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El ataque que puso a Dimona en el centro del secreto nuclear israelí

La historia de un reactor que Israel presenta como centro de investigación y que alimenta décadas de especulaciones nucleares.

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Dimona expone el secreto nuclear de Israel

El ataque iraní de marzo de 2026 volvió a situar Dimona en el mapa de la tensión nuclear de Oriente Próximo. Irán afirmó que su objetivo era el complejo nuclear del desierto del Néguev; los datos disponibles señalan que el impacto se produjo en la zona de la ciudad y que no se informó de daños en el reactor. La diferencia importa: que un misil alcance el entorno de una instalación estratégica no demuestra que haya penetrado en ella ni confirma todos los detalles de su funcionamiento.

El episodio, sin embargo, puso bajo los focos una instalación que Israel mantiene bajo un estricto velo de confidencialidad. El Centro de Investigación Nuclear del Néguev, conocido popularmente como el reactor de Dimona, es considerado por analistas y gobiernos extranjeros una pieza central del programa nuclear israelí. El Estado hebreo no reconoce ni desmiente que posea armas atómicas, una política de ambigüedad que convierte cada información sobre el complejo en una mezcla de hechos comprobables, estimaciones y cuestiones todavía abiertas.

Un complejo estratégico en el desierto del Néguev

El centro se encuentra en una zona aislada del sur de Israel, a unos 13 kilómetros al sureste de la ciudad de Dimona. Su nombre oficial actual es Centro de Investigación Nuclear del Néguev Shimon Peres, en honor al expresidente y primer ministro israelí. Antes se conocía como Centro de Investigación Nuclear del Néguev; el uso popular de reactor de Dimona simplifica una instalación que comprende más que el reactor en sí.

Israel sostiene que el complejo está dedicado a la investigación científica y al estudio de la física atómica. No es una central eléctrica civil: no produce electricidad para la red israelí. Fuera del relato oficial, gobiernos y especialistas lo vinculan con la producción de plutonio y otros materiales relacionados con el programa de armas nucleares del país. La función exacta de cada edificio y el alcance de sus actividades siguen siendo difíciles de establecer desde fuera.

La ubicación remota forma parte de la historia del lugar, pero no explica por sí sola su secreto. El espacio aéreo de la instalación está restringido y el recinto se encuentra fuertemente vigilado y cercado. Esas medidas protegen un emplazamiento sensible; a la vez, han alimentado la atención sobre lo que ocurre detrás de sus límites. La opacidad no es solo una consecuencia de la seguridad física, sino una característica duradera de la política nuclear israelí.

Cómo nació el proyecto y qué papel tuvo Francia

La construcción del complejo comenzó en 1958, en los primeros años del Estado de Israel, creado en 1948. Francia prestó asistencia en el desarrollo del proyecto, en un contexto de cooperación estratégica entre ambos países. La instalación se levantó con un alto grado de reserva y fuera del régimen de inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica, lo que dificultó desde el principio que observadores externos pudieran comprobar de manera independiente su propósito.

La reserva se extendió también al transporte de componentes. Según los relatos históricos recogidos sobre el proyecto, a funcionarios aduaneros franceses se les dijo que algunas piezas de gran tamaño, incluido el tanque del reactor, formaban parte de una planta de desalación destinada a América Latina. El episodio ilustra hasta qué punto el secretismo se incorporó a la construcción misma, aunque los detalles disponibles no permiten reconstruir desde fuera cada decisión ni cada etapa de la cooperación.

El reactor alcanzó la criticidad —el punto en que se mantiene una reacción nuclear en cadena— en algún momento entre 1962 y 1964. La imprecisión no es casual: la información técnica del complejo permanece clasificada y las fuentes públicas no fijan una fecha única. Los materiales producidos en una instalación de este tipo pueden tener usos civiles o militares, pero los análisis sobre Dimona relacionan el plutonio generado allí con el desarrollo del arsenal israelí.

