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España atiende cada día a 33.758 personas sin hogar
Los datos oficiales retratan la presión sobre los recursos, pero no cuentan a quienes permanecen fuera de ellos.

En 2024, una media de 33.758 personas adultas se alojó cada día en centros de atención para personas sin hogar en España. El dato del Instituto Nacional de Estadística (INE) refleja la ocupación diaria de esos recursos, no un censo de todas las personas que carecen de una vivienda propia. La diferencia es decisiva: quienes duermen en la calle o sobreviven en alojamientos precarios pueden quedar fuera de los registros asistenciales.
La estadística más reciente también muestra una red bajo presión. Los centros disponían de 39.501 plazas diarias y registraron una ocupación media del 85,5%. En paralelo, la encuesta del INE sobre personas sin hogar contabilizó 28.552 usuarios de centros asistenciales en 2022. Las cifras describen realidades relacionadas, pero no se pueden sumar ni leer como si midieran exactamente lo mismo.
Qué cuentan las cifras más recientes del INE
La cifra de 33.758 corresponde a la media diaria de personas alojadas en centros durante 2024, según la Encuesta de centros y servicios de atención a las personas sin hogar. No significa que fueran exactamente las mismas personas todas las noches, ni que el total anual de personas sin hogar en España fuese ese. Es un indicador de cuánta gente ocupó diariamente plazas de alojamiento dentro de la red observada.
En comparación con 2022, la media diaria aumentó un 55,7%. La capacidad también creció: se alcanzaron 39.501 plazas diarias, un 48% más que dos años antes. La ocupación media fue del 85,5%, una proporción elevada que da contexto al aumento de la atención, aunque no equivale a decir que todos los centros estuvieran llenos por igual. La disponibilidad puede variar entre territorios, tipos de recurso y momentos del año.
La red contabilizada por el INE llegó a 1.375 centros, un 17% más que en 2022; 1.119 de ellos ofrecían alojamiento. El crecimiento de plazas y establecimientos indica que hubo una ampliación de la respuesta, pero el aumento de la ocupación fue mayor que el de la capacidad. Por eso, más recursos no significan necesariamente que la necesidad esté cubierta: también pueden reflejar que más personas requieren atención y que la presión se mantiene alta.
Por qué no existe una cifra que abarque a todo el mundo
La encuesta de 2022 sobre personas sin hogar registró 28.552 personas atendidas en centros asistenciales de alojamiento y restauración. Es la referencia estatal más conocida para describir el perfil de quienes utilizan esos servicios, pero su alcance tiene un límite: observa a personas vinculadas a la red asistencial. No funciona como un recuento simultáneo de todas las personas que, en una noche concreta, carecen de vivienda segura.
Quedan fuera de esa fotografía quienes no llegan a un recurso, no lo utilizan o viven en situaciones difíciles de detectar. Puede tratarse de personas que pasan la noche al raso, en un vehículo, en un espacio no destinado a vivienda o en alojamientos temporales e inestables. La ausencia de una persona en los registros no demuestra que tenga una vivienda; indica, sencillamente, que esa medición no la ha captado.
Por eso, las cantidades publicadas responden a preguntas distintas. Una encuesta sobre usuarios de centros estima cuántas personas atendidas reúnen determinadas características; una estadística de establecimientos mide plazas, servicios y ocupación; y un recuento nocturno intenta localizar a quienes están en la calle en un lugar y momento concretos. Cada método ilumina una parte del fenómeno, como ventanas diferentes sobre una realidad que no cabe entera en una sola imagen.
Sin hogar no siempre significa dormir a la intemperie
En el lenguaje cotidiano, sin techo suele evocar a alguien que duerme en un portal, una estación o un banco. Sin hogar tiene un alcance más amplio: puede incluir a personas alojadas de forma temporal en centros, en espacios no adecuados para vivir o en condiciones precarias e inestables. No todas esas situaciones son equivalentes, pero comparten la falta de un hogar seguro y duradero.
La distinción importa al interpretar los datos. Las 33.758 personas de 2024 se refieren a ocupación en centros con alojamiento; no representan solo a quienes dormían al raso. Y la cifra de 28.552 de 2022 corresponde a personas atendidas en centros de alojamiento y restauración, no exclusivamente a quienes utilizaron una cama. Reducir el sinhogarismo a la imagen de la calle deja fuera situaciones menos visibles, aunque también impliquen una pérdida de estabilidad residencial.
Esta diversidad explica por qué los recuentos locales y las estadísticas nacionales pueden ofrecer resultados distintos sin que uno invalide necesariamente al otro. Un recuento nocturno puede detectar a personas que no aparecen en una encuesta de usuarios de centros; a la vez, no siempre capta a quienes duermen en lugares ocultos o alternan entre alojamientos. No hay una cifra única que resuelva esas diferencias: el significado depende de qué población se incluye y cómo se la busca.
Una red más amplia, con una demanda cambiante
El aumento de la ocupación coincide con una expansión de los recursos y con cambios en el tipo de atención prestada. Los centros que atendían exclusivamente a personas migrantes representaron el 26,1% del total en 2024, frente al 20% de 2022. En esos centros se ofrecieron de media 20.911 plazas diarias de alojamiento, casi el doble que dos años antes, según los datos difundidos sobre la encuesta.
Ese crecimiento ayuda a entender por qué las cifras agregadas no cuentan una historia sencilla. La demanda puede variar por perfiles y necesidades, y una parte sustancial de la capacidad se dirige a grupos concretos. El peso de los centros especializados en migración no significa que todas las personas sin hogar sean migrantes ni que esa sea la única causa del incremento. Describe la orientación de una parte de los establecimientos y la distribución de las plazas disponibles.
La atención tampoco se limita a ofrecer una cama. En 2024, el 84,4% de los centros ofrecía información y acogida y el 80,1% prestaba atención y acompañamiento social. Los recursos de restauración sirvieron una media de 70.343 desayunos, comidas o cenas al día, un 36,9% más que en 2022. La red combina alojamiento y servicios básicos, aunque una comida o una plaza temporal no sustituyen la estabilidad de una vivienda.
Las mujeres y las situaciones que pueden quedar ocultas
Las mujeres ocuparon el 24,6% de las plazas de alojamiento contabilizadas en 2024. Su presencia en los recursos generales fue, por tanto, minoritaria, aunque el dato no permite concluir que el sinhogarismo les afecte menos. Las formas de exclusión residencial pueden ser menos visibles y no siempre conducen a dormir en la calle: algunas personas se refugian temporalmente en casas ajenas o en alojamientos inseguros, situaciones que pueden escapar a los recuentos más evidentes.
La organización de los centros también muestra una atención diferenciada. Un 13,8% atendía exclusivamente a mujeres y un 13,2% solo aceptaba varones. Además, el 7,4% de los centros se especializaba en mujeres víctimas de violencia de género, una proporción similar al 7,2% de 2022. Entre los centros que declararon una orientación específica, la atención a víctimas de violencia de género fue la segunda más citada, con un 17,9%, por detrás de la atención a la inmigración, con un 51,9%.
En los programas de vivienda con apoyo, la proporción de mujeres fue mayor que en la red general. En diciembre de 2024, 647 de las 2.146 personas que ocupaban viviendas de programas de este tipo eran mujeres, el 30,1%. El número medio de viviendas destinadas a estos modelos alcanzó las 1.086, un 63,1% más que en 2022. La diferencia sugiere que los recursos no tienen la misma composición ni atienden del mismo modo a todos los grupos, aunque por sí sola no explica las causas de esa variación.
Qué revela el perfil de las personas atendidas
La encuesta del INE de 2022 permite observar algo más que el volumen de usuarios. Entre las razones declaradas para quedarse sin hogar, el 28,8% señaló la necesidad de empezar de cero tras llegar desde otro país y el 26,8% la pérdida del empleo. Son motivos mencionados por las personas encuestadas, no una explicación única aplicable a todos los casos ni una medida de la importancia de cada causa en el conjunto de la población sin hogar.
El mismo estudio recogió que el 59,6% presentaba algún síntoma depresivo. Ese resultado describe una situación de salud declarada entre las personas encuestadas; no equivale a un diagnóstico clínico ni permite atribuir una relación causal simple entre depresión y pérdida de vivienda. La falta de estabilidad puede convivir con problemas de salud y hacer más difícil acceder a descanso, atención continuada y apoyo social. El sinhogarismo no es solo una carencia de techo: afecta también a la seguridad, los vínculos y las posibilidades de sostener la vida cotidiana.
Los datos, además, deben leerse sin convertir los perfiles en estereotipos. Perder el empleo o migrar no conduce automáticamente a quedarse sin hogar, y las experiencias individuales pueden combinar varios factores. La encuesta ayuda a mostrar que hay trayectorias diversas detrás de una cifra, pero no sustituye el análisis de las condiciones que hacen que algunas personas tengan redes de apoyo y otras terminen dependiendo de un recurso de emergencia.
Los recuentos nocturnos completan la fotografía
Para acercarse a quienes duermen en la calle, el Ministerio de Derechos Sociales impulsó un modelo común de recuentos nocturnos. En 2023 se puso en marcha un proyecto piloto en 27 municipios y sus resultados se presentaron en diciembre de 2024. Este tipo de operación busca obtener una imagen localizada de las personas visibles en la calle durante una noche, con criterios compartidos entre las localidades participantes.
Su utilidad reside en aportar información que las encuestas a usuarios de centros no ofrecen de la misma manera. También tiene límites: un recuento puntual no puede garantizar que todas las personas hayan sido localizadas, en especial si buscan lugares apartados o cambian de sitio. Tampoco debe confundirse una suma de recuentos municipales con un registro permanente de todo el país. Contar en una noche es una herramienta complementaria, no una solución definitiva a las lagunas estadísticas.
La comparación entre años requiere, además, cautela. Si cambian los municipios participantes, la metodología o la capacidad de detección, una diferencia en el resultado puede deberse en parte a esos cambios y no solo a una variación real del fenómeno. De ahí que la mejora de los métodos y la coordinación entre administraciones sean tan importantes como publicar una cifra: permiten saber qué se está midiendo y qué queda todavía fuera del foco.
De la atención de emergencia a una vivienda estable
La Estrategia Nacional para la lucha contra el sinhogarismo en España 2023-2030, aprobada por el Consejo de Ministros el 11 de julio de 2023, plantea como objetivo erradicar el sinhogarismo en 2030. Entre sus ejes figura avanzar desde un modelo centrado en centros y albergues hacia soluciones comunitarias basadas en la vivienda, con apoyos ajustados a las necesidades de cada persona. Es una orientación de política pública, no una garantía de que el objetivo ya se esté cumpliendo.
Los enfoques conocidos como Housing First y Housing Led parten de dar prioridad al acceso a una vivienda y acompañarlo con apoyos, en lugar de condicionar la estabilidad residencial a haber resuelto antes todas las demás dificultades. En los datos de 2024, los recursos de vivienda con apoyo crecieron con fuerza respecto de 2022, aunque su escala sigue siendo distinta a la del conjunto de centros. Una vivienda estable puede ofrecer una base para recuperar rutinas, intimidad y continuidad en la atención; no elimina por sí sola las barreras laborales, sanitarias o administrativas.
La diferencia entre atender a una persona una noche y evitar que vuelva a quedarse sin hogar marca el fondo del debate. Las plazas de emergencia son imprescindibles cuando no hay otra alternativa, pero las cifras de ocupación muestran que la respuesta depende de una red que ya recibe una demanda elevada. Medir mejor quién queda fuera y ampliar las soluciones residenciales estables son dos partes del mismo desafío: sin una imagen completa, es difícil saber si la atención llega a quienes más la necesitan.

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