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Historia

¿Cómo usaban el fuego los primeros humanos hace 1,8 millones de años?

Una cueva sudafricana revela que los primeros humanos llevaron fuego a la oscuridad hace casi 1,8 millones de años y cambiaron para siempre.

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Cómo usaban el fuego los humanos

La evidencia más sólida hallada hasta el momento sitúa el uso intencionado del fuego por nuestros antepasados entre hace 1,07 y 1,8 millones de años. No demuestra que aquellos homininos supieran encender una llama a voluntad, pero sí que probablemente recogían fuego de incendios naturales, lo transportaban hasta el interior de una cueva y trataban de mantenerlo activo. Para una humanidad que todavía tallaba sus primeras grandes hachas de piedra, aquello no era precisamente un detalle doméstico.

El hallazgo procede de la cueva de Wonderwerk, en Sudáfrica, donde un equipo internacional ha identificado pequeños huesos de animales quemados a unos 30 metros de la entrada. La profundidad importa, y mucho: las llamas de un incendio de la sabana difícilmente habrían avanzado por sí solas hasta aquel punto oscuro. Los restos aparecen, además, concentrados en varias zonas y en niveles separados por decenas de miles de años. No parece una chispa caprichosa de la naturaleza, sino una conducta repetida.

La investigación modifica la cronología de una de las relaciones más decisivas de la evolución humana. Dominar el fuego permitió después cocinar, calentarse, iluminar la noche, protegerse de los depredadores y transformar materiales. Pero antes de ese repertorio casi industrial tuvo que existir un comienzo más humilde: una rama ardiente recogida en el exterior, trasladada con cautela y depositada donde la oscuridad era completa.

La evidencia que lleva el fuego hasta hace 1,8 millones de años

Wonderwerk no es una cueva cualquiera. Se abre en una formación de dolomía de la provincia sudafricana del Cabo Septentrional, unos 60 kilómetros al sur de Kuruman, y conserva una secuencia arqueológica que cubre casi dos millones de años de ocupación humana. Sus depósitos funcionan como un libro gigantesco enterrado bajo arena, polvo, huesos y piedra tallada. Algunas páginas están arrugadas, claro, pero no fueron arrastradas desde otro lugar, algo decisivo para interpretar lo ocurrido.

En yacimientos tan antiguos, demostrar la presencia de fuego suele ser una pesadilla. Un hueso negro puede haber ardido, pero también puede haber quedado teñido por óxidos de manganeso. Una pieza blanca quizá se calcinó a gran temperatura o simplemente cambió durante la fosilización. El color del hueso, por sí solo, engaña. La prehistoria está llena de objetos que parecían una cosa hasta que el laboratorio, poco dado a las leyendas, dijo otra.

El nuevo trabajo estudió 161 huesos fósiles de pequeños animales recuperados en el estrato 10 y el estrato 11 de Wonderwerk. A ellos se añadieron restos de comparación procedentes de un yacimiento prehistórico de Lleida y huesos modernos quemados experimentalmente, hasta reunir 187 muestras. Los investigadores combinaron la espectroscopia infrarroja, conocida como FTIR, con un método óptico basado en la luminiscencia.

Los resultados más llamativos llegaron del estrato 11, el más antiguo de los dos. Los 32 huesos blancos y grises examinados mediante las dos técnicas mostraron señales compatibles con una exposición intensa al calor. En determinadas cuadrículas de excavación, todos los restos analizados estaban quemados. No aparecían esparcidos de manera uniforme, como cabría esperar de una alteración química general del sedimento, sino agrupados en focos de combustión.

La datación de ese nivel no ofrece un día y una hora —la geología todavía no emite certificados con sello—, sino una horquilla amplia. El estrato se formó durante un periodo de inversión magnética situado entre hace 1,07 y 1,79 millones de años. Su posición, cercana al límite inferior de ese intervalo, junto con las dataciones geológicas, la fauna y la industria lítica, permite considerar plausible una antigüedad próxima a 1,8 millones de años. Plausible y bien apoyada; exacta al milímetro, no.

Wonderwerk ya había proporcionado pruebas muy convincentes de fuego de hace aproximadamente un millón de años. En el estrato 10 se encontraron cenizas vegetales microscópicas, sedimentos calentados, fragmentos óseos quemados y herramientas de piedra alteradas por el calor. La nueva investigación confirma aquel episodio con una muestra mayor y, sobre todo, localiza combustiones en una capa mucho más profunda.

El salto cronológico es considerable. Hasta ahora, las evidencias más robustas de un uso recurrente y organizado del fuego se concentraban alrededor de hace un millón de años en África y de unos 800.000 años en lugares como Gesher Benot Ya’aqov, en el actual Israel. Wonderwerk lleva la asociación entre homininos y llamas varios cientos de miles de años hacia atrás. Sin necesidad de imaginar una hoguera perfectamente delimitada ni una reunión familiar alrededor de un estofado.

