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Naturaleza

¿Por qué los chimpancés eligen cristales y no piedras?

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familia de chimpancés

Un estudio con chimpancés desvela por qué los cristales fascinaron a los homininos hace 780.000 años y qué dice eso de la mente ancestral

Los chimpancés distinguen los cristales de otras piedras corrientes, los eligen con rapidez y los examinan durante mucho más tiempo que una roca común. Esa es la idea central del estudio dirigido por el Donostia International Physics Center (DIPC) de San Sebastián, que ha puesto a prueba con dos grupos de primates una pregunta que lleva décadas rondando a la arqueología: por qué los homininos recogían cristales desde hace al menos 780.000 años si no hay pruebas claras de que los usaran como herramientas o armas. La investigación, publicada en Frontiers in Psychology, apunta a dos rasgos muy concretos como explicación principal: la transparencia y la forma geométrica de estas piezas. Dicho en limpio, los cristales no llamaban la atención por servir para cortar o golpear, sino por ser objetos visual y táctilmente excepcionales, raros dentro del paisaje natural.

El hallazgo no convierte a los chimpancés en una réplica exacta de nuestros antepasados, pero sí refuerza una hipótesis potente: la fascinación por los cristales puede tener raíces evolutivas profundas. Los experimentos muestran que estos animales no se limitan a curiosear un objeto nuevo; lo seleccionan, lo manipulan, lo observan desde distintos ángulos y, en algún caso, intentan conservarlo. Ahí está el núcleo de la noticia. No se trata solo de una escena llamativa de simios mirando cuarzos. Lo que asoma es un mecanismo más antiguo y más serio: la atracción por formas, brillos y superficies que rompen con lo habitual del entorno. Y eso encaja con una evidencia arqueológica incómoda, repetida y poco explicada hasta ahora.

El misterio arqueológico que este estudio intenta aclarar

Desde hace años, distintos yacimientos prehistóricos han dejado un detalle difícil de despachar. Junto a restos humanos o asociados a ocupaciones de homininos aparecen cristales recogidos y transportados por grupos humanos muy antiguos. El dato, por sí solo, ya era llamativo. Lo realmente problemático es que no se han identificado en esos materiales señales claras de uso funcional, al menos no en el sentido más clásico del término. No parecen herramientas habituales, no encajan bien como armas, tampoco como utensilios de trabajo cotidianos. Están ahí, sí, pero su presencia no se deja explicar con la vieja lógica del “si alguien lo cogió, era para algo práctico”.

Esa anomalía arqueológica ha dado pie a muchas interpretaciones, algunas prudentes y otras bastante más aventuradas. Lo interesante del estudio coordinado desde el DIPC es que baja la discusión al terreno más concreto posible. En vez de lanzarse a atribuir simbolismo, ritual o pensamiento abstracto a cualquier hallazgo antiguo, los investigadores han querido observar primero qué propiedades físicas puede tener un cristal para resultar atractivo por sí mismo. Es un cambio de enfoque importante. Antes de hablar de símbolos, de adorno o de valor social, conviene responder a algo más básico: qué ve un primate cuando mira un cristal y por qué le parece distinto al resto de piedras.

La clave está ahí. Un cristal no es solo una piedra bonita. Tiene caras planas, líneas rectas, simetrías y, a veces, transparencia o reflejos internos que casi no aparecen en otros elementos del entorno natural. El paisaje que rodeó a los primeros humanos estaba lleno de curvas, ramas, volúmenes irregulares, superficies erosionadas, formas blandas o quebradas. Un cristal irrumpe en ese escenario como una especie de excepción mineral. No se parece a una rama, ni a un hueso, ni a un canto rodado, ni a un trozo cualquiera de roca. Tiene algo extraño, casi artificial a primera vista, aunque sea un producto completamente natural. Esa singularidad formal es el punto de partida de todo.

El equipo, el contexto y la colaboración con Chimpatía

La investigación ha sido dirigida por especialistas vinculados al Donostia International Physics Center, con Juan Manuel García-Ruiz, profesor investigador Ikerbasque en el centro, como principal autor del trabajo. No es un detalle menor quién firma este estudio. García-Ruiz lleva años trabajando sobre cristales, biomineralización y estructuras minerales complejas, de modo que el proyecto no sale de una intuición simpática, sino de una trayectoria científica muy ligada a cómo se forman y cómo se perciben estos materiales. La publicación en Frontiers in Psychology sitúa además el trabajo en un cruce especialmente fértil entre comportamiento animal, percepción y evolución cognitiva.

