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Netanyahu y Trump: qué pruebas hay sobre el origen de la guerra
La presión israelí aparece en varios relatos, aunque la decisión de entrar en combate también fue de Trump.

Las reconstrucciones periodísticas sobre las semanas previas a los ataques contra Irán describen una campaña de persuasión de Benjamin Netanyahu para lograr que Donald Trump se sumara a una operación militar. Hubo presentaciones de inteligencia israelí, llamadas sobre una oportunidad para atacar a la cúpula iraní y advertencias de altos cargos estadounidenses sobre los riesgos. Eso permite hablar de presión e influencia israelíes; no demuestra, por sí solo, que Trump fuera obligado ni que Netanyahu tomara la decisión en su lugar.
La distinción importa porque el presidente estadounidense recibió objeciones dentro de su propia Administración y, aun así, autorizó los ataques conjuntos que comenzaron el 28 de febrero de 2026. Los relatos publicados por The New York Times y Axios, basados en conversaciones con funcionarios y otras fuentes, apuntan a que Netanyahu ayudó a inclinar el debate y puso sobre la mesa argumentos decisivos. Pero también describen a un Trump que escuchó, sopesó y eligió. La influencia no elimina la responsabilidad política de quien tenía la última palabra.
Una presentación israelí ante una Casa Blanca dividida
Según una reconstrucción de The New York Times, Netanyahu visitó la Casa Blanca el 11 de febrero y presentó en la sala de situación un plan para derribar la República Islámica y facilitar la instalación de un gobierno de transición. La exposición incluía una presentación visual y un vídeo con posibles figuras para ese proceso, entre ellas Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, que vive exiliado en Estados Unidos. La propuesta no se limitaba a debilitar capacidades militares: ofrecía a Trump una posible salida política al conflicto, aunque dependía de que se cumplieran supuestos de enorme alcance.
El plan israelí planteaba que los ataques podían destruir el programa iraní de misiles balísticos en pocas semanas, reducir la capacidad de Teherán para amenazar el estrecho de Ormuz y provocar protestas internas que abrieran paso a un cambio de régimen. También contemplaba acciones de sabotaje y una posible rebelión, además de un foco de presión en el noroeste iraní con participación kurda desde el territorio iraquí. Eran objetivos ambiciosos: la operación requería no solo superioridad militar, sino que la población iraní y grupos opositores respondieran de una manera que no podía garantizarse desde Washington o Tel Aviv.
La presentación, de acuerdo con esa investigación, convenció a Trump más que a varios de sus principales asesores. El vicepresidente JD Vance no estaba en la sala durante la visita, pero expresó después dudas sobre la viabilidad de provocar un cambio de régimen. El director de la CIA, John Ratcliffe, y el secretario de Estado, Marco Rubio, también cuestionaron el plan, mientras el jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, advirtió sobre el hábito israelí de prometer más de lo que podía cumplir y sobre los riesgos de una guerra prolongada. El episodio retrata una Casa Blanca en la que las reservas no impidieron la decisión final.
El contraste entre las expectativas y lo ocurrido es central para evaluar la influencia de Netanyahu. El líder supremo Alí Jameneí murió en los ataques, según los datos recogidos en la información de referencia, pero su muerte no produjo automáticamente el derrumbe del sistema iraní. Su hijo asumió el cargo y la estructura de mando descentralizada permitió que Irán mantuviera su capacidad de respuesta. Las protestas previstas no se convirtieron en una insurrección decisiva y los combatientes kurdos iraníes no habían abierto el frente que el plan contemplaba. La operación no entregó el cambio político prometido, una diferencia fundamental entre vender una posibilidad y demostrar que era alcanzable.
La llamada sobre Jameneí y el último giro hacia la guerra
La investigación de Axios añade otro episodio a la secuencia. El 23 de febrero, según fuentes conocedoras de la conversación citadas por ese medio, Netanyahu llamó a Trump desde la sala de crisis de la Casa Blanca para comunicarle que Jameneí y parte de su círculo cercano se reunirían en Teherán el sábado siguiente. El primer ministro israelí presentó ese encuentro como una ocasión excepcional para atacar a los principales dirigentes iraníes en un mismo lugar. Para Trump, la posibilidad de eliminar a la cúpula del régimen habría convertido la información en una oportunidad militar concreta, no en una advertencia abstracta.
Trump pidió a la CIA que comprobara la información de inteligencia israelí. Axios informó que la agencia la confirmó antes de que se tomara la decisión, aunque esa verificación no resolvía por sí sola las consecuencias estratégicas de atacar ni el riesgo de una guerra más extensa. La diferencia es importante: que la inteligencia sobre una reunión fuera fiable no demostraba que el cambio de régimen resultara viable, ni que el conflicto pudiera mantenerse bajo control. Un dato táctico confirmado no equivale a un plan político probado.
El mismo día, los enviados estadounidenses Jared Kushner y Steve Witkoff informaron desde Ginebra de que las conversaciones con representantes iraníes no avanzaban hacia un acuerdo que satisficiera a Trump. Según el relato de Axios, transmitieron que podían seguir presionando por la vía diplomática, pero que Teherán no ofrecía lo que el presidente consideraba aceptable. El viernes 27 de febrero, a las 3:38 de la tarde, hora del Este, Trump habría dado la orden final; unas 11 horas después comenzaron los bombardeos sobre Teherán. La secuencia combina una oportunidad militar y el fracaso diplomático, dos factores que ayudan a explicar el momento del ataque, sin demostrar que uno de ellos bastara para decidirlo.
Por eso, las dos reconstrucciones no cuentan exactamente la misma historia, aunque encajan en una misma cadena de acontecimientos. La primera se concentra en la presentación de Netanyahu y las dudas de los asesores; la segunda, en la llamada sobre la localización de Jameneí y la valoración de que la diplomacia se había agotado. En conjunto, revelan que Israel trabajó activamente para convencer a Trump y que su información pesó en el cálculo estadounidense. Sin embargo, los relatos dependen en buena medida de fuentes anónimas y no equivalen a una prueba pública de coacción. Lo que describen es persuasión política y estratégica, no una orden impartida desde Jerusalén.
Qué significa realmente que Netanyahu lo empujara
La palabra empujar puede referirse a cosas distintas. Puede describir una presión diplomática persistente, una alianza que inclina las opciones disponibles o la presentación de información seleccionada para favorecer una intervención. También puede sugerir que Trump carecía de voluntad propia y que Netanyahu controlaba la decisión. Los datos publicados apoyan las primeras interpretaciones con más fuerza que la última: el dirigente israelí hizo campaña por la operación, ofreció argumentos y aprovechó una oportunidad de inteligencia, pero la orden de atacar correspondió al presidente estadounidense.
La diferencia no es un matiz semántico. Estados Unidos tenía capacidad para rechazar la propuesta, insistir en las negociaciones o limitar su participación. Además, varios de los responsables de seguridad y política exterior expresaron dudas acerca del plan y de la duración posible del conflicto. Que Trump escuchara esas advertencias y optara por actuar apunta a una decisión propia, incluso si la iniciativa israelí influyó en la forma y el momento del ataque. Ser persuadido no es lo mismo que ser forzado, y confundir ambos conceptos convierte una discusión sobre responsabilidades en una explicación demasiado simple.
También conviene separar el interés israelí de una acusación de chantaje. Netanyahu tenía razones estratégicas para buscar una acción contundente contra Irán, al que Israel considera una amenaza, y un interés político evidente en mantener a Washington alineado. Pero las afirmaciones de que utilizó expedientes secretos o una palanca oculta para obligar a Trump no quedan demostradas por los relatos sobre las reuniones y la llamada. Candace Owens difundió acusaciones de chantaje y vinculó el asunto con los archivos de Epstein, pero la existencia de esas declaraciones no acredita su contenido. La presión política visible y una operación clandestina de coacción son afirmaciones de distinta magnitud.