Una cueva donde el incendio natural no encaja

El argumento central no depende únicamente de que los huesos estén quemados. Depende de dónde estaban, cómo se distribuyen y qué otros materiales los acompañaban. Durante el Pleistoceno temprano, la zona excavada se encontraba al menos a 30 metros de la entrada. Allí no llegaba la lluvia, apenas entraba luz y un incendio exterior no podía penetrar fácilmente sin que alguien transportara material encendido.

La posibilidad de que los restos ardieran fuera de la cueva y fueran arrastrados después tampoco encaja bien. Los estudios del terreno no han detectado movimientos capaces de introducir en esos niveles conjuntos de huesos, artefactos y sedimentos procedentes del exterior. Las piezas aparecen en su contexto original, asociadas a herramientas de piedra achelenses y a restos de grandes animales.

Las combustiones tampoco forman una única mancha. En el estrato 11 se identificaron dos concentraciones especialmente intensas separadas por unos cinco metros. El estrato 10 se encuentra unos 80 centímetros más arriba y corresponde a una fase muy posterior. Entre ambas capas transcurrieron decenas de miles de años. La repetición sugiere que llevar fuego al interior no fue el gesto aislado de un individuo particularmente inspirado, sino una práctica recurrente.

El término uso controlado exige, aun así, cierta prudencia. Controlar una llama puede significar muchas cosas: conservar una rama encendida, alimentar un fuego ya existente, trasladarlo hasta un refugio, limitar su propagación o producirlo desde cero. El estudio demuestra con bastante firmeza las primeras conductas, pero no la última. No se ha encontrado un mechero achelense, por decirlo sin solemnidad.

La hipótesis planteada por los investigadores es que los homininos aprovechaban incendios naturales de la sabana africana. África ha sido históricamente un continente marcado por el fuego estacional, provocado por rayos y favorecido por grandes extensiones de hierba seca. Conseguir una rama ardiente tras uno de esos incendios no requería saber generar una chispa, pero sí reconocer su utilidad, acercarse sin quemarse, transportarla y evitar que se apagara demasiado pronto.

Aquella diferencia es enorme. Muchos animales se benefician de los paisajes recién quemados y algunas especies se aproximan a los incendios para buscar alimento. Los humanos tempranos habrían dado un paso más: sacar la llama de su contexto natural y llevarla hasta un espacio elegido. La naturaleza proporcionaba el fuego; ellos decidían dónde colocarlo.

Los huesos de búho que terminaron bajo las llamas

La parte más curiosa del hallazgo está protagonizada por animales que nunca fueron la cena de aquellos homininos. Durante cientos de miles de años, distintas rapaces nocturnas, sobre todo lechuzas, utilizaron Wonderwerk como refugio. Tras devorar pequeños roedores, insectívoros y otros micromamíferos, regurgitaban egagrópilas formadas por pelo, huesos, plumas y tejidos no digeridos.

Esas masas se acumulaban sobre el suelo hasta formar una especie de alfombra orgánica. No hace falta mucha imaginación para visualizarla: polvo fino, mechones secos, pequeños esqueletos, olor animal y una oscuridad espesa. Era un material bastante inflamable. Al depositar una rama encendida o unas brasas encima, el pelo y los restos secos podían prolongar la combustión.

Esto explicaría por qué el fuego dejó señales intensas en grupos de huesos diminutos y, sin embargo, no se extendió uniformemente por toda la cueva. Las llamas prendían en determinados montones de egagrópilas y se extinguían al consumir el combustible disponible. Cada concentración quemada actuaría como la huella fósil de uno de esos episodios.

La procedencia de los huesos refuerza el argumento. Al no ser residuos alimentarios humanos, resulta menos probable que fueran quemados durante el cocinado o arrojados a un fuego tras comer. Estaban allí antes de que llegara la llama. La combustión afectó al propio suelo de ocupación, no solo a desperdicios manipulados.

El fuego pudo mantenerse durante un tiempo sobre aquel sustrato, aunque el estudio no permite calcular cuánto. Quizá unos minutos; quizá horas. Tampoco sabemos si los ocupantes lo alimentaban con madera o si simplemente depositaban las ramas sobre las egagrópilas y aprovechaban la luz hasta que se apagaba. La arqueología puede detectar temperaturas superiores a 500 grados en un hueso de ratón de hace más de un millón de años, pero no reconstruir cada movimiento de la escena. Hay límites. Conviene no enfadarse con ellos.

