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¿Cómo acabaron dos policías acusados de prostituir menores?

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Juicio en Almería: diez acusados, dos policías y una presunta proxeneta por prostitución de menores y delitos sexuales; arranca el martes

La Audiencia Provincial de Almería tiene previsto abrir el próximo martes un juicio con diez acusados por una causa que gira en torno a la prostitución de menores y a delitos sexuales cometidos, presuntamente, contra chicas y chicos que en aquel momento eran menores de 16 años. Entre los procesados figuran dos policías locales —un agente destinado en Adra y un mando de la Policía Local de Almería— y también la hermana de una de las víctimas, a la que el Ministerio Público sitúa como pieza clave en la organización de encuentros. La vista se ha señalado en cuatro sesiones, con un calendario que apunta al 20 de febrero como fecha de cierre si no hay cambios de última hora.

El procedimiento coloca en primer plano una combinación especialmente sensible: menores, intermediación y, además, la supuesta participación de personas con autoridad pública. La Fiscalía sostiene que la trama se habría mantenido durante un periodo acotado entre 2018 y 2020, con contactos repetidos, acuerdos previos y un patrón de captación que habría aprovechado la amistad y el parentesco. A partir de ahí, lo que se dirime en sala es tan básico como incómodo: quién hizo qué, cómo, cuándo y con qué grado de responsabilidad penal, con el listón de prueba propio de un juicio y con la presión social inevitable que deja un caso así, sobre todo cuando aparece un uniforme en el banquillo.

El mapa del caso: diez procesados y una figura central señalada por Fiscalía

En el núcleo de la acusación aparece una mujer identificada en las crónicas judiciales por sus iniciales, S.M.H., para la que el Ministerio Público solicita una pena especialmente elevada, 45 años de prisión, al atribuirle cinco delitos de prostitución de menores y un delito de maltrato en el ámbito doméstico. La Fiscalía le asigna el papel de organizadora o intermediaria de los encuentros, alguien que presuntamente abría puertas, fijaba condiciones y conectaba a las víctimas con hombres adultos interesados en mantener relaciones sexuales a cambio de dinero u otras compensaciones. En el mismo listado de procesados figura, además, la hermana de una de las víctimas, también señalada por la acusación como parte de esa dinámica de captación y concertación de contactos, un elemento que añade una capa de dolor y complejidad porque el vínculo familiar, en estos casos, suele ser el lugar donde la confianza debería proteger, no romperse.

La causa no se presenta como una escena única y aislada, sino como una secuencia con repetición: contactos, acuerdos, encuentros, desplazamientos. La Fiscalía sostiene que la captación se apoyó en relaciones del entorno —amistad y parentesco— y que el círculo habría incluido a cuatro chicas y al novio de una de ellas, todos menores en el periodo investigado. Ese detalle es relevante por lo que implica en términos de vulnerabilidad: cuando el grupo es adolescente, la presión social y emocional pesa, y cualquier persona que ejerza control sobre el acceso al dinero, al secreto o al “grupo” puede inclinar la balanza sin necesidad de una amenaza explícita a gritos. El juicio servirá para comprobar si ese patrón se sostiene con pruebas o si se resquebraja con contradicciones, periciales o versiones alternativas.

También hay una idea que se repite en los escritos de acusación difundidos: la supuesta trama habría comenzado con ofertas que se presentaban como prácticas “limitadas” o “fetichistas”, un envoltorio que suena casi banal hasta que se entiende el mecanismo: normalizar primero, escalar después. Según la Fiscalía, lo que arrancó como propuestas relacionadas con parafilias y prácticas como “dejarse chupar los pies” a cambio de dinero habría derivado en encuentros de mayor intensidad y gravedad. El tribunal tendrá que establecer si esa evolución existió, cómo ocurrió y qué papel tuvo cada acusado en esa escalada.

Captación y contactos: de las conversaciones al punto de no retorno

Una de las claves del caso es el método de contacto descrito en las informaciones judiciales: la Fiscalía sostiene que las citas se gestionaban mediante una web de contactos y a través de Skype, con conversaciones previas y un tono inicial que buscaba rebajar el riesgo percibido. No es un detalle técnico, es parte de la lógica: cuando el contacto se produce en un entorno digital, la sensación de peligro se anestesia con pantallas, con frases cortas y con esa falsa idea de control (“si quiero, bloqueo y ya”). En realidad, si hay menores, la asimetría es inmediata: edad, experiencia, dinero, capacidad para manipular, capacidad para presionar. Y si, además, hay una figura cercana que actúa como puente, el riesgo se multiplica porque la barrera natural de desconfianza desaparece.

