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Salud

¿Por qué el sida mata menos pero el VIH vuelve a alarmar al mundo?

El sida mata menos, pero los recortes amenazan pruebas, tratamientos y prevención del VIH tras décadas de avances que siguen siendo frágiles.

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el VIH alarma más al mundo

El mundo ha vuelto a reducir las muertes por sida, y ese dato merece algo más que un suspiro burocrático. En 2025 murieron unas 570.000 personas por enfermedades relacionadas con el sida, un 9,5 % menos que el año anterior, mientras las nuevas infecciones por VIH bajaron hasta 1,2 millones, un descenso del 7,6 %. Visto desde lejos, parece una victoria limpia: menos funerales, menos contagios, más tratamiento. Pero el informe global de ONUSIDA, publicado este viernes 12 de junio en Ginebra, llega con una advertencia que enfría la copa antes del brindis: los recortes en ayuda humanitaria y programas de prevención pueden poner en riesgo décadas de avances.

La noticia real está en esa tensión. El sida mata menos porque la ciencia funcionó, porque los antirretrovirales funcionaron, porque las pruebas llegaron a millones de personas y porque el tratamiento convirtió una antigua sentencia en una condición crónica para buena parte de los pacientes. No por milagro, ni por una iluminación repentina de los gobiernos, que suelen descubrir la salud pública cuando ya sale cara. Funcionaron los diagnósticos, la medicación, la prevención, los preservativos, la PrEP, los centros comunitarios y el viejo gesto, nada espectacular, de llegar a tiempo.

En 2025 había 40,9 millones de personas viviendo con VIH en el planeta, un 25 % más que en 2010. La cifra puede sonar alarmante, pero no significa exactamente que todo vaya peor. También significa que muchas personas viven más, viven mejor y no mueren al poco tiempo del diagnóstico. Es uno de los grandes triunfos médicos del último medio siglo. Las muertes anuales por sida han caído un 57 % desde 2010, mientras el porcentaje de personas con acceso a tratamiento antirretroviral ha pasado del 24 % de hace quince años al 78 % actual.

La parte incómoda es que la victoria no está cerrada. ONUSIDA insiste en que la mortalidad sigue siendo “inaceptablemente alta” para una enfermedad tratable y que el mundo no avanza al ritmo necesario para cumplir la Agenda 2030, ese compromiso internacional que pretende que el sida deje de ser una amenaza para la salud pública antes de que termine la década. La frase queda bien en una declaración política. En el terreno, en cambio, necesita dinero, personal, pruebas, medicamentos y confianza. Mucha confianza.

La gran paradoja: más personas con VIH y menos muertes

Que haya más personas viviendo con VIH no es, por sí solo, una derrota. Es también la prueba de que la medicina ha logrado que millones de personas no mueran. A finales de 2025, unos 32,1 millones de seropositivos recibían tratamiento, un 2,7 % más que en 2024, aunque ese crecimiento ya empieza a perder velocidad respecto a los años anteriores. El dato tiene una lectura humana: vidas que continúan. Familias, trabajos, viajes, citas médicas, cenas, discusiones domésticas, cumpleaños. La vida normal, esa cosa tan poco épica y tan enorme.

El tratamiento no solo protege a quien lo toma. Cuando una persona con VIH mantiene una carga viral prácticamente indetectable, el riesgo de transmisión sexual se reduce de manera decisiva. Ese principio, resumido durante años con la idea de indetectable igual a intransmisible, cambió la conversación pública sobre el virus. La sacó, al menos parcialmente, del barro moral donde algunos siguen chapoteando con una alegría bastante medieval.

Según el informe, a finales de 2025 el 88 % de las personas seropositivas sabían que vivían con el virus. De ellas, otro 88 % recibían tratamiento, y entre quienes estaban tratados, el 95 % presentaban una carga viral prácticamente indetectable. La cadena funciona cuando llega a la persona adecuada. El problema está antes: en quien no se hace la prueba, en quien no puede acceder al sistema, en quien teme el diagnóstico, en quien vive en un país donde pedir ayuda sanitaria implica exponerse a violencia, estigma o persecución.

