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Naturaleza

Larry, último gato del poder británico: una era llega a su fin

Entre mudanzas políticas, ratones y rivalidades, los gatos oficiales británicos se convirtieron en símbolos de continuidad.

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los gatos de Downing Street

Larry lleva 15 años en el número 10 de Downing Street y, tras la muerte de Palmerston en Bermudas, queda como el último gran protagonista de una etapa felina que acompañó a la política británica. Su aniversario de servicio llegó en febrero de 2026; no es una celebración de su edad, sino de su permanencia en la residencia oficial del primer ministro, donde entró en 2011 para ayudar a controlar ratones y ratas. El gato ha sobrevivido a seis primeros ministros y a una sucesión de crisis que convirtió su presencia en una imagen familiar para el país.

Palmerston, antiguo cazador de ratones del Ministerio de Asuntos Exteriores, llevaba años jubilado cuando murió el 13 de febrero de 2026 en Bermudas. Con su desaparición se apagó también la rivalidad pública entre los dos felinos más célebres de Whitehall. No hay un relevo anunciado que ocupe ese lugar simbólico: por ahora, Larry concentra casi toda la memoria felina del poder, aunque sus días de patrulla hayan dado paso a una vida más tranquila.

Un aniversario que mide el paso del tiempo

Larry llegó a Downing Street el 15 de febrero de 2011, procedente del centro de acogida Battersea Dogs & Cats Home. Su incorporación respondió a un problema práctico: los roedores se dejaban ver en el entorno de la residencia, incluso ante las cámaras de televisión. La presencia del gato ofrecía una solución visible y sencilla de explicar, pero también reactivaba una tradición de animales empleados en edificios oficiales. La fecha marca el comienzo de su servicio público, no el día en que nació.

Cuando fue adoptado se calculaba que tenía alrededor de cuatro años. De acuerdo con esa estimación, en 2026 rondaría los 18 o 19, aunque su edad exacta no está establecida. Esa etapa avanzada ayuda a entender por qué el aniversario se lee con un matiz distinto: Larry no es solo un personaje que ha permanecido mientras cambiaban los gobiernos, sino un gato mayor cuya actividad puede ser menor. Su longevidad convierte la rutina en noticia, sin que eso permita anticipar cuándo dejará el número 10.

La palabra ocaso describe mejor el final de una pareja mediática que una retirada inmediata de Larry. Palmerston ya había abandonado Whitehall años antes; su muerte cerró la posibilidad de nuevas escenas entre ambos, pero no significa que los edificios oficiales vayan a quedarse sin gatos. Tampoco se ha anunciado que Larry vaya a ser reemplazado. Lo que termina es una historia compartida: la de dos felinos asociados a instituciones vecinas y observados como si desempeñaran cargos paralelos.

El gato que pertenece a la casa, no al primer ministro

La continuidad de Larry se explica, en parte, por una distinción poco habitual en una residencia política: no se le considera la mascota privada de quien ocupa el cargo de primer ministro. El personal de Downing Street se encarga de alimentarlo y cuidarlo, y esa condición institucional hizo posible que permaneciera allí cuando David Cameron dejó la residencia en 2016 y Theresa May se mudó. Larry forma parte de la casa oficial, no de una familia política concreta.

En aquella transición se especuló con que el gato acompañaría a los Cameron, pero un portavoz aclaró que se quedaría. La frase resumía una idea más amplia: el primer ministro cambia, mientras que el número 10 conserva sus rutinas y sus habitantes permanentes. Larry no tuvo que adaptarse a una mudanza familiar ni volver a empezar en otro hogar; siguió en el lugar que conocía, ahora con nuevos residentes y equipos de trabajo. Su estabilidad depende de la institución, no de la duración de un mandato.

Ese estatus también explica por qué su figura ha llegado a representar algo más que el control de roedores. En una residencia donde cada salida y cada llegada se examinan con atención, Larry es una presencia cotidiana que no necesita alinearse con ningún partido. Puede aparecer junto a una comitiva o echarse cerca de la puerta sin distinguir entre una visita ceremonial y una jornada de tensión política. Su indiferencia es parte de su atractivo: permanece ajeno a los gestos calculados que dominan el escenario.

