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Afganistán y Pakistán: las causas de los choques en la frontera

Un límite discutido y la violencia insurgente convierten los incidentes fronterizos en una crisis recurrente.

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oficiales militares de Afganistán

Foto de Staff Sgt. Bradley Lail, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

Los combates entre Afganistán y Pakistán no tienen una sola causa: se alimentan de una frontera que Kabul nunca ha reconocido plenamente, de la actividad del grupo insurgente Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP) y de la desconfianza entre dos gobiernos que interpretan de forma opuesta cada ataque y cada movimiento militar. En octubre de 2025, la secuencia volvió a repetirse: Pakistán atacó objetivos en territorio afgano, los talibanes afganos respondieron contra puestos fronterizos paquistaníes y, tras varios días de choques, ambos países acordaron un alto el fuego.

El pacto, anunciado en Doha el 19 de octubre con mediación de Catar y Turquía, frenó los enfrentamientos de aquella crisis, pero no resolvió sus motivos. Islamabad acusa a Kabul de permitir que el TTP opere desde Afganistán; las autoridades talibanes niegan esa responsabilidad y denuncian las incursiones paquistaníes como una violación de su soberanía. A esa disputa se suma la línea Durand, una frontera de origen colonial que sigue sin aceptación política común. Así, una operación contra militantes puede convertirse en una crisis entre Estados.

Una frontera discutida que convierte cada puesto en un símbolo

La línea Durand fue trazada en 1893 por el diplomático británico Mortimer Durand para delimitar territorios bajo influencia de la India británica y Afganistán. Cuando Pakistán nació en 1947, heredó ese límite y lo considera una frontera internacional. Kabul, en cambio, ha cuestionado históricamente su legitimidad y no la ha reconocido formalmente como una separación aceptada por ambas partes. El desacuerdo no es solo una discusión de mapas: la línea atraviesa comunidades pastunes y baluches con vínculos familiares, culturales y comerciales a ambos lados.

La frontera se extiende durante más de 2.500 kilómetros por montañas, valles y zonas de acceso complicado. En algunos tramos, una ruta local puede ser más antigua que los controles que ahora pretenden regularla. Para las comunidades de la zona, el límite estatal puede partir pastos, caminos y relaciones cotidianas; para los gobiernos, marcarlo es una cuestión de soberanía y seguridad. Esa diferencia ayuda a entender por qué una garita, una obra o un control nuevo puede leerse como una provocación, aunque su autor lo presente como una medida defensiva.

Pakistán ha levantado una valla en numerosos sectores y reforzado controles desde 2017 para dificultar el paso de militantes y el contrabando. La barrera ha cambiado la circulación, pero no ha eliminado las rutas informales ni ha zanjado la disputa sobre dónde termina cada país. En un terreno montañoso, un vallado puede reducir los cruces visibles sin borrar las redes locales ni resolver quién tiene derecho a controlar un tramo. Por eso, las obras fronterizas pueden contener una dimensión política además de su función de seguridad.

La línea tampoco ha producido una hostilidad constante e idéntica a lo largo del tiempo. Pakistán apoyó en distintos periodos a los talibanes afganos, al considerar que un gobierno cercano en Kabul podía aumentar su influencia y proteger sus intereses regionales. Pero la relación nunca fue una alianza sin condiciones: los talibanes afganos han defendido su autonomía y no han aceptado someter sus decisiones a Islamabad. El regreso de ese movimiento al poder en Afganistán en 2021, por tanto, no convirtió automáticamente al vecino en un aliado obediente.

El TTP, la acusación que activa las represalias

El Tehreek-e-Taliban Pakistan es una organización insurgente fundada en 2007 que combate al Estado paquistaní y ha reivindicado ataques contra sus fuerzas de seguridad. Aunque comparte referencias ideológicas y vínculos con los talibanes afganos, no es el mismo grupo ni el mismo gobierno. Esta distinción importa: la relación entre ambos movimientos alimenta sospechas y afinidades, pero no demuestra por sí sola que las autoridades de Kabul dirijan las operaciones del TTP.

Islamabad sostiene que integrantes del grupo encuentran refugio en Afganistán y preparan desde allí atentados en Pakistán. Kabul rechaza la acusación de que permita usar su territorio para atacar al vecino. Esa discrepancia es el centro inmediato de muchas crisis: Pakistán reclama acciones contra los militantes y, cuando considera que no las obtiene, recurre a ataques transfronterizos; los talibanes responden que esas incursiones vulneran la soberanía afgana, sobre todo si afectan a población civil. Una misma operación aparece así como una acción antiterrorista para Islamabad y como una agresión para Kabul.

