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Economía

El cierre de Ÿnsect y el coste de criar insectos a gran escala

La fábrica de Amiens no alcanzó la escala rentable y dejó al descubierto los límites de una apuesta industrial.

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varios insectos comestibles en una bandeja de madera

La liquidación de Ÿnsect, decretada el 1 de diciembre de 2025 por el tribunal de comercio de Évry, puso fin a una de las apuestas más ambiciosas de Europa por producir proteína de insectos a escala industrial. La empresa francesa acumuló retrasos, pérdidas y problemas para estabilizar su gran planta de Amiens; cuando necesitó más financiación, ya no consiguió reunirla. El proyecto no se hundió por una sola causa, sino porque una instalación cara y compleja no llegó a producir de forma sostenida al ritmo que exigía su modelo de negocio.

La compañía había captado más de 600 millones de euros entre capital, deuda y otras formas de financiación, según los recuentos difundidos sobre su trayectoria. Sin embargo, el dinero invertido no se convirtió en ingresos suficientes para mantener la operación. La brecha entre la promesa y los resultados se hizo visible en Amiens: la fábrica debía abaratar cada tonelada al crecer, pero la escala prevista no llegó a consolidarse antes de que se agotara la caja.

Una granja vertical pensada para producir ingredientes, no aperitivos

Fundada en 2011, Ÿnsect criaba tenebrios, larvas de escarabajo conocidas también como gusanos de la harina, en instalaciones verticales automatizadas. De ellas obtenía harina rica en proteínas, aceite y frass, el material orgánico que queda tras la cría y que puede utilizarse como fertilizante. Su propuesta no consistía principalmente en vender insectos enteros al consumidor, sino en fabricar ingredientes para cadenas de alimentación animal, en especial para acuicultura y comida para mascotas.

La empresa también exploró productos para alimentación humana, un ámbito sujeto a autorizaciones específicas en la Unión Europea. Pero el núcleo económico de la apuesta estaba en los usos industriales: sustituir parte de las proteínas empleadas en piensos por ingredientes derivados de insectos. El relato de economía circular era atractivo: aprovechar determinados subproductos vegetales y producir proteína con menos dependencia de suelo y agua que algunas alternativas. La promesa ambiental, sin embargo, no eliminaba la necesidad de competir en precio, calidad y suministro regular.

Ÿnsect se convirtió además en un símbolo de la innovación francesa, con patentes, inversores conocidos y presencia en foros empresariales. La planta de Poulainville, cerca de Amiens, debía materializar esa ambición. Sus bandejas apiladas, los sistemas de control y la automatización buscaban hacer posible una producción continua en altura, como una fábrica convencional adaptada a un organismo vivo. La dificultad estaba precisamente en esa mezcla: no bastaba con construir una nave; había que coordinar ingeniería, biología y producción diaria.

Amiens debía demostrar que la producción vertical podía ser rentable

El proyecto de la macroplanta se anunció en 2018 y la primera piedra se colocó en marzo de 2020. La instalación fue diseñada para alcanzar una capacidad teórica de hasta 100.000 toneladas anuales, una escala extraordinaria para una actividad que todavía estaba aprendiendo a producir de forma industrial. Los plazos se alargaron y la puesta en marcha gradual no empezó hasta principios de 2024, después de interrupciones y ajustes que afectaron al calendario y al coste del proyecto.

La cifra de capacidad prevista describe lo que la planta debía poder alcanzar, no lo que llegó a fabricar de manera estable. En una explotación de tenebrios, la temperatura y la humedad influyen en el crecimiento y en la supervivencia de las larvas; los ciclos de cría, la limpieza y el control de posibles contaminaciones también deben encajar con el funcionamiento mecánico. Una línea automatizada puede mover bandejas con precisión, pero no convierte por sí sola un proceso biológico variable en producción uniforme.

Los retrasos tuvieron un efecto acumulativo. Mientras la fábrica no alcanzaba el rendimiento esperado, seguían pesando los costes de construcción, mantenimiento, personal y financiación. Además, cada modificación de equipos o de diseño podía exigir nuevas pruebas y periodos de aprendizaje. La instalación necesitaba funcionar muchas horas y con pocas interrupciones para repartir sus costes fijos entre un volumen elevado de producto. Si la producción se queda corta, cada tonelada soporta una parte mayor de la factura industrial.

El coste no era solo la electricidad

La cría masiva requiere controlar el ambiente de las instalaciones, mover aire, mantener condiciones adecuadas y operar equipos automatizados. A eso se añaden la alimentación de las larvas, el personal especializado, la limpieza, las reparaciones y el mantenimiento de sensores y motores. La energía cara agravó el problema, pero reducir el fracaso a la factura eléctrica dejaría fuera una parte esencial: el modelo necesitaba una planta compleja, muy utilizada y estable para que sus costes unitarios bajaran.

