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Ciencia

¿Flemático o colérico? Qué son y cómo explica la ciencia el carácter

Flemático, colérico, sanguíneo o melancólico: qué significan estos temperamentos y cómo los interpreta la psicología moderna en la vida real.

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Qué dice la ciencia de tu carácter

Llamar a alguien flemático, colérico, sanguíneo o melancólico sigue teniendo una extraña eficacia. Cuatro palabras antiguas y, de pronto, parece que la persona cabe entera dentro de ellas: el tranquilo al que nada altera, el explosivo que entra en combustión con facilidad, el sociable que llena una habitación y el reservado que mastica cada problema durante horas. Como descripción intuitiva funcionan. Como explicación científica de la personalidad, la cosa cambia bastante.

La psicología actual no considera científicamente válidos los cuatro temperamentos clásicos como cuatro tipos biológicos cerrados. Nadie tiene exceso de bilis amarilla porque pierda la paciencia en un atasco ni abundancia de flema porque soporte impasible una reunión interminable. Aquella teoría médica quedó atrás. Lo interesante es que algunas de las diferencias humanas que intentaba describir —ser más sociable o reservado, emocionalmente estable o reactivo, impulsivo o prudente— sí aparecen en la investigación moderna. Solo que la ciencia dejó de meter a ocho mil millones de personas en cuatro cajones.

Hoy se habla más bien de rasgos y dimensiones continuas. Una persona puede ser bastante extrovertida, moderadamente ansiosa, muy perseverante y poco atraída por las novedades al mismo tiempo. Otra puede comportarse como una locomotora en el trabajo y ser extraordinariamente cauta en ambientes desconocidos. El temperamento influye, pero también cuentan el aprendizaje, las relaciones, la cultura, las experiencias y la evolución personal. La fotografía ha sido sustituida por una película.

La psicología contemporánea entiende el temperamento como una base temprana de la personalidad relacionada con aspectos como el nivel de energía, la respuesta emocional, el ritmo de reacción, la inhibición o la disposición a explorar. Esa definición conserva una idea central de los antiguos —las personas no reaccionamos igual ante el mundo— y abandona todo el equipaje de humores corporales que la acompañaba.

De la bilis negra al laboratorio: de dónde salen los temperamentos

La historia empieza mucho antes de que existieran los tests psicológicos, los escáneres cerebrales o siquiera una idea moderna del sistema nervioso. La medicina hipocrática defendía que la salud dependía del equilibrio de cuatro humores corporales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Galeno desarrolló posteriormente aquella tradición y la conectó con distintas disposiciones corporales y temperamentales.

La mezcla —de ahí procede precisamente la idea de temperamentum, algo templado o combinado— debía guardar cierto equilibrio. Si predominaba un humor, se asociaba al individuo con determinadas características. Durante siglos aquello fue medicina respetable. También se practicaron sangrías durante siglos, detalle que conviene recordar cuando alguien utiliza la antigüedad de una teoría como certificado de calidad.

La investigación histórica añade, además, una pequeña ironía: muchas características psicológicas atribuidas actualmente a cada temperamento no aparecen de esa forma tan limpia en Galeno. Parte del retrato popular que conocemos fue construyéndose y simplificándose durante los siglos XVIII y XIX. El venerable sistema que internet presenta a veces como una clasificación psicológica perfectamente diseñada hace dos milenios es, en realidad, una larga sedimentación cultural.

Flemático, colérico, sanguíneo y melancólico: qué significan

El flemático quedó asociado a una disposición tranquila, estable, prudente y poco explosiva. Es la persona que parece tener un segundo más para reaccionar cuando los demás ya han lanzado tres mensajes de WhatsApp y una acusación. En lenguaje psicológico moderno podrían encontrarse paralelismos parciales con una baja reactividad emocional o determinados niveles de introversión y estabilidad, pero no existe un rasgo científico llamado “flema”.

