Salud
¿Por qué mata el calor? España suma 153 muertes en julio y nueva ola
España suma 153 muertes atribuibles al calor en julio y afronta otra ola extrema, con avisos, noches tórridas y riesgo sanitario en aumento.

Resumen
- España suma 153 muertes atribuibles al calor en los primeros días de julio
- Junio dejó 937 fallecimientos asociados a las altas temperaturas
- La nueva ola trae avisos, noches tórridas y mayor riesgo sanitario
España ha entrado en julio con una cifra incómoda, de esas que no caben bien en el parte meteorológico ni en la conversación de ascensor: 153 muertes atribuibles a las altas temperaturas en solo los primeros días del mes. Junio ya había dejado 937 fallecimientos asociados al calor, según las estimaciones del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria, el MoMo, del Instituto de Salud Carlos III. No son todavía datos cerrados, pero sí una señal bastante nítida. El calor no está “apretando”. Está haciendo daño.
La segunda ola de calor del verano ha arrancado este domingo 5 de julio con avisos en catorce comunidades autónomas y temperaturas que pueden superar los 42 grados en varios puntos de la Península. La escena tiene algo de país acostumbrado a sudar y algo de país que aún no termina de creerse que el termómetro también mata: no siempre con un golpe de calor de manual, sino agravando enfermedades previas, colándose por las costuras del corazón, los pulmones o los riñones.
El dato que convierte el calor en una emergencia de salud
La cifra nacional más reciente deja 937 muertes atribuibles al calor en junio y 153 en los primeros días de julio. En junio, los registros más altos se concentraron en el País Vasco, con 153 fallecimientos estimados, y Cataluña, con 127. Después aparecen Madrid, con 93; Castilla y León, con 90; Galicia, con 88; Andalucía, con 73, y la Comunidad Valenciana, con 62. Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla figuran, en esta fotografía provisional, con cero muertes atribuibles al calor durante junio.
En julio, el reparto vuelve a mostrar un mapa desigual. Cataluña suma ya 57 defunciones atribuibles a las altas temperaturas, Andalucía 24 y el País Vasco 18. Navarra y Extremadura registran 9 cada una; Cantabria, Comunidad Valenciana y Galicia, 6; Castilla y León, 5; Madrid, 4; Aragón, Asturias y Castilla-La Mancha, 3; y La Rioja, 1. No es una clasificación deportiva —aunque a veces España lo reduzca todo a ranking, medalla y sobremesa—, sino una radiografía de vulnerabilidad, exposición y acumulación de calor.
Qué significa “muerte atribuible al calor”
Conviene detenerse aquí, porque el matiz importa. MoMo no certifica que cada una de esas personas muriera por un golpe de calor en sentido clínico. Lo que hace es estimar el exceso de mortalidad comparando las muertes observadas con las esperadas en un territorio y un periodo determinados. A partir de ese patrón, calcula qué parte puede atribuirse a episodios de temperaturas extremas. Es estadística sanitaria, no una autopsia caso por caso.
Dicho de manera menos fría: cuando el calor extremo se instala como una manta húmeda sobre una ciudad, muchas personas frágiles dejan de tener margen. Una insuficiencia cardíaca que estaba controlada se descompensa; una enfermedad respiratoria se vuelve más difícil de soportar; una patología renal exige al cuerpo una negociación imposible con la deshidratación. El Ministerio de Sanidad recuerda que el calor excesivo puede provocar calambres, deshidratación, insolación y golpe de calor, y que su impacto se ve condicionado por la edad y las enfermedades de base.
Las cifras tampoco son definitivas. MoMo recalcula de forma continua porque hay defunciones que se notifican con retraso, de modo que los datos diarios cambian y solo se consolidan semanas después. Esta provisionalidad no rebaja el problema; más bien obliga a leerlo con prudencia, sin histeria de marcador luminoso, pero tampoco con esa calma de funcionario ante el incendio que tanto gusta en algunas administraciones.
El calor no golpea igual a todos
El cuerpo humano tiene recursos para defenderse, pero no infinitos. Sudamos, redistribuimos el flujo sanguíneo, buscamos sombra, bajamos el ritmo. Hasta que no basta. Sanidad advierte de que las personas mayores y los menores son más sensibles a los cambios de temperatura, y añade factores sociales que pesan como una losa: aislamiento, dependencia, discapacidad o viviendas mal adaptadas. La pobreza energética en verano existe, aunque suene menos que en invierno. Una casa que no se puede enfriar también enferma.
Por eso el calor extremo no es solo una cuestión de “beber agua”, aunque beber agua sea imprescindible. Es urbanismo, horarios laborales, soledad, viviendas recalentadas, barrios sin sombra, residencias, transporte público, patios de colegio convertidos en sartenes y empleos al aire libre. El termómetro marca una cifra; la ciudad decide cuánto castiga esa cifra.
Una segunda ola de calor con avisos en media España
La Agencia Estatal de Meteorología ha situado el inicio de esta segunda ola de calor del verano el domingo 5 de julio, con previsión de que se prolongue al menos hasta el martes 7. La masa de aire cálida y seca eleva el riesgo meteorológico en buena parte del país: hay aviso naranja en Andalucía, Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Extremadura, Galicia y Madrid, donde las máximas pueden llegar a los 40 grados e incluso alcanzar los 42 grados en las cuencas del Tajo, Guadiana y Guadalquivir.