Las promesas del plan frente a la respuesta de Irán
El propósito de derrocar al régimen iraní elevaba el riesgo mucho más allá de una campaña para degradar instalaciones militares. Un cambio de gobierno desde el aire requería que los ataques desencadenaran dinámicas internas favorables a Washington y Jerusalén. La propuesta israelí, tal como fue reconstruida por The New York Times, daba por probable una reacción popular contra el poder iraní y atribuía al Mossad capacidad para ayudar a convertirla en una revuelta. Sin embargo, las sociedades no responden como piezas de una presentación: el miedo, la represión, el nacionalismo y la reacción ante ataques extranjeros pueden producir efectos distintos, incluso opuestos.
La continuidad del sistema iraní tras la muerte de Jameneí expuso esa incertidumbre. En lugar de una transición política impulsada por la oposición, el poder pasó a su hijo, mientras la estructura estatal y militar conservó capacidad para responder. La estrategia de defensa en mosaico, descrita en la información de referencia, permitía mantener operaciones sin depender de una única cadena central de mando. Así, la eliminación de dirigentes no bastó para paralizar al país. Descabezar una estructura no significa desmantelarla, especialmente cuando existen instituciones y mandos capaces de sustituir a quienes caen.
El plan también infravaloraba, según las advertencias recogidas, la posibilidad de que Irán atacara a los aliados de Estados Unidos en el Golfo o afectara al tránsito por Ormuz. La reacción iraní y las amenazas sobre infraestructuras regionales mostraron que el conflicto no podía encerrarse en el territorio iraní. Las bases estadounidenses, los países vecinos y las rutas comerciales quedaron expuestos a las consecuencias de una escalada. El cálculo de que el daño a esos intereses sería mínimo no era un detalle técnico: era una de las premisas que podía hacer fracasar la estrategia.
La guerra, además, no resolvió por sí sola la disputa sobre el programa nuclear iraní ni las condiciones para detener los combates. En la información disponible al 23 de marzo, las negociaciones seguían sometidas a presiones cruzadas y Trump alternaba anuncios de avances con señales de que no había un acuerdo cerrado. El secretario de Estado Marco Rubio sostuvo ante el Senado que cualquier alivio de sanciones dependería de resolver el motivo por el que se impusieron, incluido el programa nuclear. La ausencia de una fecha clara para el final de las conversaciones mostraba que la vía militar no había despejado la mesa diplomática.
Ormuz convirtió la apuesta militar en un riesgo mundial
El estrecho de Ormuz es uno de los puntos más sensibles del comercio energético. La amenaza de un cierre, total o parcial, convierte una guerra regional en un problema para los mercados, las cadenas de suministro y los países que importan petróleo y gas. Trump lanzó un ultimátum para que Irán reabriera plenamente el paso y amenazó con atacar su infraestructura eléctrica; Teherán respondió que podría golpear instalaciones energéticas vinculadas a Estados Unidos en la región. La escalada trasladó la presión militar a bienes de los que dependen millones de civiles. La energía se convirtió en parte del campo de batalla.
En el momento descrito por el artículo de referencia, el Brent se movía entre 112 y 113 dólares por barril. Ese rango reflejaba la inquietud ante una interrupción prolongada, aunque el precio del crudo también depende de otros factores y no permite atribuir cada variación a una sola decisión política. Un petróleo más caro encarece el transporte y presiona los costes de empresas y hogares; en España, el impacto puede trasladarse a los combustibles, la logística y los precios finales. No es necesario que Ormuz quede completamente cerrado para que los mercados incorporen el riesgo. La incertidumbre también tiene un coste económico.
