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Naturaleza

¿Por qué el mar bate un récord de calor que puede tener 125.000 años?

El océano bate su récord de calor y los científicos miran 125.000 años atrás para encontrar un precedente comparable en el clima del planeta.

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mano nel mar bajo el sol

El océano mundial acaba de cruzar una frontera que, escrita con dos decimales, casi parece inocente. El 22 de agosto de 2026, la temperatura media diaria de la superficie marina entre los 60 grados sur y los 60 grados norte alcanzó aproximadamente 21,104 °C, el valor más alto observado en el registro ERA5. Copernicus lo redondea a 21,1 °C. El anterior máximo, establecido en marzo de 2024, era de 21,09 °C.

La diferencia es diminuta: 0,014 grados. El contexto, no. El récord llega en agosto, cuando la temperatura media del océano debería estar bastante por debajo de sus máximos estacionales, y culmina una sucesión de meses extraordinariamente cálidos mientras un fuerte episodio de El Niño gana intensidad. Algunos investigadores consideran incluso probable que los mares no hayan estado tan calientes durante el Holoceno y que haya que remontarse al último periodo interglaciar, hace alrededor de 125.000 años, para encontrar condiciones comparables. Eso último necesita una precisión importante: es una estimación paleoclimática, no un récord medido con termómetros.

Un récord pequeño en cifras, enorme en contexto

La primera tentación consiste en mirar esas catorce milésimas y encogerse de hombros. Entre 21,09 y 21,104 °C apenas hay nada en una taza de café, una piscina o la playa donde uno mete el pie. Pero aquí no hablamos de un punto concreto del Mediterráneo ni de una boya frente a Canarias. Se está calculando una media sobre una porción gigantesca de los océanos del planeta.

Mover esa media unas centésimas exige acumular cantidades enormes de energía en el sistema. Es la diferencia entre medir la temperatura de una habitación y desplazar, aunque sea ligeramente, la temperatura media de una masa de agua que cubre buena parte de la Tierra.

Y el dato aislado engaña. Junio de 2026 ya había sido el junio más cálido registrado para la superficie oceánica entre 60° S y 60° N, con unos 20,86 °C. Julio continuó la escalada y alcanzó 20,96 °C, otro máximo mensual. El 31 de julio el promedio diario estaba ya en 21,05 °C, a apenas cuatro centésimas del récord absoluto de 2024.

No apareció de repente el 22 de agosto. El calentamiento venía avanzando desde semanas antes, peldaño a peldaño.

Catorce milésimas que no son solo catorce milésimas

Los récords climáticos funcionan de una manera algo menos cinematográfica de lo que sugieren algunos titulares. Lo importante no es que una jornada gane por 0,014 °C a otra, como quien decide una final por foto finish, sino que los valores extremos se estén agrupando en la parte más reciente de la serie histórica.

El conjunto de datos ERA5, utilizado por Copernicus, permite comparar de forma homogénea la evolución diaria desde 1979. Dentro de ese periodo, el máximo del 22 de agosto es inequívoco. También importa el terreno desde el que se produce: las temperaturas oceánicas de los últimos años se han mantenido persistentemente muy por encima de los promedios históricos.

Así que sí, una centésima parece poco. También lo parece un milímetro de mercurio hasta que se observa la presión de todo un sistema.

Agosto rompe también el calendario del océano

Hay otro detalle quizá más llamativo que el propio récord. Los máximos de temperatura superficial del océano mundial suelen producirse en marzo y abril, después del verano del hemisferio sur. El récord anterior, de hecho, llegó el 1 de marzo de 2024.

Que el máximo absoluto aparezca a finales de agosto es una anomalía notable.

El anterior récord para un mes de agosto era de 20,98 °C y correspondía a 2023. El registro de 2026 no solo ha superado aquella referencia estacional, sino que ha rebasado el techo absoluto de marzo de 2024 cuando el ciclo anual, en circunstancias normales, juega precisamente en dirección contraria.

Ese desfase es una de las razones por las que los climatólogos están prestando tanta atención al episodio. El problema no consiste únicamente en que el océano esté caliente, sino en que permanece excepcionalmente caliente en una época del año inesperada.