El colérico representa el polo enérgico, dominante, irritable y rápido en la reacción. Tradicionalmente se vinculó a la bilis amarilla. El término conserva todavía en castellano una relación evidente con la cólera. Eso no significa que una persona decidida sea colérica ni que una elevada irritabilidad constituya por sí sola un “tipo de personalidad”.

El sanguíneo terminó describiendo al sujeto vivo, optimista, expresivo y sociable; el melancólico, al más reservado, preocupado, introspectivo o pesimista. En algunos intentos del siglo XX por reinterpretar la clasificación mediante dimensiones modernas, los cuatro perfiles se aproximaron a combinaciones de extraversión y neuroticismo: sanguíneo como extrovertido estable, colérico como extrovertido emocionalmente reactivo, melancólico como introvertido reactivo y flemático como introvertido estable. Es una traducción aproximada, no la demostración de que Galeno hubiera anticipado la psicometría contemporánea por veinte siglos.

La psicología cambió cuatro tipos por rasgos que pueden medirse

El gran cambio conceptual consiste en abandonar la pregunta de qué tipo de persona somos y sustituirla por algo bastante más preciso: en qué grado presentamos determinados rasgos. Parece un matiz académico. No lo es.

Pensemos en la altura. Dividir a la población entre “altos” y “bajos” puede resultar práctico en alguna conversación, pero elimina casi toda la información intermedia. Con la personalidad ocurre algo parecido. Dos individuos considerados extrovertidos pueden diferir enormemente entre sí; uno puede buscar constantemente contacto social y otro simplemente sentirse cómodo hablando con desconocidos. Las categorías dibujan fronteras donde en la vida real suele haber pendientes.

Uno de los marcos más influyentes es el de los Big Five, que describe cinco grandes dimensiones: extraversión, neuroticismo o inestabilidad emocional, amabilidad, responsabilidad o escrupulosidad y apertura a la experiencia. No son cinco personalidades. Cada persona ocupa una posición diferente en cada eje, creando innumerables combinaciones.

Ahí reaparecen, con ropa nueva y métodos mucho mejores, algunas intuiciones antiquísimas. El sanguíneo recuerda en ciertos aspectos a una extraversión alta; el melancólico puede evocar una combinación de mayor neuroticismo y menor extraversión; el flemático, una baja reactividad; el colérico, una elevada emocionalidad negativa acompañada quizá de aproximación y energía. Pero intentar hacer equivalencias exactas vuelve a deformar el mapa.

La personalidad tampoco permanece congelada a los 18 años. Grandes estudios longitudinales muestran que los rasgos presentan estabilidad y cambio a lo largo de la vida. Un amplio metaanálisis publicado en 2026, construido a partir de cientos de estudios longitudinales y centenares de miles de participantes, volvió a encontrar una notable estabilidad de las diferencias de personalidad, aunque con variaciones relacionadas con determinadas edades y rasgos. Dicho de otro modo: no despertamos cada martes convertidos en otra persona, pero tampoco estamos escritos en piedra.

El temperamento aparece pronto, pero no dicta el final de la película

La investigación del temperamento infantil permite entender mejor por qué aquella intuición de que “cada niño viene con su manera de ser” nunca desapareció completamente de la psicología.

Alexander Thomas y Stella Chess estudiaron diferencias tempranas en características como la actividad, la regularidad, la adaptación, la intensidad de las respuestas o la reacción ante situaciones nuevas. De ahí surgieron categorías popularizadas como niños de temperamento fácil, difícil o de adaptación lenta. La terminología puede sonar hoy excesivamente rotunda —llamar “difícil” a un niño no parece precisamente un prodigio de neutralidad—, pero su aportación importante estaba en otra parte.

Thomas y Chess defendieron el concepto de bondad de ajuste: el desarrollo no depende únicamente del temperamento del niño ni exclusivamente de su ambiente, sino también del encaje entre ambos. Un menor muy activo puede funcionar estupendamente en un contexto que tolere movimiento y exploración y bastante peor en otro que exija quietud permanente. El problema no reside necesariamente dentro del niño. A veces está en el matrimonio imposible entre sus características y lo que el entorno espera de él.