Casi nueve millones de personas con VIH no reciben tratamiento. Y varios millones ni siquiera saben que son portadoras del virus. Ese es el agujero negro de la epidemia: no el susto de cartel antiguo, no la propaganda de los años ochenta, sino el diagnóstico tardío, la prueba que no se hace, el centro de salud que no llega, la vergüenza que todavía pesa, el silencio familiar, la consulta que se evita por miedo a una mirada. El VIH no necesita mucho ruido para avanzar. Le basta con que se le deje espacio.

Los recortes amenazan justo lo que estaba funcionando

El avance contra el sida se ha apoyado en más recursos, más programas y más cobertura. En 2024, los países en desarrollo contaban con unos 18.700 millones de dólares para la respuesta al VIH, una cifra importante, pero inferior a los 21.900 millones que ONUSIDA considera necesarios cada año antes de 2030. La diferencia parece contabilidad fría. No lo es. Puede significar menos pruebas, menos medicamentos, menos preservativos, menos PrEP, menos personal sanitario y menos organizaciones comunitarias con capacidad real de actuar.

La reducción de la asistencia humanitaria global, que cayó con fuerza en 2025, ha debilitado programas de respuesta al VIH en países de ingresos medios y bajos. En zonas de alta incidencia, las pruebas de detección bajaron un 22 % el pasado año. La financiación para preservativos cayó casi a la mitad en algunos contextos, y el acceso a herramientas preventivas también sufrió. Apagar parte de la prevención cuando los contagios bajan es como cerrar los bomberos porque el incendio parece controlado. Un clásico de la inteligencia presupuestaria con vocación de desastre.

La directora ejecutiva de ONUSIDA, Winnie Byanyima, lo resumió con una advertencia clara: todavía es posible acabar con el sida como amenaza de salud pública en 2030, pero la falta de acción puede revertir décadas de progreso. No es una frase de alarma gratuita. El VIH tiene memoria epidemiológica. Cuando se retiran pruebas, se reduce la prevención y se debilitan las redes comunitarias, el virus no espera una invitación formal. Circula.

Los servicios comunitarios son una pieza esencial porque llegan donde el sistema sanitario tradicional suele llegar tarde o no llega. Atienden a poblaciones marginadas, acompañan a migrantes, personas trans, trabajadores sexuales, usuarios de drogas, hombres que tienen sexo con hombres, adolescentes y mujeres jóvenes expuestas a situaciones de desigualdad. En muchos países, esas organizaciones dependen de financiación exterior. Cuando se corta el dinero, no se cierra solo una oficina; se rompe una cadena de confianza.

La prevención del VIH no funciona con discursos solemnes, sino con presencia. Una prueba rápida en un barrio periférico, una consulta sin juicio moral, un preservativo entregado sin sermón, una pastilla de PrEP disponible para quien la necesita, una campaña que habla claro y no parece escrita por una comisión asustada. Eso es salud pública. Lo demás, el cartel institucional con manos entrelazadas y frases de calendario, ayuda poco si detrás no hay estructura.

Cuando faltan pruebas, el virus gana silencio

El VIH puede estar años sin síntomas evidentes. Por eso las pruebas de detección son el primer muro de contención. Si se hacen menos test, no solo se diagnostican menos casos; también se entiende peor la epidemia. Se vuelve borrosa. Y una epidemia borrosa suele ser políticamente cómoda hasta que deja de serlo, que es cuando las cifras vuelven con cara de factura vencida.

El descenso de diagnósticos puede parecer una buena noticia si se mira con pereza. Menos positivos detectados, menos problema aparente. Pero si al mismo tiempo bajan las pruebas, el dato queda contaminado. No saber no es controlar. No mirar no es curar. En salud pública, la ignorancia no es neutral; suele venir cargada de pobreza, miedo, estigma, burocracia y decisiones políticas con muy poco glamour.

En el VIH, el acceso temprano lo cambia todo. Permite iniciar tratamiento, cuidar la salud de la persona diagnosticada y reducir el riesgo de transmisión. También evita que el virus se convierta en una enfermedad avanzada. Cuando el sistema llega tarde, el coste médico y humano aumenta. Y cuando llega tarde por decisión presupuestaria, el asunto deja de ser un accidente y empieza a parecer negligencia.

África subsahariana sigue cargando con la mitad de la herida

La epidemia no pesa igual en todo el planeta. África subsahariana concentra aproximadamente la mitad de los nuevos casos anuales de VIH, aunque las infecciones en la región han bajado un 59 % desde 2010, un ritmo incluso mejor que la media global. Es una región donde los avances han sido enormes, pero también donde los recortes pueden hacer más daño porque muchos programas dependen de financiación internacional.

