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Cuánto durará la guerra entre Israel e Irán y qué puede alargarla

Los anuncios de paz no han detenido los combates: el futuro depende de Ormuz, la diplomacia y los objetivos de cada bando.

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cuánto puede durar la guerra de Israel contra Irán

No hay un plazo fiable para el final de la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán. Las previsiones iniciales hablaban de semanas, pero la evolución posterior desmintió los anuncios de una victoria rápida: hubo un alto el fuego en abril, un acuerdo de paz en junio y una nueva ruptura en julio. Los intercambios de ataques se reanudaron a finales de agosto y continuaban en septiembre de 2026, por lo que el conflicto ya no puede medirse como una campaña breve con una fecha de cierre clara. La duración dependerá menos de una cuenta atrás que de si las partes consiguen sostener la presión militar y económica sin volver a una escalada abierta.

La clave es distinguir entre la intensidad de los bombardeos y el fin real de la guerra. Una pausa puede reducir los ataques directos durante días o semanas sin resolver el control del estrecho de Ormuz, las sanciones, el programa nuclear iraní ni la seguridad de Israel. Además, el frente libanés ha seguido una trayectoria propia. Los precedentes de 2026 muestran que un alto el fuego no equivale necesariamente a una paz estable.

Por qué no existe una fecha clara para el final

Al comenzar la ofensiva, el 28 de febrero de 2026, las señales públicas apuntaban a una operación limitada en el tiempo. Donald Trump llegó a hablar de una campaña de cuatro o cinco semanas, y la Casa Blanca presentó objetivos militares concretos, como debilitar los misiles y la marina iraníes y reducir la capacidad de sus fuerzas aliadas. Sin embargo, las declaraciones de la Administración estadounidense variaron durante la guerra: también se habló de cambio de régimen, rendición incondicional y destrucción de infraestructuras. Cuando los objetivos cambian, resulta difícil saber qué condición permitiría a un Gobierno declarar que ha ganado y detener los ataques.

La falta de una estrategia de salida reconocible fue señalada desde los primeros días. Las previsiones de una campaña corta convivieron con preparativos para operaciones sostenidas durante varias semanas y con solicitudes de refuerzos de inteligencia para un periodo de al menos 100 días, con posibilidad de prolongarse hasta septiembre. En marzo, el secretario de Defensa afirmó que no había un calendario definitivo para el final de la ofensiva. Esas señales no prueban que una guerra vaya a durar meses, pero sí muestran que el propio aparato militar contemplaba un escenario más largo que el anunciado inicialmente.

También importa que no todos los actores persigan el mismo resultado. Washington puede considerar suficiente haber degradado determinadas capacidades militares; Israel puede mantener que sigue afrontando una amenaza estratégica; y Teherán puede presentar la supervivencia de su sistema político como una victoria, aunque haya sufrido daños materiales y pérdidas de dirigentes. Una campaña puede terminar para uno de los participantes y continuar para otro. Esa diferencia ayuda a explicar por qué los comunicados de victoria y las treguas parciales no han cerrado el conflicto.

Las previsiones iniciales quedaron atrás

Durante la primera semana circularon estimaciones muy distintas. Algunos análisis apuntaban a que el enfrentamiento no se prolongaría durante meses, en parte por el coste político de una guerra extensa para Estados Unidos y por la superioridad militar de Washington e Israel. Josep Borrell llegó a pronosticar que el conflicto no duraría más de siete días, mientras que desde Teherán se afirmaba que el país estaba preparado para resistir. Esas estimaciones eran pronósticos hechos al inicio, no plazos acordados ni compromisos de los Gobiernos.

La diferencia entre la capacidad para ganar batallas y la capacidad para terminar una guerra es decisiva. Irán se encuentra en desventaja frente a las fuerzas estadounidenses e israelíes en el combate convencional, pero puede prolongar el coste para sus adversarios mediante misiles, drones, ataques a bases e intereses regionales y presión sobre la navegación. A su vez, la destrucción de objetivos no garantiza que desaparezcan las capacidades dispersas o que el Gobierno iraní vaya a capitular. El desequilibrio militar no conduce automáticamente a una rendición rápida.

La resistencia también tiene una dimensión política. Los dirigentes iraníes han descrito la continuidad de los ataques como una lucha por la supervivencia y han utilizado la interrupción del tráfico marítimo como instrumento de presión. En Estados Unidos, la oposición interna a una guerra prolongada y el debate sobre la autoridad presidencial para mantener hostilidades añaden límites políticos. El 1 de mayo, al cumplirse 60 días desde el ataque inicial, Trump notificó al Congreso que las hostilidades habían terminado, en un contexto legal que exigía autorización para continuar la guerra. La declaración formal no impidió que siguieran las tensiones ni evitó la reanudación posterior de los combates.

Ormuz convierte el conflicto en una disputa económica

El estrecho de Ormuz es uno de los factores que puede alargar la crisis incluso cuando disminuyen los bombardeos. Irán restringió el paso de buques y Estados Unidos respondió con un bloqueo naval de los puertos y costas iraníes. Las medidas afectaron al transporte de petróleo y gas, encarecieron la incertidumbre para las navieras y trasladaron la confrontación a los mercados internacionales. La presión económica permite a ambos bandos mantener el pulso sin depender exclusivamente de ataques aéreos diarios.

La importancia del estrecho no se limita al volumen de barcos que lo atraviesan. Un cierre, una amenaza de cierre o la imposibilidad de asegurar los cargamentos pueden alterar las decisiones de empresas, Gobiernos y compradores de energía. La referencia disponible señala que antes del conflicto por esta ruta circulaba alrededor de una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo. La interrupción de suministros de la región llevó a la Agencia Internacional de la Energía a advertir de una disrupción histórica y a coordinar la liberación de reservas estratégicas. Por eso, Ormuz funciona a la vez como corredor comercial, instrumento de presión y posible punto de escalada.

La secuencia de anuncios y retrocesos ilustra el problema. Tras el alto el fuego del 7 de abril, Irán anunció la reapertura del estrecho, pero la continuidad de los ataques en Líbano y el bloqueo estadounidense alimentaron nuevos enfrentamientos sobre la navegación. En mayo se produjeron disparos contra buques y Washington suspendió una operación para facilitar el tránsito después de apenas 36 horas. El memorando firmado en junio contemplaba la apertura del paso y el levantamiento de sanciones y bloqueos, pero dejó aspectos relevantes pendientes. Mientras el acceso a Ormuz siga disputado, una tregua puede ser frágil aunque se reduzcan las operaciones dentro de Irán.

Las treguas de 2026 no resolvieron las causas

El 7 de abril, después de semanas de ataques, Estados Unidos e Irán acordaron un alto el fuego inmediato mediado por Pakistán. El acuerdo permitió una pausa, pero nació con una disputa importante sobre su alcance: Israel sostuvo que no incluía Líbano, mientras que Teherán entendía que debía cubrir el conjunto del conflicto regional. Al día siguiente, Israel lanzó una intensa ofensiva en territorio libanés y la circulación de petroleros por Ormuz volvió a quedar suspendida. La diferencia sobre quién estaba incluido en la tregua mostró que no existía una interpretación compartida de lo pactado.

Las negociaciones de Islamabad celebradas entre el 11 y el 12 de abril tampoco lograron cerrar un acuerdo. Más tarde, el 17 de junio, los presidentes de Irán, Estados Unidos y Pakistán firmaron el Memorando de Islamabad, que planteaba una paz permanente en el Golfo Pérsico y Líbano, la apertura de Ormuz y el levantamiento del bloqueo y de las sanciones estadounidenses. También preveía más de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción iraní y fijaba un plazo de 60 días, prorrogable, para completar un acuerdo sobre el uranio enriquecido. El memorando estableció una hoja de ruta, pero no eliminó las discrepancias sobre su aplicación.

Israel no firmó ese documento y dijo que se reservaba el derecho de continuar su guerra en Líbano. Las conversaciones posteriores tampoco estabilizaron el escenario: el 8 de julio, Trump declaró que el memorando ya no estaba vigente y Estados Unidos reanudó los ataques contra objetivos iraníes. Hubo nuevas medidas de bloqueo, intercambios de fuego y meses de tensión antes de que los ataques se reanudaran con claridad el 30 de agosto. La cronología deja una advertencia: los pactos pueden detener operaciones durante un tiempo, pero solo duran si las partes aceptan las mismas condiciones y pueden hacerlas cumplir.

Israel y Estados Unidos no tienen necesariamente el mismo calendario

La relación entre los dos aliados influye directamente en la duración. Trump ha buscado presentar la operación como una campaña con resultados contundentes y ha anunciado en distintas ocasiones que el conflicto estaba cerca de terminar. Netanyahu, en cambio, ha defendido objetivos de seguridad más amplios y ha mantenido abierta la posibilidad de seguir atacando, en particular en Líbano. La falta de una firma israelí en el acuerdo de junio confirmó que un entendimiento entre Washington y Teherán no bastaba por sí solo para detener todos los frentes. La guerra puede continuar si uno de los principales actores considera que aún no ha alcanzado sus objetivos.