La Fiscalía sostiene que la principal acusada habría convencido a tres amigas de entre 13 y 14 años para que se vieran con hombres “en reiteradas ocasiones”. La reiteración no es un adorno: cambia el relato completo. Un episodio aislado permite interpretaciones muy distintas; una repetición sugiere una dinámica sostenida, una rutina clandestina, un patrón que se convierte en costumbre. Ese “otra vez” es, en términos de juicio, un terreno donde la prueba suele ser minuciosa: mensajes, fechas, ubicaciones, contradicciones mínimas que de pronto se vuelven gigantes. En sala, lo que se buscará es continuidad: si hubo repetición, quién la impulsaba, quién la financiaba, quién la facilitaba y quién se beneficiaba.

En esta causa aparece, además, un elemento especialmente delicado: la Fiscalía sostiene que la acusada habría propuesto a su hermana, que tenía 15 años cuando ocurrieron los hechos, sumarse a esos encuentros. Y que, cuando la menor quiso dejarlo, habría existido presión para que continuara. En los escritos difundidos se menciona un episodio de violencia y amenaza dentro del ámbito familiar, una situación que, de ser acreditada, dibujaría un cuadro de control con dos palancas brutales: el miedo físico y el miedo a la exposición (“se lo cuento a mamá”). Esa mezcla, en adolescentes, funciona como una trampa: te quedas por temor, por vergüenza, por confusión, por no saber dónde pedir ayuda sin que el mundo se te caiga encima.

También se ha contado que el círculo habría incluido al novio de una de las chicas, igualmente menor, lo que sugiere una expansión del entorno captado. En estas tramas, cuando la red entra en un grupo de adolescentes, el contagio social es un factor real: la pertenencia al grupo, el secreto compartido, el “si tú lo haces, yo también”. No es una excusa para nadie; es un mecanismo que explica por qué, a veces, el silencio dura más de lo que la gente imagina desde fuera.

Los dos policías acusados: cuando el uniforme entra en la sala

El hecho más explosivo, por su impacto social, es que entre los acusados figuren dos policías locales. La Fiscalía pide 10 años de prisión para el agente de la Policía Local de Adra y atribuye a su actuación un relato especialmente concreto: según la acusación, habría utilizado un vehículo patrulla para recoger a una menor en un punto acordado y trasladarla a la biblioteca municipal, un espacio al que presuntamente tenía acceso mediante llaves. Allí, sostiene la Fiscalía, se habría producido un episodio de agresión sexual. Después, el agente habría devuelto a la menor al lugar donde debía ser recogida. Es un relato de precisión quirúrgica, de los que se sostienen o se caen por detalles verificables: horarios, trayectos, disponibilidad del vehículo, acceso al edificio, registros, coherencia del testimonio, elementos periféricos que encajan o que chirrían.

El segundo policía aparece descrito en algunas crónicas como un mando, y en el sumario habría sido identificado como “Señor X”. En algunas informaciones se le cita también con iniciales, J.C.P.S., aunque el juicio será el espacio donde su identidad y su papel queden fijados con rigor procesal, no por ecos. Para este acusado, la Fiscalía solicita 24 años de cárcel y le atribuye encuentros sexuales con dos menores, presuntamente dentro de su coche particular, con conocimiento por parte de las víctimas de que se trataba de un policía. En términos humanos, esa condición de autoridad no es neutra: puede operar como intimidación silenciosa, como “no me van a creer”, como miedo a las consecuencias. En términos judiciales, ese elemento se analiza con cuidado porque el poder —aunque no se ejerza a golpes— pesa en la valoración de la situación.

Además de los dos agentes, el listado de acusados incluye siete hombres más, con perfiles diversos. En informaciones previas se ha citado la presencia de un entrenador deportivo y de un exmilitar entre los procesados, y se han descrito acusaciones que incluyen no solo encuentros, sino también solicitudes de prácticas de carácter humillante vinculadas a parafilias. Esa parte, aunque resulte desagradable, es material de juicio: lo que se pidió, lo que se acordó, lo que se hizo, lo que se pagó, lo que se negó. Y, sobre todo, si los acusados eran plenamente conscientes de la minoría de edad de las víctimas, un punto que el Ministerio Público subraya como esencial.

