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El dulce milanés que se ha hecho un hueco en la Navidad española

De Milán a los escaparates españoles: la fermentación, la distribución y nuevas costumbres explican su auge navideño.

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El panettone conquista España

Hace unos años, el panettone era una rareza en muchas mesas españolas; ahora aparece en supermercados y pastelerías cuando se acercan las fiestas. Su avance no ha desplazado al roscón ni al turrón: ha añadido una nueva cita al calendario, con un dulce pensado para compartir, regalar y alargar las sobremesas de diciembre. La clave de su expansión está tanto en su textura y su imagen italiana como en una ventaja menos vistosa: se puede producir y distribuir con más facilidad que otros dulces frescos.

Este bollo alto y abovedado procede de Milán, en la región italiana de Lombardía, y se elabora con una masa fermentada enriquecida con mantequilla, huevos y azúcar. En su versión clásica lleva pasas y fruta confitada. La combinación de una miga ligera, aroma cítrico y una conservación relativamente prolongada lo ha convertido en un producto adecuado para los lineales navideños, los regalos de empresa y los obradores artesanos. Su éxito español no responde a una sola moda, sino al encuentro entre una receta con personalidad y una cadena comercial que puede sostenerla.

La expansión también tiene un componente cultural: el consumidor ya reconoce el nombre, distingue variedades y encuentra desde piezas sencillas hasta elaboraciones de pastelería. Aun así, la presencia creciente no significa que exista un relevo de los dulces tradicionales españoles. El panettone ocupa sobre todo un espacio distinto, anterior al Día de Reyes y ligado a reuniones, regalos y sobremesas. La Navidad se ha ensanchado, más que cambiar de dueño.

De una especialidad milanesa a un dulce internacional

El origen exacto del panettone sigue rodeado de relatos, aunque su vínculo con Milán y con los panes festivos de la zona es firme. Una de las leyendas más repetidas sitúa la historia en la corte del duque Ludovico Sforza, a finales del siglo XV. Según esa versión, un cocinero habría quemado el postre de un banquete y un ayudante llamado Toni improvisó un pan dulce con masa e ingredientes disponibles. Los invitados quedaron satisfechos y el preparado habría pasado a conocerse como el pan de Toni, de donde derivaría el nombre. Es una narración popular, no un origen demostrado documentalmente.

Otra historia cuenta que un joven milanés, enamorado de la hija de un pastelero, se hizo pasar por aprendiz y creó un pan enriquecido para impresionar a la familia. También aquí aparece un Toni y vuelve la explicación del pan de Toni. La repetición del personaje ha dado fuerza a la leyenda, pero no convierte el episodio en un hecho comprobado. Más plausible es que el dulce evolucionara a partir de panes de trigo consumidos en celebraciones, a los que con el tiempo se añadieron ingredientes que antes eran caros, como azúcar, mantequilla, huevos y fruta seca o confitada. La historia culinaria suele avanzar mediante cambios graduales, no con una invención repentina en una cocina ducal.

La forma alta y la receta que hoy se asocian con el producto se consolidaron mucho más tarde. Angelo Motta modificó la elaboración en 1923, con más mantequilla y azúcar y una fermentación que dio lugar a una pieza elevada y esponjosa. La industrialización de su producción llegó en 1931, y durante la década de 1950 el dulce ganó popularidad en Italia. Su expansión internacional se apoyó después en la emigración italiana y en fabricantes capaces de llevarlo a nuevos mercados. El panettone actual es, por tanto, una tradición con raíces antiguas y una identidad moderna moldeada por la pastelería y la industria.

Por qué su llegada a España se aceleró tarde

La cercanía entre las cocinas italiana y española no bastó para que el panettone se convirtiera pronto en un hábito local. Competía con dulces asentados y, durante mucho tiempo, permaneció en un nicho reducido. En Barcelona se elaboraba ya hace alrededor de medio siglo, según los antecedentes citados por la prensa gastronómica, pero esa presencia temprana no equivale a una popularidad extendida. El salto se produjo mucho después: su disponibilidad en tiendas y supermercados creció especialmente durante la última década, y algunos análisis del sector sitúan el auge más intenso en los últimos años de ese periodo. Una receta puede llevar décadas en un país y tardar mucho más en convertirse en costumbre.