La dificultad para contener al TTP también tiene que ver con la geografía. Las montañas y los pasos remotos complican la vigilancia, mientras que las redes familiares, tribales y comerciales no coinciden necesariamente con las fronteras oficiales. Eso no significa que las comunidades locales apoyen de manera uniforme a los grupos armados ni que toda ruta irregular sea una vía insurgente. Sí explica por qué el control territorial resulta difícil y por qué las acusaciones de refugio seguro son tan difíciles de verificar en medio de una crisis.

Para los talibanes afganos, actuar contra una organización ideológicamente cercana puede tener costes políticos y de seguridad; al mismo tiempo, dejar que las acusaciones de Islamabad se acumulen expone al país a nuevos bombardeos y a un deterioro de sus relaciones con un vecino esencial. Pakistán afronta su propio dilema: una respuesta militar puede presentarse como defensa frente a atentados, pero también aumenta el riesgo de represalias y de que los militantes aprovechen la confrontación. La desconfianza convierte un problema de seguridad compartida en un pulso sobre quién debe ceder primero.

Octubre de 2025: de los bombardeos a la tregua

La escalada de octubre comenzó con explosiones en Kabul la noche del 9 de octubre de 2025. Las autoridades talibanes atribuyeron los ataques a Pakistán y denunciaron incursiones aéreas también en otras zonas afganas, entre ellas Khost, Jalalabad y Paktika. Informaciones de aquellos días señalaron que Noor Wali Mehsud, dirigente del TTP, podía haber sido uno de los objetivos. Sin embargo, los primeros reportes sobre su muerte no quedaron confirmados: el grupo difundió una grabación de audio atribuida a Mehsud en la que afirmaba seguir con vida, y Kabul no verificó de inmediato el objetivo ni el balance de daños.

Durante la noche del 11 al 12 de octubre, fuerzas talibanes atacaron puestos militares paquistaníes a lo largo de la frontera. Kabul presentó la operación como represalia por los bombardeos previos y anunció que había concluido su ofensiva. Pakistán rechazó entonces la idea de que los combates hubieran terminado y, según las informaciones de esos días, los enfrentamientos siguieron durante la mañana del 12 de octubre. También circularon reportes de ataques con drones en Kandahar y Helmand y de bajas entre combatientes talibanes que las autoridades afganas no confirmaron.

Los dos gobiernos ofrecieron balances muy distintos y reivindicaron daños y bajas en el bando contrario. El portavoz talibán Zabihullah Mujahid habló de 58 soldados paquistaníes muertos, nueve bajas propias y la captura de alrededor de 25 puestos, cifras que Pakistán no aceptó. En paralelo, las autoridades paquistaníes describieron enfrentamientos intensos y afirmaron haber respondido a ataques contra sus posiciones. La diferencia entre los partes impide presentar esas cantidades como un recuento independiente: en plena confrontación, las cifras también forman parte de la disputa política.

El 19 de octubre, Catar anunció que ambos gobiernos habían acordado un alto el fuego tras conversaciones en Doha, mediadas por Catar y Turquía. Según los términos difundidos, Afganistán se comprometía a frenar el apoyo a grupos que atacaran Pakistán, en particular al TTP, y las dos partes acordaban abstenerse de atacar a las fuerzas de seguridad, la población civil y las infraestructuras críticas de la otra. El acuerdo detuvo aquella ronda de combates, pero dejó pendiente la cuestión decisiva: cómo comprobar que el territorio afgano no se utiliza para organizar ataques y cómo impedir nuevas incursiones paquistaníes.

Por qué una tregua no borra el conflicto

Un alto el fuego puede detener los disparos sin modificar las condiciones que los hicieron posibles. En este caso, el pacto de octubre no resolvió la disputa sobre la línea Durand ni creó por sí solo una confianza duradera en materia de seguridad. Si Pakistán vuelve a sufrir atentados que atribuye a redes asentadas en Afganistán, puede exigir nuevas operaciones o lanzar ataques; si Kabul percibe esos ataques como una violación de su territorio, puede responder contra puestos militares. La tregua pausa la escalada, pero no sustituye un mecanismo compartido para verificar las acusaciones.

También hay diferencias en la forma de ejercer el poder. Pakistán cuenta con un ejército convencional mucho más desarrollado y es una potencia nuclear. Las fuerzas talibanes, en cambio, tienen experiencia en la guerra irregular y conocen el terreno, pero carecen de capacidades equivalentes para sostener una confrontación convencional prolongada. Esa asimetría hace que una guerra abierta entrañe riesgos para ambos, aunque no sean iguales: la superioridad militar paquistaní no garantiza que pueda eliminar las redes insurgentes ni controlar de forma estable cada paso montañoso.

