Síguenos

Actualidad

Cómo quiere la CNMC acabar con los anuncios que pegan un subidón

Un sistema común comparará la sonoridad de los anuncios con la del contenido y permitirá actuar ante los excesos.

Publicado

el

CNMC frena anuncios a todo volumen

La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) quiere poner fin a los anuncios que irrumpen con más fuerza que el programa que se estaba viendo o escuchando. Para comprobarlo, aplicará criterios técnicos comunes que comparan la sonoridad de la publicidad con la del contenido que la precede y que también tienen en cuenta los picos breves. Si detecta incumplimientos, el regulador puede requerir cambios y, si procede, abrir un expediente sancionador.

La clave no consiste en prohibir los anuncios intensos, sino en impedir que el bloque publicitario destaque por un aumento artificial del nivel sonoro. La referencia se sitúa en torno a –23 LUFS, con un margen técnico de ±1 LU, y el control contempla reglas específicas para piezas muy breves. El marco alcanza la televisión y otros servicios audiovisuales y sonoros, aunque su aplicación depende del tipo de servicio y de las obligaciones que le correspondan.

Una molestia conocida que ahora se puede medir

El sobresalto suele llegar justo cuando cambia la imagen: termina una escena tranquila, entra una cortinilla y la publicidad parece subir varios puntos de golpe. No siempre es que el aparato aumente su potencia ni que el anuncio tenga picos eléctricos mucho mayores. A menudo, la mezcla publicitaria está comprimida y concentra voces, música y efectos en un nivel sostenido que el oído percibe como más intenso que el programa anterior. La diferencia se nota aunque los medidores tradicionales no siempre la describan bien.

Durante años, la norma estableció el principio general —la publicidad no debe superar el nivel medio del programa precedente—, pero faltaba un método homogéneo para determinar si se cumplía. Eso dejaba margen a interpretaciones distintas y complicaba tanto la supervisión como la comparación entre señales. La nueva metodología busca convertir una queja subjetiva en una comprobación reproducible: medir con el mismo criterio qué recibe el espectador, en lugar de confiar solo en impresiones o lecturas parciales de la señal.

El cambio es importante porque la percepción sonora no equivale a mirar una cifra aislada de decibelios. Dos piezas con picos parecidos pueden sentirse muy distintas si una mantiene las voces y la música comprimidas durante todo el anuncio y la otra deja más espacio entre sonidos. Por eso el control se centra en la sonoridad percibida durante un periodo y no únicamente en el máximo instantáneo. La norma intenta medir la experiencia de escucha, no solo la electricidad de la señal.

Qué mide la referencia de –23 LUFS

LUFS es una unidad utilizada para expresar la sonoridad de una señal de audio teniendo en cuenta, de manera aproximada, cómo oye el ser humano distintas frecuencias. La referencia técnica europea R-128, de la Unión Europea de Radiodifusión, establece un objetivo de normalización en torno a –23 LUFS. La cifra no significa que cada segundo de un programa deba sonar idéntico ni que todas las voces y músicas tengan que quedar aplastadas al mismo nivel; sirve para mantener una altura general comparable entre contenidos consecutivos.

En los criterios descritos para la supervisión se contempla un margen de tolerancia de ±1 LU respecto de ese valor. La medición de sonoridad integrada considera el conjunto de una pieza o bloque, en vez de fijarse solo en un instante. También se presta atención a la sonoridad de corto plazo y a los picos, porque una media aceptable podría esconder un golpe sonoro breve capaz de resultar molesto. Así se examina tanto el nivel sostenido como los cambios abruptos.

El estándar también evita que el resultado se distorsione por pasajes de silencio o de volumen muy bajo. Si una medición incluyera sin más largos tramos casi inaudibles, la media podría ocultar que el resto del anuncio suena con demasiada intensidad. Los métodos de análisis incorporan criterios para que esos fragmentos no falseen la comparación. La medición busca representar el nivel que realmente domina la escucha, no permitir que una mezcla se beneficie de pausas añadidas para rebajar artificialmente su promedio.

Por qué los decibelios no bastan

Los decibelios describen magnitudes acústicas o eléctricas, pero no expresan por sí solos cómo se percibe un sonido durante una secuencia completa. Una voz grave, una música aguda y un golpe corto pueden producir lecturas distintas y, sin embargo, generar una impresión subjetiva que no se deduce de un único pico. Además, la compresión dinámica —una técnica de mezcla que reduce la diferencia entre las partes suaves y fuertes— puede hacer que un anuncio parezca estar siempre al frente. La sonoridad percibida depende también de la duración y del contenido.

Ese mecanismo explica por qué un anuncio puede sentirse más alto aunque sus máximos no parezcan extraordinarios. Si se recortan los momentos suaves y se mantiene el resto cerca de un nivel constante, el oído recibe una señal más densa. En cambio, un programa puede alternar diálogos, música, silencios y sonidos ambientales, conservando contrastes expresivos. La regulación no obliga a eliminar esa dinámica: pretende que la media publicitaria no se imponga sobre el espacio editorial y que los picos no se conviertan en una vía para esquivar la norma.

La comparación tampoco significa que cada pausa tenga que sonar exactamente igual que cualquier programa. Un partido en directo, un concierto y un documental pueden tener perfiles muy diferentes. El punto de referencia es el contenido que precede al bloque, medido con criterios comunes; no una regla que aplana todos los géneros hasta hacerlos indistinguibles. Se limita el salto entre contenidos, no la personalidad sonora de cada producción.

Las cortinillas también entran en el control

Las cortinillas son las piezas breves que separan un programa de la publicidad o anuncian el comienzo de una pausa. Aunque duren apenas unos segundos y no presenten un producto concreto, pueden funcionar como un aviso sonoro y provocar el mismo sobresalto que un anuncio. Por eso no deberían convertirse en una excepción para elevar el volumen justo antes de que empiece el bloque. El cambio de sección no autoriza un golpe de sonoridad.

La misma lógica se aplica a las autopromociones y a otros elementos comerciales o de continuidad que acompañan la programación. La identificación de la publicidad puede seguir siendo clara mediante recursos visuales, narrativos o musicales, pero no depende de que suene más alto. En la práctica, las cadenas deben revisar no solo los anuncios contratados, sino también las piezas que producen para promocionar sus propios espacios. El control se fija en el efecto de la señal que llega al público, no únicamente en quién encargó la pieza.

En los spots de duración muy corta, una medición integrada puede ofrecer poca información sobre una subida repentina. Los criterios contemplan por eso una atención específica a la sonoridad de corto plazo y a los máximos, además de la media general. La duración reducida no elimina el impacto: una ráfaga de pocos segundos puede ser suficiente para que el espectador baje el volumen del televisor. Cuanto más breve es la pieza, más relevante resulta observar sus picos.

De la TDT al vídeo bajo demanda y la radio

El alcance ya no se limita a la televisión terrestre. La supervisión se plantea también para la televisión de pago, los servicios audiovisuales por Internet y el vídeo bajo demanda, donde los anuncios pueden insertarse antes o durante un programa. La idea es que el cambio de una emisión lineal a una aplicación no convierta la pausa en una zona sin reglas. La sonoridad debe mantenerse bajo control aunque cambie la forma de distribuir el contenido.

El marco contempla además la radio y los servicios sonoros a petición, como los podcasts con publicidad. En esos formatos, las cuñas suelen producirse con una mezcla compacta para que se entiendan en el coche, en la calle o con auriculares; aun así, esa práctica no debería hacer que la inserción sobresalga frente al espacio que la rodea. La comprobación tiene que atender a las características del medio, pero mantiene el principio esencial: los mensajes comerciales no deben imponerse por un nivel medio superior al contenido precedente.

También se ha señalado el contenido creado por usuarios de especial relevancia cuando encaja en la categoría de prestador audiovisual sometido a la ley. Eso no equivale a afirmar que cada vídeo publicado por cualquier persona quede automáticamente sujeto al mismo régimen. La obligación depende del servicio y de su encaje regulatorio; por eso conviene distinguir entre una plataforma, un proveedor audiovisual y una publicación aislada en una red social. El alcance se amplía más allá de la TDT, pero no convierte todo audio o vídeo de Internet en una emisión regulada de idéntica manera.

Qué papel corresponde a los operadores y a la CNMC

La CNMC actúa como supervisor: fija criterios para comprobar el cumplimiento, puede analizar emisiones y tiene capacidad para requerir correcciones o iniciar actuaciones cuando aprecia indicios de infracción. La metodología común ofrece una base más sólida que una valoración basada únicamente en quejas individuales. A la vez, la obligación práctica recae en quienes prestan los servicios sujetos a la normativa: deben controlar el material que difunden y evitar que la publicidad rebase los límites establecidos.

Ese trabajo empieza antes de la emisión. Las cadenas, plataformas y proveedores de audio necesitan que sus procesos de producción y control comprueben la sonoridad de los archivos recibidos, incluidas las piezas encargadas a productoras externas. Si el anuncio se adapta o se procesa de nuevo al pasar por una plataforma, también importa cómo queda la versión final. Una mezcla correcta en el estudio no garantiza por sí sola que la señal conserve el mismo equilibrio hasta el dispositivo.

La medición puede servir tanto para observar el funcionamiento general del mercado como para examinar una emisión concreta. Si una persona percibe una subida, su experiencia puede señalar un problema, pero la determinación del incumplimiento requiere aplicar los parámetros técnicos al material correspondiente. De ahí que la supervisión no dependa solo de cuántas quejas se acumulen: la prueba debe comparar la señal con el método establecido. Esa distinción reduce la arbitrariedad y facilita que los operadores sepan qué corregir.

Qué consecuencias puede tener incumplir la norma

La Ley General de Comunicación Audiovisual establece que el nivel sonoro de las comunicaciones comerciales audiovisuales no puede superar el nivel medio del programa que las precede. El incumplimiento de esa obligación está tipificado como infracción leve en el artículo 121.4, según la información disponible sobre la norma. Eso permite que la CNMC actúe dentro de sus competencias, pero no significa que cada diferencia percibida desemboque de forma automática en una multa. La constatación técnica y el procedimiento administrativo son determinantes.

Ante una desviación, el regulador puede requerir que se corrija la conducta y, si concurren las condiciones previstas, tramitar un expediente sancionador. La sanción concreta depende del régimen aplicable y de las circunstancias del caso; no resulta riguroso trasladar una única cifra como si fuera un máximo universal para todos los servicios. Las cuantías pueden variar según el tipo de prestador y la calificación jurídica de los hechos, y deben comprobarse en la normativa vigente antes de afirmarlas.

La diferencia entre corregir una mezcla y sancionar una infracción también es relevante. El propósito inmediato de un control es que el material deje de incumplir y que el problema no se repita. Si el operador no atiende los requerimientos o persiste en una conducta contraria a la ley, el expediente puede tener consecuencias adicionales. La posibilidad de sanción da fuerza al estándar, pero no sustituye la evaluación de cada caso.

Lo que la regulación no puede prometer

Una referencia común no hará que todos los anuncios tengan el mismo carácter. Algunos seguirán pareciendo más enérgicos por su música, su ritmo, el tono de las voces o la manera de contar una historia. La norma actúa sobre la sonoridad medible y sobre los picos, no sobre el gusto creativo ni sobre la intensidad dramática. Tampoco garantiza que todos los dispositivos reproduzcan exactamente el mismo nivel: influyen los ajustes del televisor, los altavoces, los auriculares, el modo nocturno y el procesamiento de cada equipo.

Por eso puede persistir cierta diferencia entre dos fuentes incluso cuando ambas respetan los límites. Un programa muy pausado seguido de una pieza publicitaria con música viva puede sentirse distinto sin que exista necesariamente una infracción, siempre que la medición se mantenga dentro de los parámetros. La regulación no elimina el contraste narrativo; busca evitar que ese contraste se consiga simplemente empujando el volumen. La distinción entre creatividad y exceso será parte de la labor de supervisión.

También queda un límite práctico: las reglas sobre comunicaciones comerciales audiovisuales no son una herramienta para controlar cualquier sonido que circula en Internet. Un vídeo sin publicidad, un mensaje personal o una emisión ajena al ámbito de aplicación no se convierte automáticamente en objeto de este control. La protección depende de qué servicio difunde el contenido y de cómo lo clasifica la legislación. El alcance es amplio, pero no ilimitado.

Una pausa más equilibrada, sin sonido plano

El cambio más visible para el público, si los operadores aplican los criterios de forma consistente, será una transición menos brusca entre el programa y la publicidad. No necesariamente desaparecerán todas las diferencias de percepción, pero sí debería perder terreno el recurso de hacer que una pausa parezca más presente mediante una mezcla permanentemente comprimida o una cortinilla estridente. El objetivo es que el espectador no tenga que recurrir al mando cada vez que empieza un bloque.

Para la industria, la novedad consiste en contar con una referencia compartida y verificable. Productores, cadenas, plataformas y servicios de audio pueden revisar las piezas con parámetros comparables, mientras el regulador dispone de una base técnica para intervenir. La creatividad sigue teniendo espacio; lo que pierde legitimidad es el sobresalto como reclamo. En lugar de competir a fuerza de volumen, los anuncios tendrán que hacerse notar por su contenido, su sonido y su forma de contar, no por irrumpir por encima de lo que el público estaba escuchando.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído