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Ciencia

¿El incesto extinguió al esmilodonte? Lo que revelan sus vértebras

Las vértebras del esmilodonte revelan malformaciones y señales de endogamia que pudieron debilitar a la especie hasta su desaparición total.

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No, el nuevo estudio no demuestra que el esmilodonte se extinguiera por incesto. Lo que sí aporta es una pieza bastante inquietante al rompecabezas de su desaparición: numerosos ejemplares de Smilodon fatalis que vivieron al final del Pleistoceno presentaban malformaciones congénitas y otras patologías compatibles con una población cada vez más pequeña y genéticamente empobrecida. Dicho de otro modo, la endogamia pudo debilitar a unos animales que ya estaban pasando por un momento pésimo.

Y hay una corrección importante frente a algunas versiones que han circulado sobre el hallazgo. Los investigadores no extrajeron ADN de 3.700 vértebras. Examinaron 3.722 piezas vertebrales conservadas en La Brea Tar Pits, en Los Ángeles, mediante observación anatómica y, en una parte de los casos, tomografía computarizada. El propio estudio advierte de que, sin análisis de ADN, todavía no puede medirse el grado real de endogamia de aquellos esmilodontes. La hipótesis es sólida y sugerente; la sentencia de muerte, no tanto.

Un esqueleto lleno de señales de alarma

La investigación publicada el 27 de julio de 2026 en Frontiers in Veterinary Science parte de una colección difícilmente repetible. Los pozos de asfalto de Rancho La Brea funcionaron durante miles de años como una trampa natural: un herbívoro quedaba atrapado en el material pegajoso, sus movimientos atraían a los depredadores y estos terminaban compartiendo destino con la presa. Una escena poco edificante, pero extraordinaria para la paleontología.

De allí han salido fósiles correspondientes a miles de gatos de dientes de sable, hasta convertir a Smilodon fatalis en uno de los grandes mamíferos extintos mejor representados del Pleistoceno norteamericano. El nuevo trabajo analizó 849 sacros, 2.130 vértebras lumbares y 743 séptimas vértebras cervicales. Los investigadores estudiaron ejemplares adultos suficientemente bien conservados y realizaron, además, 49 tomografías sobre piezas patológicas.

Lo que apareció no fue precisamente un certificado de buena salud. Se documentaron 226 vértebras transicionales congénitas, es decir, piezas que durante el desarrollo adquirieron características propias de otra región de la columna; 32 vértebras torácicas bífidas y 48 vértebras fusionadas o «en bloque». Son alteraciones del desarrollo que, cuando se acumulan dentro de una población, pueden levantar la sospecha de una diversidad genética demasiado pobre.

Tres posibles tumores entre los grandes depredadores

El hallazgo más llamativo apareció en tres ejemplares procedentes de depósitos distintos. Sus vértebras presentaban un ensanchamiento anormal de los agujeros intervertebrales, los espacios por donde pasan los nervios que salen de la médula espinal. La forma de esas lesiones resulta compatible con tumores de los nervios espinales, como schwannomas o neurofibromas.

No puede diagnosticarse un cáncer a un animal muerto hace más de 10.000 años como se haría en una clínica. No quedan tejidos blandos, biopsias ni análisis histológicos. Los autores son prudentes y hablan de lesiones indicativas de un posible tumor nervioso. Aun así, la geometría del hueso —crecimiento lento, remodelación suave, ensanchamiento del conducto— se parece mucho a la que dejan esas enfermedades en humanos, perros y otros mamíferos.

Tomando como referencia los 849 individuos representados por los sacros estudiados, los tres casos equivaldrían a una frecuencia aproximada de 353 por cada 100.000 esmilodontes. Es una cifra llamativa frente a las tasas clínicas descritas en humanos, que rondan entre 0,22 y 0,38 casos por cada 100.000 personas. La comparación, eso sí, tiene trampa si se toma al pie de la letra: una colección fósil formada mediante una trampa de asfalto no equivale a una población hospitalaria contemporánea, y los propios investigadores lo recalcan.

Por qué la endogamia encaja con lo encontrado

Cuando una especie conserva una población grande, sus individuos tienen muchas posibilidades de reproducirse con ejemplares poco emparentados. Si el número cae y los grupos quedan aislados, el menú genético se encoge. Primos, hermanos o parientes algo más lejanos empiezan a compartir cada vez más descendencia. Eso es la endogamia.

El problema no es moral —los esmilodontes, conviene aclararlo por si alguien pretendía juzgarlos desde el sofá— sino matemático. Los parientes cercanos comparten una proporción elevada de su material genético y aumenta la posibilidad de que una cría reciba dos copias de variantes perjudiciales. A lo largo de varias generaciones pueden aparecer más malformaciones congénitas, menor fertilidad, enfermedades hereditarias y una capacidad reducida para responder a nuevas infecciones o cambios ambientales.

Algo parecido se ha documentado en poblaciones modernas sometidas a fuertes cuellos de botella genéticos y también se ha propuesto para otros mamíferos del final del Pleistoceno. Los investigadores recuerdan, por ejemplo, anomalías vertebrales relacionadas con la endogamia en algunas poblaciones de lobo gris. Estudios genómicos de mamuts también han encontrado señales de consanguinidad en poblaciones pequeñas próximas a su desaparición.

En el esmilodonte, sin embargo, falta la prueba reina. El estudio lo reconoce con bastante claridad: no existe todavía un análisis genético de esos individuos de La Brea que permita calcular directamente cuánto parentesco había entre ellos. Las anomalías óseas encajan con la hipótesis, pero también pueden intervenir infecciones, contaminantes ambientales y otros factores.

