Síguenos

Ciencia

¿Se puede comer el sargazo? La ciencia busca aprovecharlo

Su posible uso alimentario depende de controlar una biomasa ligada a contaminantes y a grandes costes de retirada.

Publicado

el

el sargazo ya asfixia al Caribe

El sargazo que se acumula en playas del Caribe no está listo para convertirse en una ensalada ni debe recogerse de la arena para cocinarlo. La investigación alimentaria estudia algo más acotado: extraer de esta biomasa alginato y otros compuestos que pueden servir como ingredientes funcionales, siempre que los procesos permitan obtener un material seguro, constante y viable. Es decir, el posible salto del litoral al plato no consistiría en comer el alga tal cual, sino en aprovechar sustancias purificadas.

El trabajo impulsado por Imran Ahmad, profesor de la Universidad Internacional de Florida, examina cómo distintos tratamientos afectan al alginato que puede extraerse del sargazo pelágico. La propuesta resulta llamativa porque la misma alga que cubre tramos de costa y se pudre bajo el sol podría aportar textura o estabilidad a alimentos. Pero entre una propiedad prometedora en laboratorio y un producto comercial hay una distancia decisiva: la inocuidad debe demostrarse para cada materia prima y cada proceso.

Del alga flotante a la masa que llega a la orilla

Sargassum es un género de macroalgas pardas. Algunas especies viven sujetas a rocas o arrecifes; otras forman grandes balsas flotantes en aguas tropicales y subtropicales. Sus vesículas llenas de gas ayudan a mantenerlas cerca de la superficie, donde reciben luz. En mar abierto, esas acumulaciones crean refugio para peces, tortugas y otros organismos: no son basura por naturaleza, sino parte de un hábitat marino complejo.

El problema cambia cuando el viento y las corrientes conducen grandes cantidades hacia la costa. La llegada masiva cubre la arena, enturbia el agua y, al descomponerse, consume oxígeno y altera las condiciones para organismos que apenas pueden desplazarse, como corales, erizos y pastos marinos. También puede liberar gases, entre ellos sulfuro de hidrógeno, asociado al olor a huevo podrido. La misma biomasa puede ser refugio en mar abierto y una carga ambiental al quedar varada; el lugar y el estado del alga importan.

Las arribazones se han registrado en distintas costas tropicales, desde el Caribe y el Golfo de México hasta zonas del oeste de África. En México, el primer registro de una llegada masiva al Caribe se sitúa en 2011; tras episodios atípicos en 2013, el fenómeno se volvió más persistente hacia finales de 2014 y durante 2015. Desde entonces, la cantidad cambia de una temporada a otra, de modo que una cifra aislada no describe por sí sola la magnitud de todos los años.

Qué podría aportar a los alimentos

El interés industrial se concentra en el alginato de sodio, un hidrocoloide: una sustancia que modifica la consistencia de una mezcla. Puede espesar, ayudar a formar geles o evitar que ciertos componentes se separen. Compuestos de este tipo tienen aplicaciones en alimentos como helados, salsas, sopas, productos lácteos y alternativas vegetales. En bebidas también se investigan posibles usos, aunque cada formulación exige pruebas propias. La posibilidad no reside en servir sargazo como verdura, sino en recuperar ingredientes con funciones tecnológicas.

Para que ese ingrediente resulte útil no basta con encontrar alginato. Debe comportarse de forma previsible: conservar una viscosidad adecuada, formar geles con la fuerza necesaria y mantener sus propiedades durante la elaboración y el almacenamiento. Un espesante destinado a una salsa no tiene exactamente las mismas exigencias que un estabilizante para una bebida. La composición del alga, además, puede variar según su procedencia y las condiciones en las que creció, lo que complica conseguir una materia prima regular.

El equipo de Ahmad ha comparado tratamientos térmicos y no térmicos para estudiar cómo cambia el compuesto extraído. Entre las técnicas consideradas están la sonicación, que utiliza ondas sonoras, el tratamiento en autoclave con calor y presión, y el procesamiento de alta presión, empleado también en algunos alimentos envasados. Los resultados descritos apuntan a diferencias según el método: la sonicación mostró buenos resultados en la fuerza del gel y la alta presión mejoró la capacidad emulsionante. No hay un único tratamiento que convierta cualquier alga en un ingrediente universal; el proceso tendría que ajustarse al uso previsto.

