Salud
¿Melatonina para dormir cada noche? Qué dice la ciencia del abuso
La melatonina ya no es solo cosa del jet lag: qué riesgos plantea su uso diario en adultos y niños y cuándo conviene pisar el freno con calma

Resumen
- La melatonina ayuda a ajustar el sueño, pero no es un somnífero
- El uso diario en adultos y niños exige dosis bajas y control médico
- Pantallas, horarios y ansiedad suelen estar detrás del mal descanso
La melatonina ha dejado de ser ese pequeño salvavidas contra el jet lag para instalarse en la mesilla de noche como si fuera una infusión en comprimidos. Ahí está el problema: no tanto en su uso puntual, que suele considerarse seguro en periodos cortos, sino en la normalidad con la que adultos y niños la toman noche tras noche para forzar el sueño, como quien baja una persiana. La ciencia no la presenta como veneno ni como milagro. La presenta, más bien, como una herramienta útil en casos concretos y mal entendida cuando se convierte en rutina doméstica.
El matiz es decisivo. La melatonina no es un somnífero clásico: no “duerme” al cerebro a martillazos, sino que le manda una señal de horario. Le dice al organismo que la noche ha llegado. Por eso puede ayudar cuando el reloj interno va desacompasado, pero sirve bastante peor cuando el problema real es ansiedad, pantallas hasta tarde, horarios caóticos, cenas pesadas, falta de luz por la mañana o un insomnio que lleva meses enseñando los dientes. Y sí, ahí muchas veces la pastilla entra como atajo elegante. Elegante, barato, natural… y demasiado cómodo.
De recurso de viaje a costumbre de dormitorio
Hace unos años, la melatonina era casi un accesorio de aeropuerto. Se tomaba tras un vuelo largo, con el cuerpo en Nueva York y la cabeza todavía en Barajas. Ahora aparece en farmacias, supermercados, tiendas en línea y conversaciones de padres agotados. El cambio cultural es evidente: del uso ocasional al consumo casi ritual. Una cápsula, una gominola, unas gotas. Luz apagada. Asunto resuelto. O eso parece.
El debate reabierto por The Conversation tiene interés precisamente porque no cae en la caricatura. Ni demoniza la melatonina ni compra el envoltorio amable de lo “natural”. Recuerda algo básico: que una hormona del sueño no es una nana embotellada. El cuerpo la produce de forma natural, sobre todo con la oscuridad, y su secreción baja con la luz, especialmente con la luz artificial nocturna. Dicho menos bonito: si alguien se pasa una hora mirando el móvil en la cama y luego toma melatonina, está intentando apagar un incendio con colonia cara.
La demanda social también explica la escena. Dormimos peor, o creemos dormir peor, y vivimos con una tolerancia bajísima a la vigilia. Estar despierto a las tres de la mañana se vive como una avería privada, una humillación doméstica. La industria del descanso lo sabe. Almohadas inteligentes, relojes que fiscalizan cada bostezo, suplementos con nombres suaves. La melatonina entra en ese escaparate porque tiene una ventaja comercial formidable: suena a biología, no a fármaco. Y esa música tranquiliza.
No duerme: sincroniza el reloj interno
La función principal de la melatonina es regular el ritmo circadiano, ese reloj interno que coordina sueño, temperatura corporal, hormonas, hambre y vigilia. En condiciones normales, su producción sube cuando anochece y cae cuando llega la luz. No empuja al sueño como un sedante; prepara el escenario. Es más interruptor de horario que anestesia.
Por eso su mejor terreno suele estar en los desajustes de fase: jet lag, horarios laborales cambiantes, retraso del sueño en adolescentes o adultos que no logran dormirse hasta muy tarde. En España, por ejemplo, la ficha técnica de Melatonina Noxarem la recoge para el tratamiento a corto plazo del desfase horario en adultos, con una pauta limitada y con una advertencia clara sobre el momento de toma: hacerlo a deshora puede no servir o incluso alterar la resincronización. Es decir, no basta con tomarla. Hay que saber cuándo.
Otra cosa es el insomnio crónico. Ahí el terreno se vuelve pantanoso. La melatonina puede acortar algo el tiempo de conciliación en determinadas personas, pero no corrige por sí sola las causas del mal dormir. No arregla turnos imposibles, ni preocupaciones rumiadas a oscuras, ni apnea del sueño, ni piernas inquietas, ni depresión, ni un dormitorio convertido en oficina, cine y comedor. Sirve cuando el problema es de reloj; se queda corta cuando el problema es de vida, de salud o de hábitos. Qué fastidio, claro. La biología no siempre acepta soluciones de mostrador.
Adultos: útil a corto plazo, dudosa como muleta diaria
La evidencia disponible suele ser razonablemente tranquila con el uso breve de melatonina en adultos. Los organismos sanitarios coinciden en que, a dosis habituales y durante periodos cortos, parece segura para la mayoría. La zona gris aparece en el consumo prolongado, porque faltan datos sólidos sobre qué ocurre cuando se toma durante meses o años, sobre todo en dosis altas o en personas con enfermedades previas.
En el mercado español conviven complementos alimenticios y medicamentos autorizados, y esa diferencia no es un capricho burocrático. Circadin, por ejemplo, contiene 2 mg de melatonina de liberación prolongada y está indicado, en monoterapia, para el tratamiento a corto plazo del insomnio primario con mala calidad del sueño en mayores de 55 años. No es exactamente “me tomo lo que pillo por internet y ya vemos”.
También hay precauciones que rara vez caben en la etiqueta mental del consumidor. La melatonina puede causar somnolencia y exige cuidado si después se conduce o se manejan máquinas; no se recomienda en algunas situaciones como insuficiencia hepática, enfermedad renal crónica o enfermedades autoinmunes, según fichas técnicas concretas; puede interactuar con alcohol, fluvoxamina, anticoagulantes, benzodiacepinas, hipnóticos y otros medicamentos. La palabra natural queda muy limpia en el envase, pero el cuerpo no lee eslóganes.
El capítulo cardiovascular está todavía abierto. Un estudio observacional presentado en 2025 relacionó el uso prolongado de melatonina en personas con insomnio crónico con más diagnósticos de insuficiencia cardiaca, hospitalizaciones y mortalidad, aunque sus propios límites son importantes: asociación no significa causalidad, y el insomnio de base puede ser parte del problema. No es una sentencia, pero sí una señal prudente contra la costumbre de tomarla indefinidamente como si fuese un caramelo blanco.
Niños: el territorio donde conviene pisar más despacio
El uso infantil es el punto más sensible. Cada vez más familias recurren a la melatonina para que los niños concilien el sueño. La escena es comprensible: padres fundidos, rutinas escolares tempranas, pantallas, actividades, habitaciones con luz azul y criaturas que a las diez de la noche parecen recién enchufadas. Pero comprensible no significa inocuo.
Las recomendaciones pediátricas internacionales insisten en que antes de usar melatonina debe hacerse una evaluación clínica del sueño: horarios, despertares, siestas, pantallas, ambiente, ronquidos, dolor, ansiedad, medicación estimulante, síntomas de piernas inquietas o trastornos del ritmo circadiano. En niños sanos con insomnio conductual, las medidas de rutina y conducta deben ir antes y acompañar cualquier tratamiento. Y hay líneas rojas: con raras excepciones, no debe administrarse a menores de 2 años; tampoco debe usarse para “mejorar” el sueño de niños sin problemas reales de sueño ni para forzar a adolescentes a dormirse antes por conveniencia escolar.
La razón no es moralina sanitaria. Es falta de certezas. En niños hay pocos estudios, dudas sobre dosis y momento de administración, y poca información sobre efectos a largo plazo. Al tratarse de una hormona, se ha planteado la posibilidad de efectos sobre desarrollo hormonal, pubertad, ciclo menstrual o prolactina, aunque no se sabe con seguridad. Los efectos descritos en menores suelen ser leves —somnolencia, cefalea, mareo, agitación, más micción nocturna—, pero eso no convierte el uso cotidiano en una buena idea automática.
