Naturaleza
¿Cómo murió Quino, el perro héroe de rescate condecorado en Venezuela?
Quino, perro de rescate condecorado en Venezuela, murió tras semanas de hemorragias, transfusiones y un fallo multiorgánico aún sin origen claro.

Resumen
- Quino murió tras dos meses de hemorragias y un nuevo fallo multiorgánico
- La leishmaniosis agravó el daño renal, pero no explicó todo el cuadro
- El origen de las hemorragias quedó sin diagnóstico definitivo
Quino, el perro de rescate valenciano condecorado por su trabajo tras los devastadores terremotos de Venezuela, ha muerto después de dos meses de hemorragias y un deterioro progresivo que los veterinarios no consiguieron explicar con un diagnóstico definitivo. El desenlace llegó con un nuevo fallo multiorgánico, con afectación del hígado y los riñones y un daño renal que había llegado a ser irreversible.
La causa de fondo, sin embargo, sigue sin estar completamente aclarada. Durante los últimos días se había detectado una leishmaniosis que complicó su función renal, pero los especialistas no establecieron que esa enfermedad explicara por sí sola el extraño cuadro iniciado poco después de su regreso de Venezuela. Quino había sufrido sangrados nasales recurrentes, necesitó varias transfusiones y llegó a superar un primer fallo multiorgánico antes del empeoramiento definitivo.
La historia resulta especialmente amarga por una coincidencia difícil de ignorar, aunque tampoco conviene convertirla en una certeza médica: Quino regresó a Valencia después de trabajar entre los escombros venezolanos y apenas unos días después comenzó a sangrar por la nariz. A partir de ahí empezó un peregrinaje por clínicas, hospitales veterinarios y especialistas de distintos países. Muchas pruebas. Pocas respuestas.
Quino enfermó pocos días después de regresar de Venezuela
El perro formaba parte del equipo de búsqueda de la ONG valenciana Intervención, Ayuda y Emergencias (IAE), con sede en Algemesí. Había viajado a Venezuela junto a su guía, el bombero Pancho Gerber, después de los terremotos del 24 de junio, dos violentas sacudidas que dejaron miles de muertos y una enorme extensión de edificios reducidos a cascotes.
Durante aproximadamente una semana, Quino trabajó allí buscando personas entre estructuras colapsadas. Esa era precisamente su especialidad: detectar presencia humana en escenarios donde una máquina ve hormigón y hierro, pero un perro entrenado puede encontrar un rastro diminuto bajo toneladas de ruinas.
Por aquella intervención fue condecorado en Venezuela junto al equipo desplazado desde España. Después volvió a casa. Parecía el regreso de una misión especialmente dura, nada más.
No lo fue. El 7 de julio comenzaron los primeros episodios graves de sangrado nasal. Los testimonios de quienes estuvieron junto a él sitúan el comienzo de los síntomas apenas dos o tres días después del regreso. Quino perdía cantidades importantes de sangre, recibía tratamiento y se estabilizaba durante un tiempo; luego el problema reaparecía.
Un cuadro de hemorragias que nadie conseguía explicar
Lo desconcertante no fue solo la gravedad. También lo fue la falta de una causa clara. Quino pasó por diferentes centros veterinarios y fue sometido a análisis, ecografías, radiografías, tomografías y estudios especializados.
Se tomaron muestras que llegaron a manos de especialistas y su caso fue estudiado también por profesionales de distintos países. El animal recibió varias transfusiones de sangre mientras los veterinarios intentaban frenar las pérdidas y averiguar qué estaba provocándolas.
Se investigaron enfermedades conocidas y también posibles factores relacionados con el viaje. Entre las hipótesis llegó a plantearse una eventual exposición al polvo y materiales de los edificios derrumbados, incluido el amianto, pero no apareció una prueba que permitiera señalar una causa concreta.
Ahí está una de las claves de esta historia: que los problemas de Quino comenzaran justo después de Venezuela no demuestra que enfermara allí. La relación temporal existe y resulta llamativa, pero médicamente no se logró establecer ese vínculo.
La leishmaniosis agravó sus problemas renales
En la última fase apareció otro elemento. Los veterinarios detectaron una leishmaniosis, una enfermedad parasitaria transmitida por flebótomos que puede afectar a distintos órganos del perro y causar, entre otras complicaciones, lesiones renales.
En el caso de Quino, los profesionales que lo atendían explicaron que la enfermedad había complicado precisamente el estado de sus riñones. Pero el problema era bastante más amplio: llevaba semanas sufriendo hemorragias cuyo origen continuaba sin resolverse y su organismo acumulaba el desgaste de transfusiones, tratamientos y episodios críticos.
Días antes de morir se produjo uno de los momentos más dramáticos. Quino padeció un fallo pulmonar y renal y su estado llegó a ser tan grave que su entorno temió que hubiera que practicarle la eutanasia para evitar sufrimiento.
