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Ciencia

¿Cuándo superará la Tierra los 1,5 ºC y qué riesgos alerta la ONU?

El calentamiento global superará los 1,5 ºC. La ONU explica qué implica ese rebasamiento, qué riesgos crecen y por qué cada décima importa más.

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mano calienta planeta tierra

El planeta superará el umbral de 1,5 ºC de calentamiento global respecto a la era preindustrial, probablemente en los próximos años. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) considera que ese rebasamiento es ya ampliamente inevitable y sitúa incluso el escenario más favorable en un pico cercano a 1,8 ºC. La cuestión, por tanto, ha cambiado: ya no se trata solo de impedir que la temperatura cruce esa línea, sino de evitar que suba mucho más y permanezca demasiado tiempo por encima.

Eso no significa que el objetivo climático de París pueda darse simplemente por muerto. La ONU sostiene que todavía es posible alcanzar un máximo, reducir después la temperatura y regresar por debajo de 1,5 ºC, pero exige recortes fuertes y sostenidos de las emisiones, avanzar hacia las emisiones netas cero, reducir gases como el metano y, posteriormente, retirar de la atmósfera más dióxido de carbono del que se emite. Una operación gigantesca. Y con una condición incómoda: cuanto más alto llegue el termómetro, más difícil será bajar.

Hay otra precisión importante. Un año aislado por encima de 1,5 ºC no equivale al rebasamiento a largo plazo contemplado en el Acuerdo de París. 2024 alcanzó aproximadamente 1,55 ºC sobre los niveles preindustriales y 2025 quedó en torno a 1,44 ºC, según los datos climáticos internacionales. Son oscilaciones anuales sobre una tendencia mucho más larga. Lo que inquieta ahora es que esa tendencia de fondo se acerca a la frontera que durante años fue presentada como el cortafuegos climático.

El escenario de 1,5 ºC deja de ser una frontera lejana

El nuevo escenario planteado por Naciones Unidas asume algo que hace poco todavía se intentaba evitar: un período de rebasamiento climático, conocido en la literatura científica como overshoot. La temperatura supera temporalmente un determinado límite, alcanza un máximo y, si las emisiones caen lo suficiente, comienza después un descenso.

La ONU considera que esa trayectoria —rebasar, tocar techo y bajar— es la mejor opción que queda para limitar los daños. No es precisamente una victoria climática. Es más parecido a frenar después de haberse pasado la salida de la autopista: todavía puede corregirse el rumbo, pero la distancia recorrida de más también cuenta.

El escenario más optimista analizado sitúa el máximo alrededor de 1,8 ºC sobre la era preindustrial. Otros escenarios superan los 2 ºC. Como referencia, las políticas climáticas actualmente vigentes siguen encaminando al planeta hacia niveles de calentamiento considerablemente superiores a 1,5 ºC durante este siglo, mientras que un cumplimiento más ambicioso de los compromisos nacionales permitiría rebajar esa trayectoria.

Los próximos años pueden romper nuevos récords

Las previsiones climáticas para el período 2026-2030 apuntan en la misma dirección. Existe una probabilidad muy elevada de que al menos uno de esos años registre una temperatura media global superior a 1,5 ºC respecto a 1850-1900. También aumenta la posibilidad de que aparezca un nuevo año más cálido que los récords registrados durante esta década.

Estas cifras no permiten señalar un día concreto en el calendario y decir que ahí terminó el mundo climático anterior. El calentamiento global funciona de otra forma: es una acumulación, una pendiente. Cada décima adicional importa porque modifica la intensidad y la frecuencia de determinados riesgos, desde las olas de calor hasta las lluvias extremas.

La atmósfera, poco dada a discursos políticos, responde sobre todo a las cantidades acumuladas de gases de efecto invernadero. Los calendarios diplomáticos pueden retrasarse; la física, bastante menos.

Qué cambia realmente cuando se superan los 1,5 ºC

La diferencia entre 1,5 ºC y 1,8 ºC puede parecer minúscula cuando se observa un termómetro doméstico. En el sistema climático mundial no lo es. Se trata de una temperatura media planetaria: océanos, continentes, polos y estaciones comprimidos en una sola cifra. Pequeñas variaciones globales pueden traducirse localmente en cambios mucho mayores.

Por encima de 1,5 ºC aumentan los riesgos para la salud, la agricultura, el agua, los ecosistemas, las infraestructuras y las economías. También crece la probabilidad de alcanzar límites de adaptación en determinadas regiones: lugares donde construir más diques, instalar más aire acondicionado o cambiar determinados cultivos deja de ser suficiente.

La comunidad científica advierte igualmente sobre los llamados puntos de inflexión climática, cambios capaces de volverse muy difíciles o imposibles de revertir una vez activados. Entre los sistemas especialmente vigilados aparecen las grandes capas de hielo, la selva amazónica o la circulación meridional del Atlántico, el enorme sistema de corrientes oceánicas que transporta calor hacia el norte.

Rebasar el límite no significa que todos los daños puedan deshacerse

Aquí aparece uno de los matices decisivos. Conseguir que la temperatura global vuelva a bajar después de alcanzar un máximo no devuelve automáticamente el planeta al estado anterior.