Por eso, la violencia fronteriza puede mantenerse en un nivel limitado durante periodos y volver a crecer tras un atentado o un bombardeo. Las incursiones selectivas, los ataques contra puestos y las represalias permiten a cada gobierno mostrar firmeza sin declarar necesariamente una guerra convencional. Pero esa contención es frágil: un error de cálculo, un número elevado de bajas o un ataque que afecte a civiles pueden elevar el coste político de retroceder. La escalada no necesita un plan de guerra común; puede surgir de decisiones sucesivas tomadas bajo presión.

La relación entre los dos países tampoco se limita a la seguridad. Pakistán busca impedir que grupos armados ataquen su territorio y asegurar influencia en su vecino occidental; los talibanes afganos quieren defender su autonomía y evitar que Islamabad dicte cómo administrar el país. El acercamiento afgano a otros actores regionales, incluida India, puede alimentar las sospechas paquistaníes, aunque no explique por sí solo los combates. En la práctica, la rivalidad estratégica amplifica una disputa que ya tiene causas locales y militares.

Los pasos fronterizos y el coste para la población

Cuando los combates obligan a cerrar Torkham y Chaman, el impacto se extiende más allá de las posiciones armadas. Torkham conecta el este de Afganistán con el distrito paquistaní de Khyber; Chaman enlaza el sur afgano con la provincia paquistaní de Baluchistán. Son corredores para mercancías y personas, además de puntos de paso para familias que mantienen vínculos a ambos lados. Cerrar un cruce estratégico interrumpe tanto el comercio como la vida cotidiana de las comunidades fronterizas.

Los camiones detenidos pueden transportar alimentos, combustible, materiales de construcción o productos agrícolas. Cada día de espera añade costes a conductores y comerciantes y retrasa suministros que dependen de rutas terrestres. En Afganistán, cuya economía necesita importaciones, los cortes prolongados pueden complicar el abastecimiento; en las localidades paquistaníes cercanas, afectan a quienes viven del transporte y del intercambio comercial. El efecto concreto depende de la duración del cierre y de las alternativas disponibles, por lo que no es posible atribuir automáticamente una subida determinada de precios a cada episodio.

El tránsito humano también queda atrapado en la crisis. Una frontera cerrada puede aplazar consultas médicas, estudios, viajes familiares y el retorno de personas desplazadas. Las expulsiones de afganos desde Pakistán han añadido presión a los cruces en distintos momentos, y el cierre de un paso puede dejar a familias esperando en condiciones precarias. Para quien depende de una autorización o de un único corredor, la frontera no es una línea abstracta: es el acceso a una escuela, un empleo o un familiar.

Las consecuencias económicas y humanas no suelen determinar por sí solas una decisión militar, pero sí elevan el coste de prolongar una crisis. Comerciantes, transportistas y comunidades locales presionan para recuperar la circulación; a la vez, las autoridades pueden utilizar los controles y cierres como instrumentos de presión. Esa doble función ayuda a explicar por qué la reapertura de los pasos suele ser parte de las negociaciones y no solo una consecuencia automática del cese de los disparos.

Una disputa que exige algo más que silencio de armas

La mediación de Catar y Turquía permitió acordar en octubre de 2025 una pausa después de días de violencia, mientras Catar y Arabia Saudí también habían reclamado contención durante la escalada. La diplomacia puede abrir canales cuando los gobiernos dejan de confiar en sus declaraciones públicas, pero un anuncio no garantiza que las fuerzas sobre el terreno interpreten del mismo modo el alto el fuego. Para que una tregua dure, los compromisos deben traducirse en comunicación operativa, investigación de incidentes y procedimientos claros ante nuevas acusaciones.

En el fondo, hay dos problemas distintos que se refuerzan entre sí. El primero es el desacuerdo sobre la frontera y sobre la autoridad para controlar sus pasos; el segundo, la actividad del TTP y la falta de confianza acerca de lo que Kabul hace —o deja de hacer— frente a ese grupo. Resolver uno sin atender al otro dejaría abierto el camino a una nueva crisis. La seguridad no puede separarse de la soberanía cuando cada ataque se interpreta como una prueba de ambas.

Los combates, por tanto, no responden únicamente a una enemistad antigua ni a un incidente aislado. La historia de la línea Durand explica por qué el territorio es disputado; la insurgencia explica por qué Pakistán considera urgente actuar; la soberanía afgana explica por qué Kabul denuncia esas operaciones y puede responder. El alto el fuego reduce el peligro inmediato, pero mientras no exista una fórmula aceptada para afrontar al TTP y gestionar los incidentes fronterizos, cada explosión puede volver a poner en marcha la misma cadena: acusación, represalia, cierre de pasos y negociación bajo presión.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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