Ese tipo de estructura implica una inversión inicial elevada antes de que exista un flujo de ventas capaz de sostenerla. En una planta piloto, una producción modesta puede servir para aprender; en una macroinstalación, la misma escala limitada se convierte en una carga. Ÿnsect había apostado por construir con ambición desde el principio, confiando en que la capacidad y la automatización permitirían reducir costes con rapidez. La curva de aprendizaje fue más lenta que la necesidad de pagar las facturas.

También existía una dificultad de mercado. La harina de insecto competía con ingredientes ya asentados, como la harina de pescado y las proteínas vegetales, que cuentan con cadenas de suministro conocidas y presionan sobre el precio. Los clientes industriales necesitan recibir un producto homogéneo y en cantidades previsibles; no basta con que la innovación funcione en una demostración o tenga ventajas potenciales. Para que una fábrica de este tipo se sostenga, la producción debe coincidir con pedidos recurrentes y precios aceptables para ambas partes.

Del procedimiento de protección a la liquidación

El deterioro se hizo especialmente visible en 2024 y 2025. En 2024, la empresa recurrió en Francia a un procedimiento de protección frente a acreedores, conocido como sauvegarde, para intentar ganar margen mientras reorganizaba sus operaciones. Después llegaron recortes de plantilla, pausas y cambios de estrategia. La compañía trató de concentrarse en productos con mejores márgenes y reducir la necesidad de financiar por sí sola toda la cadena de producción.

Entre las opciones planteadas figuraban priorizar el mercado de comida para mascotas, reducir la exposición a productos más estandarizados y suministrar larvas a terceros en vez de integrar todas las etapas. Eran intentos de adaptar una estructura demasiado pesada a una situación de caja cada vez más estrecha. El cambio de rumbo podía mejorar las perspectivas futuras, pero no borraba los costes acumulados ni resolvía de inmediato la falta de financiación.

La liquidación judicial llegó el 1 de diciembre de 2025. La plantilla, que había alcanzado varios centenares de trabajadores, se redujo durante la reestructuración; las informaciones sobre el cierre situaban en torno a 40 el número de empleados que quedaban en esa fase final. El golpe afectó a personas formadas para trabajos específicos de biología aplicada, automatización y mantenimiento industrial, además de a proveedores y empresas de la zona. La promesa de empleo local, como la promesa tecnológica, dependía de que el negocio pudiera mantenerse en marcha.

Más de 600 millones: qué significa realmente esa cifra

La cantidad total movilizada por Ÿnsect suele resumirse en más de 600 millones de euros, aunque las estimaciones varían según qué partidas incluyan. En ese cómputo aparecen aportaciones de inversores privados, capital, bonos convertibles y deuda bancaria, además de ayudas y financiación pública. Por tanto, no es correcto presentar todo ese importe como dinero público ni como subvenciones a fondo perdido: buena parte correspondía a instrumentos financieros con condiciones y riesgos distintos.

Las estimaciones sobre la ayuda pública también dependen de cómo se contabilice. Un desglose citado en la información disponible cifra en torno a 20 millones de euros las subvenciones directas, incluidos unos 15 millones procedentes de programas de la Unión Europea. Otras cifras, cercanas a 200 millones, agrupan un conjunto más amplio de apoyos públicos, como préstamos, inversiones o instrumentos de financiación. La diferencia entre ambas cantidades no demuestra por sí misma una contradicción: puede reflejar que se están midiendo conceptos distintos.

La cuestión que deja el caso no es si toda inversión pública en innovación debe evitarse. La investigación y el desarrollo pueden generar conocimiento útil aunque una empresa concreta no sobreviva. Pero financiar una instalación industrial plantea preguntas adicionales: qué hitos técnicos se han cumplido, cuánto producto se fabrica de forma estable y qué contratos permiten venderlo. Separar las ayudas a la investigación de los apoyos a la producción facilita evaluar qué se financia y qué resultados se esperan.

Los activos pueden sobrevivir aunque la empresa cierre

La liquidación abre un proceso para ordenar la venta de activos y atender a los acreedores de acuerdo con el procedimiento. Entre los elementos que pueden tener valor figuran la planta de Amiens, la instalación piloto de Dole, los equipos, las patentes y el conocimiento acumulado sobre la cría y el procesamiento de insectos. No todos esos bienes tienen por qué acabar en manos de un único comprador ni volver a utilizarse del mismo modo.

Un operador industrial podría estar interesado en integrar parte de la tecnología o en aprovechar la infraestructura, mientras que otro comprador podría valorar sobre todo las patentes y la experiencia técnica. También cabe que algunos equipos se desmonten y se utilicen en otras instalaciones. El valor de una fábrica no depende solo de lo que costó construirla, sino de lo que puede producir y de los gastos que heredaría quien la compre.