Una de las razones prácticas está en la logística. Un roscón recién hecho requiere una organización ajustada a una fecha muy concreta y pierde calidad con mayor rapidez; un panettone bien elaborado y envasado puede conservarse durante más tiempo. La diferencia facilita fabricar con antelación, transportar a mayor distancia y mantener el producto en el comercio durante una campaña más amplia. La industria ha aprovechado esa cualidad, aunque la vida útil concreta cambia según la receta, el proceso y el envase. La duración no explica por sí sola el éxito, pero permite que el dulce llegue a más lugares y permanezca más tiempo a la venta.

El paralelo con otros dulces navideños ayuda a entender esa ventaja. En España, la capacidad de conservarse y viajar favoreció históricamente la expansión de productos como el mantecado; una especialidad local puede ganar alcance cuando deja de depender de una venta inmediata en el obrador. En el caso del panettone, los grandes distribuidores ampliaron la oferta y los pasteleros elevaron su prestigio con versiones artesanas. La combinación de volumen y oficio ha creado dos puertas de entrada: una accesible en el supermercado y otra centrada en la técnica y los ingredientes.

Qué distingue a un panettone de un bizcocho

Aunque a primera vista pueda parecer un bizcocho grande, el panettone tradicional es un pan dulce fermentado. Su estructura depende de una masa con capacidad para retener el gas de la fermentación y sostener una cúpula alta sin quedar compacta. En las elaboraciones cuidadas se emplea masa madre y se respetan fermentaciones prolongadas; el trabajo exige controlar tiempos, temperatura y la incorporación de ingredientes grasos y huevos, que vuelven la masa más delicada. La miga abierta y elástica no es un adorno: es el resultado visible de una fermentación bien conducida.

La receta clásica reúne harina, huevos, mantequilla, azúcar, masa madre, pasas y fruta confitada, a menudo de cítricos. Al cortarlo, la miga debe sentirse suave y húmeda, con alveolos irregulares y hebras que se separan sin deshacerse como las de un bizcocho seco. El aroma combina notas de mantequilla, fruta y fermentación limpia, sin que un perfume artificial domine el conjunto. La cúpula dorada y bien desarrollada puede ofrecer pistas sobre el horneado, aunque el aspecto exterior por sí solo no garantiza la calidad. La textura, el aroma y el equilibrio de sabores cuentan más que una forma vistosa.

En el método tradicional, la masa pasa por varias etapas de fermentación y enriquecimiento antes de hornearse. Después, algunas elaboraciones se dejan enfriar boca abajo para evitar que la estructura alta ceda mientras la miga aún está tierna. Esa operación explica una imagen muy característica de ciertos obradores, pero no es una prueba aislada de autenticidad ni convierte cualquier producto que la imite en artesanal. La producción industrial puede recurrir a procesos y formulaciones distintos para conseguir estabilidad y una conservación más larga. La diferencia entre una pieza industrial y una de obrador no es automáticamente una diferencia entre buena y mala: depende de cómo se haya elaborado cada una.

El oficio español detrás de una moda importada

El crecimiento de la demanda ha animado a pastelerías españolas a especializarse en un producto técnicamente exigente. Barcelona se ha convertido en uno de los focos de esa escena, aunque el trabajo se extiende a otros lugares. En 2024, Tonatiuh Cortés, de Suca’l, ganó la Copa del Mundo del Panettone tradicional, mientras Toni Vera obtuvo el premio al mejor panettone artesano de España en la categoría clásica y Felipe de Santa Cruz venció en la de chocolate en el concurso celebrado en el Fòrum Gastronòmic. Esos reconocimientos muestran que la elaboración de calidad ya no depende solo de importar piezas italianas.

La competición y la atención mediática han ayudado a que el público conozca el proceso que hay detrás de cada pieza. Para los obradores, no basta con añadir pasas o chocolate a una masa dulce: hay que conseguir que la mantequilla y las yemas se integren sin debilitarla, que la fermentación desarrolle aroma y que la miga conserve su ligereza. La calidad de la fruta confitada y de la materia grasa también influye en el resultado. El panettone artesanal exige paciencia porque los atajos suelen aparecer en la textura, el aroma o la humedad.

Ese aprendizaje ha ampliado la oferta. Junto al clásico con naranja y pasas se encuentran versiones con chocolate, pera, castaña, limón o frutos secos. Algunas conservan la estructura y el carácter de la masa; otras se apoyan en rellenos abundantes y coberturas que cambian el perfil del dulce. La variedad permite atraer a quienes no disfrutan de la fruta confitada, pero también hace más difícil comparar productos solo por el nombre. La palabra panettone no garantiza que todas las piezas compartan la misma receta ni el mismo nivel de elaboración.