El nivel del mar, por ejemplo, puede continuar aumentando durante muchísimo tiempo debido al calentamiento oceánico y a la pérdida de hielo. Algunos ecosistemas pueden haber sufrido transformaciones irreversibles. Glaciares, zonas costeras, arrecifes o comunidades desplazadas no disponen de un botón para restaurar las condiciones previas aunque el promedio térmico vuelva décadas después a bajar unas décimas.

Incluso logrando regresar por debajo de 1,5 ºC, habrá pérdidas permanentes y sociedades que tendrán que adaptarse a un mundo físicamente distinto. Ese es quizá el aspecto menos cómodo del nuevo escenario: bajar la temperatura sigue siendo extraordinariamente valioso, pero no permite rebobinar.

Cómo podría volver el planeta por debajo de 1,5 ºC

Para que la curva descienda no basta con estabilizar las emisiones en niveles elevados. El primer paso sigue siendo reducir de manera rápida el uso de combustibles fósiles y otras fuentes de gases de efecto invernadero, acelerar las energías de bajas emisiones, mejorar la eficiencia y recortar contaminantes de vida relativamente corta como el metano, cuya disminución puede contribuir a limitar el pico de calentamiento.

Después llega el concepto de cero neto: las emisiones humanas restantes deben quedar compensadas por una cantidad equivalente de dióxido de carbono retirada de la atmósfera. Para reducir realmente la temperatura tras el máximo será necesario ir más lejos y alcanzar emisiones netas negativas, es decir, extraer más CO₂ del que continúa liberándose.

Retirar CO₂ ayuda, pero no sustituye a dejar de emitirlo

La retirada de carbono puede incluir restauración forestal y otros sumideros naturales, junto con tecnologías capaces de capturar CO₂ directamente del aire y almacenarlo de forma duradera. El problema es la escala. Reducir incluso una fracción del calentamiento mediante emisiones netas negativas puede exigir retirar cantidades gigantescas de dióxido de carbono de la atmósfera.

Por eso los expertos insisten en que estas técnicas deben complementar los recortes, no convertirse en una coartada para aplazarlos. Apostarlo todo a futuras máquinas capaces de limpiar la atmósfera mientras las emisiones continúan resulta una especie de hipoteca climática: alguien tendrá que pagarla después, con una tecnología que todavía no funciona a la escala que exigiría ese escenario.

Cuanto menor sea el máximo de calentamiento, menos carbono habrá que retirar posteriormente, menos tiempo permanecerá el planeta expuesto a temperaturas extremas y menor será también la posibilidad de desencadenar cambios irreversibles.

Adaptarse deja de ser el plan B

Durante años, la conversación climática separó con demasiada comodidad dos conceptos: mitigar, es decir, reducir emisiones, y adaptarse a los efectos inevitables. El nuevo escenario obliga a hacer ambas cosas simultáneamente.

Las ciudades necesitarán prepararse para olas de calor más intensas, lluvias torrenciales, inundaciones y nuevas necesidades de refrigeración. Los sistemas sanitarios tendrán que soportar episodios extremos más frecuentes; la agricultura deberá convivir con cambios de temperatura y disponibilidad de agua; determinadas costas necesitarán protección y, en algunos lugares, habrá que asumir algo políticamente mucho más áspero: retirarse.

No todos parten del mismo sitio. Una ciudad rica puede renovar redes eléctricas, ampliar zonas verdes o rediseñar edificios. Una comunidad insular amenazada por el aumento del nivel del mar tiene bastante menos margen. De ahí que la justicia climática y la financiación sean condiciones centrales de cualquier respuesta seria.

El calentamiento tampoco reparte responsabilidades de manera uniforme. Los países que han acumulado mayores emisiones históricas disponen, en términos generales, de más capacidad económica para transformar sus sistemas energéticos que buena parte de los Estados más vulnerables. La física del clima es global; la factura, no tanto.

De evitar el rebasamiento a decidir cuánto durará

La barrera de 1,5 ºC no era una frontera mágica tras la cual apareciera de golpe un planeta inhabitable. Era —y sigue siendo— una referencia científica y política destinada a limitar riesgos. Superarla tampoco vuelve inútil cualquier reducción posterior. Entre 1,6 ºC, 1,8 ºC, 2 ºC y 2,5 ºC hay diferencias enormes en daños, costes y capacidad de adaptación.

Ese es probablemente el mensaje más relevante del giro asumido por Naciones Unidas. El fracaso en mantener el calentamiento permanentemente por debajo de 1,5 ºC no convierte en indiferente lo que ocurra después. Al contrario: cada tonelada de gases que no llegue a la atmósfera puede reducir el máximo alcanzado y el tiempo necesario para volver a descender.

El margen se ha estrechado y parte del daño será irreversible, pero la trayectoria todavía no está escrita por completo. El verdadero desafío climático pasa ahora por hacer el rebasamiento lo más pequeño y breve posible. No es el horizonte limpio que prometía París en 2015. Es uno más áspero, más caro y bastante menos cómodo. También, todavía, uno en el que unas décimas pueden separar un problema enorme de otro mucho peor.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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