Amiens necesitaría, para reactivarse a gran escala, capital, energía a un precio competitivo, suministro regular de materias primas y clientes capaces de absorber la producción. La planta de Dole, de menor tamaño, ofrece un entorno distinto para pruebas o producción limitada. En cualquiera de los escenarios, el conocimiento industrial no desaparece automáticamente con la sociedad: la liquidación de una compañía puede cerrar su actividad y, al mismo tiempo, dejar tecnología reutilizable para otros.

El tropiezo de Ÿnsect no equivale al fin de la proteína de insectos

La caída de una empresa emblemática no demuestra que toda la industria sea inviable. Sí pone en cuestión una estrategia concreta: construir una capacidad enorme antes de haber probado que los costes, los procesos y las ventas pueden sostenerla. Otros productores, como Innovafeed en Francia y Protix en Países Bajos, han buscado integrar sus instalaciones con complejos agroindustriales. Esa cercanía puede facilitar el acceso a subproductos y aprovechar calor residual, además de reducir transportes.

La integración no elimina los riesgos ni garantiza beneficios. Cada planta debe demostrar que puede mantener una producción consistente y que sus clientes aceptan el producto a un precio viable. Pero aprovechar infraestructuras y flujos materiales que ya existen puede aliviar algunos costes que una instalación aislada tendría que asumir por su cuenta. La simbiosis industrial es menos vistosa que una fábrica monumental, aunque puede ser más útil para ajustar la economía del proceso.

En la Unión Europea existen autorizaciones para determinados usos de proteínas de insectos, con presencia en alimentación para acuicultura y animales de compañía, además de permisos sujetos a condiciones para otros piensos. También se han aprobado ciertos insectos como nuevos alimentos para consumo humano. Ese marco abre posibilidades, pero no crea automáticamente una demanda amplia ni hace que todos los productos sean intercambiables. La regulación permite operar dentro de unas condiciones; el mercado sigue decidiendo qué compra y a qué precio.

España puede aprender de una fábrica construida demasiado pronto

El caso interesa a España por la relación entre la industria de insectos, la acuicultura y la fabricación de comida para mascotas. Son sectores que podrían utilizar proteínas alternativas si la calidad, el suministro y el precio encajan. Además, en distintas regiones hay actividad agroalimentaria y subproductos que, en principio, podrían formar parte de una cadena de aprovechamiento. Pero tener materias primas cerca no basta para convertir una planta en un negocio rentable.

La lección para cualquier proyecto español no es replicar el tamaño de Amiens, sino estudiar cómo casar capacidad productiva, energía, suministro y contratos antes de comprometer inversiones difíciles de recuperar. Una instalación modular o vinculada a un complejo agroindustrial puede crecer por etapas, aunque tampoco está a salvo de fallos técnicos o de una demanda insuficiente. El orden de las decisiones importa: primero hay que comprobar que el proceso y los compradores existen; después, justificar la escala.

La caída de Ÿnsect tampoco invalida las ventajas ambientales potenciales de utilizar insectos. Esas ventajas dependen de cómo se críen, qué alimentación reciban, cuánta energía necesiten y qué producto sustituyan. Una comparación rigurosa debe considerar el ciclo completo, no solo el origen biológico de la proteína. Una alternativa puede ser prometedora y, aun así, no resultar competitiva si su producción consume demasiados recursos o cuesta más que las opciones disponibles.

La prueba decisiva estaba en la operación diaria

Durante años, Ÿnsect representó una visión poderosa: transformar residuos o subproductos en proteína, levantar una industria nueva y reducir la dependencia de ingredientes convencionales. Esa visión atrajo capital y respaldo institucional, pero la ejecución se enfrentó a una realidad menos épica: máquinas que deben funcionar, larvas que deben crecer en condiciones controladas, energía que hay que pagar y clientes que necesitan entregas fiables. La promesa tecnológica solo se convierte en industria cuando esos elementos encajan todos los días.

El fracaso de Amiens no borra las patentes, el conocimiento acumulado ni la posibilidad de que otros modelos de producción encuentren su sitio. Sí deja una advertencia sobre el salto del piloto a la fábrica: aumentar la capacidad antes de dominar los costes puede multiplicar los problemas en vez de resolverlos. En el caso de Ÿnsect, la escala prevista llegó antes que la estabilidad operativa y que un mercado capaz de sostenerla.

La proteína de insectos seguirá midiéndose menos por el tamaño de sus instalaciones que por su rendimiento, su integración con otras industrias y la continuidad de sus ventas. El cierre francés desplaza la conversación desde la promesa de una revolución alimentaria hacia cuestiones más concretas: cuánto cuesta producir, qué energía se necesita y quién compra de manera recurrente. En esa hoja de cálculo, más que en la altura de una fábrica, se decidirá qué proyectos pueden sobrevivir.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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