Cómo reconocer una pieza bien elaborada

La primera señal aparece al cortar la pieza. Una miga bien fermentada presenta huecos de tamaño desigual, resulta tierna y se separa en hebras, en lugar de desmenuzarse como un pastel compacto. El centro debe conservar humedad sin parecer crudo ni pegajoso, y las inclusiones —pasas, fruta o chocolate— han de estar repartidas de forma razonable. También importa el olor: en una versión clásica, la mantequilla y los cítricos deberían acompañar a la masa, no quedar tapados por un dulzor excesivo. La regularidad de la miga revela más sobre el proceso que una etiqueta llamativa.

La lista de ingredientes ofrece otra pista. En una receta tradicional, la mantequilla es la grasa característica, junto con harina, huevos, azúcar, masa madre y fruta. Las versiones con chocolate, pistacho u otros rellenos pueden incorporar componentes adicionales, por lo que conviene valorar su composición en relación con el estilo anunciado. Un producto con una lista más larga no es necesariamente peor, del mismo modo que una etiqueta breve no certifica por sí sola una elaboración sobresaliente. Leer los ingredientes ayuda a saber qué se compra, pero la cata sigue siendo la prueba más completa.

La cúpula alta, dorada y bien cocida forma parte de la imagen del panettone, aunque no debe convertirse en un examen visual infalible. Una pieza puede tener un aspecto atractivo y una miga seca; otra, menos espectacular, puede estar bien fermentada y equilibrada. En los sabores añadidos, el ingrediente principal tampoco debería borrar la identidad de la masa: el chocolate puede ser intenso sin volver el conjunto empalagoso, y el pistacho no necesita un color verde artificial para resultar reconocible. La calidad se percibe en el conjunto, no en una sola señal aislada.

Regalo, sobremesa y una temporada más larga

Parte del atractivo del panettone está en su formato. La pieza alta, a menudo presentada en una caja cuidada, funciona bien como regalo para familiares, amistades o compañeros de trabajo. También puede compartirse durante varias sobremesas y desayunos, y su conservación facilita comprarla antes del día en que se va a consumir. Esa flexibilidad la diferencia de dulces asociados a una ocasión muy precisa. La facilidad para regalarlo y servirlo ha convertido un producto extranjero en una presencia habitual de las reuniones previas a Nochebuena.

El hábito no se limita a España. En varios países de Latinoamérica, la llegada de comunidades italianas contribuyó a difundir el panettone durante el siglo XX. En Perú, por ejemplo, su consumo se ha extendido más allá de la Navidad y también aparece en las celebraciones de las Fiestas Patrias. Ese recorrido muestra cómo un dulce vinculado a una fecha puede adaptarse a otros calendarios y adquirir un significado propio. La tradición viaja con las personas y, al arraigar, deja de pertenecer únicamente al lugar donde nació.

En España, el calendario conserva sus referencias más reconocibles: el turrón ocupa buena parte de la campaña navideña y el roscón mantiene su vínculo con Reyes. El panettone ha encontrado su momento en diciembre, como postre de reuniones y opción de regalo, sin necesidad de desplazar a ninguno. También cambia la forma de consumirlo: algunas personas lo sirven tal cual, mientras otras lo acompañan con café o lo tuestan ligeramente cuando ya lleva abierto un tiempo. Su expansión añade ocasiones de consumo, no una nueva obligación a la mesa navideña.

Una tradición que crece sin borrar las demás

La popularidad de este dulce se explica por una suma poco espectacular pero eficaz: una miga reconocible, una historia milanesa atractiva, un producto que puede distribuirse con facilidad y un sector artesano que ha demostrado que la técnica también se trabaja en España. La industria lo acercó a más hogares; los obradores especializados hicieron que dejara de ser solo una curiosidad importada. Entre ambos canales se ha formado un mercado amplio, con diferencias de precio, receta y elaboración que el consumidor empieza a reconocer. El cambio de fondo no es que todos hayan adoptado el panettone, sino que ahora forma parte de la conversación gastronómica de diciembre.

Su lugar junto al roscón y al turrón refleja una evolución más amplia de las costumbres: las mesas incorporan productos de otros países sin renunciar necesariamente a los propios. El panettone conserva su acento italiano, pero cada vez se asocia también con pastelerías españolas, regalos locales y sobremesas familiares. Las leyendas sobre Toni siguen aportando encanto, aunque la historia comprobable sea más lenta y menos cinematográfica: panes festivos, cambios de receta, mecanización y expansión comercial. Lo que hoy parece una tradición navideña consolidada es, en realidad, una costumbre reciente que todavía está escribiendo su historia en España.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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