Salud
¿Por qué Corea del Sur exprime así a sus estudiantes?

Corea del Sur convierte el estudio en una carrera diaria: academias, falta de sueño, ansiedad y un coste brutal para miles de alumnos.
Corea del Sur lleva años siendo presentada como una potencia educativa y, al mismo tiempo, como el ejemplo de lo que ocurre cuando la excelencia académica se convierte en una rutina de desgaste. La noticia que ha vuelto a circular estos días —adolescentes que enlazan estudio desde primera hora de la mañana hasta casi la medianoche y un malestar psicológico cada vez más visible— no nace de la nada ni exagera el clima general que se vive en buena parte del país. Lo que describe, con más o menos dramatización en algunos detalles, es un sistema donde el colegio no termina al salir del colegio, donde las academias privadas marcan la tarde y la noche, y donde la adolescencia queda comprimida entre exámenes, expectativas familiares y una carrera feroz por no quedarse atrás.
La imagen es bastante nítida. Miles de estudiantes surcoreanos pasan la mañana en la escuela, la tarde en academias privadas, las últimas horas del día haciendo tareas, viendo clases online o preparando la siguiente prueba. Eso no afecta igual a todos, ni todos viven exactamente el mismo horario, pero sí dibuja una estructura reconocible: jornadas larguísimas, falta de sueño, gasto privado disparado y una presión que va mucho más allá del aula. El problema ya no es solo cuánto estudian; el problema es qué coste personal, económico y mental está aceptando la sociedad surcoreana para sostener ese rendimiento.
Una jornada que empieza pronto y a veces no acaba nunca
En el imaginario internacional, el estudiante surcoreano aparece casi siempre con la misma estampa: uniforme, mochila, fluorescentes, biblioteca o academia, madrugada pegada a los párpados. No es un cliché inventado desde fuera. En Corea del Sur existe una verdadera segunda escuela paralela, formada por los hagwon, las academias privadas de refuerzo que preparan para subir nota, adelantar temario, perfeccionar inglés, blindar matemáticas o entrenar exámenes. Ahí se cocina una parte enorme del sistema real.
La jornada escolar formal suele arrancar por la mañana, pero en muchos casos el día académico empieza antes. Hay estudiantes que llegan temprano para estudiar, repasar o asistir a sesiones adicionales, y luego enlazan con las clases ordinarias. El problema llega después. Cuando termina la escuela, muchísimos alumnos no vuelven a casa para descansar, sino que entran en la siguiente fase: academias, tutorías, deberes, simulacros, más estudio. En Seúl existe desde hace años una restricción que fija las 10 de la noche como hora tope para los hagwon, pero en otras ciudades y provincias los horarios son más largos y pueden llegar a las 11 o incluso a medianoche. De modo que esa idea de estudiar hasta las doce no es una metáfora bonita ni un cuento alarmista: en varias zonas del país forma parte de la vida diaria.
Incluso donde el cierre llega antes, el día no acaba ahí. Muchos adolescentes siguen estudiando en casa, conectados a clases online, repasando exámenes o terminando tareas. Esa prolongación invisible es la que convierte el horario en algo mucho más duro de lo que parece sobre el papel. Una academia puede cerrar a las diez, sí, pero el cuerpo no se acuesta cuando baja la persiana. Se acuesta cuando termina la última ficha, la última lección grabada, la última vuelta a un problema de álgebra o a un texto en inglés. Y eso, repetido semana tras semana, acaba fabricando algo muy parecido a una jornada laboral extendida dentro de la adolescencia.
Ese engranaje no se limita a los cursos finales. La presión empieza mucho antes. En el área metropolitana de Seúl, por ejemplo, el negocio de la educación temprana en inglés ha crecido de una forma llamativa, con matrículas anuales altísimas en centros privados que funcionan casi como una antesala competitiva de la escuela primaria. La idea es conocida: empezar pronto para llegar mejor colocado. Lo que en otros países sería un refuerzo opcional, allí aparece a menudo como una inversión casi obligatoria, una especie de seguro preventivo contra la caída futura.
El examen que organiza una vida entera
En el centro de todo está el suneung, el examen nacional de acceso a la universidad, una prueba que en Corea del Sur sigue teniendo un peso simbólico y práctico enorme. No es solo una evaluación. Es el punto alrededor del cual se ordenan años de estudio, agendas familiares, calendarios de academias y una parte decisiva de la autoestima juvenil. Se ha contado muchas veces que el país se paraliza el día del examen, y no es una exageración retórica. La atención pública que concentra esa fecha explica bastante bien el tipo de sociedad educativa que Corea ha construido.