Mary Rothbart llevó esta investigación hacia un modelo dimensional especialmente influyente. Su enfoque entiende el temperamento mediante diferencias constitucionales en reactividad y autorregulación. De numerosos estudios surgieron tres grandes dominios: extraversión o surgencia, afectividad negativa y control voluntario. Este último incluye capacidades como mantener la atención o frenar una respuesta automática cuando existe un objetivo más importante.

Jerome Kagan, por su parte, investigó especialmente la inhibición ante lo desconocido. Algunos niños reaccionan ante personas, objetos o situaciones nuevas con mayor cautela y activación; otros se aproximan con mucha más facilidad. Estudios longitudinales encontraron diferencias tempranas suficientemente consistentes como para considerar esa inhibición una dimensión relevante del temperamento. Pero ni siquiera aquí aparece una sentencia de por vida: una predisposición aumenta probabilidades, no redacta una biografía.

Los estudios de gemelos y familias indican también que la personalidad posee un componente hereditario importante. Grandes análisis de genética conductual han situado habitualmente una parte sustancial de las diferencias individuales dentro del terreno de la heredabilidad, aunque el porcentaje concreto cambia según el rasgo, la población y el método utilizado.

Eso no significa que una fracción exacta de nuestra personalidad pueda atribuirse directamente a los genes. La heredabilidad es una medida estadística sobre diferencias observadas dentro de una población y unas condiciones determinadas. No permite dividir a un individuo como una pizza y entregar cuatro porciones a la genética y seis al ambiente.

Genes y experiencia tampoco trabajan en departamentos separados. Una determinada disposición puede llevar a buscar ciertos ambientes, y esos ambientes terminan reforzando o modulando comportamientos. La persona que disfruta del estímulo social probablemente acumule más experiencias sociales; quien reacciona con cautela puede seleccionar escenarios diferentes. Naturaleza y experiencia interactúan continuamente, aunque llevemos siglos empeñados en presentarlas como rivales.

Big Five, HEXACO y los nuevos mapas de la personalidad

Los Big Five no son la última palabra escrita en mármol. La ciencia de la personalidad sigue discutiendo cómo describir mejor las diferencias humanas y qué dimensiones permiten predecir comportamientos sin reducir a la persona a una etiqueta.

El modelo HEXACO propone seis grandes dimensiones: honestidad-humildad, emocionalidad, extraversión, amabilidad, responsabilidad y apertura a la experiencia. Su diferencia más llamativa frente a los Big Five es la incorporación explícita de honestidad-humildad, relacionada con aspectos como sinceridad, modestia, ausencia de codicia y menor tendencia a explotar a otros. Numerosas investigaciones continúan examinando esta estructura en idiomas y poblaciones diferentes.

El modelo de Cloninger aborda la personalidad distinguiendo entre temperamento y carácter. Propone cuatro dimensiones temperamentales: búsqueda de novedades, evitación del daño, dependencia de la recompensa y persistencia; junto a dimensiones de carácter como autodirección, cooperación y autotrascendencia. La búsqueda de novedades refleja, grosso modo, una mayor tendencia a explorar y responder a estímulos nuevos; la evitación del daño, una mayor sensibilidad ante amenaza, incertidumbre o posible castigo.

También están las teorías de aproximación e inhibición conductual, asociadas a la tradición de Jeffrey Gray. Una persona puede mostrar mayor sensibilidad ante señales de recompensa y otra responder con más fuerza ante amenazas, conflictos o posibilidades de castigo. Otra vez aparecen impulsos familiares: acercarse, retirarse, explorar, frenar. El vocabulario cambia porque también cambian las hipótesis y las herramientas para ponerlas a prueba.

Hay algo casi cómico en el recorrido. Durante siglos hablamos de sangre, flema y bilis; después llegaron extraversión y neuroticismo; luego surgencia, afectividad negativa, control voluntario, búsqueda de novedades, sensibilidad a la recompensa, honestidad-humildad… La humanidad sigue intentando describir por qué uno se lanza a la piscina mientras otro comprueba primero la temperatura del agua. El problema antiguo permanece; la explicación científica es muchísimo más sofisticada.

Para qué sirven estos conceptos y cuándo empiezan a engañar

Los cuatro temperamentos pueden resultar útiles como lenguaje coloquial. Decir que alguien tiene un carácter flemático comunica rápidamente cierta serenidad; hablar de una reacción colérica describe una explosividad reconocible. También pueden servir como puerta de entrada a la historia de la psicología. Hasta ahí, ningún drama.

El error comienza cuando se convierten en diagnósticos, explicaciones biológicas o etiquetas capaces de predecir una vida. Una persona considerada flemática puede enfadarse, un supuesto sanguíneo puede necesitar soledad, alguien muy sociable puede padecer ansiedad y una persona reservada no tiene por qué ser melancólica. Los rasgos dependen también del contexto y pueden expresarse de forma distinta en el trabajo, en casa, bajo estrés o entre desconocidos.

Algo semejante ocurre con cualquier test de personalidad consumido como si fuera un horóscopo con gráficos. Una medición psicológica rigurosa necesita instrumentos validados, buenas propiedades psicométricas y una interpretación proporcionada a lo que realmente mide. Obtener una puntuación elevada en neuroticismo, búsqueda de novedades o inhibición conductual no constituye por sí mismo un diagnóstico clínico.

En educación y crianza, el concepto de temperamento puede ser especialmente útil cuando sirve para comprender diferencias en vez de fabricar etiquetas. Un niño que necesita más tiempo ante situaciones nuevas no está necesariamente mal educado; otro con mucha actividad no se convierte automáticamente en problemático. El enfoque de ajuste entre persona y ambiente sigue siendo mucho más fértil que clasificar niños en buenos, malos, tranquilos o imposibles.

En las relaciones ocurre algo parecido. Reconocer que dos personas difieren en impulsividad, necesidad de estimulación, sensibilidad al conflicto o sociabilidad ayuda a comprender por qué interpretan de forma diferente el mismo episodio. Pero afirmar “soy colérico, así que grito” convierte una descripción en coartada. Temperamento no significa ausencia de responsabilidad.

De cuatro humores a una personalidad mucho menos cómoda

La teoría clásica acertó en una intuición elemental y falló en su mecanismo: existen diferencias relativamente persistentes en la manera de sentir, reaccionar y regularse, pero no proceden de cuatro líquidos corporales ni nos dividen limpiamente en cuatro especies humanas.

La psicología contemporánea dibuja un paisaje menos vistoso, aunque bastante más convincente. Hay tendencias temperamentales tempranas, componentes genéticos, aprendizaje, experiencias, cultura, contexto y rasgos que conservan cierta estabilidad mientras siguen modificándose durante la vida. Una persona puede ser impulsiva y muy responsable, sociable y emocionalmente vulnerable, prudente ante el riesgo pero abierta a ideas nuevas. Las contradicciones aparentes son parte del modelo, no un fallo suyo.

Por eso flemático, colérico, sanguíneo y melancólico sobreviven tan bien en el lenguaje. Son cuatro caricaturas reconocibles y las caricaturas tienen una ventaja extraordinaria: se entienden de un vistazo. La ciencia exige mirar unos segundos más.

El recorrido desde Galeno hasta los Big Five, Rothbart, Kagan, Cloninger o HEXACO cuenta, en el fondo, una historia bastante humana. Primero buscamos cuatro nombres para ordenar el caos; después descubrimos que el caos tenía ejes, grados, mezclas y excepciones. Menos elegante, quizá. Mucho más parecido a nosotros.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.