Detrás aparece un viejo conocido de la climatología mundial: El Niño. Solo que esta vez llega a una casa que ya tenía la calefacción encendida.

El Niño empuja sobre un mar que ya venía recalentado

El Niño se desarrolla cuando las aguas superficiales de una amplia región del Pacífico tropical se vuelven anormalmente cálidas. Es un fenómeno natural, recurrente y capaz de alterar temperaturas, precipitaciones y circulación atmosférica a miles de kilómetros de distancia.

En 2026 se está desarrollando un episodio fuerte de El Niño, con previsiones de intensificación durante el periodo comprendido entre agosto y octubre. Los modelos estacionales apuntan a anomalías muy elevadas en el Pacífico ecuatorial y a un máximo posiblemente avanzado el otoño.

Eso ayuda a explicar el salto reciente, pero no explica por sí solo la película completa.

El Niño es, por así decirlo, el acelerador coyuntural. El cambio climático provocado principalmente por las emisiones humanas de gases de efecto invernadero está elevando el suelo sobre el que pisa ese acelerador. Los episodios naturales de calentamiento y enfriamiento continúan existiendo; simplemente operan ahora dentro de un sistema climático más cálido.

Por eso resulta engañoso atribuir el récord únicamente a El Niño. Antes de que este episodio se intensificara, el océano llevaba años mostrando temperaturas excepcionalmente altas.

Y ahí está el verdadero cambio de escala.

El océano ha absorbido alrededor del 90% del exceso de calor acumulado por el sistema climático debido al calentamiento global. Su enorme volumen actúa como un gigantesco amortiguador: captura energía que, de otro modo, contribuiría a calentar todavía más rápidamente la atmósfera.

El amortiguador, claro, también se calienta.

Los 125.000 años: qué significa realmente esa comparación

La frase más espectacular asociada al récord dice que el mar podría no haber estado tan caliente desde hace unos 125.000 años. Es plausible, pero conviene separar lo que sabemos de lo que reconstruimos.

No existe una base de datos con temperaturas oceánicas diarias del año 123.000 antes de nuestra era. Ningún funcionario del Pleistoceno dejó apuntado el termómetro del Atlántico en una hoja de cálculo.

Para conocer el clima remoto, los científicos utilizan indicadores indirectos, conocidos como proxies: sedimentos marinos, composición química de diminutos organismos fosilizados, núcleos de hielo, corales y otros archivos naturales capaces de conservar señales de las condiciones ambientales del pasado.

Estos registros permiten reconstruir tendencias durante siglos o milenios, pero con una resolución muy distinta a la de los satélites, barcos, boyas y modelos de reanálisis actuales. Comparar directamente el 22 de agosto de 2026 con un martes cualquiera de hace 125.000 años sería científicamente absurdo.

Lo que sí puede afirmarse es algo más interesante.

El actual calentamiento global ha llevado las temperaturas del planeta a niveles probablemente no vistos durante todo el Holoceno, el periodo relativamente estable iniciado hace unos 11.700 años y durante el cual aparecieron la agricultura, las ciudades y prácticamente toda la civilización conocida. Para encontrar condiciones globales claramente más cálidas hay que mirar hacia el último interglaciar, aproximadamente entre 129.000 y 116.000 años atrás.

Algunos investigadores sitúan las temperaturas superficiales recientes del océano entre las mayores de todo el Holoceno e incluso consideran que podrían ser comparables con las del último interglaciar.

Por eso “125.000 años” no debe leerse como una fecha exacta de récord. Es una forma de situar el episodio actual dentro de una escala paleoclimática extraordinariamente larga. El récord instrumental es sólido desde 1979; la comparación milenaria contiene inevitablemente más incertidumbre.

Curiosamente, esa cautela científica no hace el dato menos serio. Más bien al contrario.

Cuando el mar se calienta, el problema no se queda en el agua

Un océano más caliente modifica muchas piezas a la vez. Aumenta la probabilidad de olas de calor marinas, que someten a estrés a corales, praderas submarinas, moluscos, peces y otros organismos incapaces de adaptarse rápidamente a cambios térmicos intensos.

