Ciencia
James Watson murió a los 97 años: qué se sabe de su muerte
El codescubridor de la doble hélice deja una huella decisiva en la biología y una biografía marcada por la controversia.

Foto de Science History Institute, Douglas A. Lockard, vía Wikimedia Commons, bajo licencia CC BY-SA 3.0
James D. Watson murió el 6 de noviembre de 2025, a los 97 años, en un hospicio de East Northport, en Long Island, Nueva York. Había sido trasladado allí durante esa semana para recibir tratamiento por una infección, según la información atribuida a su hijo, Duncan Watson. La causa concreta del fallecimiento no se ha comunicado públicamente: lo confirmado es que murió después de una breve enfermedad y bajo cuidados de final de vida.
El investigador estadounidense fue una de las figuras más conocidas de la biología del siglo XX por su papel en la descripción de la estructura de doble hélice del ADN, junto con Francis Crick. Su muerte cierra una etapa de la historia científica, pero su legado no es sencillo: al impacto de aquel hallazgo se suman el trabajo de otros investigadores, una carrera institucional influyente y las declaraciones racistas que llevaron a retirar sus honores en Cold Spring Harbor. Su importancia científica y el juicio sobre su conducta forman parte de una misma biografía, aunque no sean lo mismo.
Qué se sabe sobre la causa de su muerte
La información divulgada señala que Watson fue ingresado en un hospicio de Long Island después de ser atendido por una infección. El fallecimiento se confirmó el jueves 6 de noviembre de 2025, cuando tenía 97 años. Cold Spring Harbor Laboratory, el centro de investigación al que estuvo vinculado durante décadas, anunció su muerte y recordó sus aportaciones a la ciencia, la educación y el servicio público. No publicó un diagnóstico final ni una causa médica específica.
La infección conocida no equivale necesariamente a la causa que se consignaría en un certificado médico. Puede haber sido el motivo de una atención reciente sin explicar por sí sola el desenlace, y no se han difundido datos clínicos que permitan reconstruir esa cadena. Sin información verificable, no corresponde atribuir su muerte a un fallo orgánico, a una complicación concreta ni a una enfermedad crónica. La respuesta rigurosa es que murió tras una breve enfermedad, pero la causa exacta permanece sin confirmar públicamente.
También conviene distinguir entre un hospicio y un diagnóstico. En Estados Unidos, ese término se utiliza para un modelo de atención centrado en el bienestar y el alivio de síntomas al final de la vida. El ingreso informa del contexto asistencial, pero no identifica por sí mismo qué enfermedad provocó la muerte ni permite deducir qué tratamientos recibió. El lugar en el que falleció no resuelve la incógnita médica.
La doble hélice y el mecanismo de la herencia
El nombre de Watson quedó unido al hallazgo de 1953, cuando él y Francis Crick propusieron un modelo de la estructura del ADN. La doble hélice ofrecía una explicación visual y funcional de cómo podía almacenarse información hereditaria y copiarse: las dos cadenas se complementan mediante pares de bases, de modo que cada una puede servir de referencia para reconstruir la otra. La importancia del modelo estaba en que describía una estructura y, al mismo tiempo, sugería cómo podía replicarse.
El ADN no es una escalera retorcida por razones estéticas. La secuencia de sus componentes contiene instrucciones que las células utilizan para producir moléculas y regular procesos biológicos. Comprender su organización permitió formular preguntas más precisas sobre la herencia, las mutaciones y la transmisión de información entre generaciones. El modelo no resolvió por sí solo todos esos problemas, pero proporcionó un marco común para investigar fenómenos que antes se entendían de manera fragmentaria. La doble hélice convirtió una parte esencial de la biología en una estructura que podía ponerse a prueba.
Ese avance tuvo consecuencias que se desplegaron durante décadas, a medida que mejoraron las técnicas de laboratorio. La genética molecular, la secuenciación y numerosas pruebas diagnósticas se apoyan en el conocimiento de cómo está organizado el material hereditario. Hoy el análisis de ADN se emplea en investigación médica, identificación forense y estudios de parentesco, entre otros campos. No sería exacto atribuir cada una de esas herramientas a Watson ni al modelo de 1953 por sí solos, pero la doble hélice fue una pieza fundacional de la biología molecular moderna.
Un descubrimiento colectivo, con Rosalind Franklin en el centro del relato
La historia del ADN se contó durante mucho tiempo como el triunfo de dos jóvenes científicos que encontraron una forma elegante de resolver un problema. Esa versión deja fuera parte del trabajo experimental que hizo posible el modelo. Las investigaciones de Rosalind Franklin y Maurice Wilkins en el King’s College de Londres, junto con las de otros colegas, aportaron datos sobre la estructura del ADN que resultaron importantes para interpretar su forma. Watson y Crick no trabajaron aislados del conocimiento producido por otros grupos.
Franklin, química especializada en cristalografía de rayos X, estudió patrones que ayudaban a deducir la organización de las moléculas. Su trabajo y su rigor experimental son hoy parte imprescindible de la explicación histórica. La discusión no consiste en borrar la contribución de Watson y Crick, sino en evitar que el reconocimiento de una idea final oculte los datos, los métodos y las personas que la hicieron posible. La autoría científica se entiende mejor como una trama de aportaciones que como una escena de inspiración solitaria.
El reconocimiento de Franklin también obliga a mirar cómo se construyen los relatos de la ciencia. Los premios y los nombres que se recuerdan no siempre reflejan toda la distribución del trabajo, y la perspectiva histórica puede corregir omisiones sin convertir el pasado en una historia simple de héroes y villanos. En 1962, Watson, Crick y Wilkins recibieron el Nobel de Fisiología o Medicina; Franklin había muerto en 1958 y no formó parte de ese reconocimiento. La diferencia entre el mérito de un descubrimiento y la manera de repartir el crédito sigue siendo una cuestión relevante.
Del laboratorio de Cambridge a Cold Spring Harbor
Watson nació en Chicago y desarrolló buena parte de su carrera en instituciones que ayudaron a consolidar la biología molecular como disciplina. Tras el trabajo sobre el ADN, su influencia no quedó limitada a la investigación propia: también participó en la enseñanza, la organización de equipos y la creación de espacios donde científicos de distintos campos podían intercambiar resultados. Su trayectoria incluyó la docencia en Harvard y, más tarde, una larga relación con Cold Spring Harbor Laboratory, en Long Island. Su huella fue científica, pero también institucional.
En 1968 asumió la dirección de Cold Spring Harbor, donde había trabajado desde años antes. Durante su etapa, el centro amplió su actividad y ganó peso en campos como la genética y la investigación del cáncer. Watson impulsó cursos, reuniones científicas y programas formativos que acercaron a investigadores y estudiantes a técnicas y debates emergentes. El laboratorio destacó asimismo la importancia que concedió a la educación científica y al desarrollo de publicaciones especializadas. Parte de su influencia consistió en crear condiciones para que otros investigaran y aprendieran.
Ese tipo de liderazgo deja un legado distinto al de una teoría: persiste en los programas de formación, las redes profesionales y las prioridades de investigación que una institución adopta. También puede generar críticas sobre el estilo de dirección o la forma de ejercer el poder académico. En el caso de Watson, su personalidad directa y sus opiniones tajantes convivieron con una capacidad notable para promover proyectos y atraer atención hacia nuevas áreas. La eficacia de un gestor científico no convierte automáticamente en aceptables sus ideas o sus actos.
El Proyecto Genoma Humano y el debate sobre las patentes
Watson fue el primer director del Proyecto Genoma Humano, la iniciativa internacional destinada a determinar la secuencia del ADN humano y elaborar un mapa de sus genes. El proyecto comenzó en 1990 y se completó en 2003, con la participación de numerosos equipos y países. Su escala muestra cuánto había cambiado la biología desde los experimentos que llevaron a la doble hélice: ya no se trataba de descifrar una molécula concreta, sino de coordinar esfuerzos para analizar el genoma humano en su conjunto. La secuenciación convirtió una pregunta fundamental en una empresa científica internacional.
Watson dejó la dirección en 1992, después de discrepar sobre la posibilidad de patentar secuencias genéticas. Le preocupaba que la propiedad exclusiva sobre partes del genoma restringiera el acceso a información básica para la investigación. El debate enfrentaba intereses de innovación y explotación comercial con la idea de que los datos genéticos debían estar disponibles para facilitar nuevos estudios. La controversia no era solo jurídica: afectaba a quién podía utilizar el conocimiento y en qué condiciones.
El Proyecto Genoma Humano no produjo de golpe una explicación completa de la biología ni hizo que cada gen tuviera una función sencilla y aislada. La secuencia es una base de trabajo, pero interpretar cómo interactúan los genes entre sí y con el entorno requiere investigación adicional. Esa distinción importa para comprender tanto las promesas como los límites de la genómica. Leer el ADN no equivale a descifrar por completo a una persona.
Las declaraciones racistas que marcaron sus últimos años
La trayectoria de Watson quedó gravemente empañada por declaraciones sobre raza e inteligencia. En entrevistas sostuvo ideas que atribuían diferencias de inteligencia a grupos raciales, afirmaciones ampliamente condenadas y sin respaldo científico válido para justificar esas generalizaciones. El problema no fue una polémica menor sobre el tono: sus comentarios reducían a poblaciones enteras a prejuicios y contradecían la cautela que exige interpretar datos complejos sobre las capacidades humanas. Una reputación científica no protege a nadie de la responsabilidad por sus palabras.
Cold Spring Harbor retiró en 2018 los títulos honorarios que le había concedido, después de que reiterara esas opiniones en una entrevista. La decisión reflejó una ruptura entre el científico y la institución a la que había dedicado buena parte de su carrera. Antes, en 2007, ya había provocado una fuerte reacción por comentarios similares y se había disculpado, aunque el episodio no cerró la controversia. La sanción institucional llegó tras una sucesión de declaraciones, no por una disputa sobre el valor histórico de la doble hélice.
En 2014, Watson subastó su medalla Nobel; el comprador se la devolvió posteriormente. El episodio se convirtió en un símbolo de su aislamiento y de la fractura entre su figura pública y el reconocimiento que había recibido. Pero la medalla no resume el debate: una persona puede haber contribuido de forma decisiva al conocimiento y, al mismo tiempo, sostener ideas dañinas que merecen ser rechazadas. Reconocer un logro científico no obliga a absolver la conducta de quien lo alcanzó.
Un legado que no depende de una sola figura
La influencia de Watson se aprecia también en la enseñanza. Su libro de texto Molecular Biology of the Gene, publicado en 1965, ayudó a organizar y difundir conocimientos de biología molecular para generaciones de estudiantes. Además, apoyó iniciativas educativas como el DNA Learning Center de Cold Spring Harbor, orientado a acercar la genética práctica a estudiantes de secundaria. La divulgación y la formación fueron parte de su impacto, más allá de sus artículos científicos.
La ciencia actual, sin embargo, no es una prolongación individual de Watson. La genética moderna depende de comunidades amplias, tecnologías desarrolladas por muchos grupos y métodos que han cambiado de manera radical desde mediados del siglo XX. Los análisis genómicos permiten investigar enfermedades y orientar preguntas médicas, pero sus resultados requieren contexto y no determinan por sí solos el destino de una persona. El conocimiento que ayudó a inaugurar ha crecido de forma colectiva y con límites que también deben explicarse.
Por eso, su muerte puede leerse como el final de una vida influyente, no como el final de una historia científica. La estructura del ADN sigue siendo central, aunque hoy se estudia junto con mecanismos y procesos que no cabían en el modelo inicial. También permanece la tarea de contar con precisión quién aportó qué y de distinguir entre contribución intelectual, reconocimiento público y responsabilidad ética. La ciencia avanza cuando revisa sus explicaciones, pero también cuando corrige sus relatos.
La huella de Watson, entre el avance y la controversia
La causa específica de la muerte de James Watson no se ha hecho pública. Los datos divulgados sitúan su fallecimiento, a los 97 años, en un hospicio de Long Island, después de una breve enfermedad y de recibir atención por una infección. Más allá de ese desenlace, su nombre queda ligado a un cambio decisivo en la comprensión de la herencia, a instituciones que ayudó a desarrollar y a una controversia que impide presentar su biografía como una celebración sin matices. La respuesta médica sigue siendo limitada porque la información disponible también lo es.
El modelo de doble hélice transformó la biología, pero nació de una red de observaciones y aportaciones en la que Franklin, Wilkins y otros investigadores tuvieron un papel fundamental. Watson recibió el Nobel junto con Crick y Wilkins; Franklin, fallecida antes, no fue incluida. Esa historia permite reconocer la magnitud del avance sin convertirlo en una hazaña individual ni perpetuar una distribución incompleta del crédito. La memoria científica gana precisión cuando incluye a quienes quedaron fuera del primer relato.
Watson deja, así, una herencia doble: una idea que sigue siendo clave para entender cómo se transmite la información genética y un caso que recuerda que el prestigio no hace incuestionables las opiniones de un científico. Su obra puede estudiarse y su conducta, juzgarse con claridad. Separar ambas cosas no es olvidar ninguna: es contar la historia completa.

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