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Iyana Martín y Awa Fam hacen historia en los Draft WNBA 2026

Iyana Martín y Awa Fam firman una noche histórica en el draft de la WNBA y colocan a España en otra dimensión del baloncesto femenino
La madrugada del 14 de abril de 2026 dejó de ser una fecha más en el calendario del baloncesto femenino español para convertirse en una pequeña frontera. Awa Fam salió elegida con el número 3 del draft de la WNBA por Seattle Storm, Iyana Martín lo hizo con el 7 por Portland Fire y Marta Suárez apareció después en el 16, con sus derechos traspasados a Golden State Valkyries. No es solo una buena noche. Es, por rango de elecciones y por volumen de talento reconocido de golpe, la noche más potente que ha firmado España en un draft de la liga estadounidense.
En ese mapa nuevo, Iyana Martín ocupa un lugar muy preciso: ya no es solo una promesa que asomaba por abajo, ni una base joven con pinta de futuro, esa etiqueta que en el deporte sirve igual para elogiar que para congelar carreras. La ovetense, nacida el 18 de enero de 2006, fue tomada por Portland Fire en el top 10 del draft, un salto enorme para una jugadora exterior europea, todavía más para una española de 20 años formada entre el baloncesto de cantera y la alta competición nacional. La elección la coloca en un escaparate que hasta hace nada estaba reservado para otro tipo de trayectorias, casi siempre NCAA, casi siempre estadounidenses, casi siempre más previsibles.
La noche en que España dejó de pedir permiso
Lo que ocurrió en Nueva York tiene una lectura inmediata y otra más interesante. La inmediata la entiende cualquiera: tres españolas elegidas, una de ellas en el número 3 y otra en el 7. La lectura interesante va un poco más allá. Durante años, España colocó talento en Europa, dominó categorías de formación, fabricó jugadoras excelentes y, aun así, la WNBA seguía pareciendo una vitrina lejana, a ratos prestigiosa, a ratos incómoda, casi siempre secundaria frente a los grandes clubes europeos y el calendario de selecciones.
Esta vez la historia fue distinta. La WNBA no miró a España como un vivero simpático, sino como un mercado serio de jugadoras listas para alterar plantillas y proyectos.
Awa Fam rompió el techo de cristal a lo bruto, con un tercer puesto que jamás había alcanzado una jugadora española y que solo encuentra, en clave nacional, el eco del número 3 de Pau Gasol en la NBA. Seattle la definió como una de las jóvenes más dinámicas del baloncesto mundial y no era literatura de sala de prensa: la pívot de Santa Pola llegaba al draft como gran referencia internacional del grupo, con 19 años y una progresión que ha obligado a Estados Unidos a acelerar la vista hacia Europa. Cuando una interior española entra en el podio absoluto del draft, el mensaje es transparente, casi desagradablemente claro para quien aún miraba esto con paternalismo: ya no se trata de “a ver si una española encaja”, sino de cómo se reorganizan los equipos para no quedarse sin una española top.
Iyana Martín, por eso, no queda empequeñecida al lado de Fam. Más bien al contrario. Que Portland Fire, una franquicia de expansión que está diseñando su identidad desde cero, gaste el número 7 en una base española dice bastante de cómo se está leyendo su perfil en Estados Unidos. No la ven como un proyecto remoto ni como una apuesta folclórica de mercado internacional. La ven como una directora de juego con lectura, defensa, cambio de ritmo y una madurez competitiva muy poco habitual para su edad. Las franquicias nuevas suelen equivocarse poco cuando eligen a quién quieren convertir en símbolo de su arranque.
Iyana Martín no sale de la nada
La tentación, muy de titular rápido, consiste en presentar a Iyana como una irrupción. No lo es. Lo suyo lleva años cociéndose, solo que en el baloncesto femenino español muchas trayectorias decisivas crecen lejos del ruido. Oviedo, Siglo XXI, categorías inferiores, Perfumerías Avenida. Ese recorrido no tiene la épica prefabricada de las universidades estadounidenses, pero sí algo bastante más útil: competición de verdad, partidos con peso, contextos donde una base aprende a gestionar ventajas mínimas, ataques espesos y noches sin red. La WNBA, que antes miraba ese camino con distancia, ahora lo valora casi como una garantía.
Portland ha puesto negro sobre blanco los argumentos de su apuesta. La franquicia recuerda que Martín jugó en Perfumerías Avenida, en la máxima categoría española, y destaca que en su campaña de estreno firmó 10,5 puntos, 4,3 rebotes y 3,4 asistencias por partido, además del premio a mejor jugadora joven de la Euroliga. No es una estadística para decorar un dosier; es la señal de una jugadora exterior que produce, pasa, rebotea y sostiene volumen competitivo en escenarios donde una mala tarde no se disimula. En otras palabras, alguien que ya sabe mandar.
Su hoja internacional también pesa y mucho. Martín lideró a España hacia el oro en el Mundial sub-19 de 2023, fue la máxima anotadora del equipo y acabó nombrada MVP del torneo, además de entrar en el quinteto ideal. Es el tipo de currículum que en Europa a veces se guarda como promesa y en Estados Unidos se traduce en una pregunta más agresiva: si ya domina entre las mejores de su generación, ¿por qué no adelantar la apuesta? Luego llegó su entrada en la absoluta, el salto competitivo y la sensación cada vez menos disimulada de que no estaba de paso, sino llegando.
Hay otra cuestión menos vistosa y bastante decisiva. Iyana es base. Eso, en el lenguaje de los despachos, significa responsabilidad y, a menudo, desconfianza hacia la juventud. A una interior de 19 o 20 años se le perdonan más cosas: crecer físicamente, aprender sistemas, vivir de la energía. A una base no. A una base se le exige orden, lectura, control emocional y capacidad para sobrevivir cuando todo se acelera. Que Portland la tome en el 7 equivale a decir que ve en ella un cerebro competitivo, no solo una atleta de recorrido. En un draft dominado por nombres de la NCAA y por el brillo lógico de las grandes figuras universitarias, esa confianza no es un detalle; es un diagnóstico.
El número 7 no es un regalo, es una declaración
Conviene detenerse un momento en la magnitud del puesto. El draft de la WNBA es corto, selectivo y bastante cruel. No tiene el volumen de la NBA, ni su carnaval de segundas oportunidades. Entrar arriba significa que la franquicia te ha estudiado de verdad y que tu nombre responde a una necesidad concreta. Iyana Martín no salió en la cola decorativa del proceso, salió en el primer tramo, ahí donde todavía se construye el relato principal de la noche. Awa Fam fue el gran fogonazo español, sí. Pero el 7 de Iyana confirma que aquello no fue un caso aislado, una excepción feliz, un golpe de fortuna. Fue patrón.
Además, su destino no es cualquiera. Portland Fire debuta en 2026 como franquicia de expansión, en paralelo a Toronto, dentro de una WNBA que ha dejado de vivir en la estrechez permanente y empieza a expandirse con ambición industrial. Las plantillas nuevas necesitan identidad, relato, jugadoras que puedan crecer con la camiseta y no solo pasar por ella. En ese contexto, elegir a Iyana tiene una lógica de proyecto a medio plazo. No parece una apuesta para rellenar verano; parece una inversión en una pieza que puede ayudar a dar forma a una cultura competitiva.
Alrededor de la elección, además, se mueve una previsión interesante: la idea es que Iyana espere un año antes de incorporarse a Portland. Eso matiza el relato sin restarle fuerza. No todo en el baloncesto de élite consiste en correr a la primera puerta abierta. A veces la decisión inteligente es aterrizar más tarde y mejor, con más partidos, más oficio, más cuerpo y más mando. La WNBA no la pierde por eso; al revés, la reserva. Y España, mientras tanto, gana una temporada adicional para ver crecer a una base que ya está en el radar grande sin haber tocado todavía la pista estadounidense.
Awa Fam abre la autopista, Marta Suárez ensancha el carril
El titular más escandaloso se lo lleva Awa Fam y con razón. Su número 3 pulveriza el precedente reciente de Raquel Carrera, que había sido elegida en el 15 en 2021, y coloca a la pívot alicantina en una categoría casi inédita para el baloncesto español. Seattle la incorpora como pieza de futuro y también como respuesta a una transformación más amplia de la liga: las franquicias ya no buscan solo producto NCAA, buscan talento joven global que llegue con hábitos profesionales y techo alto. Fam encaja exactamente ahí.
Pero quedarse solo en Fam sería leer la noche por la parte más ruidosa. Marta Suárez, elegida en el 16 y traspasada a Golden State Valkyries, añade otra capa al fenómeno. Su caso es diferente, menos lineal, más universitario, más construido desde Estados Unidos, pero refuerza la misma idea: España ya no exporta un solo perfil. Exporta interiores dominantes, bases de élite y aleros o ala-pívots versátiles capaces de adaptarse a varios registros. Golden State la recibió como una jugadora de energía, competitividad y carácter, una descripción muy de oficina americana, sí, aunque en este caso bastante ajustada al juego real de una jugadora dura, móvil y con oficio.
Ese triple golpe cambia también la conversación sobre los precedentes. En 2024, Helena Pueyo fue elegida por Connecticut Sun en el puesto 22; antes, otras españolas habían ido abriendo la senda, con más o menos continuidad en la liga. Lo novedoso de 2026 no es que España aparezca por primera vez, ni mucho menos. Lo novedoso es la densidad del talento reconocido al mismo tiempo y la altura de las elecciones. Ya no hay que rescatar la historia como una colección de excepciones dispersas. Ahora empieza a parecer una corriente.