La luz roja que delata una combustión antigua

La gran aportación del estudio no reside solo en la fecha. También presenta una técnica rápida y no destructiva para reconocer huesos quemados. El método deriva de procedimientos utilizados en ciencias forenses y se basa en la respuesta de los materiales ante una fuente de luz azul de 455 nanómetros.

Los restos se observan en oscuridad mediante un filtro que bloquea las longitudes de onda cortas. Cuando un hueso ha sufrido determinadas transformaciones por el calor, absorbe la luz azul y emite otra de mayor longitud de onda. Bajo el filtro adecuado, el fósil quemado brilla con un tono rojizo. Los huesos que no han ardido permanecen apagados o muestran una respuesta mucho más débil.

La imagen tiene algo de novela policiaca: fragmentos minúsculos guardados durante décadas en colecciones arqueológicas que, al recibir un haz azul, revelan una combustión antigua ocurrida en el amanecer de la humanidad. Pero el efecto visual no basta. Los investigadores lo comprobaron con FTIR, una técnica capaz de detectar los cambios cristalinos que experimenta el mineral del hueso cuando supera aproximadamente los 537 grados.

La combinación reduce el riesgo de falsos positivos. La fluoración, las manchas minerales y otros procesos ocurridos durante la fosilización pueden alterar el color de los restos fósiles, pero no producen exactamente la misma respuesta óptica y molecular que una combustión. En los huesos blancos y grises del estrato 11, ambos métodos coincidieron plenamente.

La luminiscencia tiene otra ventaja: permite examinar muchas muestras simultáneamente sin cortarlas, triturarlas ni extraer material. Basta con iluminarlas y observarlas con el filtro correspondiente. La FTIR es más lenta y exige analizar los fragmentos uno a uno. Utilizadas conjuntamente, una sirve para rastrear grandes colecciones y la otra para confirmar los resultados.

El procedimiento podría cambiar la investigación de otros yacimientos antiguos. En muchas instituciones existen cajas enteras de huesos cuyo color fue descrito hace décadas, pero que nunca se analizaron con técnicas modernas. Algunos restos descartados como manchas minerales podrían resultar quemados; otros, considerados carbonizados a simple vista, quizá no lo sean. El fuego más antiguo puede estar esperando en un almacén, etiquetado con lápiz y cubierto por una capa de polvo administrativo.

Dos estratos, varios episodios y una cronología enorme

Los estratos 10 y 11 pertenecen a momentos distintos del Achelense temprano, una tradición tecnológica caracterizada por la fabricación de grandes herramientas de piedra, entre ellas bifaces y hachas de mano. En el nivel inferior aparecen algunos de los primeros ejemplares toscos de Wonderwerk; en los superiores, su producción se vuelve más regular y refinada.

La asociación entre piedra tallada y restos quemados permite relacionar las combustiones con la presencia de homininos. Los investigadores consideran que el candidato más probable es Homo erectus, una especie o conjunto de poblaciones humanas con una anatomía corporal más cercana a la nuestra que la de homininos anteriores, capaz de recorrer grandes distancias y vinculada a la primera expansión humana fuera de África.

No se han encontrado huesos de Homo erectus junto a cada foco, de modo que la atribución no es una identificación directa. Es una inferencia basada en la edad, la industria lítica y el conocimiento disponible sobre las poblaciones que habitaban la región. Hablar de Homo erectus es razonable; presentarlo como si hubiera dejado su carné junto a las brasas, bastante menos.

La amplitud cronológica del estrato 11 también obliga a contener el entusiasmo. La capa se sitúa entre hace 1,07 y 1,79 millones de años, aunque varios indicadores apuntan hacia la parte más antigua del intervalo. Para afirmar sin reservas que el episodio ocurrió exactamente hace 1,8 millones de años haría falta afinar la datación. La noticia no se derrumba por ello, pero cambia el verbo: las pruebas sugieren, respaldan, sitúan probablemente. No certifican una fecha redonda.

El estudio tampoco identifica hogares construidos, círculos de piedra o superficies preparadas. Los focos parecen modestos, irregulares y oportunistas. Esa aparente precariedad resulta coherente con una fase inicial de la relación humana con las llamas. Antes de la chimenea vino la rama encendida; antes del horno, el parche de pelo seco que ardía sobre el suelo.

Usar fuego no equivale a saber encenderlo

La distinción entre aprovechar, mantener y producir fuego atraviesa todo el debate. Un grupo puede conservar llamas durante horas o días y depender, al mismo tiempo, de los incendios naturales para obtenerlas. Saber encenderlo mediante fricción, percusión o alguna técnica equivalente exige conocimientos específicos y herramientas que no han dejado rastro en Wonderwerk.

