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¿Qué cambia en Hebrón con el control israelí de la mezquita Ibrahimi?
Israel cambia el equilibrio en Hebrón al asumir competencias urbanísticas sobre la mezquita Ibrahimi y su entorno político y religioso clave.

Resumen
- Israel asume competencias urbanísticas en la zona H2 de Hebrón
- El cambio afecta a la mezquita Ibrahimi y limita al municipio palestino
- La medida puede facilitar obras para colonos y agravar la anexión de hecho
Israel ha retirado a la municipalidad palestina de Hebrón las competencias de planificación, zonificación y construcción en partes de la zona H2, incluido el entorno de la mezquita Ibrahimi, conocida por los judíos como la Tumba de los Patriarcas o Cueva de los Patriarcas. La medida no representa una nueva conquista militar del edificio: Israel ya ejercía el control de seguridad en ese sector. Lo que cambia es quién puede aprobar obras, infraestructuras, ampliaciones y modificaciones en uno de los espacios religiosos y políticos más delicados de Cisjordania.
El alcance, pese a su envoltorio administrativo, es considerable. En Hebrón, un permiso de construcción rara vez es solo un papel sellado; puede modificar el equilibrio entre palestinos y colonos, alterar accesos o consolidar una presencia territorial. El ministro israelí de Finanzas, Bezalel Smotrich, presentó la decisión como un avance de la soberanía israelí, mientras el Gobierno palestino la denunció como una ruptura del Acuerdo de Hebrón de 1997.
El anuncio ha sido descrito con frecuencia como la toma de control de la mezquita. La fórmula capta su dimensión política, pero necesita una precisión: la decisión conocida afecta sobre todo al poder urbanístico y administrativo, no equivale por sí sola a la desaparición inmediata del culto musulmán ni demuestra que todas las funciones religiosas hayan pasado a manos israelíes. Aun así, separar urbanismo, seguridad y religión en Hebrón es casi un ejercicio de ficción. Quien decide qué se construye, por dónde se entra o qué infraestructura se instala condiciona también la vida cotidiana del santuario.
Israel cambia las reglas sin mover una frontera
Smotrich anunció que había dejado sin efecto las disposiciones del acuerdo de 1997 que mantenían en manos de la municipalidad palestina determinadas facultades civiles en H2. Las competencias pasan a instituciones israelíes vinculadas a la administración de Cisjordania, territorio ocupado por Israel desde 1967 y reclamado por los palestinos para formar parte de su futuro Estado.
El Ministerio de Exteriores israelí introdujo después un matiz importante. Según su versión, el acuerdo no ha sido abolido en su totalidad; la modificación se limita a la planificación y la construcción relacionadas con los asentamientos judíos y los lugares santos judíos. También acusó al Ayuntamiento de Hebrón de falta de cooperación. Smotrich, en cambio, utilizó un lenguaje bastante menos quirúrgico y habló de haber liquidado partes sustanciales del pacto. La burocracia decía una cosa; la política, con el megáfono encendido, decía otra.
La tinta tardó poco en convertirse en hormigón. Un día después se aprobó la ampliación, en unos 1.000 metros cuadrados, de una escuela de colonos situada en el centro histórico. Hasta ese cambio, proyectos de esa naturaleza requerían normalmente el visto bueno municipal palestino. La autorización funciona como una primera fotografía de lo que puede venir: las decisiones que antes necesitaban algún grado de consentimiento palestino podrán avanzar desde estructuras israelíes.
El Acuerdo de Hebrón que queda tocado
El Protocolo de Hebrón fue firmado en enero de 1997 por Israel y la Organización para la Liberación de Palestina, dentro del proceso abierto por los Acuerdos de Oslo. Dividió una ciudad que no admite divisiones sencillas. El sector H1, cerca del 80% del municipio, quedó bajo administración palestina; H2, donde se encuentran el casco antiguo, los enclaves de colonos y el santuario, permaneció bajo control militar israelí.
El diseño era un mecanismo de relojería con piezas de dos administraciones. Israel conservaba la seguridad y orden público en H2, mientras la municipalidad palestina mantenía diversas responsabilidades civiles, entre ellas parte de la planificación urbana, la concesión de permisos y el desarrollo de infraestructuras. El sistema era incómodo, lento y fuente continua de disputas, pero expresaba una idea central de Oslo: incluso bajo control de seguridad israelí, los palestinos conservaban determinadas capacidades de gobierno local.
H1 y H2, una ciudad administrada por capas
En H2 viven decenas de miles de palestinos junto a una comunidad de colonos israelíes mucho menor, protegida por el Ejército. Calles, comercios, viviendas y lugares de culto se encuentran sometidos a reglas distintas según la identidad del residente, el tramo urbano y las disposiciones de seguridad. Una puerta puede estar abierta para unos y cerrada para otros. Una calle cambia de régimen unos metros más allá. Hebrón es una ciudad, sí, pero también un mapa de excepciones.
La retirada de las competencias municipales erosiona esa arquitectura compartida. No elimina formalmente todas las cláusulas de 1997, pero sí debilita uno de sus principios: que la administración civil palestina conservaría cierta presencia incluso en la parte de la ciudad dominada militarmente por Israel. En términos jurídicos puede presentarse como una modificación sectorial. Sobre el terreno se parece más a arrancar una pieza de un puente y asegurar que el puente continúa intacto.
Por qué este recinto concentra tanta tensión
La mezquita Ibrahimi se levanta sobre el lugar donde, según las tradiciones religiosas, están enterrados Abraham, Isaac y Jacob y varios miembros de sus familias. Para los musulmanes es el santuario de Ibrahim; para los judíos, la Cueva de los Patriarcas. También posee una profunda significación para el cristianismo. El edificio no es simplemente una mezquita ni solamente una sinagoga: es un recinto compartido, dividido y disputado, cargado con siglos de devoción y décadas de conflicto contemporáneo.
El casco antiguo de Hebrón, organizado alrededor del santuario, figura en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco como sitio palestino. Esa consideración cultural añade otra capa al conflicto. Cualquier obra, modificación arquitectónica o cambio de uso puede afectar no solo a las relaciones entre israelíes y palestinos, sino también a la conservación de un conjunto histórico de valor excepcional.
La herida más profunda de la historia reciente se abrió en febrero de 1994, cuando el colono israelí Baruch Goldstein disparó contra fieles musulmanes durante la oración y mató a 29 personas. Después de la matanza, el complejo quedó dividido en espacios separados para el culto musulmán y judío, se multiplicaron los controles y el acceso pasó a depender de estrictas medidas de seguridad. Desde entonces, cada modificación del recinto llega con un eco. A veces, con varios.
Qué puede cambiar en la práctica
La transferencia permite que Israel tenga la última palabra sobre permisos de obra, zonificación e infraestructuras en las áreas afectadas. Esto puede facilitar la ampliación de edificios para colonos, la construcción de equipamientos, la instalación de elementos de seguridad o accesibilidad y las intervenciones en los alrededores del complejo sin la autorización de la municipalidad palestina.
No significa necesariamente que vayan a producirse de inmediato cambios físicos dentro de las salas de oración. Tampoco implica, con la información disponible, la prohibición automática del culto musulmán. El efecto más tangible es otro: las autoridades palestinas pierden la capacidad de aprobar, frenar o negociar proyectos que afecten al santuario y a su entorno. El control urbanístico no es la propiedad religiosa, pero puede determinar cómo se usa un lugar, quién llega hasta él y qué presencia institucional se consolida alrededor.
La expansión de la escuela de colonos ofrece un ejemplo concreto. Para los dirigentes israelíes de la zona es una forma de normalizar y aumentar la comunidad judía en el corazón de Hebrón. Para los palestinos representa una nueva presión sobre barrios donde la movilidad y la actividad comercial llevan años condicionadas por puestos militares, cierres, restricciones y dificultades para rehabilitar viviendas.
También existe un riesgo de fricción sobre el mantenimiento del recinto. Reparar un muro, modificar un acceso, instalar un ascensor o renovar un sistema eléctrico puede parecer una cuestión técnica. Allí no lo es. Las intervenciones anteriores han provocado protestas palestinas por considerar que alteraban la identidad histórica y religiosa del lugar. Con el nuevo reparto de poderes, la municipalidad tendrá menos instrumentos para intervenir en esas decisiones.
De la planificación a la anexión de hecho
Smotrich no oculta el marco político de su actuación. Ha defendido la extensión de la soberanía israelí sobre Cisjordania y rechaza la creación de un Estado palestino. Al presentar la transferencia de poderes habló de gobernanza y soberanía práctica. Dicho de otra manera: no hace falta dibujar una frontera nueva cuando se pueden trasladar, una a una, las competencias que definen quién gobierna.
La anexión de hecho funciona así. No requiere necesariamente una proclamación solemne ni una ceremonia con banderas. Avanza cuando las instituciones civiles israelíes sustituyen a las palestinas en tareas de planificación, registro, inspección o autorización. El territorio mantiene sobre el papel un estatus provisional, pero su administración se integra gradualmente en el sistema israelí.
Los responsables palestinos consideran que la decisión viola los acuerdos firmados y pretende acelerar la expansión de los asentamientos. Activistas de Hebrón temen que el crecimiento de las áreas de colonos y la pérdida de servicios municipales hagan más difícil la vida de los residentes palestinos y terminen empujando a algunas familias a abandonar sus hogares.
Los representantes de los colonos interpretan la medida de forma opuesta. La celebran como la eliminación de un obstáculo municipal y una oportunidad para ampliar la presencia judía en la ciudad. Israel sostiene que los judíos mantienen vínculos históricos y religiosos milenarios con Hebrón y rechaza que Cisjordania deba tratarse únicamente como territorio palestino ocupado. La mayor parte de la comunidad internacional, sin embargo, considera ilegales los asentamientos israelíes levantados en los territorios ocupados.
Estados Unidos reiteró su oposición a la anexión de Cisjordania tras el anuncio. La reacción muestra que la decisión, aunque presentada como una cuestión de planificación local, se lee fuera de Israel como parte de una transformación más amplia. Oslo no está siendo cancelado en una tarde, con una firma grande al pie de una página. Se va vaciando por habitaciones.
Hebrón, el lugar donde un permiso dibuja el mapa
El cambio anunciado por Israel no entrega de repente todas las llaves religiosas de la mezquita Ibrahimi ni modifica por sí mismo cada norma de acceso al santuario. Hace algo menos espectacular y, posiblemente, más duradero: desplaza el poder civil sobre el espacio desde la municipalidad palestina hacia organismos israelíes.
Su importancia dependerá de cómo se utilicen esas nuevas facultades. Las próximas autorizaciones de obras, las intervenciones dentro y alrededor del recinto, la ampliación de las zonas residenciales de colonos y cualquier alteración de los accesos mostrarán hasta dónde llega la medida. La escuela aprobada inmediatamente después indica que no se trata de una declaración ornamental.
Hebrón condensa el conflicto en unas pocas calles de piedra clara: fe, memoria, seguridad, asentamientos y soberanía se rozan hasta producir chispas. Allí, una licencia urbanística puede tener más peso que un discurso diplomático. Y el aparente tecnicismo de cambiar quién firma un permiso termina respondiendo a la cuestión esencial: quién decide el futuro de la ciudad.

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