Cada semana, unas 3.000 adolescentes y mujeres jóvenes contraen el VIH en África subsahariana. Ese dato no habla solo de sexo ni de decisiones individuales, esa coartada tan cómoda para lavarse las manos. Habla de desigualdad, violencia, falta de autonomía económica, educación sexual insuficiente, matrimonios tempranos, sistemas sanitarios débiles y relaciones donde el poder no se reparte de manera limpia. El virus entra por grietas que ya existían.

ONUSIDA señala que las infecciones han bajado en regiones como África y Asia-Pacífico, pero han aumentado en Europa Oriental, América, Oriente Medio y el Magreb. Es una advertencia contra el narcisismo sanitario de los países que se creen a salvo. El VIH no pertenece a una geografía ajena, ni a una década de hombreras, ni a una categoría social cómoda para señalar desde lejos. Allí donde bajan la prevención, las pruebas y la educación sexual, el virus encuentra margen.

La criminalización de poblaciones vulnerables agrava el problema. Cuando una persona teme ser perseguida por su orientación sexual, por consumir drogas, por ejercer trabajo sexual o por no encajar en la moral oficial de su país, se aleja del sistema sanitario. No por irresponsabilidad, sino por supervivencia. Luego algunos gobiernos hablan de “conductas de riesgo” como si las leyes represivas fueran lluvia fina. No. También son combustible.

La tuberculosis recuerda que el sida no viaja solo

La principal causa directa de muerte en personas con VIH sigue siendo la tuberculosis, con unos 150.000 fallecimientos anuales. La cifra ha caído un 76 % desde 2010, pero continúa siendo brutal porque hablamos de una enfermedad prevenible y tratable en muchos casos. El dato desmonta cualquier triunfalismo rápido: no basta con tener medicamentos eficaces si el diagnóstico llega tarde, si la coinfección no se detecta o si el paciente abandona un sistema que antes lo abandonó a él.

El VIH debilita el sistema inmunitario y la tuberculosis aprovecha ese terreno, sobre todo en contextos de pobreza, hacinamiento, malnutrición o atención sanitaria irregular. La medicina sabe qué hacer: detectar, tratar, acompañar, prevenir recaídas y mantener el seguimiento. La tragedia es que muchas veces no falta conocimiento, falta estructura. Y la estructura, por desgracia, no se improvisa con comunicados.

Los avances contra el sida se pierden por goteo. Un programa que se queda sin personal. Una clínica que reduce horarios. Una ONG que cierra. Un camión que deja de repartir pruebas. Un lote de medicamentos que no llega. Una campaña de prevención que desaparece porque alguien decidió que era prescindible. Así se oxida el progreso: no con un derrumbe cinematográfico, sino con pequeñas ausencias que se acumulan hasta formar un muro.

Por eso ONUSIDA insiste tanto en sostener los recursos y proteger el espacio cívico. La respuesta al VIH no es solo médica. Es social, legal, comunitaria y política. Necesita laboratorios, sí, pero también derechos. Necesita fármacos, pero también confianza. Necesita médicos, enfermeras y activistas. Necesita datos, pero también que las personas afectadas no sean tratadas como sospechosas por existir.

España no está fuera de esta conversación

España vive otra escala del problema, pero no otro problema. En 2024 se notificaron 3.340 nuevos diagnósticos de VIH, con una tasa cercana a siete casos por cada 100.000 habitantes, según los datos estatales. La mayoría de diagnósticos correspondieron a hombres y la transmisión sexual concentró la gran parte de los casos. No es una epidemia descontrolada, pero tampoco una página cerrada.

El punto más delicado en España sigue siendo el diagnóstico tardío. Más de la mitad de los nuevos diagnósticos se detectan cuando la infección lleva tiempo avanzando. Eso implica peor pronóstico para la persona afectada y más posibilidades de transmisión previa sin saberlo. No se trata de culpar a quien llega tarde al sistema, sino de preguntarse por qué tanta gente sigue sin hacerse una prueba a tiempo.