Cuando sí aparece como medicamento pediátrico
España no está en el salvaje oeste. Existen medicamentos con melatonina autorizados para situaciones pediátricas concretas. Slenyto, de liberación prolongada, está indicado para el insomnio en niños y adolescentes de 2 a 18 años con trastorno del espectro autista o trastornos neurogenéticos asociados, cuando las medidas de higiene del sueño han sido insuficientes; también para niños y adolescentes de 6 a 17 años con TDAH en esas mismas condiciones. Es decir: indicación concreta, seguimiento médico y una necesidad clínica, no “mi hijo no cae a las nueve y media”.
La propia ficha técnica habla de vigilancia regular y de reevaluar el tratamiento. En TDAH, la dosis inicial recomendada es baja y ajustable según respuesta, siempre con la dosis efectiva más pequeña durante el periodo más corto posible. El enfoque sanitario del insomnio pediátrico sitúa primero la higiene del sueño y la terapia cognitivo-conductual, y recuerda que el tratamiento farmacológico no debe ser la primera ni la única opción. Menos épica farmacológica y más rutina, luz, calma, horarios. Qué antiguo. Qué razonable.
La trampa de las dosis y las compras por internet
Hay otro ángulo menos romántico: lo que pone en la etiqueta y lo que realmente se consume. En abril de 2024, la AEMPS ordenó retirar Melatonin 7, cápsulas, comercializado como complemento alimenticio, porque contenía 5 mg de melatonina por cápsula, una cantidad que le confería la condición de medicamento sin haber sido evaluado ni autorizado como tal. La AESAN también informó de la retirada por superar el límite máximo permitido y por poder producir reacciones adversas de diversa gravedad.
Ese episodio ilustra una confusión frecuente: no todo producto con aspecto de suplemento se comporta como una simple ayuda alimentaria. La dosis importa, la formulación importa, la liberación inmediata o prolongada importa, el momento de toma importa. Incluso el envase importa cuando hablamos de niños: las recomendaciones pediátricas advierten del riesgo de ingestas accidentales y de la conveniencia de mantener estos productos fuera de su alcance, especialmente cuando vienen en formato de gominola, tan parecido a una chuchería que casi pide perdón por parecer medicamento.
Los efectos adversos tampoco son ciencia ficción. En fichas técnicas se han descrito irritabilidad, nerviosismo, agitación, insomnio paradójico, sueños extraños, pesadillas, migraña, cefalea, letargo, mareos, somnolencia, molestias digestivas, sequedad de boca, sudoración nocturna, prurito, erupciones cutáneas, fatiga, alteraciones de pruebas hepáticas y aumento de peso, entre otros. La mayoría no será frecuente ni grave en la mayoría de consumidores, pero el catálogo existe. Y existe por algo.
Cuando la noche pide algo más que una pastilla
La melatonina tiene un lugar. No es una estafa, no es una moda vacía, no es polvo de hadas. Puede ser útil cuando se usa bien, durante poco tiempo, con dosis ajustadas y con una razón clara. El error aparece cuando se convierte en una herramienta doméstica para domesticar cualquier noche incómoda. Dormir no es solo cerrar los ojos: es luz por la mañana, oscuridad por la noche, horarios regulares, cena razonable, menos alcohol, menos cafeína tardía, menos pantalla en la almohada y, cuando el insomnio persiste, evaluación sanitaria. Lo aburrido de siempre. Lo que funciona sin hacer ruido.
La pregunta real no es si la melatonina es buena o mala, sino por qué tantas personas necesitan una señal externa para hacer algo que el cuerpo ya sabe hacer cuando no lo maltratamos demasiado. Ahí está el retrato de época: una hormona convertida en accesorio de mesilla, padres exhaustos, adultos que confunden descanso con rendimiento y una sociedad que quiere dormir rápido porque mañana vuelve a sonar el despertador. La melatonina puede ayudar, sí. Pero cuando cada noche necesita permiso químico para empezar, quizá el problema ya no está solo en la noche. Está en el día entero.

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