El aviso amarillo se extiende a Asturias, Baleares, Castilla y León, Navarra, País Vasco, La Rioja y Canarias. El lunes 6 aparece como el día más duro del episodio, con noches tropicales —mínimas por encima de los 20 grados— en amplias zonas del litoral mediterráneo, el suroeste peninsular y el valle del Ebro, y noches tórridas, por encima de los 25 grados, en los valles del Tajo, Guadiana y Guadalquivir. Dormir, ese lujo antiguo, se vuelve difícil cuando la pared sigue soltando calor a medianoche.
Aemet ya había advertido de máximas superiores a 42 grados y mínimas que no bajarían de 25 en esta nueva embestida térmica. Los datos meteorológicos señalaban también la brusca subida prevista en Galicia y el País Vasco, además de valores por encima de 40 grados en valles como el Guadalquivir, Guadiana, Tajo, Miño o Ebro.
El mapa sanitario se tiñe de rojo
El mapa de riesgo para la salud del Ministerio de Sanidad vuelve a aparecer como una cartografía de advertencia. El sistema Meteosalud distingue entre ausencia de riesgo, bajo riesgo, riesgo medio y riesgo alto, con información por zonas y municipios. Este domingo 5 de julio, la página oficial muestra el mapa actualizado de niveles de riesgo por calor, una herramienta pensada para bajar el fenómeno del titular nacional a la escala real de la vida: el barrio, el municipio, la zona climática donde uno trabaja, cuida o envejece.
La nota sanitaria insiste en lo básico, que suele ser lo primero que se abandona cuando el día se complica: beber agua con regularidad, mantenerse en lugares frescos y evitar la exposición directa al calor en las horas centrales. También pide especial atención a mayores, embarazadas, menores de 4 años, personas con enfermedades crónicas y trabajadores al aire libre. No es paternalismo; es supervivencia organizada.
Aquí hay una lección incómoda para un país que presume de saber vivir el verano. España conoce el calor, sí. Pero una cosa es conocerlo y otra convivir con episodios más intensos, persistentes y nocturnos, cuando el cuerpo pierde el descanso que necesita para recuperarse. El problema no es solo el pico de las cinco de la tarde. Es la acumulación. El día que no afloja. La noche que no perdona.
El golpe de calor es la imagen más dramática: confusión, piel caliente, alteración neurológica, urgencia médica. Pero la mortalidad atribuible al calor suele moverse en un terreno menos visible. El calor actúa como un ladrón paciente: roba sueño, agua, tensión estable, respiración tranquila. En personas vulnerables, esa pérdida sostenida puede inclinar una salud ya frágil.
Por eso las recomendaciones no deberían leerse como un cartel pegado en un ambulatorio. Tienen traducción doméstica. Persianas bajadas durante las horas de sol, ventilación cuando la temperatura exterior cae, comidas ligeras, llamadas a personas mayores que viven solas, adaptación de turnos en trabajos físicos, vigilancia de síntomas raros: mareo, debilidad extrema, dolor de cabeza, confusión, fiebre alta, piel seca o empeoramiento brusco de patologías previas. El calor extremo convierte lo cotidiano en protocolo.
Junio ya avisó: julio no empieza de cero
El arranque de julio llega después de un junio especialmente duro. España acumulaba más de 40 días consecutivos con temperaturas por encima de los valores habituales para la época, y el 23 de junio fue el día más cálido de un mes de junio en la serie histórica, con una temperatura media nacional de 29,6 grados. También se había señalado que cerca de 35,7 millones de personas estuvieron expuestas ese día a riesgo sanitario por temperaturas extremas.
Ese contexto explica por qué la nueva ola no cae sobre un país “fresco”, sino sobre cuerpos, viviendas y servicios ya castigados. El calor acumulado en muros, calles y rutinas pesa. Una ciudad después de varios días de máximas extremas es como una piedra al sol: aunque llegue la noche, sigue quemando.
No todo se resuelve con aire acondicionado, claro. El aire acondicionado salva, pero también deja al descubierto desigualdades y dependencias: quien puede pagarlo, quien no; quien vive en una casa aislada, quien duerme bajo una cubierta que parece chapa; quien teletrabaja, quien recoge fruta o reparte paquetes a las cuatro de la tarde. El verano español ya no puede analizarse solo desde la playa y la terraza. También desde urgencias.
Un país que debe tomarse el termómetro en serio
La cifra de 153 muertes atribuibles al calor en los primeros días de julio no es un susto aislado ni una rareza estadística. Es una advertencia con nombre sobrio, casi burocrático, pero con consecuencias muy reales. MoMo mide excesos de mortalidad; Aemet avisa de temperaturas extremas; Sanidad marca zonas de riesgo. Tres lenguajes distintos para decir lo mismo: el calor extremo es un problema de salud pública.
España sabe apagar incendios cuando ve llamas. Le cuesta más reaccionar cuando el peligro entra sin ruido por la ventana, calienta el dormitorio, seca la boca y acelera un corazón cansado. Esa es la dificultad del calor: no siempre deja una escena espectacular, pero deja cifras. Y las cifras de este inicio de julio ya no permiten mirar al termómetro como quien mira una anécdota de verano.

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