Esas olas de calor marinas se han vuelto más frecuentes, largas e intensas durante las últimas décadas. En estos días, estimaciones basadas en datos oceánicos sitúan alrededor del 42% de los mares del planeta bajo condiciones de ola de calor marina. No significa que casi medio océano esté a la misma temperatura ni que todas esas zonas sufran impactos idénticos; significa que se encuentran excepcionalmente calientes respecto a lo normal para cada región y época del año.

Para la pesca el efecto tampoco es abstracto. Algunas especies migran buscando aguas más frías, otras sufren menor disponibilidad de oxígeno y los ecosistemas cambian de composición. Unos pocos grados locales pueden desplazar hábitats enteros aunque la media mundial se mueva solo unas centésimas.

También hay física básica. El agua se expande al calentarse, de modo que el calentamiento oceánico contribuye directamente al aumento del nivel del mar. La expansión térmica explicó aproximadamente la mitad de la subida media global registrada entre 1971 y 2018.

Después está la atmósfera. Una superficie marina más caliente favorece una mayor evaporación y puede aportar más humedad y energía a determinados sistemas meteorológicos. No fabrica automáticamente huracanes, danas ni lluvias torrenciales —la atmósfera necesita muchos otros ingredientes—, pero cuando la configuración meteorológica adecuada aparece, encuentra más combustible disponible.

Para España esto tiene una lectura particularmente cercana. El Mediterráneo ha acumulado episodios de calor marino excepcional durante los últimos años. Un Mediterráneo muy cálido puede prolongar el bochorno nocturno en las zonas costeras y proporcionar abundante humedad a la atmósfera. Si después llega aire frío en altura y una circulación favorable a las tormentas, ese depósito de vapor de agua entra en juego.

No existe una regla sencilla del tipo “mar caliente igual a inundación”. La meteorología no funciona como una tragaperras. Pero negar la importancia de un Mediterráneo recalentado sería igualmente simplista.

Hay, además, otra paradoja. Los océanos no solo absorben calor: también retiran de la atmósfera una parte considerable del dióxido de carbono emitido por las actividades humanas. Esa función ha moderado el calentamiento atmosférico, aunque a costa de acidificar el agua. A medida que cambia la temperatura y la química oceánica, también cambia la capacidad de este gran sumidero natural para seguir prestando el mismo servicio.

El planeta lleva décadas utilizando el mar como una enorme cuenta de almacenamiento climático. La factura no desaparece porque esté debajo de la superficie.

La señal de fondo pesa más que el récord

Es posible que el máximo del 22 de agosto dure semanas, meses o apenas unos días antes de ser superado. Los récords meteorológicos tienen esa cualidad un poco absurda: reciben mucha atención justo cuando caen y bastante menos cuando la tendencia que los produce continúa.

Aquí, sin embargo, la tendencia es lo importante.

2026 encadena temperaturas oceánicas extraordinarias desde comienzos del verano, El Niño continúa intensificándose y el nuevo máximo absoluto ha llegado varios meses después de la época en la que normalmente se alcanza el pico anual. Todo ello ocurre sobre décadas de calentamiento inequívoco del océano.

Los 21,104 °C no significan que cada playa del planeta esté más caliente que nunca. Tampoco prueban por sí solos cómo será el próximo otoño en España ni permiten fechar con precisión cuándo fue la última vez que el océano mundial estuvo a una temperatura semejante.

Sí indican algo menos vistoso y bastante más importante: el océano está acumulando una cantidad excepcional de calor y los extremos recientes están dejando de comportarse como episodios aislados.

Puede discutirse si el paralelo correcto está hace 12.000, 20.000 o 125.000 años. La paleoclimatología trabaja precisamente con márgenes, reconstrucciones y probabilidades. Lo que ya no necesita viajar al Pleistoceno para comprobarse está delante de nosotros: desde que existen observaciones modernas comparables, el mar nunca había registrado un día como el 22 de agosto de 2026.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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