De un refugio de animales al umbral más observado del país

La biografía de Larry empezó lejos de los salones oficiales. Fue rescatado por Battersea Dogs & Cats Home, una entidad londinense de acogida, antes de ser trasladado a Downing Street. Su llegada respondió a la aparición de una rata en las inmediaciones de la célebre puerta negra, registrada por cámaras de televisión. La escena hizo que un asunto doméstico adquiriera dimensión pública: un edificio histórico también necesita ocuparse de sus rincones, sus cocinas y sus posibles plagas.

La elección de un gato servía a varios propósitos a la vez. Podía aportar presencia ante los roedores, recuperaba una costumbre arraigada en las oficinas de Whitehall y daba un rostro reconocible a una institución habitualmente asociada con puertas cerradas y comunicados formales. No hace falta atribuir a la decisión una estrategia política compleja: la utilidad y el valor simbólico convivían desde el principio. El rescate de un animal se convirtió en una historia institucional porque ocurrió en un lugar que el público ya conocía.

La descripción oficial de sus funciones mezclaba solemnidad y humor. Larry debía recibir a los invitados, inspeccionar la seguridad y probar la calidad de los muebles antiguos para sus siestas; la caza de ratones, según la broma difundida sobre su cometido, seguía en fase de planificación táctica. Ese retrato no era un informe de rendimiento, sino una forma de presentar al gato al público. El humor burocrático hizo que el cargo resultara memorable sin ocultar que el control de plagas es una tarea más amplia que la presencia de un felino.

Un cazador real, aunque no sea un sistema de control de plagas

La eficacia de Larry como ratonero ha sido objeto de bromas desde sus primeros años. Hubo ocasiones en que se vio a roedores cerca de la residencia y también se comentó que el gato prefería dormir en los muebles antiguos antes que patrullar. La contradicción alimentó su popularidad: el animal tenía un título ligado a la caza, pero su conducta cotidiana no respondía a una descripción heroica del oficio. La fama de Larry nunca dependió de una hoja de resultados.

Eso no significa que su presencia carezca de sentido práctico. Un gato puede vigilar, detectar movimiento y disuadir a algunos animales, pero no sustituye el mantenimiento ni las medidas profesionales necesarias para gestionar una plaga en un edificio complejo. Downing Street no es una vivienda corriente: es una residencia y un lugar de trabajo con tránsito, dependencias y actividad constante. El control efectivo requiere más que un cazador de cuatro patas, por muy famoso que sea.

La broma sobre sus siestas funciona precisamente porque convive con una realidad menos vistosa. La función de Larry puede ser parcial y aun así tener valor, mientras su papel público crece mucho más allá de la captura de un ratón. Las cámaras lo han mostrado cerca de la entrada, cruzándose con visitantes o descansando a pocos metros de escenas solemnes. En su caso, la utilidad y el símbolo no se excluyen: el gato puede ser parte del entorno institucional aunque no resuelva por sí solo un problema de plagas.

Seis gobiernos vistos desde la puerta negra

Desde la llegada de Larry, el Reino Unido ha tenido seis primeros ministros: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y Keir Starmer. La lista resume un periodo de cambios políticos intensos, desde el referéndum sobre la salida de la Unión Europea hasta la pandemia y las disputas internas que marcaron la vida de los partidos. El gato no explica esos acontecimientos, pero su permanencia ofrece una referencia visual sencilla para atravesarlos. Los líderes cambiaron; Larry siguió en el umbral.

La puerta del número 10 es un escenario político reconocible. Allí se anuncian decisiones, se reciben dirigentes y se fotografían entradas y salidas que luego quedan asociadas a un momento histórico. Cuando Larry aparece en ese encuadre, altera la solemnidad sin necesidad de hacer nada especial: se sienta, camina o mira hacia otro lado. Su presencia transforma una escena protocolaria en una escena doméstica, una pequeña interrupción del lenguaje cuidadosamente preparado de la política.

