Ciencia
¿Por qué científicos plantean reducir la población mundial a la mitad?
Un estudio científico plantea una población mundial de 4.000 millones en 2200 para reducir la presión sobre recursos, clima y biodiversidad.

Un grupo internacional de investigadores sostiene que la humanidad podría vivir de forma más sostenible si la población mundial descendiera gradualmente hasta situarse en torno a 4.000 millones de personas en el año 2200, aproximadamente la mitad de la actual. La propuesta aparece en un estudio científico publicado en julio de 2026 y relaciona el crecimiento demográfico con la pérdida de biodiversidad, el consumo de energía, las emisiones de CO₂, el uso de agua dulce y la extracción de recursos.
Conviene aclarar lo esencial antes de que el titular eche a correr solo por internet: los autores no proponen eliminar población, imponer controles reproductivos ni reducir a la fuerza el número de habitantes. Su escenario se extiende durante casi dos siglos y plantea una caída progresiva de la natalidad basada en decisiones individuales, acceso a anticonceptivos, educación y planificación familiar voluntaria. Junto a eso, reclaman algo que a veces desaparece misteriosamente del debate: consumir menos recursos por persona, sobre todo allí donde el consumo es mucho mayor.
La discusión, por tanto, es bastante más compleja que ese inquietante “reducir la población mundial a la mitad”. No se trata simplemente de cuántos somos. Importa cómo vivimos, cuánto consumimos y qué tecnología utilizamos. Una persona que apenas dispone de electricidad y otra que vuela varias veces al mes cuentan exactamente como una unidad en el censo, pero desde el punto de vista ambiental se parecen poco.
Una población de 4.000 millones en 2200
El estudio, titulado Achieve Sustainability by Easing Population to 4 Billion by 2200, reúne a investigadores vinculados a instituciones de Estados Unidos, Grecia, Australia, Canadá, Kenia, Austria, Argentina, Bangladés, China e India. La tesis que ponen sobre la mesa es ambiciosa: una población mundial bastante menor aliviaría parte de la presión que la actividad humana ejerce sobre los ecosistemas.
Su punto de partida es una vieja ecuación de la ciencia ambiental: el impacto humano total depende tanto del número de personas como del impacto medio producido por cada una. Dicho en castellano menos académico: ocho personas gastando poco pueden consumir menos recursos que cuatro viviendo a todo gas.
Los investigadores comparan la evolución de la población con indicadores como las emisiones de dióxido de carbono, el consumo energético, la huella ecológica, el uso de agua dulce, la extracción de minerales, los pesticidas, los plásticos o el deterioro de la vida silvestre. Su conclusión es que el aumento de habitantes ha sido uno de los principales motores de varios de esos impactos, aunque el crecimiento del consumo por habitante resulta decisivo en otros, especialmente en la producción de plásticos y el uso intensivo de determinados recursos.
Ahí aparece la cifra que ha incendiado titulares. Los autores consideran deseable que el crecimiento demográfico termine y posteriormente se invierta hasta llegar a unos 4.000 millones de habitantes o menos hacia 2200. No dentro de veinte años. Ni de cincuenta. Hacia 2200.
Cómo pretenden que disminuya la población
El mecanismo propuesto no consiste en aumentar la mortalidad, sino en reducir durante generaciones el número medio de hijos. El estudio observa que la fecundidad mundial ya ha descendido con fuerza y plantea que podría alcanzar aproximadamente 1,75 hijos por mujer hacia 2050 si continúa esa tendencia y se amplían determinados servicios sociales y sanitarios.
Los autores apuntan principalmente al acceso universal a la planificación familiar, la educación de las niñas, la autonomía de las mujeres y la posibilidad efectiva de decidir cuántos hijos tener. Su razonamiento es conocido dentro de la demografía: cuando disminuye la fecundidad por debajo del denominado nivel de reemplazo —alrededor de 2,1 hijos por mujer en muchas poblaciones—, el número de habitantes acaba descendiendo, aunque puede tardar décadas debido a la estructura por edades.
La natalidad mundial ya está bajando
No parten exactamente de un planeta instalado en una explosión demográfica sin frenos. La realidad está cambiando bastante deprisa. La fecundidad global se situaba en torno a 2,3 hijos por mujer en 2024, aproximadamente un hijo menos que en 1990, mientras una parte creciente de los países ya ha alcanzado o se aproxima a su máximo demográfico.
Las proyecciones demográficas internacionales tampoco dibujan un crecimiento infinito. El escenario central prevé que la población mundial, que rondaba los 8.200 millones de personas en 2024, alcance aproximadamente 10.300 millones a mediados de la década de 2080. Después comenzaría un descenso suave, hasta unos 10.200 millones en 2100.
La diferencia es enorme. Las previsiones demográficas convencionales apuntan a una estabilización seguida de una reducción lenta; el nuevo estudio defiende prolongar esa caída durante el siglo XXII hasta alcanzar una población mundial mucho menor.
Menos habitantes no significa automáticamente menos contaminación
Aquí empieza la parte incómoda del asunto. Porque contar cabezas es sencillo; repartir responsabilidades ambientales, no tanto. El impacto ecológico está extraordinariamente descompensado entre quienes más consumen y quienes apenas disponen de recursos.
Las estimaciones climáticas internacionales sitúan al 10% de los hogares con mayores emisiones como responsables de aproximadamente entre un tercio y casi la mitad de las emisiones mundiales vinculadas al consumo doméstico. La mitad de la población con menor huella produce una fracción mucho más pequeña.
Otros trabajos que han analizado diferentes límites ambientales llegan a una conclusión parecida: una pequeña proporción de los consumidores concentra una parte desproporcionada del impacto sobre el clima, los materiales, el agua y los ecosistemas. Solo en emisiones de carbono, el grupo de mayor consumo puede generar alrededor del 40% del impacto total analizado.
Esto cambia bastante la fotografía. Un planeta con menos habitantes podría seguir siendo insostenible si cada habitante consumiera mucha más energía, carne, materiales, vehículos, vuelos o productos desechables. Del mismo modo, una población numerosa tendría un impacto menor con electricidad descarbonizada, ciudades eficientes, transporte público, menor desperdicio alimentario y sistemas productivos menos intensivos en recursos.
Los propios autores del trabajo incorporan esa cuestión. Su escenario combina una disminución demográfica con una moderación del impacto por persona y reclama medidas sobre eficiencia energética, contaminación, explotación de recursos y consumo.
Ese matiz evita una trampa bastante habitual: convertir el crecimiento demográfico de los países pobres en explicación universal del deterioro ambiental. Las emisiones por habitante siguen siendo profundamente desiguales y los países con mayor renta mantienen, por regla general, huellas de consumo muy superiores a las de buena parte del mundo en desarrollo.
Dicho de otra manera: un nacimiento no posee una huella ecológica predeterminada. Dependerá de dónde viva esa persona, cómo se genere su electricidad, qué transporte utilice, qué coma, cuánto compre y de la estructura económica que la rodee.
Y aquí la discusión abandona rápidamente el terreno cómodo de la calculadora.
El delicado debate sobre controlar la natalidad
Hablar de reducir deliberadamente la población mundial toca una fibra histórica especialmente sensible. Durante el siglo XX hubo políticas demográficas coercitivas, esterilizaciones forzosas y programas estatales que vulneraron derechos fundamentales. Por eso cualquier propuesta sobre natalidad necesita una frontera muy clara entre política demográfica y libertad reproductiva.
El estudio intenta establecerla. Sus autores defienden expresamente vías no coercitivas y vinculan la reducción de la fecundidad al acceso a servicios reproductivos, educación y capacidad de decisión. Utilizan ejemplos de países y regiones donde la natalidad descendió mientras aumentaban la educación femenina y la planificación familiar.
Eso no elimina el debate político y moral. Una cosa es garantizar que cualquier mujer pueda acceder a anticonceptivos cuando los necesite; otra, bastante distinta, que los gobiernos conviertan un determinado tamaño de familia en objetivo social y comiencen a empujar decisiones privadas desde los despachos.
La línea existe. Y la historia aconseja no dibujarla con lápiz.
También existe el problema contrario: países que pierden población
Mientras unos investigadores analizan cómo reducir el número global de habitantes, numerosos gobiernos intentan exactamente lo contrario. Japón, Corea del Sur, Italia, España, China y otros países afrontan tasas de fecundidad muy bajas, envejecimiento acelerado y dificultades para sostener su población en edad laboral.
Una reducción demográfica mundial distribuida de manera desigual podría agravar algunos de esos desequilibrios. Menos nacimientos significan, con el paso de las décadas, menos trabajadores por cada jubilado, cambios profundos en los sistemas de pensiones, menor demanda de vivienda en determinadas zonas y un mapa económico diferente.
El estudio rebate la idea de que el envejecimiento condene inevitablemente a las economías, pero la adaptación no sería automática. Productividad, inmigración, edad de jubilación, robotización y participación laboral pasarían a tener todavía más importancia. Una población menor puede consumir menos recursos; también necesita reorganizar parte del modelo económico levantado durante dos siglos alrededor del crecimiento.
Es, quizá, la paradoja más interesante de esta discusión: durante generaciones se temió que el planeta no pudiera alimentar a una población que crecía sin descanso. Ahora algunos países empiezan a preguntarse quién mantendrá sus hospitales, sus fábricas y sus pensiones cuando falten jóvenes.
El planeta no cabe en una sola cifra
Reducir la población mundial hasta unos 4.000 millones de personas en 2200 es una propuesta científica concreta, no un plan internacional aprobado ni una política mundial en marcha. Tampoco significa reducir inmediatamente a la mitad la humanidad actual. El escenario exige casi dos siglos de descenso progresivo de la fecundidad y, según sus propios autores, tendría que producirse mediante decisiones reproductivas voluntarias.
El estudio pone sobre la mesa una realidad difícil de negar: cada habitante necesita alimentos, agua, energía, vivienda, materiales y espacio, y una población mayor aumenta potencialmente esa demanda. Pero el número bruto de seres humanos explica solo una parte de la presión sobre el planeta. El consumo está repartido de forma enormemente desigual, igual que las emisiones y la utilización de recursos.
La cuestión verdaderamente seria no es elegir entre población o consumo como si fueran equipos rivales. Ambos cuentan. También cuentan la tecnología, la desigualdad, la energía utilizada y la manera en que producimos alimentos y construimos ciudades. La sostenibilidad depende de una combinación bastante menos fotogénica que una sola cifra: demografía, consumo y modelo productivo.
Cuatro mil millones de personas derrochando recursos podrían seguir teniendo un problema. Ocho mil millones viviendo dentro de límites ambientales exigentes afrontarían otro escenario. La Tierra, al fin y al cabo, no lleva una ventanilla en la que aparezca un luminoso de “aforo completo”. Lo decisivo es cuánto pesa sobre ella cada forma de vida humana y cómo repartimos ese peso.