Para realizar los experimentos, el equipo contó con la colaboración de la Fundación Chimpatía, dedicada en España al rescate, la rehabilitación y el cuidado de primates. Ese marco explica varias cosas. Primero, que los chimpancés utilizados en el estudio eran ejemplares endoculturados, es decir, animales no salvajes y acostumbrados al contacto humano. Segundo, que el experimento podía desarrollarse en condiciones controladas, con observación detallada y sin dañar el bienestar de los animales. Y tercero, que el estudio se mueve con cuidado: no intenta presentar a estos chimpancés como si fueran una ventana perfecta al pasado remoto, sino como la especie actual genéticamente más cercana a los humanos modernos y a sus antepasados homininos.

Ese matiz es esencial. Los humanos modernos y los chimpancés se separaron hace entre seis y siete millones de años, así que comparten una base evolutiva importante, pero no son equivalentes. El valor del trabajo no está en borrar esa distancia, sino en usarla con inteligencia. Si un chimpancé, sin entrenamiento específico para este tipo de tarea, detecta y prefiere piezas cristalinas frente a piedras comunes, esa respuesta puede ayudar a pensar de otro modo la conducta de los primeros humanos. No prueba una identidad total de comportamientos, pero sí sugiere que la sensibilidad hacia ciertos objetos pudo estar ya asentada mucho antes de la cultura material compleja.

Qué ocurrió en el primer experimento con el gran cristal

El primer ensayo es, a la vez, el más sencillo y el más elocuente. Los investigadores colocaron un cristal grande sobre una plataforma, junto a una roca común de tamaño parecido, y dejaron que los chimpancés interactuaran con ambos objetos. Al principio, como era esperable, los dos elementos despertaron curiosidad. Había novedad, volumen, presencia física. Pero esa aparente igualdad duró poco. Enseguida, la balanza se inclinó de forma clara hacia el cristal. Los animales dejaron progresivamente de lado la roca corriente y concentraron su atención en la pieza cristalina.

Lo interesante no fue solo la elección, sino la manera de examinar el objeto. Tras retirar el cristal de la plataforma, todos los chimpancés que participaron en esa fase lo inspeccionaron activamente, lo giraron, lo inclinaron y buscaron ángulos concretos para observarlo mejor. No era un contacto brusco ni meramente táctil, como quien comprueba peso o dureza sin más. Había una exploración visual muy marcada, casi una necesidad de ver cómo respondía la pieza desde diferentes posiciones. Ese comportamiento encaja muy bien con la idea de que el atractivo del cristal depende de propiedades perceptivas, no de una utilidad inmediata.

Uno de los episodios más reveladores del estudio se produjo cuando uno de los chimpancés cogió el cristal y se lo llevó con determinación a los dormitorios. El gesto tiene más relevancia de la que parece. Supone separar el objeto del espacio común, apropiárselo y conservarlo, aunque solo fuera durante un tiempo. Cuando el personal cuidador trató de recuperar la pieza, no pudo hacerlo de forma simple. Hubo que intercambiar el cristal por sus aperitivos favoritos: plátanos y yogur. Ese detalle, más allá de lo pintoresco, muestra una preferencia clara. El cristal no era una cosa indiferente que pudiera soltarse sin más. Durante ese momento, tenía valor.

Los investigadores observaron además que el interés era especialmente intenso justo después de la exposición inicial y que luego disminuía de manera muy gradual. Ese patrón recuerda bastante a lo que se ve en humanos ante un objeto novedoso: un pico inicial de atención, seguido de una caída paulatina cuando desaparece el factor sorpresa. No significa que chimpancés y personas procesen exactamente igual esa novedad, pero sí que hay una dinámica compartida de atracción sostenida. La roca común, mientras tanto, no generó nada parecido. Estaba allí, sí, pero no retenía la mirada ni la manipulación del mismo modo.

Lo que revela esa primera elección

Ese primer experimento ya permitía extraer una conclusión fuerte: los chimpancés no reaccionaron solo a un objeto nuevo, sino específicamente a un cristal. Si ambos elementos tenían tamaño similar y estaban presentados en las mismas condiciones, la diferencia de respuesta obliga a mirar las propiedades del material. La roca corriente no era invisible, pero perdió atractivo muy rápido. El cristal, en cambio, mantuvo la atención, promovió la exploración manual y visual y llegó incluso a desencadenar una conducta de posesión temporal.

Ahí entra un punto decisivo para entender el alcance del estudio. La fascinación detectada no parece depender de que el cristal sea útil para algo concreto en ese momento. No corta mejor, no sirve como alimento, no resuelve una tarea inmediata. Y sin embargo interesa más. Eso es justo lo que hace valioso el hallazgo para la arqueología de los homininos. Durante mucho tiempo, la explicación dominante de los objetos transportados ha sido la utilidad. Este trabajo abre otra puerta: algunas piezas pudieron ser recogidas simplemente porque destacaban de un modo muy potente ante la percepción. No por lo que hacían, sino por lo que eran.

El segundo experimento: cuarzo entre chinitas

Si el primer ensayo servía para medir una preferencia general, el segundo fue mucho más fino. Aquí los investigadores quisieron comprobar si los chimpancés eran capaces de identificar cristales pequeños de cuarzo entre una pila de unas 20 chinitas redondeadas, es decir, en un contexto más cercano a lo que pudo ocurrir en escenarios naturales o arqueológicos. La pregunta era más exigente. No se trataba de elegir entre dos objetos grandes y claramente separados, sino de detectar piezas concretas dentro de un conjunto más confuso. El resultado volvió a ser claro: los chimpancés localizaron y seleccionaron los cristales en cuestión de segundos.

Ese dato da bastante peso al estudio porque elimina la objeción más cómoda. Ya no vale decir que los animales simplemente se sintieron atraídos por un objeto llamativo, grande o distinto por su presencia escénica. Aquí había un ejercicio de discriminación visual y táctil mucho más preciso. Los cristales de cuarzo eran pequeños, comparables en tamaño a los que pudieron recoger los homininos, y aun así destacaban para los chimpancés. Eso indica que hay rasgos suficientemente específicos en estas piezas como para ser detectados de forma rápida.

Después, el experimento fue un paso más allá. El equipo añadió cristales de pirita y de calcita, materiales con formas distintas a las del cuarzo. Aun con esa variación, los chimpancés siguieron siendo capaces de seleccionar piedras de tipo cristalino. No se estaban fijando solo en un aspecto aislado de una única pieza concreta; estaban respondiendo a un conjunto de propiedades asociadas a lo cristalino. Y además, una vez elegidos, permanecieron durante horas examinándolos con atención. Es decir, la conducta no se agotaba en el instante de la selección. La exploración continuaba.

Uno de los ejemplares sorprendió especialmente al equipo por su capacidad para distinguir entre distintos tipos de cristales pese a sus diferencias formales. Ese comportamiento sugiere una discriminación más sofisticada de lo que cabría esperar en una simple respuesta a un brillo llamativo. No es que el animal se lanzara sobre cualquier cosa que reflejase luz. Había una detección de características materiales y geométricas bastante más rica. Esa observación no basta para hablar de clasificación conceptual en sentido humano, pero sí para afirmar que los chimpancés reconocen diferencias relevantes entre piedras comunes y cristales, e incluso entre clases distintas de cristales.

Transparencia, caras planas y líneas rectas

A partir de la combinación de ambos experimentos, los investigadores concluyeron que la transparencia y la forma son propiedades atractivas por sí mismas. Esa frase condensa buena parte del trabajo. La transparencia introduce un efecto raro en la experiencia cotidiana: mirar un objeto y encontrar en él una especie de interior visible, un juego de luz que no aparece en una piedra opaca común. La forma cristalina, por su parte, aporta superficies planas, ángulos definidos, simetrías y aristas que resaltan frente al desorden habitual del entorno.

El estudio insiste en un punto muy concreto y muy valioso: los cristales son los únicos poliedros naturales, los únicos sólidos naturales con varias superficies planas bien definidas. Esa condición los convierte en objetos realmente singulares dentro del repertorio visual de un primate. En la naturaleza predominan las formas erosionadas, las curvas, las texturas irregulares, las fracturas caprichosas. Un cristal rompe ese código. Parece, de alguna manera, una pieza fabricada por el propio planeta con una lógica geométrica poco común. No extraña que un cerebro atento a las diferencias se enganche a algo así.

Los autores plantean que esa misma rareza visual y geométrica pudo ser la que atrajo a los primeros humanos. Es una hipótesis sobria, pero muy poderosa. No hace falta imaginar de entrada funciones simbólicas complejas ni atribuir de inmediato significado ritual a cada cristal hallado en un yacimiento. Antes que eso puede haber existido algo más elemental: el asombro material, la preferencia por un objeto que no se parece al resto, la tendencia a tocarlo, girarlo, conservarlo. Esa base perceptiva no explica todo, pero sí explica bastante más de lo que parecía.

Lo que este trabajo aporta al debate sobre los homininos

La gran aportación de esta investigación es que da un apoyo experimental a una cuestión que en arqueología se había discutido muchas veces de forma indirecta. Sabíamos que había cristales en yacimientos asociados a homininos. Sabíamos también que en muchos casos no encajaban como herramientas. Lo que faltaba era una demostración razonable de que un primate puede sentirse espontáneamente atraído por esos materiales sin necesidad de una utilidad práctica. Eso es exactamente lo que ofrece este estudio.

El paso siguiente, claro, es conectar ese comportamiento con la larga historia de nuestra especie y de sus antepasados. Los autores no dicen que los homininos recogieran cristales por las mismas razones exactas que los chimpancés del experimento. Sería una simplificación excesiva. Lo que sostienen es algo más serio: la sensibilidad hacia estas piedras puede tener raíces evolutivas profundas, y por tanto la arqueología debería contemplar con más atención que algunos objetos fueron recogidos por sus cualidades perceptivas intrínsecas. No solo por función, no solo por tecnología.

Eso cambia bastante el marco. Durante mucho tiempo, la inteligencia prehistórica se ha medido casi exclusivamente con la vara del utensilio: tallar mejor, cortar mejor, cazar mejor. Este trabajo recuerda que también existió, muy probablemente, una historia antigua de la atención, la rareza y la selección de objetos singulares. Un cristal puede no servir para descarnar una presa y, sin embargo, resultar decisivo para entender cómo un hominino se relacionaba con su entorno. Recoger una piedra extraña también es una conducta significativa. Y quizá más de lo que parecía.

A partir de ahí se abren debates mayores, aunque el estudio no los cierre. Por ejemplo, si esa atracción material pudo ser un peldaño previo a usos sociales o simbólicos posteriores. No hay que forzar la interpretación. Entre coger un cristal porque fascina y atribuirle valor ritual hay mucha distancia. Pero tampoco conviene fingir que ambos planos no pueden conectarse. En la evolución cultural, muchas veces lo que primero llama la atención después se guarda, luego se comparte y finalmente se carga de significado. Los cristales, por su singularidad, son candidatos perfectos para haber recorrido ese trayecto en algunos contextos.

Lo que aún no puede afirmarse y las preguntas que quedan abiertas

Una de las virtudes del trabajo es que no exagera lo que ha encontrado. Los propios investigadores reconocen que el estudio no analizó en profundidad si algunos chimpancés mostraban más interés que otros, ni si ciertos individuos tendían más a apropiarse de los cristales. Ese punto puede parecer menor, pero no lo es. La personalidad importa. También entre primates. Puede haber ejemplares más curiosos, más posesivos, más persistentes o más sensibles a estímulos visuales poco comunes. Entender esa variabilidad sería un paso importante para afinar la lectura de los datos.

Tampoco conviene olvidar que los participantes eran chimpancés no salvajes, habituados a un entorno humano. Esa circunstancia no invalida el resultado, pero sí obliga a manejarlo con precisión. Un animal endoculturado puede tener experiencias visuales y materiales distintas a las de un chimpancé que vive en libertad. Por eso el propio equipo plantea que futuros estudios deberían trabajar con ejemplares salvajes, no acostumbrados al contacto humano, para comprobar si esta atracción se mantiene con la misma intensidad y bajo condiciones diferentes.

También queda por explorar hasta qué punto influyen la edad, el sexo, la jerarquía social o la experiencia previa con objetos poco habituales. El estudio abre la puerta, pero no agota el tema. Y eso, en realidad, refuerza su interés. No estamos ante una curiosidad cerrada, sino ante una línea de investigación que puede cambiar la forma de leer ciertos restos arqueológicos. Si nuevos experimentos confirman estos resultados en más grupos y en otros contextos, la presencia de cristales en yacimientos prehistóricos dejará de parecer una nota marginal para convertirse en una pista central sobre la percepción y la conducta de los primeros humanos.

Cuando una piedra extraña empieza a explicar mucho más

El estudio del DIPC, con la colaboración de Fundación Chimpatía y la firma principal de Juan Manuel García-Ruiz, no resuelve por completo el viejo enigma de los cristales en la prehistoria, pero sí da un paso muy sólido. Los chimpancés prefieren los cristales a las piedras comunes, los detectan con rapidez, los manipulan con atención y mantienen el interés durante bastante tiempo. La investigación apunta a que la transparencia y la geometría plana de estas piezas actúan como un foco de atracción por sí mismo. Y esa observación encaja de manera notable con lo que venía insinuando la arqueología desde hace años.

La noticia, en el fondo, va de eso. De cómo un objeto mineral aparentemente inútil en términos prácticos puede revelar una parte muy antigua de la mente de los homininos. No una mente abstracta ya plenamente simbólica, no una mente reducida a la fabricación de herramientas, sino una mente que detecta rarezas, que se siente atraída por lo excepcional, que aparta del suelo una piedra porque tiene algo que no poseen las demás. Los cristales, únicos poliedros naturales, superficies planas en un mundo de curvas, parecen haber activado esa respuesta desde muy atrás.

Ahí reside el valor real del hallazgo. No en la imagen amable del chimpancé entretenido con un cuarzo, sino en la posibilidad de entender mejor por qué ciertas piedras fueron recogidas, transportadas y conservadas mucho antes de que existieran los usos modernos que hoy asociamos a ellas. A veces la historia profunda de la humanidad no cambia por una gran herramienta, ni por un hueso tallado, ni por un fuego. A veces cambia porque una piedra distinta se queda más tiempo del normal en la mano de un primate. Y de ese gesto, pequeño en apariencia, empiezan a salir preguntas enormes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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