Por eso se ha convertido en una especie de marcador del tiempo. Una imagen suya puede recordar quién estaba entonces en el poder o qué etapa atravesaba el país, aunque Larry no tenga relación directa con las decisiones del Gobierno. Su continuidad es fácil de comprender y de compartir, incluso para quienes no siguen de cerca la política británica. El gato ofrece una cronología sin discursos: una figura reconocible frente a una sucesión de caras y responsabilidades cambiantes.

Palmerston, el rival que llevó la diplomacia a las redes

Palmerston llegó al Ministerio de Asuntos Exteriores en abril de 2016. Su nombre evocaba al estadista británico del siglo XIX y su aspecto bicolor, negro y blanco, encajaba con la imagen de un gato de oficina convertido en personaje público. Durante sus años en Whitehall, el ministerio lo presentó con humor y sus apariciones ayudaron a hacer más cercano un departamento cuyo trabajo suele resultar abstracto para buena parte del público. Palmerston puso bigotes a la diplomacia.

La comparación con Larry surgió de la proximidad entre ambos edificios y de sus encuentros, que en ocasiones acabaron en enfrentamientos. Las tensiones con otros gatos oficiales, como Freya, vinculada a la residencia del entonces ministro de Hacienda George Osborne, también alimentaron el relato. Hubo peleas y momentos en que la policía tuvo que separar a los animales. Con el tiempo, la posibilidad de que pudieran coexistir se convirtió en otra pieza de la historia. La rivalidad felina era una versión amable de las disputas entre instituciones, no una lectura literal de la política.

En 2020 Palmerston se retiró y dejó Londres para vivir con un funcionario del servicio diplomático, Andrew Murdoch, destinado a Bermudas. Allí quedó ligado a Government House, la residencia oficial del gobernador en Hamilton. Su retiro cambió el escenario de su biografía: de los pasillos ministeriales y las redes sociales pasó a una vida más tranquila, lejos del foco londinense. La jubilación cerró su etapa de funcionario mediático, pero no borró el vínculo con el mundo institucional.

Palmerston murió el 13 de febrero de 2026, varios años después de su salida de Whitehall. Se calculaba que tenía alrededor de dos años cuando llegó al ministerio en 2016, por lo que habría fallecido con unos 12; esa edad es una estimación, no un dato exacto. Su desaparición añadió un final definitivo a una historia que ya había entrado en retiro. La noticia convirtió una antigua rivalidad en recuerdo y dejó a Larry como el felino más reconocible de aquel pequeño universo oficial.

Una tradición que empezó antes de las redes sociales

La presencia de gatos en Downing Street no comenzó con Larry ni con Palmerston. En la residencia del primer ministro ha habido felinos cazadores de roedores desde 1920, según la tradición recogida en las historias sobre el cargo. A lo largo de las décadas, algunos recibieron el título de cazador de ratones en jefe y se asociaron al trabajo cotidiano de la sede del Gobierno. La costumbre nació de una necesidad práctica, aunque con los años adquiriera un componente ceremonial.

Entre los antecesores más recordados figura Wilberforce, que tuvo una larga etapa de servicio durante las décadas de 1970 y 1980. Humphrey vivió en Downing Street durante los gobiernos de Margaret Thatcher y John Major, y su continuidad se convirtió en asunto público cuando Tony Blair llegó al poder. En 1997 se anunció su jubilación, rodeada de rumores sobre la presión de Cherie Blair, aunque esos comentarios no deben confundirse con una explicación confirmada. La historia de Humphrey mostró que hasta la vida de un gato podía convertirse en disputa política.

También hubo felinos en las residencias y oficinas cercanas. Freya, asociada a George Osborne, ocupó un lugar destacado en las crónicas de Whitehall; Sybil vivió en el número 11 a finales de la década de 2000 antes de regresar a Escocia, y Gladstone se convirtió en otro gato conocido en el entorno institucional. Cada uno tuvo una trayectoria distinta. La tradición no pertenece a un solo edificio ni a un solo animal, aunque Larry haya concentrado la atención pública durante más tiempo.

La diferencia entre los gatos anteriores y los actuales está en la velocidad con que circulan sus imágenes. Antes, un episodio podía quedar en una conversación parlamentaria o en una nota de prensa; ahora una fotografía o un vídeo breve puede llegar a miles de personas en cuestión de minutos. Larry y Palmerston vivieron esa transformación y encajaron con facilidad en ella: eran personajes reconocibles, con escenarios estables y una historia que no exigía conocer todos los detalles de la política. Las redes multiplicaron una tradición antigua, no la inventaron.

Por qué un gato puede representar la continuidad del Estado

En un país donde los gobiernos cambian y las instituciones permanecen, Larry encarna una continuidad especialmente fácil de ver. No tiene que pronunciar un discurso ni explicar una política pública; basta con que ocupe el mismo espacio mientras cambia quien vive en la residencia. Esa permanencia ayuda a construir un relato menos áspero sobre el poder, uno que se sostiene en escenas cotidianas y no en debates partidistas. El gato permite mirar Westminster desde una escala más humana.

También cumple una función cultural. Un animal que aparece en mitad de un acto solemne rebaja la tensión sin convertir la política en una broma. La escena mantiene el protocolo, pero incorpora un elemento imprevisible: Larry no sabe cuándo conviene posar ni cuándo debería apartarse. Esa falta de cálculo lo distingue de los protagonistas humanos y explica parte de su atractivo. La espontaneidad del gato contrasta con la coreografía oficial.

Palmerston desempeñó un papel parecido desde otro lugar. Exteriores es una institución ligada a negociaciones y asuntos internacionales que pueden parecer lejanos; un gato que recorre sus pasillos ofrece un punto de entrada familiar. Su personalidad pública y la rivalidad con Larry dieron forma a una historia paralela, capaz de acercar los edificios de Whitehall a quienes no suelen fijarse en ellos. El humor hizo visible una institución sin trivializar su trabajo.

El interés por ambos animales no implica que los británicos los confundieran con ministros ni que su presencia tuviera influencia en las decisiones del Gobierno. Su importancia era simbólica y narrativa. En épocas de cambios frecuentes, un gato que sigue apareciendo en la misma puerta sirve como referencia estable, casi como un elemento del paisaje urbano. La permanencia de Larry no es poder político, pero sí una imagen poderosa de continuidad.

Lo que queda cuando se apaga la pareja felina

La muerte de Palmerston y la avanzada edad de Larry han dado un nuevo significado a una historia que durante años se contó con ligereza. El primero ya vivía retirado en Bermudas, mientras el segundo sigue ligado al número 10. No hay indicios en la información disponible de que Larry haya dejado su puesto ni de que se haya nombrado un sucesor. El final de una dupla no equivale al final de la tradición, pero sí modifica el modo de contarla.

Un eventual relevo podría mantener la costumbre de tener un gato en la residencia, aunque no repetiría automáticamente la trayectoria de Larry. Su fama se construyó con el paso del tiempo, las mudanzas políticas y la exposición constante de la puerta de Downing Street. Otro animal tendría su propia historia, no una continuación idéntica. La longevidad no se puede fabricar por decreto: es lo que ha convertido a Larry en un personaje difícil de reemplazar.

En Exteriores, la ausencia de Palmerston deja un hueco distinto. Su retiro había trasladado el relato desde Londres hasta Bermudas, pero su vínculo con el ministerio seguía vivo en la memoria de quienes seguían sus apariciones. Con su muerte se cierra ese recorrido, desde el gato adoptado para cazar roedores en Whitehall hasta el felino jubilado asociado a una residencia oficial en el Atlántico. Su historia terminó lejos del escenario donde se hizo famoso.

Las cámaras seguirán apuntando a la puerta negra y los gobiernos continuarán cambiando de ocupantes. Larry, mientras permanezca allí, seguirá apareciendo cuando quiera, sin calendario ni declaraciones preparadas. Su aniversario de servicio recuerda que la política también está hecha de presencias discretas: animales, rutinas y espacios que sobreviven a quienes pasan por ellos. En Downing Street, el gato veterano sigue siendo el testigo más constante de una época que ya dejó atrás a su compañero más célebre.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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