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Por qué dos ganadores de Eurovisión renuncian a su trofeo

El gesto de Nemo y el anuncio de McGettigan convierten el galardón en un símbolo de la crisis política de Eurovisión.

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dos ganadores de Eurovisión devuelven el trofeo

Foto de Martin Fjellanger / EuroVisionary, CC BY-SA 4.0.

El suizo Nemo, ganador de Eurovisión en 2024, devolvió su Micrófono de Cristal a la Unión Europea de Radiodifusión (UER) para protestar por la continuidad de Israel en el concurso de 2026. El irlandés Charlie McGettigan, vencedor en 1994 junto a Paul Harrington, anunció que también renunciaría al suyo en solidaridad, aunque no había logrado encontrar el trofeo. Por eso, los dos gestos tienen un alcance parecido, pero no son idénticos: Nemo envió físicamente el premio; McGettigan expresó su intención de hacerlo.

La protesta no responde a una disputa por el resultado ni a un rechazo de la música del certamen. Ambos artistas cuestionan que la UER permita competir a Israel mientras presenta Eurovisión como un espacio de unión, inclusión y neutralidad política. Para ellos, mantener esa participación pone en tensión los valores que el festival dice representar y sus decisiones institucionales. El trofeo, normalmente un recuerdo del triunfo, se convirtió así en una forma pública de retirar legitimidad simbólica al concurso.

El gesto de Nemo y el sentido del Micrófono de Cristal

Nemo ganó la edición de 2024, celebrada en Malmö, con The Code, una canción que combinaba pop, rap y elementos operísticos. Su victoria fue histórica: se convirtió en la primera persona abiertamente no binaria en ganar Eurovisión. El artista ya había expresado reservas sobre el ambiente de aquella edición y había planteado que el concurso necesitaba corregir problemas. La devolución del trofeo llevó esa crítica a un plano visible: no se limitó a cuestionar a la organización, sino que apartó de su vida el objeto que certificaba su triunfo.

El gesto tenía además un precedente personal. Poco después de ganar, el trofeo se rompió accidentalmente durante las celebraciones y la organización le entregó otro. Ese detalle, que en su momento fue una anécdota, ayuda a entender por qué el micrófono aparece ahora en el centro de la noticia: no es una pieza artística cualquiera, sino el emblema material de la relación entre el ganador y el festival. Nemo decidió devolverlo a la sede de la UER en Ginebra y acompañó el envío con un mensaje crítico sobre la distancia entre los principios proclamados y las decisiones adoptadas.

En su explicación, el músico sostuvo que ya no sentía que el galardón debiera ocupar un lugar en su estantería. También señaló que, a su juicio, Eurovisión estaba siendo utilizado para mejorar la imagen de un Estado acusado de graves vulneraciones, mientras la organización insistía en definir el certamen como apolítico. La acusación es la interpretación política de Nemo, no una descripción neutral aceptada por todas las partes. La UER defiende otra lectura: que el concurso es una competición entre radiotelevisiones y que sus reglas deben aplicarse a los miembros que las cumplen.

McGettigan comparte la protesta, pero aún no ha devuelto el premio

Charlie McGettigan ganó Eurovisión en 1994 con Paul Harrington y la canción Rock ’n’ Roll Kids, en una de las victorias irlandesas de la década. Tras conocer la decisión de Nemo, respaldó su postura y comunicó que seguiría el mismo camino. Sin embargo, al contrario que el artista suizo, no tenía el trofeo listo para enviarlo: explicó que no encontraba la estatuilla de su victoria y que la devolvería si lograba localizarla. La diferencia importa para contar con precisión lo ocurrido: hay un envío consumado y un anuncio condicionado a recuperar el objeto.

Que un ganador de 1994 se sume a un gesto iniciado por uno de 2024 une dos épocas muy distintas del festival. Para McGettigan, la cuestión no depende de que el premio aparezca; su respaldo ya hace pública la ruptura con la decisión de la UER. El objeto perdido añade una dimensión casi doméstica a una controversia institucional: un micrófono que quizá terminó guardado durante años vuelve a adquirir relevancia porque su antiguo dueño ya no quiere conservarlo como símbolo de una victoria. La protesta se expresa tanto en la renuncia material como en la declaración de principios.

