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Naturaleza

La Tierra perdió 81,7 millones de hectáreas de bosque en 60 años

La cifra neta oculta millones de hectáreas taladas y diferencias profundas entre bosques naturales y plantaciones.

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puesta del sol en la amazonia

La Tierra perdió 81,7 millones de hectáreas netas de bosque entre 1960 y 2019, según uno de los análisis globales más citados sobre el cambio forestal de esas décadas. Es una superficie mayor que la de Turquía. Pero el saldo no cuenta toda la historia: durante el mismo periodo desaparecieron 437,3 millones de hectáreas y se incorporaron 355,6 millones. La resta entre ambas cifras da la pérdida neta; el movimiento real del bosque fue mucho más intenso.

La principal presión procede de la expansión agrícola y ganadera, aunque también intervienen la tala, los incendios y las infraestructuras. Además, una hectárea de selva antigua no equivale ecológicamente a una plantación de árboles jóvenes. La cantidad importa, pero también qué bosque desaparece, dónde se pierde y qué uso ocupa su lugar.

Una cifra neta que esconde pérdidas mucho mayores

El balance de 81,7 millones de hectáreas resume seis décadas de cambios, no una tala uniforme ni una desaparición concentrada en un solo momento. En unos lugares se despejaron bosques para cultivos, pastos o carreteras; en otros, aumentó la superficie arbolada por reforestación, expansión natural o plantaciones. Por eso, los 355,6 millones de hectáreas que se ganaron reducen la cifra final sin borrar lo que ocurrió en las áreas deforestadas.

La diferencia entre pérdida bruta y pérdida neta es decisiva. Si se mira solo el saldo, dos procesos muy distintos quedan convertidos en una operación sencilla: bosque que desaparece en un territorio y árboles que crecen en otro. Sin embargo, la recuperación de una zona no restituye necesariamente las funciones del ecosistema perdido. El balance global puede mejorar mientras una selva concreta queda fragmentada o se transforma de forma permanente.

Las comparaciones de superficie ayudan a imaginar la escala, aunque tienen límites. Decir que se perdió un área mayor que Turquía permite visualizar una extensión difícil de concebir, pero no informa sobre la densidad, la edad o la diversidad de esos bosques. Una hectárea de bosque tropical primario, una de bosque boreal y una de plantación comercial ocupan la misma superficie en un mapa; no almacenan necesariamente el mismo carbono ni ofrecen el mismo hábitat.

Por qué las cifras anuales no siempre coinciden

Los datos satelitales ofrecen otra perspectiva. Desde 2001 se han registrado 543 millones de hectáreas de pérdida bruta de cobertura arbórea, una medida que contabiliza lugares donde desapareció el dosel de los árboles. Esa superficie incluye fenómenos distintos: incendios, tala, cosecha de plantaciones y cambios que pueden ser temporales, además de conversiones permanentes del terreno. Por eso no se puede comparar directamente con el balance neto forestal de 1960 a 2019.

En 2020, la NASA difundió un cálculo de 26 millones de hectáreas de pérdida de bosques elaborado a partir de datos de satélites Landsat y análisis de la Universidad de Maryland. El dato muestra la magnitud de la pérdida detectada en ese año, pero no identifica por sí solo qué la causó. El análisis señalaba dónde y cuánto se había perdido; para conocer los impulsores había que cruzarlo con información sobre agricultura, producción y uso del suelo.

También conviene distinguir cobertura arbórea de deforestación. La primera describe la desaparición de árboles en una zona, sea cual sea la causa. La segunda suele reservarse para la conversión permanente del bosque a otro uso, como un campo de cultivo, un pastizal, una mina o una urbanización. Un incendio o una tala pueden reducir la cubierta sin que el terreno deje de ser bosque de manera definitiva, aunque la regeneración tarde años o no recupere la composición original.

