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Historia

¿Cómo la batalla de Navarino hundió la flota otomana y liberó Grecia?

Navarino hundió la flota otomana y cambió la guerra de Grecia: una batalla naval decisiva que abrió el camino hacia la independencia griega.

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La batalla de Navarino

La batalla de Navarino, librada el 20 de octubre de 1827 frente a la costa occidental del Peloponeso, destruyó buena parte de la flota otomano-egipcia y cambió el curso de la guerra de independencia de Grecia. Gran Bretaña, Francia y Rusia entraron en la bahía con la intención declarada de imponer un armisticio. Salieron de allí después de una batalla devastadora que dejó al Imperio otomano sin la fuerza naval necesaria para sostener con la misma eficacia su campaña en territorio griego.

Aquella victoria no convirtió a Grecia en un Estado independiente de un plumazo, aunque a veces se cuente así porque la historia agradece los finales limpios. Navarino hizo que la supervivencia de la revolución griega fuese mucho más probable y alteró el equilibrio diplomático en el Mediterráneo oriental; el reconocimiento formal de la independencia llegaría después, primero con los acuerdos internacionales de 1830 y finalmente con la configuración del nuevo reino griego en 1832.

Navarino fue una batalla que, en teoría, nadie buscaba

Para comprender por qué una flota británica, francesa y rusa terminó disparando contra barcos del Imperio otomano hay que volver a una Europa empeñada en defender el equilibrio entre potencias mientras simpatizaba, cada una a su manera y por motivos bastante menos románticos de lo que suelen sugerir los cuadros de época, con la rebelión griega.

La guerra de independencia griega había comenzado en 1821. Después de años de combates, represalias, matanzas y cambios de fortuna, el movimiento independentista se encontraba en una situación delicada. La intervención de las fuerzas egipcias de Ibrahim Bajá, hijo de Mehmet Alí, había proporcionado al sultán un instrumento militar especialmente eficaz para intentar recuperar el control del Peloponeso.

La cuestión griega, entretanto, había dejado de ser un asunto exclusivamente otomano. Rusia tenía intereses religiosos y estratégicos en la región; Francia aspiraba a conservar su influencia mediterránea, y Gran Bretaña contemplaba con habitual mezcla de cálculo y desconfianza cualquier movimiento capaz de modificar el tablero entre el Mediterráneo y el mar Negro.

El resultado fue el Tratado de Londres del 6 de julio de 1827, firmado por británicos, franceses y rusos. Las tres potencias pretendían imponer un armisticio y planteaban inicialmente una Grecia autónoma, todavía vinculada al Imperio otomano. Los griegos aceptaron la mediación. Constantinopla, no. Las escuadras aliadas recibieron entonces instrucciones para impedir que continuasen llegando refuerzos y suministros a las fuerzas que combatían la insurrección.

Y ahí comenzó esa clase de operación militar que los gobiernos describen cuidadosamente como presión diplomática hasta que empiezan a arder barcos.

Una inmensa flota otomano-egipcia encerrada en la bahía

La flota otomano-egipcia se encontraba concentrada en la bahía de Navarino, la actual Pilos, un magnífico fondeadero natural de la costa de Mesenia. Los cálculos sobre su tamaño varían según las fuentes y según qué embarcaciones se incluyan, pero era considerablemente más numerosa que la fuerza europea. Contaba con navíos de línea, fragatas, corbetas, bergantines y brulotes, pequeñas embarcaciones concebidas para incendiar barcos enemigos.

Frente a ella se situaron las escuadras de las tres grandes potencias. El británico Edward Codrington ejercía el mando principal; la fuerza francesa estaba dirigida por Henri de Rigny y la rusa por Lodewijk van Heiden. Las órdenes no consistían simplemente en entrar en la bahía y destruir al adversario. La intención política era obligar a las fuerzas otomano-egipcias a respetar el armisticio y cortar su capacidad de aprovisionamiento.

Codrington y los demás mandos conocían, sin embargo, el pequeño detalle que suele complicar esta clase de planes: estaban entrando con barcos de guerra cargados de artillería en un fondeadero abarrotado de otros barcos de guerra cargados de artillería, pertenecientes a un imperio que no había aceptado las exigencias que pretendían imponerle.

La flota otomano-egipcia esperaba formando aproximadamente un arco defensivo dentro de la bahía. Los aliados penetraron en aquel dispositivo y comenzaron a fondear entre sus adversarios durante la tarde del 20 de octubre. La distancia entre los buques era mínima. Ya no había mucho espacio para la diplomacia; apenas quedaba espacio para maniobrar.

El disparo que convirtió la tensión en una carnicería

Las reconstrucciones de Navarino difieren en algunos detalles sobre los primeros minutos, pero coinciden en lo esencial: el enfrentamiento comenzó mientras las naves aliadas ocupaban sus posiciones y una sucesión de incidentes y disparos convirtió rápidamente la tensión en una batalla general.

Los cañones empezaron a trabajar casi a quemarropa.

Aquello importaba. Las grandes batallas navales de la época solían depender de maniobras, líneas de combate, viento y posición. En Navarino, buena parte de esas sutilezas quedaron aplastadas por la geografía de una bahía llena de barcos. Muchos buques combatieron fondeados y a distancias extraordinariamente cortas, castigándose durante horas con artillería pesada.

La superioridad numérica otomano-egipcia resultó menos útil en aquel espacio cerrado. Los aliados disponían de tripulaciones experimentadas, grandes navíos y una artillería manejada con enorme eficacia. Cuando el humo comenzó a despejarse, el escenario se parecía menos a una victoria naval que a un desguace flotante.

La flota otomana quedó prácticamente aniquilada

El combate se prolongó durante unas cuatro horas. Cuando terminó, decenas de barcos de la fuerza otomano-egipcia habían quedado hundidos, incendiados, varados o inutilizados. Las estimaciones sobre pérdidas varían, pero las fuentes coinciden en el carácter catastrófico de la derrota: varios miles de hombres murieron o resultaron heridos y la capacidad naval reunida para someter la revolución griega quedó destrozada.

No fue una victoria incruenta, ni mucho menos. Los propios barcos aliados sufrieron daños severos y cientos de sus tripulantes murieron o quedaron heridos. La diferencia estaba en otra parte: ningún gran buque aliado fue destruido, mientras que la fuerza contraria perdió una porción enorme de su escuadra.

Navarino tiene además un lugar peculiar en la historia naval. Suele considerarse la última gran batalla naval librada enteramente por barcos de vela. El vapor ya empezaba a asomar en las marinas del siglo XIX, pero aquel 20 de octubre todavía mandaban los mástiles, las velas, las baterías de costado y el viento. Una forma de hacer la guerra estaba ofreciendo una de sus últimas representaciones monumentales.

El resultado militar fue demoledor. El político, más incómodo.

Codrington ganó la batalla y puso nervioso a su propio Gobierno

La paradoja de Navarino está encarnada en Edward Codrington. Había derrotado de forma espectacular a la flota que sostenía la ofensiva contra los independentistas griegos, pero semejante éxito planteaba un problema para Londres: Gran Bretaña quería contener al Imperio otomano, no necesariamente hundirlo hasta el punto de regalar a Rusia una autopista geopolítica hacia Constantinopla.

La victoria fue celebrada y Codrington recibió honores. Jorge IV lo elevó a Caballero Gran Cruz de la Orden del Baño pocas semanas después de la batalla; el nombramiento fue anunciado el 13 de noviembre de 1827. El Parlamento británico debatiría posteriormente los reconocimientos debidos al almirante y a las tripulaciones.

Al rey se le atribuye, sin embargo, una de las frases más deliciosamente contradictorias de aquella historia: que había enviado a Codrington una cinta cuando lo que merecía era una soga. La anécdota resume bien el problema, aunque conviene tratarla como eso, una frase tradicionalmente atribuida al monarca y no como un acta notarial.

Era posible condecorar al vencedor y lamentar simultáneamente las consecuencias de su victoria. La diplomacia europea del XIX tenía esas elasticidades.

El posterior Gobierno británico presidido por el duque de Wellington describió oficialmente Navarino en términos nada entusiastas, como un acontecimiento desafortunado. Codrington acabaría dejando el mando mediterráneo. No porque hubiera perdido. Más bien por lo contrario: había ganado con demasiada claridad una batalla que Londres hubiese preferido mantener bajo control.

Grecia todavía tuvo que esperar para ser independiente

Para los insurgentes griegos, lo verdaderamente importante ocurrió después del último cañonazo. La destrucción de la flota otomano-egipcia redujo drásticamente la capacidad de sostener por mar a las tropas que operaban en el Peloponeso. La rebelión, que había estado cerca de quedar derrotada, recuperó una oportunidad real de sobrevivir.

Navarino tampoco terminó inmediatamente la guerra. Las tropas egipcias continuaban en territorio griego y aún quedaban operaciones militares por delante. Francia envió posteriormente la expedición de Morea y las fuerzas egipcias terminaron evacuando buena parte del Peloponeso. Paralelamente, Rusia y el Imperio otomano entraron en guerra en 1828, añadiendo una presión mucho mayor sobre Constantinopla.

Ese contexto explica por qué resulta impreciso afirmar que Grecia obtuvo literalmente su independencia el 20 de octubre de 1827. Navarino fue el gran punto de inflexión militar, no el documento de nacimiento del nuevo Estado.

En 1830, las potencias europeas reconocieron una Grecia independiente mediante el Protocolo de Londres. Dos años después, los acuerdos internacionales terminaron de definir el nuevo reino y sus fronteras iniciales. La revolución que había comenzado en 1821 desembocaba así en un Estado soberano, aunque considerablemente más pequeño que la Grecia actual.

La independencia griega también fue una cuestión europea

Navarino revela algo que a veces se pierde detrás del romanticismo de la revolución helena. Los griegos combatieron durante años y pagaron un precio gigantesco por su independencia, pero el desenlace también estuvo condicionado por la intervención de Gran Bretaña, Francia y Rusia.

No fue únicamente filhelenismo. Europa estaba fascinada por la Grecia clásica; escritores, intelectuales y voluntarios habían convertido la causa helena en un fenómeno cultural internacional, con Lord Byron como símbolo más famoso. Pero las cancillerías no dirigían escuadras porque estuvieran leyendo a Homero después de cenar. Había rutas marítimas, rivalidades entre imperios, comercio, influencia rusa en los Balcanes y temor británico a que Moscú obtuviese demasiado poder a costa de los otomanos.

La independencia de Grecia nació, por eso, en una extraña intersección entre revolución nacional y política de grandes potencias. Una causa que despertaba simpatía genuina acabó encajada en los cálculos de quienes decidían dónde debía colocarse cada pieza del mapa europeo.

Una victoria que cambió mucho más que una batalla

Navarino permanece como uno de esos episodios en los que unas pocas horas alteran años de guerra. El Imperio otomano no desapareció del Mediterráneo ni perdió Grecia inmediatamente, pero el 20 de octubre de 1827 sufrió una derrota naval de tal magnitud que la reconquista completa del territorio rebelde dejó de parecer el desenlace inevitable.

También dejó una paradoja magnífica. Las potencias europeas entraron en la bahía para imponer una tregua y terminaron librando una de las batallas navales más destructivas de su tiempo. Codrington recibió una gran condecoración por una victoria que parte del Gobierno británico hubiera preferido que nunca alcanzase semejantes proporciones. Y Grecia obtuvo en Navarino el impulso decisivo hacia una independencia que aún tardaría varios años en adquirir forma jurídica.

Entre el humo, la madera astillada y los mástiles derrumbados de aquella tarde quedó algo más que una flota derrotada. El equilibrio político del Mediterráneo oriental acababa de moverse. No hacía falta que nadie hubiese planeado exactamente ese resultado. A veces la historia tiene esa costumbre incómoda: empieza como una operación de presión y termina dibujando una frontera nueva.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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