El anuncio de McGettigan no significa que dos trofeos hayan regresado ya a Ginebra. Esa formulación simplifica el caso y borra una distinción central. Nemo sí mandó el suyo; el irlandés manifestó que lo haría si lo encontraba. La precisión no resta fuerza a la protesta, pero evita convertir una intención en un hecho. También muestra que, en este conflicto, el valor comunicativo del gesto puede pesar tanto como el destino final de la estatuilla: ambos artistas hicieron pública su oposición, aunque solo uno completó la devolución.

La decisión de la UER que desencadenó las devoluciones

El detonante inmediato fue la decisión tomada por la UER en diciembre de 2025, durante una reunión de sus miembros en Ginebra. La organización aprobó cambios en las reglas del concurso, pero no sometió a votación la exclusión de Israel de la edición de 2026. En la práctica, la radiotelevisión israelí KAN podía participar si aceptaba las normas aplicables a los miembros de la UER. Para los artistas críticos, reformar el reglamento sin abordar la presencia de Israel no resolvía el problema político de fondo.

La UER presentó las reformas como una respuesta a las preocupaciones sobre la confianza, la transparencia y la neutralidad del concurso. Entre las medidas anunciadas figuraban límites al volumen de votos emitidos por cada persona, más controles contra la coordinación fraudulenta, el regreso de jurados profesionales a las semifinales y restricciones a las campañas de promoción organizadas por gobiernos u organismos públicos. También se planteó que los paneles incluyeran personas de entre 18 y 25 años. La organización apostó por cambiar los mecanismos de la competición, no por excluir a un miembro.

Ese enfoque explica por qué las medidas no convencieron a quienes pedían una decisión política distinta. Para ellos, los límites al televoto o el refuerzo de los controles pueden reducir ciertas formas de presión y manipulación, pero no responden a la pregunta de si un país debe competir en medio de una guerra y de las denuncias internacionales relacionadas con ella. Para la UER, en cambio, establecer reglas generales y aplicarlas a todos los participantes protege el carácter del concurso. El desacuerdo no está solo en los detalles técnicos: enfrenta dos ideas sobre qué significa mantener apolítico un espectáculo internacional.

De Malmö a Viena: una crisis que venía creciendo

La devolución de Nemo no apareció de la nada. La edición de Malmö de 2024 se celebró en un clima de tensión por la participación de Israel, con protestas y fricciones en torno al concurso. La controversia se trasladó también a la conversación pública sobre el papel de la UER y sobre la separación entre el certamen musical y los conflictos internacionales. Nemo ganó en ese contexto, pero después manifestó que el festival debía corregir aspectos de su funcionamiento. La ruptura posterior prolongó una discusión que ya estaba presente durante su victoria.

La edición de 2025, celebrada en Basilea, volvió a quedar atravesada por el debate. Austria ganó con JJ y Wasted Love, mientras Israel terminó en segundo lugar y obtuvo el primer puesto en el televoto. Esos resultados reavivaron la discusión sobre la influencia de las campañas, la exposición pública de los participantes y el equilibrio entre los votos del jurado y los del público. La UER se comprometió a revisar las reglas; las reformas anunciadas para 2026 respondieron a parte de esas críticas, pero no cerraron el desacuerdo sobre la participación israelí.

La sede elegida para la edición de 2026 fue Viena, con fechas anunciadas para el 12, el 14 y el 16 de mayo en el Wiener Stadthalle. La cita debía marcar el 70.º aniversario del festival y llegaba con una fractura visible entre la organización, varias televisiones y algunos artistas. El debate ya no se limitaba a quién ganaría o a qué canción representaría a cada país: también se discutía qué decisiones puede tomar un concurso que se define como cultural cuando sus miembros y sus audiencias le atribuyen un significado político. El aniversario convirtió la disputa en una prueba de credibilidad para Eurovisión.

Los artistas y las televisiones que cuestionaron la participación israelí

Nemo y McGettigan no fueron las únicas figuras vinculadas al concurso que expresaron rechazo. Johnny Logan, ganador como intérprete en 1980 y 1987 y como compositor en 1992, apoyó la retirada de Irlanda y criticó la continuidad de Israel. El portugués Salvador Sobral, vencedor en 2017, respaldó públicamente la decisión española de apartarse. Emmelie de Forest, ganadora por Dinamarca en 2013, también manifestó su oposición a participar en acontecimientos en los que estuviera involucrado Israel. La protesta reunió a artistas con trayectorias y generaciones distintas.

