Síguenos

Naturaleza

¿Cómo murió Mona Khalil tras el ataque israelí a su casa en Líbano?

Mona Khalil murió tras un ataque israelí contra su casa, corazón del santuario de tortugas que protegió durante 25 años en el sur de Líbano.

Publicado

el

Mona Khalil

Resumen

  • Mona Khalil murió por heridas de un ataque israelí contra su casa en Mansouri
  • La vivienda albergaba el proyecto que protegía tortugas marinas desde 2000
  • Israel negó que fuera un objetivo; el futuro del santuario sigue incierto

Mona Khalil, la ecologista libanesa que dedicó más de dos décadas a proteger las tortugas marinas de la playa de Mansouri, murió a los 76 años por las heridas sufridas en un ataque israelí contra su vivienda. El bombardeo alcanzó la casa el 4 de junio; Khalil fue trasladada gravemente herida a Beirut, permaneció dos semanas hospitalizada y falleció el viernes 19.

Aquella vivienda no era una casa cualquiera. Pintada de naranja, rodeada de vegetación y situada a pocos minutos del Mediterráneo, albergaba el Orange House Project, un pequeño centro de conservación, alojamiento rural y escuela improvisada para generaciones de voluntarios. Allí se organizaban patrullas nocturnas, se vigilaban los nidos y se acompañaba a las crías hasta el mar. El proyectil golpeó, por tanto, el corazón operativo del proyecto.

Una mujer que trabajaba con Khalil también resultó herida y sufrió quemaduras. El Ejército israelí asegura que la activista no era un objetivo y afirma que no tiene identificado un ataque concreto que causara sus lesiones, aunque reconoce que bombardeó la zona después de emitir órdenes de evacuación. Dos versiones que no terminan de encontrarse. Los comunicados militares suelen ser quirúrgicos; los escombros, bastante menos.

Un ataque contra el corazón de la Casa Naranja

El ataque alcanzó directamente la vivienda familiar de Khalil en Mansouri, una localidad costera situada unos 10 kilómetros al sur de Tiro. Testigos señalaron que el impacto se produjo en el lateral donde se encontraba su dormitorio, dentro de una zona castigada de nuevo por la guerra entre Israel y Hezbolá.

La ecologista fue atendida primero en un hospital del sur y trasladada después al Centro Médico de la Universidad Americana de Beirut. Recuperó la consciencia tras una intervención, pero su estado empeoró durante los días siguientes. Los médicos no pudieron salvarla.

No se conoce públicamente qué objetivo pretendía alcanzar el bombardeo. El Ejército israelí sostiene que Mona Khalil no figuraba entre sus blancos y que había emitido avisos para abandonar el área. Ese argumento explica la versión militar, pero no aclara qué instalación se intentaba destruir, por qué fue alcanzada la vivienda ni qué precauciones se adoptaron para evitar víctimas civiles.

Tampoco hay elementos suficientes para asegurar que toda la playa protegida quedara arrasada. Lo comprobado es que la Casa Naranja, centro logístico y simbólico de la reserva, recibió el impacto y que Mansouri se encuentra dentro de una franja meridional gravemente dañada por los combates.

De una tortuga en la arena a 25 años de defensa

La relación de Khalil con aquella costa comenzó casi por accidente. Había vivido durante años en los Países Bajos, adonde se trasladó durante la guerra civil libanesa. En 1999 regresó a las tierras de su familia y una noche vio a una tortuga abrirse paso trabajosamente por la arena para depositar sus huevos.

Aquel encuentro cambió su vida. Abandonó su trabajo como restauradora de arte y se instaló en la antigua casa familiar, construida cerca de la orilla. Poco después puso en marcha el Orange House Project, que comenzó a funcionar plenamente en 2000, tras la retirada israelí del sur del Líbano.

El color del edificio era un homenaje a los Países Bajos, el país que la había acogido durante los años más duros. Con el tiempo, la casa naranja se convirtió en una referencia reconocible en la costa: patio con flores, perros y gatos rescatados, cortes de electricidad, habitaciones sencillas y, al fondo, el ruido constante del mar.

Una casa, un observatorio y una escuela

El proyecto combinaba conservación y ecoturismo. Los visitantes podían alojarse allí, aprender a identificar rastros de tortuga y colaborar con los equipos que recorrían aproximadamente un kilómetro y medio de playa. No era un complejo científico con batas blancas y puertas automáticas. Era algo más elemental: linternas, cuadernos, estacas, cubos y muchas noches sin dormir.

Los ingresos del alojamiento ayudaban a financiar el seguimiento de los nidos. La casa recibía a especialistas, estudiantes y voluntarios extranjeros, aunque viajar hasta Mansouri exigía en ocasiones permisos y coordinación con las autoridades militares libanesas. La frontera estaba demasiado cerca y la historia, demasiado cargada.

Quienes trabajaron con Khalil recuerdan que su influencia iba más allá de las tareas ambientales. Formó a jóvenes naturalistas, involucró a familias de la zona y convirtió la liberación de pequeñas tortugas en un acontecimiento comunitario. Ni espectáculo turístico puro ni ceremonia solemne: niños descalzos, arena aún caliente y decenas de caparazones diminutos buscando el agua.

Cómo se protegía la playa de Mansouri

La costa meridional libanesa es una zona de puesta para la tortuga boba y la tortuga verde. Durante la temporada reproductiva, las hembras salen de noche, excavan un nido y entierran sus huevos antes de regresar al Mediterráneo. Semanas después, las crías emergen y tratan de alcanzar el mar.

Ese trayecto breve está lleno de obstáculos. Perros, aves, vehículos, residuos, obras costeras y luces artificiales pueden destruir los nidos o desorientar a las crías. Una farola mal situada basta para que los animales se alejen del agua y avancen hacia una carretera. La contaminación lumínica, invisible para buena parte de los veraneantes, puede ser una trampa mortal.

Los voluntarios del proyecto caminaban por la playa durante la noche, localizaban huellas recientes, señalizaban las puestas y trasladaban los huevos cuando el lugar resultaba demasiado peligroso. También retiraban basura y anotaban fechas, condiciones de la arena y número aproximado de crías de tortuga.

Tortugas frente al cemento y la dinamita

Khalil no solo se enfrentó a las dificultades naturales. Durante años chocó con promotores inmobiliarios interesados en construir junto al litoral y con pescadores que empleaban dinamita, una práctica destructiva que combatió hasta lograr que perdiera terreno en la zona.

Su oposición a la urbanización ayudó a mantener sin edificar una parte de la playa. El espacio terminó reconocido como una hima, una forma tradicional de conservación comunitaria gestionada con participación local. No era una reserva cerrada tras una verja, sino un territorio protegido mediante vigilancia, acuerdos y una obstinación cotidiana considerable.

El trabajo que comienza cuando todos se marchan

La conservación de tortugas tiene poco de fotografía amable. La imagen de una cría entrando en el mar dura unos segundos; detrás hay semanas de control, madrugadas húmedas, nidos fallidos y discusiones con quienes consideran la playa un solar pendiente de explotación.

Khalil entendió pronto esa diferencia. Su labor consistía en proteger procesos lentos, casi invisibles, frente a amenazas rápidas y rentables. El mar no firma contratos urbanísticos. Las tortugas tampoco presentan alegaciones.

Mansouri, entre la conservación y la guerra

La Casa Naranja ya había sufrido daños durante la guerra de 2006 entre Israel y Hezbolá. A pesar de las sucesivas crisis, Khalil regresaba siempre a la playa. Su hogar se encontraba en una región invadida, ocupada y bombardeada en distintos momentos de la historia reciente del Líbano.

Durante el conflicto de 2024 se resistió inicialmente a abandonar Mansouri. El Ejército libanés terminó convenciéndola para que evacuara; personas cercanas aseguran que fue una de las últimas habitantes en marcharse. En Beirut se sentía fuera de sitio y esperaba regresar cuanto antes a su casa, sus animales y los nidos.

Cuando la nueva guerra entre Israel y Hezbolá volvió a golpear el sur libanés, Khalil decidió permanecer allí. Según una colaboradora, confiaba en que su condición de civil desarmada y la naturaleza ambiental del proyecto bastarían para protegerla. Cerró la puerta. No bastó.

La guerra convierte esa clase de razonamientos en papel mojado. Una vivienda civil puede aparecer dentro de una zona evacuada, cerca de un objetivo desconocido o bajo una ruta de ataque. Después llegan las explicaciones: coordenadas, advertencias, investigaciones internas. La vida civil, entretanto, ya no vuelve.

La afirmación israelí de que Khalil no era un objetivo resulta compatible con la posibilidad de que muriera por un ataque dirigido contra otra instalación. También puede haber existido un error de identificación, una desviación del proyectil o información militar que no se ha hecho pública. Con los datos disponibles, no es posible determinarlo.

Sí está demostrado que la casa fue alcanzada, que Mona Khalil resultó gravemente herida y que murió a consecuencia de esas lesiones. También consta que el Ejército israelí realizó ataques en el área. Para establecer responsabilidades concretas harían falta restos de munición, coordenadas, registros operativos y una investigación independiente, no una batalla paralela de titulares.

La existencia de un aviso de evacuación tampoco responde por sí sola a todas las cuestiones. Mansouri alberga civiles, explotaciones agrícolas y espacios naturales. Muchas personas mayores se resisten a abandonar sus viviendas porque temen no regresar, porque carecen de medios o porque han vivido demasiados desplazamientos forzosos. Khalil tenía, además, la convicción de que marcharse significaba dejar indefenso el lugar que había protegido durante un cuarto de siglo.

Su muerte recuerda otra dimensión del conflicto que suele quedar sepultada bajo los balances militares. Las guerras no solo destruyen edificios y matan personas. Interrumpen temporadas de anidación, expulsan a equipos científicos, contaminan el suelo, llenan el litoral de restos y rompen conocimientos acumulados durante décadas.

La playa que Mona Khalil dejó encendida

El futuro inmediato del Orange House Project es incierto. El edificio ha sufrido daños, el acceso a Mansouri continúa condicionado por la situación militar y la desaparición de su fundadora deja un vacío difícil de cubrir. Khalil era organizadora, anfitriona, vigilante y memoria viva del lugar.

Queda la red de personas que formó. Voluntarios que saben leer las huellas sobre la arena, familias que aprendieron a apagar las luces durante la puesta y jóvenes investigadores que comenzaron allí su relación con el mar. Ese legado ambiental es menos visible que una casa naranja, pero también más difícil de bombardear.

En las noches de verano, las tortugas seguirán llegando a la costa libanesa sin conocer fronteras, órdenes de evacuación ni comunicados castrenses. Buscarán un tramo oscuro de arena, cavarán lentamente y volverán al agua. En Mansouri faltará la mujer que llevaba 25 años esperándolas.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído