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¿Por qué el titubeo de Aznar sobre RTVE vuelve a perseguir al PP?
El titubeo de Aznar sobre RTVE vuelve a circular y reabre el viejo debate sobre control político, memoria y la televisión pública en España.

Resumen
- Aznar titubeó al ser recordado el control del PP sobre RTVE
- Alsina citó a López-Amor, diputado popular y director de RTVE en 1997
- El vídeo reabre el debate sobre memoria política y televisión pública
El vídeo de José María Aznar titubeando cuando Carlos Alsina le recuerda que su Gobierno colocó a un diputado del Partido Popular al frente de RTVE ha vuelto a circular en plena bronca política por la televisión pública. No es un corte nuevo, pero sí tiene una rara virtud: envejece como esas fotografías que uno preferiría no encontrar en una mudanza. En pocos segundos, el expresidente pasa de cuestionar la imparcialidad de RTVE a encajar un dato incómodo: Fernando López-Amor, diputado popular, fue nombrado director general del ente público durante su etapa en La Moncloa.
La escena es breve, casi doméstica, pero políticamente sabrosa. Aznar venía hablando con su tono habitual, entre el sermón de Estado y la campana de alarma, cuando Alsina introduce la aguja: “Usted puso al frente de RTVE a un diputado del Partido Popular”. Ahí aparece el famoso “¿Yo?, ¿ah, sí?”, seguido de una vacilación que no necesita demasiada edición. El problema no era solo la memoria. Era la hemeroteca, ese animal paciente que no ladra hasta que muerde.
El vídeo de Aznar que vuelve a circular por RTVE
El fragmento recuperado muestra a Aznar en una entrevista en Onda Cero con Carlos Alsina. El expresidente cuestionaba el estado de RTVE y su neutralidad, un asunto que en España nunca ha sido un debate limpio sino una especie de lavadora institucional: todos denuncian el centrifugado cuando no controlan el botón. El control político, viejo invitado en la casa, vuelve a asomar por la rendija.
La réplica de Alsina fue concreta. No se fue por los cerros de Úbeda ni agitó un reproche genérico. Le recordó que durante el Gobierno de Aznar se nombró a Fernando López-Amor como director general de Radiotelevisión Española. López-Amor no era un perfil técnico caído del cielo administrativo: había sido diputado del PP. Esa precisión es la que convierte el vídeo en algo más que un momento viral.
El titubeo de Aznar funciona porque rompe el personaje. El dirigente que suele hablar con frases de mármol, como si dictara una inscripción para la fachada de un ministerio, aparece de pronto en modo humano: duda, sonríe, busca la salida. Y no la encuentra rápido. Eso, en televisión, pesa más que tres editoriales.
Fernando López-Amor, el nombre que desmontó la frase
La clave del episodio está en el nombre propio. Fernando López-Amor García fue elegido diputado del Partido Popular en 1996 y, un año después, nombrado director general de RTVE. Permaneció en el cargo entre 1997 y 1998. Luego continuó su trayectoria pública y política, pero para este debate basta con ese tramo: diputado popular, televisión pública, Gobierno de Aznar.
El dato no convierte automáticamente todos los periodos de RTVE en idénticos ni absuelve a ningún Gobierno posterior. Sería una trampa demasiado cómoda. Pero sí complica el discurso de quien presenta la politización de la televisión pública como una enfermedad recién llegada, traída en patera partidista por el adversario de turno. La historia de RTVE tiene muchas capas. Algunas son nobles; otras, más bien de gotelé institucional.
Aznar, de hecho, no acabó defendiendo una neutralidad absoluta de TVE durante su mandato. Y ahí está el punto fino. La televisión pública española ha sido durante décadas un espejo disputado por los gobiernos, por los partidos, por los consejos de administración, por los profesionales de la casa y por una audiencia que, según el día, exige independencia o confirmación de sus prejuicios. Todo muy español. Todo muy reconocible.
La televisión pública como campo de batalla
RTVE no es solo una cadena. Es una plaza pública con cámaras, presupuesto, memoria y una carga simbólica enorme. Por eso cada Gobierno habla de independencia cuando llega y cada oposición habla de manipulación cuando se sienta enfrente. Luego cambian las sillas y, milagro, también cambian algunos adjetivos.
El caso Aznar-Alsina vuelve ahora porque encaja en una discusión más amplia: quién tiene autoridad moral para acusar de partidismo a la radiotelevisión pública y con qué historial bajo el brazo. El reproche político puede ser legítimo, por supuesto. RTVE debe ser fiscalizada siempre. Pero la fiscalización pierde brillo cuando se practica desde la amnesia selectiva. No hace falta exigir pureza angelical; basta con pedir algo menos teatral: coherencia.
La hemeroteca, en este caso, actúa como un interruptor. Enciende la luz en una habitación donde todos preferían moverse a tientas. Lo interesante no es únicamente que Aznar titubee, sino que el dato obliga a mirar el debate con menos espuma. La televisión pública no empezó a ser discutida ayer, ni nació politizada por generación espontánea, ni se arregla con aspavientos de tertulia.
Óscar Puente y la eficacia del corte corto
La recuperación del vídeo por parte de Óscar Puente tiene mucho de política contemporánea: un fragmento breve, una contradicción visible y un contexto cargado de electricidad. No hace falta escribir un tratado. Basta con soltar el clip y dejar que el gesto haga el trabajo. La política digital funciona así, para bien y para mal: un archivo antiguo puede volver como una baldosa suelta en mitad del pasillo.
Puente no descubre un documento secreto, sino que reintroduce una escena conocida en una conversación actual. Y ahí está su eficacia. El vídeo no necesita subtítulos agresivos ni música de villano. Aznar pregunta “¿yo?” y la respuesta histórica aparece sola, seca, sin pirotecnia: López-Amor, diputado del PP, RTVE, 1997.
También conviene no exagerar. Un titubeo no es una sentencia judicial ni una tesis doctoral sobre la independencia de los medios públicos. Es un síntoma político, una pequeña grieta narrativa. Pero hay grietas que enseñan la estructura del edificio. Esta enseña una bastante evidente: en España, la batalla por RTVE se libra casi siempre con memoria corta y archivo largo.
El riesgo de predicar desde una hemeroteca inflamable
Aznar conserva una influencia notable en la derecha española. No manda como mandaba, claro, pero pesa. Su voz sigue entrando en el debate público con una mezcla de autoridad histórica, dureza ideológica y esa solemnidad de quien parece haber venido a corregir el presente con un rotulador rojo. Por eso sus palabras sobre RTVE importan más que las de un comentarista cualquiera.
El problema es que el pasado no está quieto. Se mueve. Sale de los archivos, se recorta, se comparte, se convierte en munición. Cuando un expresidente habla de neutralidad en la televisión pública, sus decisiones en el Gobierno vuelven a sentarse a la mesa, aunque nadie las haya invitado. Y a veces piden café.
La escena con Alsina no destruye por sí sola todas las críticas de Aznar a RTVE. Algunas críticas a cualquier medio público pueden ser razonables, incluso necesarias. Pero sí le resta comodidad al púlpito. Porque una cosa es denunciar abusos y otra colocarse como si uno hubiera gobernado desde una nube suiza, sin partido, sin intereses, sin nombramientos discutibles. La memoria democrática no exige santidad. Exige no hacerse el sorprendido ante lo propio.
Por qué el vídeo interesa más allá del sonrojo
El atractivo del corte no está solo en ver a un político veterano atrapado por una pregunta. Eso entretiene, sí. Pero lo relevante es el asunto de fondo: la credibilidad de los discursos sobre la independencia institucional. En España se habla mucho de regeneración, pluralismo y neutralidad, pero a menudo esas palabras salen a escena como figurantes de una obra más antigua: el poder intentando controlar el relato.
RTVE ha tenido etapas muy distintas, profesionales de enorme prestigio y momentos de fuerte desgaste. Reducirlo todo a “los míos” y “los tuyos” es empobrecer el análisis. También es cómodo, como cenar de pie delante de la nevera. La televisión pública debe responder ante los ciudadanos, no ante el Gobierno de turno ni ante la oposición que espera turno. Esa es la teoría. La práctica, bueno, suele venir con barro en los zapatos.
El vídeo de Aznar vuelve porque condensa esa contradicción en unos segundos. No hacen falta gráficos. No hace falta reconstrucción con drones. Un periodista pregunta, un expresidente duda y un nombre propio coloca la escena en su sitio. RTVE aparece entonces no como un simple botín partidista, sino como una institución cuya independencia ha sido invocada muchas veces y respetada menos de lo que convendría.
El archivo no olvida aunque la política mire a otro lado
Lo más incómodo del titubeo de Aznar no es el titubeo. Todos dudan. Todos olvidan. Todos han tenido un segundo de niebla mental delante de un micrófono. Lo verdaderamente político es que la duda aparece justo cuando el discurso moral se cruza con una decisión verificable de Gobierno. Ahí el aire cambia. Se nota en la cara, en la pausa, en ese “eh” que cae como una cucharilla en una taza vacía.
El regreso del vídeo deja una enseñanza sencilla, sin necesidad de incienso institucional: quien quiera hablar de neutralidad en RTVE debe hacerlo con memoria completa. La televisión pública merece crítica, vigilancia y exigencia. Pero también algo de honestidad histórica. Porque la hemeroteca, cuando se abre, no distingue demasiado entre partidos. Solo enseña papeles. Y algunos, ay, crujen.

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