Operación ‘Terciaria’ y el origen: una denuncia que lo cambia todo

La investigación se encuadra en la llamada operación ‘Terciaria’ de la Guardia Civil, nombre que aparece asociado al procedimiento desde sus fases iniciales. Según se ha contado en reconstrucciones del caso, el punto de partida fue la denuncia de una madre, que detectó mensajes o señales alarmantes en el teléfono de su hija. Ese origen doméstico, casi íntimo, contrasta con el tamaño de lo que vino después: detenciones, instrucción, autos de procesamiento, solicitudes de apertura de juicio oral y, finalmente, la llegada a una vista con diez acusados.

En casos de explotación de menores, el detonante suele ser así de pequeño y así de grande a la vez: un mensaje visto a tiempo, una conversación oída al pasar, un cambio de comportamiento que alguien decide no normalizar. Luego, la investigación se vuelve un trabajo de paciencia: identificar contactos, cruzar comunicaciones, reconstruir itinerarios, delimitar periodos, separar lo demostrado de lo insinuado. La operación, según el relato conocido, permitió situar a una mujer mayor de edad como presunta organizadora que buscaba clientes mediante plataformas de contacto y chats de contenido sexual. Ese tipo de infraestructura digital, sin necesidad de grandes redes internacionales, puede funcionar como una puerta giratoria: entra un cliente, sale, vuelve, recomienda, insiste. Y, si hay menores, la gravedad se dispara.

Otra pieza que se ha mencionado en informaciones anteriores es la reacción institucional en el ámbito municipal: en su momento se habló de la apertura de expedientes y de decisiones de apartamiento provisional respecto al agente de Adra, así como de la evaluación de medidas en el Ayuntamiento de Almería ante la supuesta implicación de un mando. Son cuestiones administrativas, sí, pero revelan algo importante: cuando un caso de este tipo roza a un cuerpo policial, el impacto no se limita al proceso penal; se extiende a la confianza y al funcionamiento interno, y obliga a mover piezas aunque sea con cautela.

Las penas que pide Fiscalía: “casi tres siglos” y un caso con múltiples piezas

Las peticiones de pena difundidas dibujan un marco de severidad: se ha hablado de que, en conjunto, las condenas solicitadas rozan los tres siglos de prisión sumando las penas interesadas para los distintos acusados. La cifra, más allá de su efecto de titular, indica una estrategia acusatoria que considera el caso como una suma de delitos graves, no como un único episodio. La Fiscalía pide 45 años para S.M.H., 24 para el policía identificado como “Señor X”, 10 para el agente de Adra, y penas relevantes para otros procesados, con solicitudes que en algunas informaciones alcanzan cifras muy altas para determinados acusados por acumulación de conductas atribuidas.

En este punto conviene entender cómo funciona el engranaje penal sin convertirlo en jeroglífico: cuando hay varios delitos, las penas se suman y se ordenan, pero la ejecución efectiva tiene reglas específicas y límites según el tipo de condena y el sistema de cumplimiento. Aun así, hablar de decenas de años no es un juego: refleja la gravedad con la que se califican los hechos. Y aquí, además, no solo se plantean penas de prisión, también medidas accesorias habituales en delitos contra menores: prohibiciones de aproximación, libertad vigilada en determinados supuestos, y inhabilitaciones para profesiones u oficios con contacto habitual con menores si hay condena. Son medidas que buscan cortar la posibilidad de repetición y proteger a las víctimas.

La acusación también incorpora el elemento de la conciencia de la minoría de edad. En procedimientos así, ese punto suele ser una línea roja: si se demuestra que los acusados sabían que eran menores, la valoración penal es especialmente severa. Y si se discute ese conocimiento, la prueba se vuelve minuciosa: conversaciones donde se menciona la edad, contextos en los que era evidente, relaciones previas, testimonios que confirman o niegan. El juicio, por tanto, no será solo un repaso de hechos, sino una radiografía de qué sabían los acusados y cómo se comportaron ante esa realidad.

Lo que puede pasar en sala: declaraciones, prueba digital y la tensión de un juicio con menores

El juicio tendrá un componente inevitablemente duro: las declaraciones de víctimas y testigos, con las medidas de protección que correspondan, suelen ser el corazón de estos procedimientos. En delitos sexuales con menores, la prueba testifical se analiza con especial cuidado, y la forma de preguntar importa tanto como el contenido. No se trata de “hacer sufrir” para que el testimonio parezca más real; se trata de obtener un relato coherente, de contrastarlo con elementos objetivos y de valorar la credibilidad con herramientas judiciales, no con intuiciones de bar.