Las amenazas contra centrales eléctricas y otras infraestructuras esenciales abren, además, un debate humanitario y jurídico. No son objetivos que afecten únicamente a las fuerzas armadas: su destrucción puede comprometer servicios básicos y la vida cotidiana de la población. La legalidad de cada ataque depende de sus circunstancias, de su objetivo y de los daños previsibles, por lo que no cabe resolverla con una frase general ni tratarla como una cuestión puramente táctica. Pero el desplazamiento del conflicto hacia instalaciones civiles muestra cuánto puede ampliarse el daño cuando los gobiernos recurren a la represalia sobre sistemas de los que depende la población.
Una alianza estrecha también es una palanca de presión
La relación entre Washington y Jerusalén ofrece a Estados Unidos instrumentos de influencia, aunque utilizarlos tiene costes políticos y estratégicos. Entre 1946 y 2024, Estados Unidos entregó a Israel 244.000 millones de dólares en asistencia militar, más que a cualquier otro país; Ucrania recibió 61.000 millones durante el mismo periodo. La mayor parte de la ayuda a Israel consistió en subvenciones, y el país pudo destinar parte de esos fondos a su propia industria de defensa. Estas cifras ayudan a entender la profundidad de la alianza y por qué una amenaza de reducir la asistencia puede pesar en los cálculos israelíes.
La presión estadounidense sobre Israel tiene precedentes. En 1957, el presidente Dwight Eisenhower amenazó con detener la ayuda si las fuerzas israelíes no se retiraban del Sinaí tras la crisis de Suez. El Gobierno de David Ben-Gurion terminó aceptando la retirada, aunque de mala gana. Ese antecedente muestra que la ayuda militar no es solo un flujo de recursos: también puede convertirse en una herramienta diplomática. Pero la capacidad de presión no implica que Washington pueda dictar cada decisión israelí sin consecuencias, sobre todo cuando ambos países han integrado cada vez más sus intereses y capacidades de defensa. La dependencia mutua limita y amplifica la influencia.
El debate sobre esa integración no es abstracto. La información de referencia señalaba una disposición legislativa estadounidense para 2027 que podía estrechar la cooperación entre los sectores de defensa de ambos países en áreas como los sistemas autónomos y la ciberseguridad, además de permitir proyectos industriales conjuntos en suelo estadounidense. Esa relación facilita coordinación y acceso a capacidades, pero también hace más difícil separar por completo las estrategias de cada aliado. En una crisis, el vínculo puede dar a Washington herramientas para influir en Netanyahu y, a la vez, aumentar el peso de Israel en las decisiones estadounidenses. La alianza no es una correa de mando en una sola dirección.
Trump también tenía motivos propios para ordenar el ataque
La explicación centrada únicamente en Netanyahu deja fuera los incentivos de Trump. La información sobre una reunión de dirigentes iraníes ofrecía la posibilidad de un golpe de alto impacto, mientras las conversaciones de Ginebra parecían estancadas según los enviados de la Casa Blanca. La combinación podía hacer que el presidente viera la intervención como una oportunidad militar y como una alternativa a una diplomacia que consideraba infructuosa. Que esos argumentos procedieran en parte de Israel no significa que Trump careciera de razones propias para aceptarlos. La decisión fue una convergencia de intereses, no necesariamente la victoria de uno sobre otro.
También pesaba la promesa política de Trump de evitar guerras interminables y priorizar los problemas internos de Estados Unidos. La intervención contra Irán chocó con una parte del movimiento MAGA, que había convertido la oposición a las aventuras militares en una de sus señas de identidad. La guerra dañó la imagen de un presidente que decía no dejarse arrastrar por las élites de seguridad nacional y expuso una contradicción entre el discurso de America First y una campaña militar en Oriente Medio. La acusación de que Netanyahu lo empujó resulta políticamente atractiva para quienes no quieren atribuir esa ruptura a Trump, pero no borra la responsabilidad de la Casa Blanca.
