Ciencia
El canto sincronizado de las cigarras: qué coordina todo el estruendo
Temperatura, cortejo y supervivencia explican los coros que llenan de sonido los árboles en verano.

En los días más cálidos, los árboles parecen vibrar bajo una descarga sonora que llega desde las ramas. No se trata de una conversación colectiva en sentido humano, sino de la coincidencia de numerosos machos que responden a las mismas condiciones ambientales y buscan pareja durante una breve etapa adulta. El calor activa su metabolismo y favorece la emisión del canto, mientras la presencia de otros ejemplares transforma llamadas aisladas en un coro continuo.
La sincronización no ocurre igual en todas las especies ni implica que cada individuo emita exactamente la misma señal. Cada cigarra conserva un patrón propio, reconocible por las hembras de su especie, pero ajusta su actividad al momento del día, la temperatura y la densidad de machos cercanos. El resultado es una escena acústica coordinada por el ambiente y la reproducción, no una orden central que dirija a los insectos.
El calor enciende el coro de las cigarras
Las cigarras son animales ectotermos: su temperatura corporal depende en buena medida del entorno. Cuando el aire y la superficie de los troncos se calientan, sus músculos funcionan con mayor rapidez y el insecto dispone de más energía para volar, localizar un lugar soleado y producir señales acústicas. Por eso el canto suele intensificarse durante las horas centrales y en las tardes calurosas. La temperatura actúa como un interruptor biológico que marca cuándo resulta más rentable cantar.
El patrón, sin embargo, no es ilimitado. Con un calor excesivo, la actividad puede disminuir porque el cuerpo necesita evitar la deshidratación y el sobrecalentamiento. En muchas especies, los intervalos más favorables se sitúan en una franja cálida, pero no extrema. La sombra, el viento fuerte, la lluvia y una bajada brusca de temperatura también pueden apagar el paisaje sonoro en pocos minutos. El silencio repentino de un árbol no significa necesariamente que las cigarras hayan desaparecido; puede reflejar un cambio inmediato en el microclima.
La vegetación crea pequeñas diferencias que modifican la experiencia. Un pinar abierto recibe más radiación que un bosque denso; una pared soleada calienta antes que el suelo húmedo; una rama expuesta ofrece mejores condiciones que la parte baja del tronco. Estas variaciones explican por qué el canto comienza antes en algunos árboles y se desplaza después por el paisaje. El verano no funciona como un reloj uniforme, sino como un mosaico de temperaturas. Cada grupo responde al calor de su propio refugio.
Un órgano diseñado para proyectar sonido
El canto de las cigarras no nace de la fricción entre las alas, como ocurre en muchos grillos. Los machos poseen órganos llamados timbales, unas membranas rígidas situadas a los lados del abdomen. Músculos especializados las deforman y relajan con gran velocidad, produciendo pulsos sonoros que se repiten muchas veces por segundo. El timbal funciona como una pequeña lámina vibratoria de enorme eficacia.
La anatomía abdominal amplifica esa vibración. Las cavidades internas y los sacos de aire actúan como cámaras de resonancia, de modo que un insecto de pocos centímetros puede llenar de sonido un olivar, un parque o una ladera. En determinadas especies y a corta distancia, la intensidad puede aproximarse a 100 o incluso 120 decibelios, aunque la cifra depende del método de medición, la posición del animal y la distancia del observador. No todas las cigarras alcanzan el mismo volumen, y comparar registros sin contexto puede inducir a error.
La potencia tiene una función práctica. La llamada debe atravesar hojas, viento y ruido ambiental para llegar a las hembras, que pueden encontrarse en otra rama o en un árbol cercano. El macho que emite una señal clara y persistente aumenta la posibilidad de ser localizado, pero también se vuelve más visible para aves y otros depredadores. El canto es una ventaja reproductiva con un coste ecológico: atraer pareja también puede atraer peligro.
La sincronía nace de muchas llamadas individuales
Escuchar un coro no significa que todos los individuos estén siguiendo un compás idéntico. Cada macho inicia, interrumpe y repite su llamada según su estado corporal, su posición y la respuesta de otros ejemplares. La proximidad produce una superposición de sonidos que el oído humano percibe como una masa uniforme, aunque dentro de ella existan ritmos, frecuencias y pausas diferentes. La aparente unidad del coro esconde una compleja mezcla de señales.
En algunas especies, la llamada de un macho estimula a otros a comenzar o intensificar su actividad. Esta respuesta puede crear agrupaciones acústicas muy densas, especialmente cuando hay muchos ejemplares sobre el mismo árbol. La competencia también modifica el comportamiento: un macho situado cerca puede acelerar sus pulsos, prolongar la emisión o buscar una posición más expuesta. La interacción entre vecinos convierte una señal sexual en una escena colectiva.
La coordinación tiene además una dimensión espacial. Las cigarras no necesitan estar juntas para que el paisaje parezca sincronizado; basta con que ocupen ramas cercanas y reaccionen a condiciones parecidas. En un bosque, el sonido puede avanzar como una ola irregular mientras los grupos de distintos árboles alcanzan su máxima actividad en momentos sucesivos. El observador percibe continuidad, aunque cada foco tenga su propio ritmo. La distancia transforma llamadas separadas en una sola impresión sonora.
El canto sirve para encontrar pareja y reconocer especies
Solo los machos producen la llamada principal de cortejo. Las hembras carecen del aparato cantor desarrollado y localizan a los posibles compañeros mediante las características acústicas de la señal. El tono, la duración, la velocidad de repetición y la estructura de los pulsos permiten distinguir a un macho de otro. El canto funciona como una tarjeta de identidad reproductiva, especialmente en lugares donde conviven especies parecidas.
La selección de pareja depende de algo más que el volumen. Una señal demasiado intensa puede llamar la atención, pero no garantiza que corresponda a la especie adecuada. Las hembras responden a patrones concretos y pueden acercarse mediante vuelos cortos o movimientos hacia la fuente. En ciertos grupos, también producen respuestas discretas con las alas o el cuerpo. El intercambio acústico guía el encuentro antes del contacto físico.
La diferencia entre especies puede ser tan sutil que dos cigarras visualmente casi idénticas se distinguen mejor por la voz que por el color o el tamaño. Esta separación acústica reduce los apareamientos entre especies y contribuye al aislamiento reproductivo. De ahí que la identificación científica combine observación, grabaciones y análisis de frecuencias. Para estudiar una cigarra no siempre basta con fotografiarla; a menudo hay que escucharla en el momento adecuado.
El largo silencio bajo tierra prepara unas semanas decisivas
La parte más llamativa de la vida de una cigarra transcurre cuando nadie la ve. Tras salir del huevo, la ninfa cae al suelo y se entierra cerca de las raíces. Allí utiliza su aparato bucal perforador para extraer fluidos vegetales y atraviesa varias mudas antes de convertirse en adulta. Según la especie, esta etapa puede durar entre dos y 17 años. La cigarra que llena el verano de ruido ha pasado la mayor parte de su existencia bajo tierra.
Cuando llega el momento, la ninfa excava un túnel, emerge y trepa por un tronco o una planta. La cutícula se abre en la espalda y aparece el adulto, todavía pálido y con las alas blandas. En pocas horas, el cuerpo adquiere consistencia y color. La exuvia, esa piel vacía que queda adherida a la corteza, es una de las huellas más fáciles de encontrar. La muda marca el paso de una vida subterránea a una carrera reproductiva muy breve.
La fase adulta suele durar entre dos y seis semanas, aunque la duración exacta cambia según la especie y las condiciones ambientales. Durante ese periodo, los adultos se alimentan de savia de tallos y ramas, buscan pareja y ponen huevos en tejidos vegetales. Después mueren, mientras una nueva generación inicia el ciclo bajo el suelo. La enorme inversión de años desemboca en unos pocos días de canto, vuelo y reproducción.
Emergencias masivas y estrategia frente a los depredadores
Algunas cigarras periódicas de Norteamérica, sobre todo las del género Magicicada, son célebres por sus emergencias de 13 o 17 años. Millones de individuos aparecen en una misma región durante un periodo corto, cubren troncos y ramas y producen un estruendo difícil de ignorar. No todas las cigarras del mundo siguen ciclos tan largos: muchas especies mediterráneas y tropicales aparecen cada año o después de varios años, sin formar concentraciones comparables. Los ciclos extremos pertenecen a un grupo concreto y no describen a toda la familia.
La aparición masiva puede saturar a los depredadores. Aves, mamíferos, reptiles y otros animales consumen grandes cantidades, pero la abundancia supera su capacidad de capturar a todos los insectos. Así, suficientes supervivientes logran aparearse y dejar descendencia. Esta estrategia se conoce como saturación de depredadores y convierte la cantidad en una defensa colectiva. La supervivencia no depende de que cada cigarra escape, sino de que sobrevivan bastantes.
Los números 13 y 17, ambos primos, podrían reducir la coincidencia con ciclos reproductivos más cortos de depredadores y competidores. La explicación es influyente, pero no debe presentarse como una certeza única para todos los detalles evolutivos. También intervienen la historia climática, la distribución geográfica, la disponibilidad de raíces y la dinámica de cada población. La periodicidad es el resultado de varias presiones evolutivas combinadas, no de una regla matemática aislada.
Dónde se escucha con más intensidad
Las cigarras viven en regiones tropicales y templadas de casi todo el planeta, con excepción de la Antártida. Son habituales en bosques, dehesas, olivares, pinares, jardines arbolados y huertos. Necesitan plantas para alimentarse y lugares donde los adultos puedan posarse, calentarse y reproducirse. La abundancia local depende de la especie, la edad de los árboles, la humedad del suelo y la continuidad de la vegetación. Un paisaje con árboles maduros ofrece más oportunidades que una superficie completamente despejada.
En la península ibérica, las tardes de verano en ambientes mediterráneos concentran buena parte de la actividad. Especies como Cicada orni y Lyristes plebejus ocupan áreas cálidas donde los adultos encuentran ramas soleadas. La presencia exacta cambia de una comarca a otra, y la identificación requiere atender al aspecto, la fecha, el hábitat y el canto. El paisaje sonoro puede revelar una diversidad que la vista pasa por alto.
La urbanización fragmenta los lugares adecuados, pero los parques y alineaciones de árboles pueden conservar poblaciones. El problema aparece cuando se eliminan los árboles adultos, se compacta el suelo o se sustituyen áreas vegetadas por superficies impermeables. Los insecticidas de amplio espectro también pueden afectar a las ninfas y a otros organismos del suelo. Proteger el hábitat significa cuidar tanto la copa como la tierra que hay debajo.
Qué efecto tienen sobre árboles, personas y ecosistemas
Las cigarras extraen savia mediante un estilete, no mastican hojas ni madera. En árboles adultos y en densidades normales, la alimentación suele producir daños limitados. Las concentraciones extraordinarias pueden afectar a ramas jóvenes, especialmente cuando las hembras realizan pequeñas incisiones para depositar los huevos. Los ejemplares recién plantados son más vulnerables que los árboles desarrollados. La presencia de muchas cigarras no equivale automáticamente a una plaga agrícola.
Para las personas, son insectos inofensivos. No tienen aguijón ni mandíbulas capaces de causar una mordedura defensiva, y su aparato bucal está adaptado a los fluidos vegetales. Pueden resultar molestos por el volumen del canto cuando se posan cerca de viviendas, pero no transmiten enfermedades por el simple contacto. El ruido es la principal incomodidad cotidiana asociada a los adultos.
Su papel ecológico va más allá del sonido. Las cigarras forman parte de la dieta de numerosas aves y vertebrados, y sus cuerpos aportan nutrientes al suelo después de la muerte. Las ninfas, además, remueven pequeñas cantidades de tierra mientras excavan y conectan la vegetación con la cadena alimentaria subterránea. Una aparición ruidosa también representa alimento, materia orgánica y actividad biológica.
La temperatura también cambia el calendario
El calor no solo influye en la intensidad de la llamada; puede adelantar o retrasar la emergencia de los adultos. La humedad del suelo, las lluvias y la evolución de las raíces condicionan el desarrollo de las ninfas. Una primavera templada puede acelerar ciertos procesos, mientras una sequía prolongada puede reducir la disponibilidad de fluidos y afectar la supervivencia. El calendario de las cigarras es una lectura sensible del entorno.
Los cambios climáticos sostenidos podrían alterar la coincidencia entre la salida de los adultos, la floración de las plantas y la abundancia de depredadores. Si las emergencias ocurren antes o después de lo habitual, se modifican las oportunidades de apareamiento y la cantidad de alimento disponible para las aves. No todas las especies responderán de la misma manera, porque sus ciclos y hábitats son distintos. El impacto climático se manifiesta de forma desigual según la biología local.
Escuchar más o menos cigarras en un verano concreto tampoco permite diagnosticar por sí solo la salud de un ecosistema. El ruido depende de la temperatura, la hora, el viento, la densidad de árboles y la fase reproductiva. Para detectar tendencias hacen falta observaciones repetidas y comparables, no una impresión tomada en una sola tarde. El canto es una pista natural valiosa, pero necesita contexto para convertirse en evidencia.
El verano que se escucha también cuenta una historia evolutiva
El coro de las cigarras resume una paradoja de la naturaleza: una vida larguísima y oculta desemboca en una presencia adulta breve, intensa y visible. El sonido que llega desde los árboles es la expresión final de un proceso que comenzó años antes en las raíces. Cada llamada participa en la búsqueda de pareja, en la separación entre especies y en la continuidad de una población. El paisaje sonoro del verano es también el último capítulo de una historia subterránea.
Cuando varios machos activan sus timbales durante una tarde cálida, la coincidencia nace de la fisiología, del clima y de la concentración reproductiva. No existe un director del coro, pero sí una red de respuestas al ambiente y a las señales vecinas. Esa coordinación imperfecta basta para convertir una rama, una plaza o un olivar en una caja de resonancia natural. La aparente simultaneidad es una de las formas más visibles de la adaptación de las cigarras.
La próxima vez que el aire parezca vibrar, conviene mirar también el tronco: quizá haya adultos ocultos entre las hojas, exuvias adheridas a la corteza o pequeñas perforaciones donde comenzó la siguiente generación. El ruido no es un simple fondo del calor. Es una señal de reproducción, una oportunidad para los depredadores y un recordatorio de que bajo el suelo continúa una vida que casi nunca vemos. Las cigarras convierten unas pocas semanas de verano en una demostración sonora de supervivencia.

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