Hay miedo, vergüenza, desconocimiento, falta de percepción de riesgo y una educación sexual todavía demasiado irregular. También pesa el estigma. El VIH sigue provocando silencios raros, bromas feas, distancia social, preguntas impertinentes y ese reflejo moralizante que algunos confunden con prudencia. La palabra seropositivo no debería seguir cayendo en una conversación como una copa rota. Pero a veces cae así.

España necesita reforzar las pruebas, normalizar el diagnóstico, ampliar la prevención y hablar del VIH sin melodrama ni condescendencia. La PrEP debe llegar a quienes la necesitan, los preservativos siguen siendo una herramienta básica y los servicios sanitarios tienen que cuidar especialmente a quienes más barreras encuentran: migrantes, jóvenes, personas LGTBI, trabajadores sexuales y personas con menos acceso a información fiable. Salud pública, otra vez. No moralina.

La Agenda 2030 se queda sin margen cómodo

La Agenda 2030 prometió que el sida dejaría de ser una amenaza para la salud pública antes del final de la década. Quedan pocos años y el margen empieza a parecer estrecho. La próxima reunión de alto nivel de la Asamblea General de la ONU, prevista para los días 22 y 23 de junio en Nueva York, llega con una pregunta política muy concreta sobre la mesa: si los Estados están dispuestos a pagar el precio real del objetivo que firmaron.

La respuesta global contra el VIH necesita fondos estables, no entusiasmo de temporada. Necesita garantizar tratamiento a millones de personas, ampliar la prevención basada en evidencia, sostener a las organizaciones comunitarias y proteger a las poblaciones más vulnerables frente al estigma y la criminalización. Dicho de otra forma: no basta con celebrar que los datos mejoran si al mismo tiempo se desmontan las condiciones que hicieron posible esa mejora.

El informe de ONUSIDA tiene una virtud incómoda: obliga a mirar la noticia completa. Sí, el sida mata menos. Sí, las infecciones bajan. Sí, el tratamiento antirretroviral es uno de los grandes avances sanitarios de nuestra época. Pero también hay casi nueve millones de personas sin tratamiento, millones sin diagnóstico, regiones donde los contagios aumentan y programas preventivos debilitados por recortes. La realidad no viene en blanco y negro. Viene con bordes.

La historia del VIH demuestra que la ciencia puede ganar mucho terreno cuando se combina con voluntad política, financiación y derechos. También demuestra lo contrario: que el abandono se paga. No inmediatamente, no siempre con titulares espectaculares, pero se paga. En infecciones evitables, en diagnósticos tardíos, en muertes, en familias rotas y en sistemas sanitarios que luego tienen que correr detrás de lo que dejaron escapar.

Un avance enorme que todavía puede romperse

La caída de las muertes por sida es una de las grandes historias de éxito de la salud pública contemporánea. Hace no tanto, el VIH estaba rodeado de pánico, homofobia, funerales prematuros, culpa y desinformación. Hoy existen tratamientos eficaces, prevención farmacológica, pruebas rápidas y evidencia sólida. Millones de personas viven con VIH sin que el virus gobierne su biografía. Eso no cayó del cielo. Lo arrancaron científicos, sanitarios, activistas, comunidades afectadas y pacientes que empujaron cuando casi nadie quería mirar.

Pero los éxitos sanitarios tienen una fragilidad particular: cuando funcionan, parecen naturales. Como el agua del grifo. Hasta que se corta. La advertencia de ONUSIDA es sencilla y áspera: no se puede desmontar la prevención y esperar que el descenso continúe por inercia. No se puede celebrar que el tratamiento salva vidas mientras se deja fuera a quienes aún no han sido diagnosticados. No se puede prometer el fin del sida en 2030 con una mano y recortar con la otra los programas que lo harían posible.

El VIH vuelve a inquietar no porque la ciencia haya fallado, sino porque puede fallar la política. Porque la financiación se encoge. Porque el estigma persiste. Porque los derechos retroceden en demasiados lugares y, cuando retroceden los derechos, también retrocede la salud. Una prueba que no se hace, una PrEP que no llega, una clínica comunitaria que cierra o una campaña que desaparece pueden parecer anécdotas pequeñas. Hasta que se convierten en estadística mundial.

La buena noticia sigue en pie: el sida mata menos. La mala también: podría volver a matar más si el mundo confunde progreso con asunto resuelto. Y esa confusión, en salud pública, suele salir carísima. No en discursos. En vidas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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