El conflicto también podía alterar el debate interno israelí. Antes de la guerra, Netanyahu afrontaba desgaste, protestas y procesos judiciales; una crisis de seguridad puede desplazar esas disputas y devolver protagonismo al jefe de Gobierno. Eso no prueba que iniciara el conflicto para salvar su posición, ni reduce la amenaza iraní a una maniobra electoral. Israel considera a Irán un adversario estratégico real. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez: existen razones de seguridad y, como en cualquier liderazgo bajo presión, incentivos políticos que condicionan el modo de presentar y sostener una operación.
Una bronca entre aliados no demuestra una ruptura
En medio de las negociaciones de alto el fuego, la ofensiva israelí en Líbano añadió otra fricción. Irán condicionó la continuidad de las conversaciones al cese de los ataques israelíes en ese país. La agencia semioficial iraní Tasnim anunció que la delegación de Teherán se retiraba de las negociaciones, mientras Trump afirmó en redes sociales que había hablado con Netanyahu y que ambos habían acordado detener los ataques. Netanyahu respondió públicamente que el ejército seguiría actuando según lo previsto en el sur de Líbano. La discrepancia puso en evidencia los límites de la coordinación.
Axios informó, citando fuentes de la Casa Blanca, de una conversación áspera en la que Trump reprochó a Netanyahu que dificultara el acuerdo y lo responsabilizó por el coste político de la guerra. Esas versiones describen una tensión real, pero no bastan para determinar cuánto hubo de enfrentamiento privado y cuánto de escenificación pública. Trump tenía motivos para mostrar que no seguía sin reservas al primer ministro israelí; Netanyahu, por su parte, podía mantener una posición firme en Líbano pese a la presión estadounidense. Un desacuerdo táctico no deshace una alianza estratégica.
La ayuda militar, la coordinación de defensa y los intereses compartidos hacen poco probable que una discusión puntual cambie de inmediato la relación entre los dos países. Al mismo tiempo, el episodio demuestra que Israel puede complicar los objetivos diplomáticos de Washington cuando considera que detener una operación pone en riesgo sus propios intereses. Estados Unidos necesitaba que cesaran los ataques en Líbano para sostener las conversaciones con Irán, mientras Netanyahu defendía la continuidad de la ofensiva. La influencia, por tanto, no opera solo antes de una guerra: también se disputa en las condiciones para ponerle fin.
La responsabilidad no se resuelve con un solo culpable
Los hechos conocidos ofrecen una respuesta más matizada que una acusación cerrada. Netanyahu buscó convencer a Trump, presentó un plan que prometía resultados decisivos y compartió información sobre una ocasión para atacar a la cúpula iraní. Funcionarios estadounidenses cuestionaron la viabilidad de varios objetivos y advirtieron sobre los riesgos, pero Trump autorizó la operación después de recibir una evaluación favorable de la inteligencia y de considerar que las negociaciones no satisfacían sus condiciones. La influencia israelí está documentada en las reconstrucciones; la idea de una coacción que anuló la voluntad presidencial, no.
El balance también exige mirar lo que la campaña no consiguió. La muerte de Jameneí no derribó el sistema iraní, la oposición no tomó el poder y el riesgo de extender la guerra a otros países y a las infraestructuras energéticas se hizo concreto. La presión de Netanyahu pudo ayudar a abrir la puerta, pero no garantizaba el resultado ni eximía a Washington de evaluar las consecuencias. En política exterior, la decisión de intervenir no se juzga solo por quién propuso la idea, sino por quién tuvo autoridad para aceptarla, qué advertencias recibió y qué objetivos podía demostrar que eran alcanzables.
El relato de un presidente arrastrado por un aliado puede funcionar como defensa política para Trump y como reproche para Netanyahu, pero deja sin responder la cuestión principal: por qué la Casa Blanca optó por la guerra aun con dudas internas sobre el cambio de régimen y sobre la duración del conflicto. Las investigaciones disponibles ayudan a reconstruir el peso de Israel, no a convertir la historia en una orden secreta con un único responsable. La alianza influyó en la decisión; no sustituyó la decisión estadounidense. Esa diferencia es el punto de partida para entender tanto la escalada como la disputa por quién deberá cargar con sus consecuencias.

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