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Naturaleza

¿Por qué preocupa a España el nuevo récord mundial de calor del mar?

El océano bate un nuevo récord de calor, el Mediterráneo supera los 33 °C y los científicos miran a un precedente de hace casi 125.000 años.

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estrecho marítimo

Los océanos han vuelto a cruzar una frontera térmica. El 22 de agosto de 2026, la temperatura media diaria de la superficie marina entre los 60 grados norte y los 60 grados sur alcanzó aproximadamente 21,1 °C, el valor más alto observado en la serie moderna, disponible desde 1979. Superó por unas centésimas el anterior máximo, registrado el 1 de marzo de 2024. Parece una diferencia minúscula. Climáticamente, no lo es.

Lo verdaderamente anómalo no es únicamente la cifra, sino el calendario. La superficie oceánica global suele alcanzar sus temperaturas más altas entre marzo y abril, después del verano austral. El nuevo máximo ha llegado en agosto, precisamente cuando el ciclo estacional debería jugar en sentido contrario. El episodio encaja dentro del calentamiento sostenido de los océanos y del desarrollo de un fuerte fenómeno de El Niño en el Pacífico tropical.

Y España no observa el asunto desde una cómoda tumbona científica. El Mediterráneo español ha superado los 33 °C, mientras varias boyas del Cantábrico y del Atlántico norte han establecido también sus propios récords durante este verano. El mapa del calor marino se parece cada vez menos a una rareza puntual y más a una tendencia que gana terreno, temporada tras temporada.

Un récord extraño porque llega cuando el océano debería enfriarse

La temperatura media global de la superficie marina alcanzó unos 21,104 °C el 22 de agosto, frente a los 21,09 °C del récord anterior de marzo de 2024. Catorce milésimas, aproximadamente. En un vaso de agua darían para una conversación bastante aburrida. Extendidas sobre una parte enorme de los océanos del planeta, cuentan otra historia.

La superficie marina mundial no mantiene una temperatura uniforme durante todo el año. Como la mayor parte del agua oceánica se encuentra en el hemisferio sur, el promedio global suele alcanzar su techo al final de su verano, alrededor de marzo, y descender después. Que agosto haya conseguido superar el registro de marzo resulta, por eso, especialmente significativo.

El dato tampoco aparece solo. Durante 2026 se han sucedido temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas. Julio marcó un récord para ese mes en los océanos extrapolares, con una temperatura media superficial cercana a 20,96 °C, mientras Europa occidental atravesaba su periodo junio-julio más cálido registrado. El termómetro marino lleva un tiempo llamando a la puerta. Ahora prácticamente golpea con los nudillos.

¿Realmente es el mar más caliente desde hace 125.000 años?

Aquí conviene separar el dato espectacular del dato demostrado. Nadie medía la temperatura del océano hace 125.000 años, por razones bastante obvias. Los registros instrumentales globales y homogéneos son recientes; para conocer el clima remoto, los científicos utilizan corales, sedimentos marinos, hielos y otros indicadores que permiten reconstruir las condiciones del pasado.

Algunos especialistas plantean que las temperaturas actuales de la superficie marina podrían ser las más elevadas de todo el Holoceno e incluso comparables con las del último periodo interglacial, hace unos 125.000 años. Es una interpretación plausible dentro del conocimiento paleoclimático, pero no equivale a afirmar que exista una serie diaria que permita colocar 2026 junto a 123.000 a. C. y decidir el ganador por una centésima.

Las reconstrucciones paleoclimáticas ofrecen un contexto más sobrio y, precisamente por eso, más impresionante. Las temperaturas globales recientes ya han rebasado el rango cálido de buena parte del actual periodo interglacial y, para encontrar condiciones globales sostenidas comparables, hay que mirar hacia el último interglacial. Para aquel periodo, distintas reconstrucciones sitúan la temperatura superficial del mar global aproximadamente 1 °C por encima del nivel preindustrial, aunque con márgenes importantes de incertidumbre.

La diferencia entre un récord medido y una reconstrucción histórica

La formulación rigurosa, por tanto, es sencilla: 2026 ha establecido el récord diario de temperatura superficial marina de la era de observaciones modernas y existen indicios paleoclimáticos compatibles con que el nivel de calentamiento actual tenga pocos precedentes en decenas de miles de años.

Es una distinción importante. No rebaja la gravedad del fenómeno; evita convertir la ciencia en una competición de titulares. Y con el mar ya batiendo récords extraordinarios sin necesidad de maquillaje, tampoco hace mucha falta.

España ya está viendo temperaturas marinas inéditas

El ejemplo más llamativo se encuentra en Baleares. La boya de Sa Dragonera, al oeste de Mallorca, registró 33,02 °C el 5 de agosto, la temperatura más alta de su serie, iniciada en 2006, y un registro extraordinario para el Mediterráneo español. No fue una boya solitaria con ganas de protagonismo: Mahón alcanzó 32,36 °C; Tarragona llegó a 30,70 °C en una boya costera y a 30,31 °C mar adentro. También se marcaron máximos en cabo de Palos, Begur y cabo de Gata.

El calor se ha extendido hacia el norte. En junio, la boya de Pasaia, en Gipuzkoa, midió 28,4 °C, superando por primera vez los 28 °C en la serie disponible del Cantábrico. Durante agosto se añadieron máximos en Bilbao-Vizcaya y Estaca de Bares, mientras Villano-Sisargas alcanzaba 22,17 °C en el Atlántico norte. Solo el golfo de Cádiz y Canarias han quedado relativamente al margen de esta colección de récords durante el verano.