La prueba digital, si forma parte del procedimiento, puede ser decisiva: mensajes, chats, llamadas, registros de cuentas, fotografías, capturas, trazas de comunicación. Es el territorio donde los casos se pueden consolidar o derrumbarse, porque un mensaje puede confirmar una edad, un pago, un lugar; y también puede mostrar manipulación, confusión o atribuciones erróneas. En sala, cada parte intentará construir su propio hilo: la Fiscalía buscará mostrar un patrón y una organización; las defensas intentarán introducir dudas razonables, impugnar pruebas, cuestionar la cadena de custodia o plantear interpretaciones alternativas. El tribunal, mientras, tendrá que decidir sin dejarse arrastrar por el ruido externo, que en asuntos así siempre existe.

La presencia de dos policías añade tensión, pero no cambia el estándar: lo que vale es lo que se prueba. La condición de agente puede ser un dato relevante si se acredita que se utilizó para facilitar conductas o para intimidar; y también puede ser un elemento que la defensa discuta con fuerza. Aquí no hay atajos limpios: la justicia va por carriles lentos porque el error, en ambos sentidos, es devastador.

Febrero en Almería: un juicio que deja huella antes de la sentencia

Este juicio se celebrará con un clima social inevitable: un caso de prostitución de menores y delitos sexuales no se vive como un trámite. Afecta a la imagen de una ciudad, a la confianza en sus instituciones, al ecosistema de rumores y certezas que se instala en los corrillos. Pero la sala no está para rumores: está para prueba, para contradicción, para hechos. La sentencia, cuando llegue, tendrá que explicar con precisión qué se considera acreditado y por qué, y qué responsabilidad corresponde a cada acusado si la hay. Si no se alcanza el estándar de condena, también deberá explicarse con detalle dónde fallan las pruebas o qué dudas no se han podido despejar.

Mientras tanto, el dato clave es el que se mantiene firme: hay diez acusados, hay dos policías en el banquillo, hay una mujer identificada como S.M.H. para la que se piden 45 años, y hay una acusación que sitúa hechos entre 2018 y 2020 con víctimas que eran menores. A partir de ahí, el juicio es el territorio donde las afirmaciones se convierten en prueba o se quedan en papel. Y cuando el caso toca menores, el paso del papel a la realidad pesa más, porque lo que se discute no es solo responsabilidad penal: es el daño que se deja en personas que estaban creciendo cuando todo ocurrió.

El banquillo y el espejo de una trama que se investiga desde 2020

Hay algo especialmente duro en estas causas: el contraste entre la aparente normalidad con la que la vida sigue y el subsuelo que, de repente, aparece en un sumario. La investigación vinculada a la operación ‘Terciaria’ se activó hace años y desemboca ahora en una vista oral con fechas marcadas. El tiempo judicial, lento y metódico, choca con la ansiedad social por tener respuestas rápidas. Pero en un caso con menores, con múltiples acusados y con hechos graves, la prisa es mala consejera: el tribunal necesita escuchar, comparar, revisar, valorar. A veces la verdad judicial coincide con la intuición colectiva; a veces la contradice por falta de prueba o por errores en el relato. Lo único seguro, a estas alturas, es que el caso entra en su fase más expuesta, la que ya no se resuelve en despachos sino a la vista de todos.

Si hay un elemento que atraviesa todo el procedimiento es la idea de intermediación: alguien que presuntamente conecta a menores con adultos que buscan sexo. Y si esa intermediación se produce dentro del entorno cercano, con amistad o parentesco, la herida se vuelve doble. De ahí que la acusación sobre la hermana de una víctima sea uno de los puntos que, previsiblemente, concentrará atención en sala, no por morbo, sino por su potencia explicativa: ayuda a entender cómo se pudo sostener la dinámica, cómo se cerraron los silencios y por qué costó tanto romperlos.

El juicio que empieza el martes en Almería no va a “resolver” el dolor social que provocan estos hechos, pero sí debe responder a lo que la justicia puede responder: si ocurrió, quién participó, cómo, con qué pruebas y con qué consecuencia penal. El resto —la reconstrucción emocional, la reparación completa, la confianza— es otro terreno, más largo, más irregular, y casi siempre más silencioso.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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