La WNBA ya no es un verano exótico
Hay una razón estructural detrás de todo esto y conviene decirla sin romanticismo. La WNBA ha cambiado de tamaño económico. El nuevo convenio colectivo, aprobado hace apenas unas semanas, dispara salarios, eleva el tope salarial y convierte el aterrizaje en la liga en algo mucho más atractivo para las jugadoras de élite. El número 1 del draft se va a 500.000 dólares, el 2 a 466.913 y el 3 a 436.016; incluso las rondas posteriores quedan por encima de lo que hace poco era el viejo techo salarial de la liga. La media salarial prevista supera los 585.000 dólares y las mejores jugadoras ya pueden mirar contratos por encima del millón. Esa música, claro, se escucha perfectamente en Europa.
Por eso este draft no debe leerse solo como una foto bonita de talento español, sino como el síntoma de un reordenamiento mundial. La expansión con Portland y Toronto amplía plazas; el dinero nuevo vuelve más agresiva la captación; y el prestigio competitivo de la liga hace el resto. Estados Unidos ya no espera a que las europeas lleguen hechas del todo, como quien compra una obra terminada. Empieza a elegirlas antes, a moldearlas, a integrarlas en proyectos propios. En ese cambio de lógica, España sale especialmente beneficiada porque lleva años fabricando jugadoras muy jóvenes con lectura táctica, cultura de selección y formación profesional temprana.
También influye una cuestión menos visible y muy concreta: el calendario. La WNBA y el ecosistema de selecciones han vivido demasiados veranos de tensión, permisos, renuncias parciales y equilibrios algo absurdos. En 2026, el contexto aparece mejor encajado para muchas internacionales españolas, con un verano que puede llevar a una participación nacional especialmente amplia en la liga. Eso no garantiza nada, claro; el deporte nunca firma pagarés. Pero sí cambia la disposición del tablero. De pronto, la pregunta ya no es si merece la pena cruzar el Atlántico. La pregunta empieza a ser cuántas españolas van a estar allí al mismo tiempo.
Lo que revela Iyana Martín sobre el baloncesto español
Lo más jugoso del caso Iyana, quizá, no está ni en el puesto 7 ni en la foto del draft. Está en lo que revela sobre el ecosistema que la ha producido. España ha pasado años escuchando, con esa mezcla de halago y condescendencia que tanto gusta fuera, que su baloncesto femenino era muy técnico, muy competitivo, muy serio. Todo correcto. Lo que faltaba era que ese prestigio se tradujera de forma contundente en el mercado central del baloncesto profesional femenino. Ya está ocurriendo. Iyana no llega como rareza pintoresca, sino como producto refinado de una escuela que sabe formar bases con criterio, temple y ritmo europeo sin perder agresividad.
Además, su elección ayuda a desmontar una idea bastante rancia: la de que el gran talento exterior debe pasar necesariamente por la universidad estadounidense para legitimarse ante la WNBA. No. Ahí está Martín, leída como una primera ronda alta desde el baloncesto español y europeo. Ahí está Fam, proyectada desde Valencia Basket. Ahí está incluso la mezcla de caminos que representa Marta Suárez. No hay una sola autopista. Lo que hay, por fin, es reconocimiento real de varias rutas. Y eso para España vale casi tanto como la propia posición del draft, porque ensancha el futuro de las que vienen detrás.
Iyana, en particular, tiene algo que seduce mucho cuando el nivel aprieta: parece jugar sin pedir disculpas. No necesita monopolizar la posesión para mandar, no confunde pausa con pasividad y entiende bastante bien cuándo acelerar y cuándo enfriar un partido. Ese tipo de jugadora suele resistir mejor el salto. La WNBA castiga la indecisión con una crueldad casi industrial. También castiga el exceso de adorno. Las bases que sobreviven allí son las que procesan rápido, cambian de registro y compiten con cabeza. Portland ha apostado a que esa materia ya está en ella, incluso antes de que termine de hacerse del todo.
España ya no mira el draft desde la grada
Al final, eso es lo que deja esta historia. No tanto una noche de celebración, que también, sino una corrección de escala. España ya no observa el draft como quien espera una carambola amable. Entra en él con nombres que se discuten arriba, con jugadoras que cambian planes de franquicia y con un prestigio que ha dejado de ser abstracto. Awa Fam ha abierto una puerta enorme con el número 3. Iyana Martín, desde el 7, ha confirmado que detrás no venía el vacío sino otra clase de talento. Marta Suárez ha rematado la escena para que nadie se llame a engaño. Era una ola, no una anécdota.
Y quizá ahí esté la noticia más duradera, la que sobrevivirá cuando pase la espuma del draft y empiecen los entrenamientos, los cortes, los contratos y la vida real, que siempre llega. Iyana Martín no simboliza solo una elección alta. Simboliza que el baloncesto femenino español ha alcanzado un punto en el que ya no necesita presentarse con modestia administrativa, como si aún debiera agradecer el asiento. Ahora entra, se sienta y altera la conversación. En la WNBA ya lo han entendido. Aquí tocaba escribirlo.

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