No todas esas mediciones pueden compararse entre sí como cromos: las boyas tienen series históricas de distinta longitud, están situadas en ambientes diferentes y registran condiciones locales. Pero tomadas en conjunto describen algo difícil de despachar como simple mala suerte meteorológica: el agua alrededor de España está acumulando más calor y los extremos aparecen en más lugares.

El Mediterráneo es especialmente vulnerable. Parte con una desventaja física: es un mar casi cerrado, intercambia agua con el Atlántico a través del estrecho de Gibraltar y responde con rapidez a periodos prolongados de altas temperaturas, cielos despejados y vientos débiles. Cuando el calor persiste y la superficie no consigue liberar suficiente energía durante la noche o entre episodios cálidos, el agua conserva parte de esa carga térmica.

El problema tampoco nació en 2026. La temperatura media anual de la superficie marina de la región europea ya había alcanzado máximos históricos durante varios años consecutivos. Las olas de calor marinas han afectado a enormes extensiones de los mares europeos y una parte considerable ha llegado a categorías severas o extremas. El Mediterráneo, mientras tanto, encadena episodios de calentamiento excepcional con una frecuencia cada vez más difícil de considerar anecdótica.

Qué ocurre cuando el mar almacena demasiado calor

El océano funciona como el gigantesco acumulador térmico del planeta. Ha absorbido más del 90 % del exceso de energía retenido en el sistema climático por el aumento de los gases de efecto invernadero. Eso ha amortiguado durante décadas una parte del calentamiento atmosférico, pero la energía no desaparece. Queda almacenada en el agua.

Una superficie marina más caliente favorece una mayor evaporación y proporciona más humedad y energía a la atmósfera. Eso no significa que una determinada tormenta pueda atribuirse automáticamente a que el Mediterráneo esté unos grados más caliente —la meteorología nunca es tan obediente—, pero sí que aumenta el combustible disponible cuando coinciden las condiciones atmosféricas adecuadas para lluvias intensas o sistemas tormentosos.

Está también el nivel del mar. Al calentarse, el agua se expande; es la llamada expansión térmica. Sumada al deshielo continental, contribuye al aumento del nivel oceánico y agrava a largo plazo la exposición de costas, playas, infraestructuras y zonas urbanas bajas.

Y debajo de la superficie ocurre algo menos visible. El agua cálida retiene menos oxígeno, muchas especies buscan latitudes o profundidades más frías y los organismos que no pueden desplazarse tienen un problema bastante más serio. Corales, esponjas y praderas marinas pueden sufrir estrés térmico, mortalidad y alteraciones reproductivas durante olas de calor prolongadas.

En el Mediterráneo, ese cambio favorece además la tropicalización: especies adaptadas a aguas cálidas amplían su área mientras otras pierden terreno. No es una sustitución limpia, como cambiar los peces de una pecera. Se alteran relaciones entre depredadores y presas, ciclos reproductivos, disponibilidad de alimento y, eventualmente, pesquerías.

El Niño empuja el termómetro, pero no creó el problema

El Niño es una oscilación natural del sistema climático ligada a un calentamiento anómalo del Pacífico ecuatorial. Puede liberar hacia la atmósfera grandes cantidades de energía acumulada en el océano y elevar temporalmente las temperaturas globales. El episodio que se desarrolla en 2026 está contribuyendo al actual salto térmico y puede reforzar las anomalías durante los próximos meses.

Pero atribuirle todo el récord sería confundir el acelerador con la pendiente. El Niño va y viene. El calentamiento oceánico de fondo lleva décadas avanzando.

De hecho, el contenido térmico de los primeros 2.000 metros del océano volvió a situarse en niveles extraordinariamente altos. Las estimaciones científicas calculan incrementos anuales medidos en zettajulios, una unidad tan descomunal que casi parece inventada para que el cerebro se rinda: un zettajulio equivale a un sextillón de julios. Lo verdaderamente relevante es la dirección de la curva. Sigue subiendo.

El Niño puede hacer que un año sobresalga. Las emisiones de gases de efecto invernadero son las que van elevando el suelo desde el que sobresale.

El récord que importa no termina en 21,1 grados

La temperatura de la superficie del mar es solo una fotografía de la piel del océano. Puede cambiar con los vientos, las corrientes, las estaciones y fenómenos naturales como El Niño. El calentamiento almacenado a mayor profundidad es más lento y menos vistoso, pero constituye una señal climática todavía más robusta.

Por eso el registro de 21,1 °C importa menos como número aislado que como parte de una secuencia. Mares europeos en máximos históricos, olas de calor marinas más extensas, un Mediterráneo superando los 33 °C y un océano profundo que continúa acumulando energía. Cada dato tiene sus matices; juntos dejan bastante menos espacio para la casualidad.

La comparación con hace 125.000 años seguirá afinándose a medida que los científicos confronten observaciones modernas y reconstrucciones paleoclimáticas. El récord de 2026, en cambio, necesita poca traducción: nunca habíamos medido una superficie oceánica global tan caliente en un día. Y ocurrió en agosto, cuando estadísticamente tenía menos papeletas para suceder. Esa es quizá la parte más incómoda del récord. El mar no solo está más caliente. Está cambiando el terreno sobre el que calculábamos lo que era normal.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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