La campaña también se ha extendido más allá de los dos países. Hezbolá reanudó los ataques contra Israel y las fuerzas israelíes abrieron un frente terrestre en el sur de Líbano. Los hutíes de Yemen se incorporaron después a las hostilidades, mientras que los ataques y las represalias afectaron a bases y a instalaciones energéticas de varios países de la región. Aunque estos teatros están conectados con la confrontación entre Israel e Irán, no siempre responden a las mismas negociaciones ni a los mismos términos de alto el fuego. El conflicto regional tiene varios focos, y apagar uno no apaga necesariamente los demás.

La consecuencia es que la palabra final puede significar cosas distintas. Una reducción de ataques directos entre Irán e Israel no garantiza que termine la presión sobre los barcos, que desaparezca el bloqueo estadounidense o que cesen los bombardeos en Líbano. Del mismo modo, un acuerdo sobre navegación podría no resolver el enfrentamiento por las capacidades militares iraníes. Un final duradero exigiría acuerdos separados o coordinados sobre los frentes que han quedado entrelazados.

Qué señales permiten medir si se acerca el final

La señal más sólida no es una declaración aislada, sino la continuidad de medidas verificables. Un alto el fuego resulta más creíble cuando se mantienen durante un periodo sostenido el cese de los ataques, la libertad de navegación y la reducción de las amenazas contra bases e infraestructuras. También importa que los Gobiernos mantengan canales de negociación y que los compromisos incluyan mecanismos para tratar las acusaciones de incumplimiento. La estabilidad se mide por lo que deja de ocurrir, no solo por lo que los dirigentes anuncian.

En el caso iraní, las conversaciones deben abordar cuestiones que quedaron abiertas en los acuerdos de 2026: el programa nuclear, las sanciones, la reconstrucción, el bloqueo y el control del tránsito por Ormuz. El memorando de junio aplazó el tratamiento del uranio enriquecido a un acuerdo posterior, con un plazo de 60 días prorrogable. Esa decisión evitó resolver de inmediato uno de los asuntos más delicados, pero dejó una disputa capaz de reabrirse en cualquier momento. Cuanto más importantes sean los puntos pospuestos, más vulnerable será la tregua a una crisis de confianza.

También conviene observar la capacidad material de cada parte para mantener la ofensiva. En marzo ya se había informado de un consumo elevado de municiones y de interceptores, además de daños a bases y aviones. En agosto, mandos militares estadounidenses advirtieron de que prolongar las operaciones podía resultar insostenible y debilitar la disponibilidad de fuerzas en otros escenarios. Sin embargo, el desgaste no obliga por sí solo a pactar: puede empujar a una pausa, a una escalada para mejorar la posición negociadora o a una guerra de menor intensidad. La falta de recursos puede limitar las operaciones, pero no garantiza un acuerdo político.

Un conflicto que puede alternar pausas y nuevas escaladas

La experiencia acumulada hasta septiembre de 2026 no permite sostener una fecha concreta para el final. La guerra empezó con pronósticos de semanas, atravesó una tregua en abril y un acuerdo de paz en junio, y volvió a escalar después de que ese memorando quedara sin efecto. Los ataques de finales de agosto y septiembre muestran que incluso una pausa prolongada puede dar paso a nuevas operaciones si continúan las disputas sobre Ormuz, las sanciones o la seguridad regional. El escenario más prudente es hablar de una duración abierta, con periodos de distinta intensidad, no de un plazo cerrado.

Eso no significa que los combates vayan a mantener siempre el mismo ritmo. La actividad puede disminuir, concentrarse en amenazas económicas o desplazarse a Líbano y otras zonas, mientras continúan las negociaciones. Pero llamar paz a una pausa sin resolver los asuntos centrales confunde el silencio de las armas con el fin de la confrontación. La pregunta decisiva para saber si el conflicto se encamina a terminar es si los acuerdos sobreviven a la primera crisis y si cada parte acepta que los objetivos militares no pueden ampliarse indefinidamente. Hasta que esas condiciones se cumplan, cualquier pronóstico exacto sería más una apuesta que una conclusión respaldada por los hechos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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