El problema pudo agravarse generación tras generación

La endogamia tiene además un mecanismo especialmente desagradable cuando una especie está en retroceso. Una población cae por alguna causa externa; quedan menos reproductores; aumenta el apareamiento entre parientes; se acumulan problemas genéticos; baja la supervivencia o el éxito reproductivo; la población disminuye todavía más. Un círculo estrecho, literalmente.

Ya en 2023, otro trabajo sobre Smilodon fatalis y el lobo terrible, Aenocyon dirus, encontró una frecuencia elevada de lesiones articulares semejantes a la osteocondrosis disecante, una enfermedad del desarrollo con componente hereditario. Los investigadores plantearon entonces que la endogamia podía explicar parte de aquella abundancia anómala de patologías. El estudio de 2026 añade las malformaciones vertebrales y los posibles tumores nerviosos a ese historial médico nada tranquilizador.

No hablamos, pues, de un único hueso raro encontrado en una vitrina. Empieza a dibujarse un patrón biológico.

La endogamia no explica por sí sola la extinción

Aquí está el matiz decisivo. La endogamia probablemente fue una consecuencia del declive antes que su causa inicial. Cuando disminuye una población porque pierde territorio, alimento o ejemplares reproductores, la consanguinidad aparece después y puede hacer mucho más difícil la recuperación.

La desaparición de los grandes mamíferos americanos al final de la última glaciación sigue siendo uno de los grandes debates de la paleontología. El escenario más razonable no parece un asesino único entrando con mayordomo y candelabro, sino varias presiones superpuestas: cambio climático, transformación de los ecosistemas, incendios, reducción de presas y expansión humana.

En Rancho La Brea existe una pista especialmente interesante. Las dataciones de los grandes mamíferos del sur de California sitúan su desaparición regional aproximadamente entre 13.070 y 12.900 años atrás. Aquel colapso coincidió con un calentamiento y una fuerte aridificación, cambios profundos de la vegetación y un notable aumento de los incendios. La presencia humana pudo contribuir a esa transformación del paisaje.

Otros trabajos sobre la extinción de la megafauna ofrecen pesos diferentes al clima y la actividad humana según la región y la especie. Eso importa. La ciencia no dispone de una explicación universal que pueda pegarse sobre todos los mamuts, perezosos gigantes, caballos, lobos terribles y gatos de dientes de sable como una etiqueta de museo.

Un depredador formidable que empezó a quedarse sin margen

Smilodon fatalis no era exactamente un «tigre dientes de sable», aunque la expresión haya sobrevivido con una salud que el propio animal habría envidiado. Pertenecía a una rama distinta de los félidos y estaba construido para la emboscada: cuerpo macizo, extremidades delanteras muy potentes y enormes caninos adaptados para atacar a grandes presas.

Los fósiles de La Brea indican que esta especie vivió en la región durante cientos de miles de años. S. fatalis existió aproximadamente entre 400.000 y 11.000 años atrás, mientras que el género Smilodon, con varias especies distribuidas por América, posee una historia evolutiva bastante más larga. De ahí procede parte de la confusión cuando se afirma que «el esmilodonte vivió 2,5 millones de años»: no es lo mismo hablar del género completo que de la población de S. fatalis estudiada en California.

Para un animal de ese tamaño, cualquier deterioro físico tenía consecuencias serias. Un tumor nervioso capaz de causar dolor, cojera o atrofia muscular podía convertir la caza de grandes herbívoros en una tarea mucho más complicada. Los investigadores incluso plantean una posibilidad sombría: algunos ejemplares enfermos quizá se acercaban con mayor frecuencia a animales atrapados en los pozos de asfalto porque eran presas aparentemente fáciles. El banquete gratuito podía acabar siendo la última comida.

Eso tampoco significa que tres tumores tumbaran una especie entera. Significa algo más interesante: los huesos conservan señales de que ciertas poblaciones estaban soportando un estrés biológico considerable cuando se acercaba su desaparición.

El enemigo apareció cuando quedaban demasiado pocos

La imagen que deja la investigación es bastante menos sencilla que «el esmilodonte se extinguió por incesto», pero también más poderosa. Una especie puede sobrevivir durante muchísimo tiempo a depredadores rivales, oscilaciones climáticas y accidentes individuales y, sin embargo, volverse frágil cuando pierde demasiados efectivos. Entonces el problema deja de ser únicamente cuántos animales quedan. Importa también cuánta diversidad genética queda dentro de ellos.

Las 3.722 vértebras de La Brea no contienen una confesión escrita sobre la extinción del gato de dientes de sable. Contienen cicatrices: huesos fusionados, desarrollos anómalos y lesiones compatibles con enfermedades muy raras. Juntas sugieren que algunos de los últimos Smilodon fatalis del sur de California pudieron pertenecer a poblaciones pequeñas en las que la endogamia estaba pasando factura.

El clima cambió, los ecosistemas se transformaron y los seres humanos ya recorrían América. En medio de aquella sacudida, una población reducida tenía menos parejas posibles y menos variación genética con la que responder. La endogamia no habría encendido el incendio, pero pudo quitarle al esmilodonte una parte de las herramientas que necesitaba para escapar de él. Y cuando la evolución estrecha tanto el pasillo, hasta un depredador con colmillos de veinte centímetros puede terminar sin salida.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.