La respuesta de las radiotelevisiones tuvo consecuencias concretas para la edición de Viena. España, Irlanda, Eslovenia, Países Bajos e Islandia anunciaron que no participarían en 2026. RTÉ, la emisora irlandesa, y las televisiones de España y Eslovenia también comunicaron que no emitirían el festival. La salida española tuvo un peso particular porque pertenece al grupo de países que accede directamente a la final y contribuye de forma estable a la estructura del certamen. La retirada de Irlanda añadió el simbolismo de un país con una larga historia de victorias. Los gestos individuales coincidieron con decisiones institucionales de mayor alcance.

La tensión también alcanzó a los procesos de selección nacionales. En Portugal, varios candidatos del Festival da Canção 2026 dijeron que no representarían al país en Eurovisión si ganaban la preselección, en desacuerdo con la postura de su radiotelevisión. La situación mostró que la disputa podía afectar a la relación entre artistas y emisoras incluso en países que no se habían retirado del concurso. No todos los participantes adoptaron la misma posición, y la decisión de algunos músicos no equivalía automáticamente a una postura oficial de sus cadenas. La crisis abrió frentes distintos dentro de cada escena musical nacional.

Por qué la UER defiende mantener el certamen fuera de la política

La UER sostiene que Eurovisión no debe convertirse en una plataforma para que el concurso adopte posiciones sobre conflictos internacionales. Su argumento es que la competición enfrenta a radiotelevisiones miembros y no a gobiernos, y que cada cadena puede participar si acepta las reglas. El director del certamen, Martin Green, expresó respeto por las decisiones de las emisoras que se retiraron y dijo que la organización esperaba que regresaran. Al mismo tiempo, defendió la idea de que el festival siga siendo un espacio de encuentro cultural. La neutralidad institucional es la respuesta central de la UER a las críticas.

La dificultad es que la neutralidad también se discute a partir de las decisiones concretas de la organización. Quienes apoyan la exclusión de Israel señalan que la UER sí ha apartado a Rusia del concurso en 2022, después de la invasión de Ucrania, y consideran que ese antecedente hace más difícil sostener que la institución nunca actúa ante una situación geopolítica. La comparación no resuelve por sí sola si ambos casos son equivalentes, pero plantea una cuestión inevitable: si la organización ha intervenido antes, debe explicar con claridad qué criterios aplica y por qué.

Israel, por su parte, compite a través de KAN, una radiotelevisión pública miembro de la UER. La defensa de su participación se apoya en la separación entre la emisora y las decisiones del Gobierno israelí, y en la aplicación de las reglas del concurso a sus miembros. Los críticos responden que esa separación no elimina el efecto de la representación nacional ni el uso reputacional que, a su juicio, puede obtener un Estado al aparecer en un gran espectáculo internacional. Son argumentos enfrentados, no una controversia que pueda zanjarse únicamente con cambios en el sistema de votos.

Un premio personal convertido en símbolo colectivo

El Micrófono de Cristal representa para un ganador una noche concreta, una canción y el reconocimiento de millones de espectadores. Por eso, devolverlo es una decisión llamativa: el artista renuncia a conservar el objeto que resume su mayor logro en el certamen, pero no puede borrar el resultado ni dejar de formar parte de su historia. En el caso de Nemo, el envío a Ginebra trasladó la protesta desde las redes y las declaraciones hasta un gesto físico. El trofeo pasó de ser un recuerdo privado a funcionar como mensaje dirigido a la institución.

El valor de este gesto es sobre todo simbólico y político. No cambia el resultado de 2024, no modifica por sí mismo las reglas y tampoco obliga a la UER a excluir a ningún participante. Pero hace visible que la disputa no enfrenta solo a organizadores y gobiernos: también interpela a quienes han ganado el concurso y luego sienten que sus principios chocan con la forma en que se toman las decisiones. La adhesión de McGettigan amplió ese mensaje, aunque su trofeo todavía no estuviera localizado. La protesta convierte una distinción artística en una pregunta sobre la coherencia institucional.

La discusión seguirá dependiendo de lo que hagan las radiotelevisiones, de cómo se apliquen las normas y de la capacidad de la UER para explicar sus criterios sin reducir todas las críticas a una oposición entre música y política. Eurovisión puede aspirar a reunir a públicos distintos, pero sus decisiones no quedan aisladas del contexto en que se celebran. El gesto de Nemo y el anuncio de McGettigan exponen precisamente esa tensión: un certamen que proclama valores universales necesita mostrar cómo los interpreta cuando surgen conflictos que dividen a sus participantes. La devolución de un micrófono no resuelve la crisis, pero deja claro dónde está la fractura.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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