Y, contra pronóstico, reaccionó. Los veterinarios consiguieron estabilizarlo. Su tensión arterial, extremadamente elevada, pudo controlarse y Quino volvió a superar una situación que parecía definitiva. Fue una tregua breve.
El nuevo fallo multiorgánico que Quino no pudo superar
El estado del perro volvió a empeorar. Sus pulmones comenzaron a verse afectados por la sangre y apareció un nuevo fallo multiorgánico, esta vez con importantes daños en hígado y riñones.
Las últimas pruebas indicaban que el daño renal era irreversible. Después de semanas de resistencia, transfusiones y tratamientos, su organismo dejó de responder.
Quino murió mientras permanecía atendido en la clínica veterinaria de la Universidad Católica de Valencia. Junto a él estaba Pancho Gerber, su guía y compañero desde que el perro era prácticamente un cachorro.
La diferencia entre explicar cómo murió y saber qué enfermedad lo mató es importante. El mecanismo final sí se conoce: el deterioro desembocó en fallo multiorgánico y graves lesiones renales. Lo que no llegó a identificarse con certeza fue el origen del cuadro hemorrágico que había comenzado dos meses antes.
De buscar supervivientes a necesitar donantes de sangre
La enfermedad de Quino provocó una considerable movilización después de que su caso se hiciera público. Otros propietarios llevaron a sus perros para que pudieran donarle sangre, mientras particulares comenzaron a realizar aportaciones económicas destinadas a pagar las pruebas y tratamientos.
La factura veterinaria había alcanzado varios miles de euros. IAE abrió entonces una campaña de ayuda y la respuesta fue inmediata. Entre quienes acudieron con sus animales hubo también venezolanos residentes en España que conocían la participación de Quino en las tareas de búsqueda después del terremoto.
La imagen tenía algo de vuelta completa, y no precisamente amable: un animal entrenado durante años para encontrar personas atrapadas necesitaba ahora que otros perros le prestaran literalmente su sangre.
Las donaciones no consiguieron cambiar el desenlace, pero sí permitieron mantener los tratamientos y aliviar el importante coste veterinario asumido durante semanas por su entorno.
Un perro acostumbrado a trabajar entre ruinas
Venezuela no había sido la primera emergencia de Quino. Junto a Pancho y los equipos de rescate había participado en operaciones en Brasil, Marruecos, Turquía, España y Venezuela, acumulando experiencia en escenarios que poco tienen de normales: edificios vencidos, polvo suspendido, calor, ruido, hierros, cristales y espacios donde cada minuto cuenta.
Los perros de búsqueda no entran en esos lugares como simples acompañantes de los bomberos. Son una herramienta de rescate altamente especializada. Su olfato permite rastrear señales humanas donde cámaras, sensores o equipos técnicos pueden encontrar enormes dificultades.
Quino había demostrado una capacidad particular para trabajar en ese terreno. Podía discriminar rastros y ayudar a orientar a los rescatistas hacia posibles supervivientes bajo los escombros. De ahí que estuviera integrado en despliegues internacionales y que Venezuela reconociera oficialmente su labor.
La paradoja apareció al regresar. Había atravesado kilómetros de ruinas buscando vida y, cuando volvió a casa, comenzó una enfermedad que ni una batería extraordinaria de pruebas logró descifrar por completo.
Una muerte que deja una incógnita médica abierta
La muerte de Quino deja dos realidades que conviene no confundir. Está suficientemente claro qué provocó su deterioro final: las hemorragias continuadas, las complicaciones renales y un fallo multiorgánico que terminó resultando irreversible. También está documentada la presencia de leishmaniosis y su efecto negativo sobre los riñones.
Lo que continúa abierto es el origen inicial de todo el proceso. No se ha demostrado que Quino contrajera una enfermedad en Venezuela, ni que la exposición a los escombros provocara directamente los sangrados, ni que la leishmaniosis explique por sí sola la sucesión de problemas que sufrió durante dos meses.
Ese matiz importa. A veces la medicina consigue describir con extraordinaria precisión cómo se apaga un organismo y, aun así, se queda sin la pieza que inició el dominó. En Quino ocurrió algo parecido: volvió de Venezuela condecorado y enfermó prácticamente al regresar.
Decenas de análisis, especialistas de varios países, transfusiones y semanas de tratamiento no lograron despejar del todo la incógnita. Queda su trabajo. Antes de que los veterinarios empezaran a buscar qué estaba ocurriendo dentro de su cuerpo, Quino había pasado buena parte de su vida haciendo justamente eso por otros: buscar vida entre el polvo, el hormigón roto y el silencio, encontrar una señal donde parecía que ya no quedaba ninguna.

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