Un ingrediente no equivale a un alimento listo para vender

Hablar de sargazo en la industria alimentaria puede evocar un nuevo producto exótico, pero esa imagen adelanta una etapa que aún no está resuelta. Que un extracto tenga propiedades útiles en pruebas experimentales no significa que ya esté autorizado, que pueda fabricarse a gran escala o que vaya a aparecer en los estantes. Antes hacen falta análisis de seguridad, controles de calidad y una evaluación de su comportamiento en alimentos reales. Un resultado de laboratorio no es una aprobación para el consumo.

La procedencia del material es una primera barrera. No es equivalente recoger algas flotantes antes de que se deterioren que retirar de la playa una masa que ha pasado días expuesta al calor, mezclada con arena, plásticos y restos orgánicos. Durante la descomposición cambian sus características y pueden proliferar microorganismos. Por eso, cualquier uso alimentario dependería de una cadena controlada de recolección, clasificación, transporte, tratamiento y análisis, no de rescatar sin más lo que llega a la orilla.

También se han señalado riesgos de acumulación de arsénico y otros metales, además de contaminantes y microorganismos. Algunos tratamientos pueden ayudar a reducir peligros biológicos, pero la presión o el calor no eliminan automáticamente los metales pesados. Harían falta métodos de purificación y pruebas del ingrediente final para comprobar qué queda después del proceso. La seguridad debe evaluarse en el producto obtenido, no deducirse de que el alga haya sido procesada.

La normativa y la trazabilidad son parte del mismo desafío. Un eventual ingrediente tendría que cumplir los requisitos aplicables a alimentos y demostrar que cada lote mantiene una composición aceptable. Eso obliga a identificar de dónde procede, cómo se recogió y qué etapas atravesó. Además, la percepción pública importa: un compuesto puede ser técnicamente seguro y aun así despertar rechazo si el proceso parece opaco o si se asocia con montones de alga en descomposición.

La escala del problema no garantiza que el negocio funcione

La abundancia del sargazo ayuda a explicar el interés por encontrarle usos. Una estimación para un mes de mayo cifró en 28,9 millones de toneladas métricas la biomasa repartida entre el Golfo de México, el Caribe y el Atlántico. La cifra muestra la escala potencial del fenómeno, pero no significa que todo ese material sea accesible, aprovechable o apto para transformarse en ingredientes. Una gran cantidad de residuo no equivale automáticamente a un suministro industrial estable.

En las costas mexicanas, la retirada también implica operaciones y gastos considerables. En 2019, un complejo hotelero de Cancún citado entre los casos del problema calculaba en 350.000 dólares anuales el coste de mantener limpia una playa privada. Ese mismo año, el Gobierno de Quintana Roo solicitó entre 600 y 700 millones de pesos para medidas de contención y recolección en alta mar. Son cifras de aquel contexto, no una tarifa fija ni una estimación vigente para todas las playas.

La recolección masiva, además, no siempre es inocua. La maquinaria puede alterar dunas, pastos marinos y hábitats costeros, mientras que las labores en el agua pueden afectar a fauna que utiliza las balsas como refugio. Dejar el alga en la costa tampoco es una solución simple, porque su descomposición puede perjudicar ecosistemas y generar molestias. La gestión debe equilibrar la retirada con el cuidado de los ambientes que la operación puede dañar.

Para que la extracción de alginato tenga sentido económico, el valor del ingrediente tendría que compensar el coste de recoger, limpiar y procesar la biomasa, además de cumplir los controles. Las algas comerciales que ya abastecen a la industria cuentan con cadenas de suministro y calidades conocidas; el sargazo tendría que competir con esa regularidad. Si llega mezclado con residuos o su composición cambia mucho entre zonas y temporadas, la materia prima puede volverse cara aunque sea abundante en el mar.

Una marea marrón con efectos que van más allá del turismo

El impacto más visible es el cambio en la costa: las aguas turquesas adquieren tonos marrones, se acumulan montones de alga y aparece un olor intenso cuando la biomasa se degrada. En destinos que dependen del turismo de playa, esa transformación afecta a la experiencia de visitantes y a los negocios locales. El problema, sin embargo, no se reduce a la fotografía turística: las arribazones también pueden perjudicar la pesca y alterar los ecosistemas que sostienen actividades costeras.

En el Caribe mexicano, la Marina recogió 85.495 toneladas en 2019 y 19.054 en 2020, según los datos incluidos en la información disponible. En 2021, entre marzo y julio, recolectó 21.000 toneladas. Las diferencias entre esos años muestran hasta qué punto la cantidad puede fluctuar y por qué los dispositivos de contención, los barcos y la limpieza manual responden a temporadas concretas. No eliminan la causa ni garantizan que el sargazo no alcance la arena.

La proliferación se ha relacionado con el calentamiento del océano y con el aporte de nutrientes procedentes de actividades humanas, aunque las causas son complejas y no se explican por un solo factor. La forma en que las corrientes, el viento y las condiciones del mar desplazan las algas también determina dónde terminan. No existe una explicación única que permita anticipar con certeza cada arribazón, y por eso la vigilancia y la gestión costera siguen teniendo un papel central.

No todo lo que parece una solución es la misma investigación

El interés por reutilizar algas invasoras se extiende a otros ámbitos, desde materiales de construcción y fertilizantes hasta combustibles o alimento animal. También se estudian especies distintas para usos diferentes. Esa variedad puede dar la impresión de que cualquier alga problemática sirve para cualquier aplicación, pero no es así. El género Sargassum y la especie asiática Rugulopteryx okamurae, estudiada en Andalucía para su posible uso en piensos de acuicultura, no son el mismo organismo ni representan el mismo avance científico.

En el caso andaluz descrito en la investigación de la Universidad de Málaga, se trató la biomasa de Rugulopteryx con bacterias y levaduras beneficiosas y se ensayó en dietas para lisas durante 66 días, con inclusiones del 5% y el 15%. Ese trabajo evaluó efectos en peces, como cambios en el contenido de omega 3 y en la microbiota intestinal. Es una línea sobre alimentación animal y otra especie invasora, no una demostración de que el sargazo del Caribe sea apto para consumo humano.

La distinción es importante porque el término alga agrupa organismos con composiciones y riesgos diferentes. Un resultado positivo con una especie, un tratamiento y un animal no puede trasladarse automáticamente a otra especie ni a la dieta humana. Cada proyecto necesita sus propias pruebas y límites. La reutilización de biomasa puede formar parte de una economía circular, pero esa etiqueta no sustituye a la evaluación ambiental ni a la seguridad alimentaria.

El posible aprovechamiento no sustituye la prevención

Convertir una parte del sargazo en un ingrediente podría reducir el volumen enviado a vertederos y recuperar valor de un material que hoy cuesta retirar. También podría diversificar las fuentes de hidrocoloides utilizadas por la industria. Pero incluso si la tecnología llegara a funcionar a escala comercial, solo absorbería una fracción de las llegadas y dependería de que la recogida, el tratamiento y la venta fueran viables. Una salida industrial puede aliviar una parte del problema, no hacer desaparecer las mareas.

Ese límite evita presentar la innovación como una solución milagrosa. Las playas seguirían necesitando planes de gestión, y la retirada tendría que considerar los efectos sobre fauna, dunas y fondos marinos. A la vez, la investigación sobre posibles usos debe responder preguntas prácticas que van más allá de la química: cuánto material puede procesarse, con qué variación entre lotes y a qué coste. Mientras esas respuestas no estén claras, el aprovechamiento seguirá siendo una posibilidad en desarrollo.

Por ahora, la respuesta más precisa a la idea de comer sargazo es que no se propone consumirlo directamente. Lo que se estudia es extraer compuestos como el alginato y comprobar si pueden convertirse en ingredientes seguros y funcionales. El alga que hoy llega en grandes cantidades a algunas costas podría acabar aportando textura a ciertos alimentos, pero antes necesita superar controles, barreras económicas y la prueba de la confianza pública. El plato todavía no está servido: de momento, la historia ocurre en el laboratorio y en la gestión de las costas.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído