situada en el extremo meridional del cinturón defensivo que protege Druzhkivka, Kramatorsk y Sloviansk. Pequeños grupos rusos han logrado infiltrarse en sus alrededores, mientras drones, bombas planeadoras y artillería golpean las vías de abastecimiento que conectan la ciudad con la retaguardia ucraniana.

Ucrania conserva aproximadamente una quinta parte de la región de Donetsk. La captura de Kostiantynivka permitiría a Rusia apoyar un avance hacia el norte y aumentaría la presión sobre las dos grandes ciudades del Donbás todavía controladas por Kyiv, Kramatorsk y Sloviansk. No supondría el final de la defensa ucraniana, pero abriría una grieta considerable en su sistema fortificado.

Moscú exagera habitualmente la proximidad de sus victorias y Kyiv tiende a minimizar las infiltraciones hasta que la situación se vuelve difícil de disimular. Entre ambos relatos está el terreno: carreteras cubiertas por redes antidrones, cables de fibra óptica colgando de árboles y vehículos destruidos en las cunetas. Los suministros entran en algunos sectores mediante robots terrestres o motocicletas, y la evacuación de heridos debe realizarse a pie. Moverse se ha convertido en el primer combate.

La presión también continúa en Huliaipole, Sloviansk y los accesos occidentales de Pokrovsk, ya ampliamente dominado por Rusia. En las 24 horas anteriores a la mañana del 3 de julio, el mando ucraniano atribuyó 39 asaltos rusos al eje de Pokrovsk, 32 al de Huliaipole y 30 al de Sloviansk. Son datos de una de las partes y no pueden verificarse en tiempo real, pero describen una actividad difícilmente compatible con una guerra dormida.

La zona de muerte que congela el mapa

La causa principal de esta lentitud no es una súbita falta de voluntad ofensiva, sino la saturación de drones. Cerca del frente, cualquier blindado, camión, motocicleta o grupo de soldados puede ser detectado y atacado en cuestión de minutos. La franja más peligrosa alcanza entre 20 y 40 kilómetros de profundidad en algunas zonas.

Rusia responde enviando grupos muy pequeños, a veces formados por apenas dos o tres soldados, para localizar posiciones ucranianas, provocar fuego defensivo o infiltrarse entre trincheras. Cuando una posición queda identificada, entran en juego los drones FPV, la artillería y las bombas planeadoras. Es una táctica que ahorra vehículos, no necesariamente vidas humanas.

Ucrania emplea una fórmula parecida, aunque intenta reducir la presencia física de sus tropas en la franja más expuesta y atacar la logística rusa a media distancia. Los golpes contra depósitos de combustible, puentes, ferrocarriles, puertos y refinerías han complicado el abastecimiento ruso, especialmente en Crimea. El efecto no ha bastado para detener todas las ofensivas, pero sí para encarecer cada kilómetro y limitar la concentración de fuerzas necesaria para una ruptura.

Las bajas: millones de soldados y márgenes de error

No existe una contabilidad indiscutible de las bajas militares. Rusia y Ucrania protegen los datos propios, exageran los del adversario y aplican criterios distintos para clasificar muertos, heridos, desaparecidos o soldados que regresan al servicio. Conviene desconfiar de cualquier cifra presentada como si hubiera sido obtenida pasando lista al final de la batalla.

La estimación más reciente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales sitúa las pérdidas rusas entre febrero de 2022 y junio de 2026 en aproximadamente 1,4 millones de muertos, heridos y desaparecidos, con entre 400.000 y 450.000 fallecidos. Para Ucrania calcula entre 525.000 y 625.000 bajas totales y entre 125.000 y 150.000 muertos. El balance combinado habría superado los dos millones de militares. Son estimaciones, no certificados de defunción, pero muestran la escala de una carnicería que el movimiento del mapa no refleja.

El mismo estudio sostiene que Rusia ha sufrido entre 30.000 y 34.000 bajas mensuales durante 2026, por encima de un reclutamiento estimado en unos 27.000 hombres al mes. También calcula que la proporción de bajas rusas frente a las ucranianas pudo acercarse a ocho por una durante la primera mitad del año, frente a una relación de dos o tres por una durante buena parte de la guerra. Esa diferencia ayuda a explicar la desaceleración rusa, aunque no elimina el problema central de Kyiv: Ucrania dispone de una población movilizable bastante menor y cada pérdida pesa más sobre sus unidades.

Mediazona y Meduza, mediante registros sucesorios y una base de nombres comprobados, estimaron que unos 352.000 ciudadanos rusos varones de entre 18 y 59 años habían muerto en la guerra hasta finales de 2025. Su lista contenía entonces 217.808 fallecidos identificados individualmente. La metodología no coincide con la empleada por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales y cubre un periodo diferente, pero ofrece una comprobación independiente de que las pérdidas rusas se cuentan por centenares de miles, no por las cifras mucho menores divulgadas durante años por Moscú.

La documentación visual recopilada por Oryx contabilizaba hasta finales de junio 14.067 tanques y vehículos blindados rusos perdidos, frente a 5.946 ucranianos. También registraba 380 aeronaves rusas y 200 ucranianas. Son mínimos verificables mediante fotografías o vídeos; el número real es superior, porque no todo vehículo destruido acaba retratado y geolocalizado.

Fuera del campo de batalla, la factura es todavía más ancha. La evaluación conjunta del Gobierno ucraniano, el Banco Mundial, la Comisión Europea y Naciones Unidas situó en 195.100 millones de dólares los daños directos acumulados hasta el 31 de diciembre de 2025. Las necesidades de reconstrucción durante la próxima década alcanzaban ya los 588.000 millones, con la vivienda, el transporte y la energía como sectores más castigados. La estimación ni siquiera incluye todo lo destruido durante 2026.

La ONU documentó 1.272 civiles muertos y 6.871 heridos entre diciembre de 2025 y mayo de 2026, un aumento del 40% respecto al mismo periodo anterior. Durante esos seis meses registró al menos 423 ataques contra instalaciones eléctricas y otros 74 contra plantas de calefacción y cogeneración. El frente terrestre se ralentiza; la devastación urbana acelera.

La guerra inmóvil que no deja de avanzar

El ataque ruso contra Kyiv del 2 de julio dejó al menos 30 muertos y 92 heridos, según el balance disponible durante la mañana del día 3. Más de cien edificios residenciales resultaron dañados. Fue el bombardeo más mortífero sufrido por la capital ucraniana en 2026 y coincidió, precisamente, con uno de los momentos de menor avance terrestre ruso.

Ese contraste define la fase actual de la guerra. Cuando Rusia encuentra más dificultades para atravesar las defensas ucranianas sobre el terreno, intensifica los ataques con misiles y drones contra ciudades, energía e industria. Ucrania responde golpeando refinerías, puertos, bases y líneas logísticas dentro de Rusia y en Crimea. La guerra se aleja físicamente de la trinchera sin abandonar la trinchera. Se expande hacia arriba y hacia atrás.

No estamos ante un conflicto congelado, porque continúan las ofensivas y no existe una línea aceptada por ambos bandos. Tampoco ante una victoria ucraniana: Rusia conserva cerca de una quinta parte del país, sigue presionando Kostiantynivka y mantiene una ventaja considerable de población, munición y capacidad de ataque aéreo. Pero la idea de una conquista rusa rápida se ha deshecho. Moscú gana metros pagando miles de hombres, y Kyiv compra tiempo a cambio de territorio, infraestructura y una presión humana que tampoco puede sostener indefinidamente.

La guerra está casi parada únicamente para quien observa dos mapas separados por una semana. Para el soldado que cruza una carretera bajo drones, para la familia que duerme junto al metro o para el equipo de rescate que levanta hormigón en Kyiv, no hay nada inmóvil. El mapa apenas se despeina. Debajo, todo arde.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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