El nuevo hallazgo apunta a un fuego oportunista pero recurrente. Los homininos no serían meros espectadores de las llamas. Las recogían, las desplazaban y las introducían en un lugar oscuro. Después, probablemente, aprovechaban el combustible acumulado en el suelo para prolongarlas hasta que se extinguían. No hay pruebas de que pudieran reavivarlas una vez apagadas ni de que mantuvieran fuegos permanentes entre un incendio natural y el siguiente.

Tampoco existen evidencias de cocina en estas capas. Los huesos analizados pertenecen mayoritariamente a pequeños animales capturados por rapaces, no a presas asadas por humanos. No se han documentado estructuras culinarias ni patrones inequívocos que permitan hablar de cocinado sistemático mediante calor.

Esto es importante porque el origen del cocinado ocupa un lugar central en las teorías sobre la evolución humana. Calentar los alimentos facilita la masticación, mejora el acceso a determinados nutrientes, elimina patógenos y permite aprovechar productos vegetales o animales difíciles de digerir en crudo. Algunos modelos relacionan ese cambio con el aumento del cerebro y la reducción del aparato digestivo. Wonderwerk no confirma esa historia. Aporta un capítulo anterior: la familiaridad con el fuego antes de su completa domesticación.

Incluso sin cocinar, una llama dentro de la cueva tenía muchas utilidades. Proporcionaba luz, calor y cierta protección frente a depredadores. Permitía adentrarse en espacios antes inaccesibles, prolongar la actividad tras la puesta de sol y modificar la manera de ocupar un refugio. El interior de Wonderwerk dejaba de ser una boca negra reservada a búhos y animales para convertirse, aunque fuera durante un rato, en territorio humano.

La luz pudo alterar también la vida social. Una llama concentra cuerpos y miradas, crea un centro visible y prolonga el tiempo compartido. Sería tentador situar alrededor de esos focos las primeras historias, planes de caza o disputas familiares, porque incluso el Pleistoceno debió de tener sus tardes complicadas. No hay pruebas de nada de eso. Sí existe, en cambio, la posibilidad razonable de que el fuego ampliara las horas de interacción y transformara la percepción del espacio.

También pudo ayudar a mantener alejadas hienas, felinos y otros competidores. No garantizaba una seguridad absoluta —los animales no leen manuales de comportamiento—, pero una llama, el humo y el olor de la combustión habrían hecho menos atractivo el refugio para muchos visitantes. En una cueva profunda, ese margen de seguridad podía decidir quién descansaba y quién terminaba convertido en alimento.

El manejo del fuego favoreció después la expansión humana hacia climas fríos, la transformación de materias primas, el endurecimiento de puntas de madera, la producción de adhesivos y, mucho más tarde, la cerámica y metales. Nada permite atribuir semejante repertorio a los ocupantes de Wonderwerk. Su logro era más elemental y, quizá por eso, más decisivo: habían empezado a separar el fuego del incendio.

La primera llama que entró en la oscuridad

La cueva de Wonderwerk ofrece la mejor evidencia conocida de que algunos homininos introducían fuego en espacios ocupados hace entre 1,07 y 1,79 millones de años, probablemente cerca del extremo antiguo de esa horquilla. Los pequeños huesos calcinados, su concentración en puntos concretos, la profundidad de la cavidad y la repetición en niveles distintos forman un conjunto difícil de explicar mediante causas naturales.

El descubrimiento no demuestra que Homo erectus supiera producir llamas, ni que cocinara de manera habitual, ni que construyera hogares como los de épocas posteriores. Habla de una relación todavía frágil con el fuego, dependiente de la naturaleza. Había que encontrarlo fuera, acercarse, tomarlo y llevarlo a salvo hasta la oscuridad. Luego mantenerlo. Parece sencillo desde una cocina con encendido eléctrico; en la sabana del Pleistoceno temprano era tecnología punta.

La novedad más profunda quizá esté en ese gesto de transporte. Una rama ardiente deja de ser parte de un incendio y se convierte en una herramienta. La llama ya no manda del todo: alguien decide su destino, la mueve unos metros, la deposita sobre un combustible y obtiene luz en la oscuridad en un lugar donde antes solo había sombra.

Falta precisar la edad del estrato, aplicar la nueva técnica a más restos y comprobar si aparecen patrones parecidos en otros yacimientos africanos. También habrá discusión sobre el grado de intencionalidad y sobre la identidad exacta de aquellos ocupantes. Es lo normal. La ciencia no avanza colocando titulares sobre piedra, sino sometiendo cada interpretación arqueológica a nuevas pruebas.

Por ahora, la escena que emerge de Wonderwerk es sobria y poderosa. En el fondo de una larga cueva sudafricana, sobre un suelo cubierto de pelo, plumas y huesecillos de roedor, alguien dejó una llama. Se apagó hace casi 1,8 millones de años. Su rastro, diminuto y rojizo bajo una luz azul, todavía estaba allí.

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