El mensaje que reciben muchos adolescentes es bastante claro desde muy pronto: una buena universidad sigue siendo una llave maestra. Abre acceso a empleos más estables, mejora la posición social, tranquiliza a las familias y funciona como señal de prestigio. No es el único camino, desde luego, pero sí continúa siendo el gran filtro cultural del país. Ahí se entiende la lógica que empuja a tantas familias a no aflojar. Si la universidad importa tanto, si el acceso es tan competitivo y si la diferencia entre entrar o no entrar en ciertos centros parece tan decisiva, entonces cada hora adicional de estudio se vende como una necesidad, no como un exceso.
Ese razonamiento produce una paradoja bastante cruel. Cada familia actúa como si no tuviera alternativa, y el resultado final es un sistema donde todos corren más sin que eso garantice una ventaja real para todos. Se invierte más tiempo, más dinero y más energía, pero la meta no se amplía. Solo se eleva el nivel de sufrimiento necesario para seguir compitiendo. Es una carrera de suma cero con estética meritocrática: el esfuerzo se celebra, aunque a veces funcione como una trituradora muy pulcra.
La consecuencia social es visible. La escuela pública mantiene su papel central, pero ya no monopoliza la formación real del alumno. La educación efectiva se reparte entre el centro, la academia, la tutoría y el trabajo personal nocturno. Esa duplicación, o incluso triplicación, del proceso educativo es la que convierte el estudio en una maratón diaria. No se trata de una semana difícil. Se trata de años enteros.
El dinero que entra por la puerta de las academias
Si había alguna duda sobre la dimensión del fenómeno, las cifras la despejan con bastante crudeza. En 2024, el gasto total en educación privada para estudiantes de primaria, secundaria y bachillerato alcanzó en Corea del Sur 29,2 billones de won, el nivel más alto registrado hasta la fecha. La participación también se movió en cifras enormes: ocho de cada diez estudiantes recibieron algún tipo de educación privada de pago. Y no, no fue un fenómeno concentrado solo en los cursos finales. En primaria el porcentaje fue todavía más alto, señal de que la ansiedad educativa empieza antes de que el alumno llegue a la adolescencia.
Los datos por etapas son reveladores. El gasto más grande se dio en educación primaria, por delante incluso del bachillerato, algo que dice muchísimo del clima competitivo instalado desde edades tempranas. También hubo una brecha territorial llamativa. Seúl encabezó con claridad el gasto medio por estudiante, muy por encima de otras regiones del país. Es decir, la presión es nacional, pero en la capital y su área de influencia adquiere una intensidad especial. No es casualidad. Allí se concentra buena parte del prestigio universitario, de las rentas más altas, de los mejores barrios académicos y del ecosistema de academias que vive de alimentar esa maquinaria.
En 2025 el gasto total bajó respecto al récord del año anterior, hasta 27,5 billones de won, en buena medida por la caída del número de estudiantes. Podría parecer un alivio, pero el detalle importante va por otra parte. El gasto mensual por alumno que sí participa en educación privada volvió a subir y marcó un nuevo máximo. Dicho de otro modo: el conjunto desciende porque hay menos alumnos, no porque el sistema se haya desinflado de verdad. De hecho, en bachillerato, quienes acudieron a educación privada siguieron moviéndose en cantidades mensuales muy elevadas. La presión económica no ha desaparecido. Se ha vuelto más selectiva y, para muchas familias, todavía más pesada.
Esa dimensión económica importa por una razón de fondo: convierte la competencia académica en desigualdad material. Cuanto mayor es la renta del hogar, mayor suele ser también la participación en educación privada y el gasto asociado. Eso significa que el sistema formalmente abierto convive con un mercado paralelo donde las familias con más recursos compran más tiempo docente, más especialización, más seguimiento y mejores opciones de corrección de errores. La meritocracia queda así atravesada por una realidad muy simple: no todos llegan a la carrera con el mismo equipaje.
Seúl, Gangnam y la geografía de la presión
Hablar de educación surcoreana sin hablar de Gangnam sería dejar fuera una pieza muy visible del tablero. El distrito del sur de Seúl, conocido internacionalmente por razones bastante más pop, funciona desde hace años como símbolo del hipermercado educativo coreano. Academias por todas partes, aulas de inglés, preparación matemática, entrenamiento para entrevistas, refuerzo desde edades tempranas, familias que eligen vivienda pensando en el acceso a ciertas zonas académicas. Gangnam es a la educación lo que Wall Street a las finanzas: un lugar real, pero también una metáfora del sistema.
Allí la competencia no se vive solo como una aspiración. Se vive como ambiente, como clima cotidiano. La calle misma habla de ello: carteles de academias, horarios, anuncios, pruebas diagnósticas, promesas de mejora, campus de fin de semana. El negocio se alimenta del miedo a perder posiciones y, al mismo tiempo, refuerza ese miedo. Es un círculo muy bien cerrado. Si el vecino invierte, si el compañero va, si el grupo entero se refuerza, quedarse fuera empieza a parecer irresponsable. La decisión individual, incluso cuando nace del agotamiento, termina subordinada a la lógica colectiva.
Dormir poco, rendir mucho, quebrarse en silencio
En Corea del Sur la falta de sueño adolescente ya no puede tratarse como un detalle colateral. Los datos más recientes son demasiado duros. Una encuesta difundida a comienzos de 2026 a partir de trabajo de campo realizado en 2024 mostró que casi la mitad de los estudiantes de bachillerato dormía menos de seis horas al día. El promedio quedaba en torno a las seis horas, muy por debajo de lo recomendable para esa edad. No es una privación ocasional antes de una prueba importante. Es un recorte estructural del descanso.
Lo más llamativo fue la explicación que daban los propios alumnos. La principal razón del sueño insuficiente era estudiar. En primer lugar aparecía el estudio en casa, incluidas tareas y clases online; después, la asistencia a academias y tutorías; y a continuación, las sesiones de estudio nocturno en la propia escuela. Esa secuencia retrata con bastante precisión cómo funciona el día académico en Corea del Sur: el tiempo escolar invade el tiempo doméstico y el descanso queda arrinconado al final, como si dormir fuera una actividad prescindible o, peor todavía, una molestia logística.
Cuando el sueño se convierte en la variable de ajuste, lo demás empieza a resentirse. Concentración, memoria, estado de ánimo, tolerancia al estrés, capacidad de aprender. Todo pasa factura. Y los datos sobre malestar emocional confirman que la factura ya está encima de la mesa. En esa misma radiografía reciente, un 30,5% de los estudiantes de bachillerato general declaró haber tenido pensamientos suicidas. Entre quienes reconocían esa situación, la razón más citada fue la presión por las notas y el estudio, por delante incluso de la ansiedad sobre el futuro. Además, casi una quinta parte de esos alumnos decía sentirse abiertamente infeliz, y otra vez el estudio aparecía como la causa principal.
No hace falta forzar mucho la interpretación. Cuando un sistema necesita que una parte tan grande del alumnado duerma menos de seis horas, y cuando el propio alumnado identifica las notas y la presión académica como el principal factor de su malestar, la discusión deja de ser abstracta. Ya no se trata de si el modelo es exigente. Se trata de si ha normalizado niveles de sufrimiento impropios de una sociedad desarrollada que presume, con razón, de su éxito educativo.
La salud mental ya no es un daño colateral
El debate sobre la salud mental juvenil en Corea del Sur se ha vuelto más intenso en los últimos años porque los indicadores están empeorando y porque el país arrastra desde hace tiempo una conversación incómoda con el estrés, la depresión y el suicidio. En 2025, un informe comparado de UNICEF situó a Corea del Sur en el grupo alto en desarrollo de habilidades, pero en la parte baja cuando se analiza la salud mental infantil y adolescente. La fotografía era muy elocuente: gran rendimiento, bienestar más débil.
Eso no significa que toda la crisis mental juvenil surcoreana se explique por la escuela. Sería demasiado simple. También pesan la incertidumbre laboral, la presión social, la vida urbana intensiva, la soledad, el entorno digital y una cultura del éxito muy rígida. Pero el sistema educativo está en el núcleo del problema por una razón obvia: organiza el tiempo, distribuye el prestigio, marca la autoestima y define una parte central del valor social del adolescente. No es un factor más. Es el escenario donde muchos de esos malestares se condensan.
El discurso oficial lleva tiempo intentando corregir algunos excesos. Ha habido campañas para reducir la dependencia de las academias, medidas contra las llamadas “killer questions” en los exámenes, intentos de aliviar la carga y debates sobre el horario de los hagwon. Aun así, el mercado privado sigue vivo, grande y rentable. Y eso revela hasta qué punto el problema no está solo en una norma concreta, sino en una estructura social entera que sigue premiando la hipercompetencia.
Un sistema que ensancha la brecha social
La idea de que estudiar mucho garantiza ascenso social tiene una historia muy poderosa en Corea del Sur. Durante décadas funcionó como uno de los motores del desarrollo nacional. El país creció, se modernizó y construyó una imagen de movilidad basada en el esfuerzo educativo. Pero con el tiempo esa promesa se ha ido torciendo. El esfuerzo sigue importando, claro, pero el dinero también, y cada vez de forma más visible.
Cuando la educación privada se vuelve casi universal, deja de ser un extra y pasa a ser una infraestructura informal de acceso al futuro. En ese punto, no acudir a academias no equivale a renunciar a un lujo, sino a prescindir de algo que el resto percibe como casi imprescindible. Ahí aparece el problema distributivo. Las familias con más renta pueden pagar academias mejores, más horas, profesores más cotizados o refuerzo desde edades más tempranas. Las familias con menos renta observan cómo el ascensor meritocrático tiene peajes crecientes.
La desigualdad no solo es económica. También es territorial. Seúl y su cinturón metropolitano concentran buena parte del mejor acceso a academias, programas de élite y servicios educativos de refuerzo. En la práctica, eso alimenta un mapa de oportunidades asimétrico dentro del propio país. Corea del Sur sigue siendo, en muchos sentidos, un sistema extraordinariamente ordenado y eficiente. Pero debajo de esa eficiencia se mueve una ansiedad distributiva muy real: quién puede pagar el refuerzo, quién puede vivir en cierta zona, quién puede empezar antes, quién puede sostener el ritmo.
El resultado es que la educación, que en teoría debía funcionar como corrector social, corre el riesgo de reproducir diferencias. No de manera mecánica, no sin excepciones, no sin movilidad real todavía. Pero sí cada vez con más fricciones. Y eso explica por qué la conversación pública coreana sobre academias ya no se limita al cansancio infantil o juvenil. También habla de costes familiares, de desigualdad y de un modelo que obliga a pagar dos veces por la promesa educativa: una vez vía sistema general y otra vez vía mercado privado.
El país que estudia demasiado
Corea del Sur no necesita renunciar a su exigencia para reconocer que ha cruzado ciertas líneas. El problema no es que valore la educación. Eso sería ridículo. El problema es que ha terminado aceptando como razonable una combinación de horarios larguísimos, academias omnipresentes, sueño insuficiente, gasto privado desbordado y deterioro emocional entre adolescentes. Ahí está el núcleo real de esta historia.
La noticia que ha vuelto a poner el foco en los estudiantes surcoreanos no se entiende bien si se reduce a una simple escena de chicos saliendo tarde de clase. Va mucho más allá. Habla de un país que sigue invirtiendo enormes cantidades en educación privada incluso cuando caen los nacimientos y desciende la población escolar. Habla de adolescentes que duermen poco porque estudiar ocupa ya casi todo. Habla de una capital, Seúl, donde la competencia educativa marca barrios, precios, rutinas y expectativas. Y habla de un modelo que logra resultados admirables mientras deja demasiados rastros de cansancio en quienes lo sostienen.
No es casualidad que el debate se haya vuelto más áspero. Ya no basta con celebrar los buenos resultados en pruebas internacionales o la disciplina académica. La pregunta incómoda es cuánto dolor silencioso cabe dentro de un sistema exitoso antes de que ese éxito empiece a parecer otra cosa. Corea del Sur sigue siendo una referencia mundial en rendimiento. También empieza a ser una advertencia muy seria sobre el precio de estudiar sin pausa, dormir poco y convertir cada curso en un filtro existencial.
Bajo esa luz, la imagen de adolescentes enlazando colegio, academia y estudio nocturno deja de ser una postal impactante para convertirse en un diagnóstico. Corea del Sur no solo estudia mucho: estudia demasiado, y lo está pagando con dinero, con descanso y con salud mental. Esa es la parte esencial de la noticia. Y esa, precisamente, es la que cuesta más corregir.

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