Las series históricas tampoco tienen siempre el mismo alcance. El artículo de referencia sobre la pérdida tropical de 2017 hablaba de 15,8 millones de hectáreas de bosque tropical y describía ese año como el segundo peor desde 2001; para 2016 señalaba 29,7 millones. Son cifras de otra serie y de otro ámbito que no deben sumarse ni confundirse con el balance de seis décadas. Una cifra solo adquiere sentido cuando se sabe qué mide, durante qué periodo y con qué método.

La agricultura y la ganadería abren la frontera forestal

La expansión agropecuaria es el principal motor de la deforestación mundial. La FAO atribuye casi el 90% de la deforestación a la apertura de terrenos para cultivos y pastos: más de la mitad se relaciona con la conversión en tierras de cultivo y una parte importante con el pastoreo. Dicho de forma directa, muchos bosques desaparecen porque el suelo se destina a producir alimentos, materias primas o alimento para el ganado.

En América del Sur y el sudeste asiático, productos como la soja, el aceite de palma, el maíz, el algodón y la carne de vacuno están asociados a una presión forestal significativa. El ganado ocupa pastizales, mientras que ciertos cultivos abastecen tanto el consumo directo como cadenas industriales más amplias. La demanda no siempre se origina junto al bosque que se tala: una materia prima puede cruzar fronteras y terminar convertida en pienso, alimento procesado, cosmético o combustible.

El análisis difundido por la NASA destacaba el peso de los pastizales para ganado en la deforestación examinada. En América del Sur, la expansión de la ganadería y de cultivos básicos figuraba entre las causas centrales; en el sudeste asiático, buena parte de las pérdidas se asociaba al aceite de palma. Este aceite se utiliza en numerosos alimentos procesados y también en productos de higiene y cuidado personal, desde jabón hasta champú. La cadena de consumo puede ser larga, pero su huella empieza en un territorio concreto.

La agricultura migratoria responde a una dinámica diferente. En algunas zonas de África, Centroamérica y partes de Sudamérica, los agricultores despejan pequeñas parcelas, cultivan una mezcla de productos durante unos años y se trasladan cuando el suelo pierde fertilidad. La práctica no es idéntica a la expansión industrial de grandes cultivos: su escala y sus efectos dependen del tiempo de descanso de la tierra, la presión demográfica y la posibilidad de que el bosque se regenere. El contexto local determina si el ciclo permite la recuperación o empuja la frontera agrícola cada vez más lejos.

El fuego, la tala y las causas que se combinan

Los incendios pueden provocar pérdidas temporales de cubierta o transformar de manera duradera un ecosistema. No todo fuego implica deforestación permanente, pero la repetición de incendios y el calor extremo dificultan que los árboles vuelvan a crecer. En regiones boreales de Canadá y Rusia, así como en zonas de la Amazonía y Bolivia, las condiciones más cálidas y secas pueden aumentar la vulnerabilidad del paisaje. El cambio climático no explica por sí solo cada incendio, pero puede agravar el escenario en el que se propaga.

En algunos bosques tropicales, el fuego se utiliza para despejar terrenos y preparar pastos o cultivos. Cuando las llamas escapan de las áreas previstas, alcanzan vegetación que no estaba destinada a la tala y pueden abrir la puerta a nuevas quemas. La degradación resultante deja árboles muertos, bordes más secos y fragmentos forestales más expuestos. Ese círculo puede devolver carbono a la atmósfera y hacer que el bosque pierda capacidad para almacenarlo.

La explotación maderera también aparece en los registros de pérdida de cobertura arbórea. Puede formar parte de un manejo forestal regulado o derivar de talas ilegales y extracción sin control. No toda tala tiene el mismo efecto: importan la intensidad, las especies extraídas, el estado del bosque, las vías abiertas para sacar madera y la regeneración posterior. Que un área vuelva a cubrirse de árboles no demuestra por sí solo que haya recuperado un ecosistema intacto.