El coste tampoco cuenta con una cifra pública definitiva. Shimon Peres, uno de los principales impulsores del programa, escribió en sus memorias que él y David Ben-Gurión reunieron 40 millones de dólares, la mitad del precio de un reactor, con aportaciones de amigos de Israel en distintos países. A partir de ese testimonio se ha inferido un coste total aproximado de 80 millones de dólares de la época, aunque esa reconstrucción no equivale a una contabilidad oficial ni permite precisar todos los gastos asociados al complejo.

Las inspecciones estadounidenses y los límites de la vigilancia

Estados Unidos descubrió la existencia del proyecto mientras Israel trataba de presentarlo como una instalación de investigación. Washington presionó para obtener acceso y, en enero de 1965, Israel permitió inspecciones estadounidenses. No fueron visitas de la Agencia Internacional de Energía Atómica: los inspectores eran estadounidenses, y las condiciones incluían aviso previo. Las visitas se prolongaron hasta 1969, en un formato que no ofrecía a los inspectores libertad plena para recorrer o examinar cada zona.

La diferencia entre una inspección internacional regular y una visita limitada es decisiva. El aviso previo permitía preparar las instalaciones, y las restricciones de acceso impedían verificar de forma independiente todo lo que ocurría en ellas. Documentos desclasificados posteriormente mostraron que funcionarios estadounidenses sospechaban que Israel no estaba revelando todos los propósitos del programa. Eso no significa que cada sospecha quedara demostrada durante las visitas, sino que las condiciones de inspección reducían su capacidad para despejarla.

Con el paso de los años, las evaluaciones de Washington cambiaron. En 1969, el Gobierno estadounidense consideraba posible que Israel ya dispusiera de un arma nuclear y puso fin a las inspecciones. A partir de entonces se consolidó un entendimiento político basado en que Israel no probaría ni declararía públicamente su arsenal y Estados Unidos dejaría de exigir visitas al complejo o la adhesión israelí al Tratado de No Proliferación Nuclear. El alcance preciso de aquel entendimiento se reconstruye a partir de documentos y testimonios, mientras que la política general de silencio perdura.

Por eso, la presencia de inspecciones estadounidenses en los años sesenta no debe confundirse con una supervisión internacional permanente. Israel no es signatario del Tratado de No Proliferación, y Dimona no está sometida al mismo marco de inspección que las instalaciones declaradas de los países que sí forman parte del tratado. La falta de acceso regular deja un vacío de verificación: no convierte automáticamente en cierta cualquier afirmación sobre el centro, pero sí limita lo que puede saberse de manera directa.

La revelación de Mordechai Vanunu

En 1986, Mordechai Vanunu, antiguo técnico de Dimona, entregó a medios británicos fotografías e información sobre el programa nuclear israelí. Su testimonio aportó detalles desde el interior del complejo y dio dimensión pública a una actividad que hasta entonces se conocía sobre todo mediante evaluaciones de inteligencia y conjeturas. Entre las revelaciones atribuidas a Vanunu figuraba la existencia de instalaciones subterráneas relacionadas con el procesamiento de materiales nucleares.

Vanunu salió del Reino Unido y viajó a Italia, donde fue capturado por agentes del servicio de inteligencia israelí y trasladado a Israel. Fue juzgado en secreto por traición y espionaje y condenado a 18 años de prisión. La detención y el proceso añadieron una dimensión personal a la historia del centro: el programa no solo estaba protegido por vallas, vigilancia y secreto oficial, sino también por la persecución de quien divulgó información desde dentro.

Fue puesto en libertad en 2004, aunque siguió sometido a restricciones sobre sus movimientos y comunicaciones con la prensa. Su caso contribuyó a que el debate sobre Dimona dejara de ser una cuestión reservada a los gobiernos y a los especialistas. No despejó todas las incógnitas: las fotografías y los datos que difundió fueron analizados como evidencia relevante, pero la ausencia de inspecciones independientes y de confirmación oficial mantiene abiertas preguntas sobre la escala y la evolución del programa.

La revelación de Vanunu tampoco convirtió el arsenal israelí en un dato público verificable. Permitió conocer información sobre el complejo y reforzó las estimaciones de que Israel había desarrollado capacidad nuclear militar, pero no ofreció un inventario oficial de armas ni una descripción completa de su estado actual. Esa distinción ayuda a entender por qué, décadas después, se habla de un secreto conocido en términos generales y opaco en sus detalles.

Un arsenal estimado, pero nunca reconocido

Israel mantiene una política de ambigüedad estratégica: no confirma ni niega que posea armas nucleares. Esa postura evita una declaración oficial que permita fijar con precisión la dimensión del arsenal, su despliegue o las condiciones en que podría emplearse. Para los analistas, el silencio cumple una función de disuasión; también impide que las cifras que circulan se verifiquen con documentación pública.

Las estimaciones disponibles son dispares. Algunas sitúan el arsenal en torno a 90 cabezas nucleares, mientras que las cifras recogidas en otras fuentes abarcan una horquilla mucho más amplia, de 80 a 400. No existe un recuento oficial que permita resolver esa diferencia, y la amplitud de las estimaciones refleja tanto la falta de datos como las distintas hipótesis sobre el material producido y convertido en armas. La cifra concreta debe leerse como una estimación, no como un inventario confirmado.

También se ha especulado sobre los medios que podrían transportar esas armas, incluidos misiles balísticos, aviones de combate y, posiblemente, submarinos. Sin confirmación oficial, la capacidad exacta de cada plataforma y su estado operativo no pueden presentarse como hechos establecidos. La incertidumbre no es un detalle menor: la disuasión depende en parte de que los adversarios crean que existe una capacidad de respuesta, aunque no conozcan con exactitud su composición.

El secretismo, así, cumple dos funciones que conviven con cierta tensión. Protege información militar sensible y mantiene deliberadamente incierta la respuesta israelí ante una amenaza extrema. Pero también abre espacio a interpretaciones, exageraciones y comparaciones difíciles de comprobar. El programa se considera real por gobiernos y expertos, mientras el Estado israelí evita convertir esa evaluación externa en una admisión pública.

El ataque de 2026 y lo que realmente quedó expuesto

En marzo de 2026, después de los ataques estadounidenses contra la instalación nuclear iraní de Natanz, Irán lanzó un ataque que alcanzó el área de Dimona. Teherán afirmó que había dirigido su acción contra el complejo nuclear. La información disponible indicó que al menos 47 personas resultaron heridas en el episodio y no señaló daños en las instalaciones del centro. La ciudad y el recinto nuclear son lugares distintos, aunque la proximidad geográfica hizo que el ataque se interpretara como una señal dirigida al corazón simbólico del programa.

El alcance del episodio debe describirse con cautela. Que un misil golpee una zona cercana y que Irán declare haber apuntado a Dimona no demuestra por sí solo que el reactor fuera alcanzado. Tampoco basta para establecer qué capacidad de protección tiene el complejo ante distintos tipos de ataque. Lo comprobable es que el área quedó expuesta a una acción militar y que el nombre de Dimona se incorporó de manera explícita al intercambio de amenazas.

Ese matiz no resta importancia al hecho. Durante décadas, el centro estuvo rodeado de un silencio que dificultaba imaginarlo como un objetivo de guerra visible. El ataque acercó el conflicto a la localidad y mostró que una instalación asociada a la disuasión nuclear puede adquirir también valor estratégico para sus adversarios. El secretismo puede ocultar información, pero no elimina la ubicación física de un complejo conocido por imágenes y análisis externos.

La repercusión más profunda quizá no esté en lo que el episodio confirmó sobre el arsenal, sino en lo que reveló sobre la fragilidad de la ambigüedad. Dimona ya era identificada como el centro neurálgico del programa; ahora, además, apareció en una crisis regional como objetivo declarado por Irán. Eso no equivale a revelar todos los secretos del complejo, pero sí rompe parcialmente la distancia entre una instalación abstracta y un lugar que puede quedar en el centro de una confrontación.

La ampliación del recinto y las preguntas de seguridad

Las imágenes satelitales analizadas en 2021 mostraron nuevas construcciones en el complejo. Según las estimaciones publicadas entonces, las obras podían haber comenzado a finales de 2018 o principios de 2019, y una de las estructuras observadas medía aproximadamente 140 metros por 50. La actividad llamó la atención porque se desarrollaba cerca del reactor y de instalaciones relacionadas con el procesamiento nuclear.

Las imágenes, sin embargo, no permiten determinar por sí solas el propósito de una obra. Se ha especulado con una posible ampliación de capacidades, pero no existe una confirmación pública de que el edificio corresponda a un reactor adicional o a una fase concreta de producción de armas. Una imagen satelital muestra cambios físicos, no la función interna de una instalación; separar observación de interpretación es esencial en un tema en el que buena parte de la información está clasificada.

La edad del reactor también ha suscitado preocupación. En 2004, las autoridades israelíes distribuyeron comprimidos de yoduro potásico a miles de residentes de la zona como medida preventiva ante una posible liberación de yodo radiactivo. La distribución no prueba que hubiera un accidente ni que existiera una fuga. Sí muestra que la seguridad de una instalación nuclear no se limita a su valor militar: también incluye los riesgos que podrían afectar a quienes viven en sus alrededores.

Los reportes sobre posibles ataques anteriores ilustran la persistencia de esa vulnerabilidad. En 2012 se informó de una decisión de cerrar temporalmente el reactor por preocupación ante un posible ataque; ese mismo año y en 2014 se publicaron noticias sobre cohetes lanzados hacia Dimona o sus alrededores. En 2021, un misil antiaéreo sirio cayó cerca del complejo. Ninguno de esos episodios demuestra que la instalación fuera dañada, pero todos recuerdan que la protección física y la seguridad radiológica son dimensiones distintas de un mismo problema.

Ambigüedad nuclear en una región bajo tensión

Israel no forma parte del Tratado de No Proliferación Nuclear, mientras que Irán sí es signatario. Esa diferencia jurídica y política ocupa un lugar central en las críticas al tratamiento desigual de los programas nucleares de Oriente Próximo. El tratado establece obligaciones para sus miembros, pero la falta de adhesión israelí significa que el país no está sujeto a ese marco en los mismos términos que Irán. Esto no convierte por sí solo cualquier comparación en equivalente: los programas, compromisos y mecanismos de inspección de cada Estado son distintos.

La tensión nace de una paradoja estratégica. Israel considera que la disuasión nuclear contribuye a su seguridad, aunque no admita poseer armas; al mismo tiempo, se opone a que sus adversarios alcancen capacidades militares nucleares. Esa postura se ha relacionado con acciones preventivas contra instalaciones nucleares de países de la región, como los ataques israelíes contra el reactor iraquí de Osirak en 1981 y contra Al Kibar, en Siria, en 2007. El contraste alimenta acusaciones de doble rasero y hace más difícil separar la lógica de seguridad de la rivalidad política.

La ambigüedad también tiene límites. Puede evitar una declaración formal y dejar margen para la disuasión, pero no crea confianza entre los gobiernos vecinos ni elimina el riesgo de errores de cálculo. Cuando los detalles no son públicos, cada movimiento, obra o ataque puede interpretarse como señal de una escalada. Dimona concentra esa incertidumbre en un sitio concreto: el reactor es a la vez una instalación protegida, un símbolo del poder estratégico israelí y un objetivo que sus adversarios pueden nombrar abiertamente.

Por eso el ataque de 2026 no hizo público el funcionamiento interno del centro ni confirmó cuántas armas posee Israel. Lo que cambió fue la visibilidad de su vulnerabilidad política y geográfica. El secreto nuclear israelí permanece, pero ya no está aislado del conflicto regional: la distancia entre una instalación que se mantiene fuera del debate oficial y un objetivo mencionado en una confrontación se ha reducido, sin que por ello desaparezcan las preguntas sobre su verdadero alcance.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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