A estas presiones se añaden carreteras, minería, expansión urbana y proyectos de infraestructura. Una carretera puede ocupar una franja relativamente estrecha, pero facilita el acceso a áreas antes remotas, atrae asentamientos y favorece otras actividades. Así, la pérdida forestal rara vez depende de una sola decisión aislada. La motosierra puede ser el último eslabón visible de una cadena económica y política mucho más amplia.

Un bosque plantado no sustituye sin más a uno antiguo

Las estadísticas de superficie pueden sugerir que los bosques perdidos se compensan con árboles plantados o con vegetación que vuelve a crecer. Esa lectura es engañosa si trata todos los bosques como equivalentes. Una selva antigua reúne árboles de distintas edades, sotobosque, madera muerta, suelos complejos, hongos y relaciones entre especies que se han formado durante mucho tiempo. Una plantación uniforme puede producir madera y fijar carbono, pero suele ofrecer una estructura más sencilla.

La diferencia no es solo estética. En un bosque maduro, las copas, los claros, las raíces y la hojarasca crean numerosos microhábitats. Algunas especies necesitan condiciones muy concretas de sombra, humedad o alimento; otras dispersan semillas y contribuyen a la regeneración. Cuando el bosque se sustituye por cultivos o por una masa uniforme de árboles, esas relaciones pueden desaparecer aunque el paisaje siga viéndose verde desde lejos. La superficie arbolada es una medida útil, pero no revela por sí sola la calidad ecológica.

Plantar árboles puede contribuir a restaurar un terreno degradado, sobre todo cuando se eligen especies adecuadas y se protege la regeneración natural. Pero plantar no equivale automáticamente a restaurar. La recuperación requiere tiempo, diversidad, suelos capaces de sostenerla y continuidad del cuidado. Un conjunto de plantones no reemplaza de inmediato el funcionamiento de un bosque complejo, del mismo modo que reconstruir una fachada no devuelve todo lo que había dentro de un edificio histórico.

La degradación es aún más difícil de detectar que la desaparición total. Un bosque puede conservar árboles y seguir apareciendo como superficie forestal en un mapa, aunque haya quedado dividido por caminos, afectado por incendios recurrentes o empobrecido por la tala selectiva. Desde el satélite mantiene una mancha verde; sobre el terreno, puede haber perdido humedad, fauna y capacidad de regenerarse. Lo que no desaparece del mapa también puede estar perdiendo funciones esenciales.

La pérdida forestal altera clima, biodiversidad y agua

Los bosques almacenan carbono en los troncos, las ramas, las raíces y el suelo. Cuando se talan o se queman, una parte de ese carbono vuelve a la atmósfera; si el terreno pasa a ser cultivo o pasto, normalmente disminuye su capacidad de almacenamiento. La pérdida de bosque, por tanto, no solo elimina una reserva existente: puede reducir la capacidad futura de retirar dióxido de carbono del aire. El efecto climático depende tanto de lo que se libera como de lo que deja de absorberse.

La deforestación tropical representa alrededor del 11% de las emisiones anuales, según la información recogida en el análisis de referencia de 2017. A la vez, los bosques que permanecen intactos absorben una parte sustancial de las emisiones. Aquella investigación estimaba que proteger y restaurar bosques podría retirar 7.000 millones de toneladas métricas de carbono cada año, una cantidad comparada con las emisiones de 1.500 millones de automóviles. Es una estimación sobre el potencial de conservación y restauración, no una equivalencia automática que pueda aplicarse a cualquier plantación.

La biodiversidad depende de la variedad de ambientes que ofrece un bosque. En las copas viven unas especies; en el sotobosque, la hojarasca y los troncos caídos, otras. La tala y la fragmentación pueden aislar poblaciones y eliminar refugios, alimento y lugares de reproducción. El daño tampoco aparece siempre de golpe: algunas especies resisten durante un tiempo en fragmentos pequeños antes de desaparecer. La pérdida de hábitat puede convertirse en un silencio gradual, más difícil de ver que un claro recién abierto.

El agua es otro hilo que conecta el bosque con regiones alejadas. La vegetación intercepta la lluvia, ayuda a que el agua se infiltre y reduce la erosión; los árboles también liberan vapor y participan en los ciclos de humedad. En la Amazonía, esa circulación contribuye a alimentar lluvias que no se limitan al lugar donde crecen los árboles. Cuando se altera una gran extensión forestal, cambian las condiciones que sostienen suelos, ríos y actividades agrícolas. El bosque funciona como infraestructura natural, aunque no tenga tuberías ni hormigón.

En laderas, la eliminación de árboles puede dejar el suelo más expuesto a la erosión y aumentar la vulnerabilidad ante deslizamientos. En otras regiones, la pérdida de vegetación puede agravar inundaciones o acelerar la degradación de terrenos secos. Los efectos concretos varían según el clima, el relieve y el tipo de bosque; no existe una consecuencia idéntica para todos los lugares. Lo común es que el cambio forestal altere equilibrios de los que dependen comunidades y ecosistemas.

El consumo y la responsabilidad no se quedan en los trópicos

La deforestación suele representarse como un problema distante, ligado a una frontera agrícola tropical. Sin embargo, parte de la presión procede de cadenas comerciales internacionales. Soja, carne, aceite de palma, cacao, café, caucho y madera pueden recorrer miles de kilómetros antes de llegar al mercado donde se consumen. La distancia entre el producto y el bosque oculta el vínculo, pero no lo elimina.

En España y otros países europeos, los piensos, los alimentos procesados y diversos productos de uso cotidiano pueden depender de materias primas procedentes de regiones forestales. Eso no convierte cada compra individual en la causa directa de una tala determinada. La responsabilidad se reparte de manera desigual entre productores, intermediarios, empresas, importadores, gobiernos y consumidores. Las normas de trazabilidad y los controles comerciales influyen en que se pueda conocer el origen de los productos y evitar que la deforestación quede fuera de la etiqueta.

La desigualdad también se refleja en quién conserva bosques y quién soporta la presión. Algunos países ricos han aumentado su superficie arbolada mediante reforestación, abandono de tierras agrícolas o expansión natural, mientras importan productos ligados a la conversión de bosques en otros continentes. Ese aumento no es irrelevante, pero tampoco cancela de forma automática la pérdida tropical. Un saldo nacional favorable puede coexistir con una huella de consumo desplazada al extranjero.

La historia forestal europea también ayuda a entender que las tendencias cambian con las economías y las políticas. La expansión agrícola, la construcción de barcos y la obtención de combustible redujeron bosques durante siglos; más tarde, la reforestación y el abandono de algunas tierras permitieron recuperar superficie en determinados lugares. Pero más árboles no siempre significan más resiliencia: en zonas mediterráneas, la sequía, el calor y los incendios plantean riesgos propios. El color verde de un mapa no basta para medir la salud de un paisaje.

La presión cae sobre territorios y comunidades concretas

En los países tropicales, la pérdida forestal puede estar ligada a la demanda internacional, pero también a la falta de control, la pobreza, los conflictos por la tierra y la aplicación irregular de las leyes. Agricultores, empresas, gobiernos y comunidades locales no ocupan posiciones equivalentes en esas disputas. Las decisiones sobre el uso del suelo pueden afectar a pueblos indígenas y a personas cuya alimentación, cultura y sustento dependen del bosque. La conservación no se entiende sin los derechos de quienes viven en esos territorios.

La tala ilegal y la expansión de actividades extractivas pueden tener consecuencias que van más allá de la vegetación. La apertura de caminos facilita el acceso a zonas remotas; la transformación del paisaje desplaza actividades tradicionales y puede aumentar la presión sobre especies y recursos. En estas condiciones, proteger un área en el papel no garantiza que esté segura sobre el terreno. Hace falta capacidad para vigilar, aplicar las normas y sostener acuerdos locales.

La experiencia reciente de distintos países muestra que la pérdida puede bajar cuando se refuerzan controles y políticas de protección, pero los avances no son irreversibles. Cambios de gobierno, precios favorables para materias primas, incendios y nuevas infraestructuras pueden modificar las tendencias. Una mejora en un año no demuestra por sí sola que la presión haya desaparecido; hace falta observar si se mantiene y qué ocurre con la calidad del bosque que permanece.

Las alertas por satélite permiten localizar cambios con más rapidez que antes y ofrecen información sobre dónde cae la cobertura. Sin embargo, observar no equivale a detener. La respuesta depende de que las autoridades investiguen, las reglas se apliquen y las comunidades puedan intervenir sin quedar expuestas a represalias. La tecnología identifica la herida; la política decide si se actúa sobre sus causas.

Menos bosque por persona, más presión sobre un sistema finito

Entre 1960 y 2019, la superficie forestal disponible por habitante pasó de 1,4 hectáreas a 0,5 hectáreas. No significa que cada persona tenga asignada una parcela ni que el descenso se reparta por igual entre países. Es un indicador de cómo el crecimiento de la población y de la demanda de alimentos, energía, materiales y suelo presiona una superficie forestal limitada. El promedio global oculta grandes diferencias entre quienes consumen, quienes producen y quienes viven junto al bosque.

La respuesta no consiste en pedir a los países con menos recursos que renuncien a su desarrollo para conservar paisajes que abastecen mercados lejanos. El desafío es producir alimentos y materiales sin seguir ampliando la frontera agrícola, reducir las pérdidas y proteger los bosques de alto valor ecológico. También implica que los beneficios de conservar no recaigan únicamente en quienes habitan esos lugares, mientras otros obtienen las ganancias de la explotación.

Los compromisos internacionales y las herramientas de vigilancia pueden ayudar, pero no sustituyen a las decisiones sobre agricultura, comercio y uso de la tierra. La deforestación se reduce cuando la conservación es viable para las comunidades, las cadenas de suministro pueden rastrearse y las actividades ilegales encuentran límites efectivos. El problema no se resuelve con una cifra neta más favorable si la presión sigue avanzando en los bosques más frágiles.

La superficie perdida no cuenta toda la historia del bosque

Las 81,7 millones de hectáreas netas perdidas entre 1960 y 2019 ofrecen una respuesta clara sobre el balance forestal, pero no describen por sí solas todo el daño. La pérdida bruta de 437,3 millones de hectáreas y la ganancia de 355,6 millones muestran un mundo en movimiento: algunos bosques desaparecen mientras otros se expanden o se plantan. Las series de satélite, por su parte, permiten observar cambios de cubierta que incluyen episodios temporales y permanentes.

La pregunta de fondo no es solo cuántos árboles siguen visibles desde el espacio. También importa si el bosque conserva su diversidad, si puede regenerarse, si mantiene el agua y el suelo, y si quienes dependen de él pueden seguir habitándolo. La hectárea mide el espacio, pero no todas las relaciones vivas que caben dentro de ella.

El planeta todavía conserva unos 4.140 millones de hectáreas de bosque, cerca de un tercio de su superficie terrestre. Esa cifra no elimina la preocupación: la distribución, el estado y la protección de esos bosques son tan importantes como su extensión total. La diferencia entre una cubierta verde y un ecosistema sano puede quedar oculta en una estadística anual, pero se manifiesta en el clima, la biodiversidad y el agua de cada región.

Cuando un bosque antiguo se convierte en pasto, cultivo o infraestructura, no desaparece solo un paisaje. Se pierde una trama construida durante generaciones, difícil de sustituir con árboles jóvenes o compensaciones en otro lugar. El desafío consiste en evitar que el balance global maquille la desaparición de los bosques que sostienen más vida.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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