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Salud

El casco de ultrasonidos que calma el temblor del párkinson

La técnica puede devolver autonomía a algunos pacientes, aunque no frena la enfermedad ni sustituye sus tratamientos habituales.

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El casco de ultrasonidos del Vanvitelli

En el Policlinico Universitario Vanvitelli, en Nápoles, una persona con párkinson y temblor incapacitante volvió a realizar gestos cotidianos que la enfermedad había convertido en una tarea difícil: afeitarse, escribir, comer con cubiertos y sostener una taza. El tratamiento se realizó con ultrasonidos focalizados guiados por resonancia magnética, una técnica que concentra energía en una pequeña zona cerebral sin abrir el cráneo ni implantar electrodos.

La noticia tiene una precisión importante: el procedimiento no cura el párkinson, no detiene su avance ni repone las neuronas que han dejado de producir dopamina. Puede reducir el temblor en pacientes seleccionados, sobre todo cuando no responde suficientemente a los medicamentos. En los primeros 10 casos comunicados por el centro napolitano, cuatro de ellos con párkinson y seis con temblor esencial, se informó de una mejoría muy marcada; en la mayoría, la reducción del temblor se situó entre el 80 % y el 100 %. Es un resultado prometedor, pero una serie inicial de pacientes no demuestra que vaya a funcionar igual para todo el mundo.

Qué se ha probado en Nápoles

El equipo del Vanvitelli trató a 10 personas desde finales de noviembre hasta la presentación pública de los resultados. Ocho procedían de Campania y dos de otras regiones. El hospital señaló que era el primer centro del sur de Italia equipado con esta versión actualizada de la tecnología. Ese dato importa porque los tratamientos avanzados no dependen solo de que existan: también hacen falta equipos especializados y centros a los que los pacientes puedan acceder.

El caso que dio rostro a la noticia fue el de un ingeniero de 72 años, cuyo temblor le limitaba la autonomía. Tras la intervención, el temblor del lado derecho desapareció, según el centro, y pudo recuperar acciones como afeitarse, escribir, utilizar los cubiertos y conducir. Son actividades ordinarias solo en apariencia: la independencia también se mide en la posibilidad de llevarse una cuchara a la boca sin ayuda.

Los resultados difundidos describen una respuesta inmediata en los pacientes tratados, pero no equivalen a una evaluación prolongada de su eficacia. Para saber cuánto dura el beneficio, qué pacientes obtienen más ventaja y qué efectos pueden aparecer con el tiempo, hacen falta seguimiento y más datos. La diferencia entre una respuesta espectacular en la sala de tratamiento y un beneficio sostenido en la vida diaria es una de las cuestiones centrales de cualquier terapia nueva.

Cómo concentra el casco la energía

La técnica se conoce como ultrasonidos focalizados guiados por resonancia magnética, o MRgFUS por sus siglas en inglés. El aparato que rodea la cabeza cuenta con más de mil emisores; cada uno dirige ondas acústicas hacia un punto cerebral elegido. Por separado, esos haces no producen el mismo efecto que cuando convergen: al juntarse, generan calor en el objetivo. La resonancia permite observar el procedimiento y controlar la temperatura mientras el equipo ajusta la aplicación en tiempo real.

La imagen del casco puede hacer pensar en un dispositivo que envía una señal general al cerebro, pero el mecanismo es más preciso. El equipo localiza una zona pequeña relacionada con los circuitos motores y aplica energía de manera gradual. En muchos protocolos, el procedimiento dura unas tres o cuatro horas. Durante ese tiempo, el paciente suele permanecer despierto, lo que permite comprobar si el temblor disminuye y detectar sensaciones o cambios que aconsejen modificar la intervención.

La comparación más sencilla es una lupa que concentra la luz, aunque aquí la energía es acústica y el objetivo está dentro del cerebro. La resonancia funciona como una guía para dirigirla y medir sus efectos; no se trata de disparar ultrasonidos a ciegas. La precisión depende tanto del aparato como de la planificación clínica, de la experiencia del equipo y de la respuesta que se observa durante el tratamiento.

Sin incisión no significa sin lesión

Los ultrasonidos focalizados cambian la vía de acceso, no el principio biológico del tratamiento. En la zona elegida, el calor produce una lesión pequeña y permanente que interrumpe parte de la actividad de un circuito implicado en el temblor. No hay una incisión ni se introduce un instrumento en el cerebro, pero sí se modifica tejido cerebral. Por eso, describirlo como un procedimiento sin bisturí es correcto; interpretarlo como una intervención inocua o reversible no lo sería.

La irreversibilidad es uno de los matices menos visibles tras la imagen del casco. La lesión no puede reajustarse una vez creada, aunque el equipo vaya aplicando energía de forma progresiva y compruebe el efecto antes de completar el tratamiento. Esa característica obliga a ponderar cuidadosamente el posible beneficio frente a los riesgos. La ausencia de cirugía abierta no elimina la necesidad de una selección rigurosa.

Durante el procedimiento, la observación directa permite valorar si el temblor mejora y si aparecen señales no deseadas. El balance y la sensibilidad, entre otras funciones, forman parte de las preocupaciones clínicas asociadas a estas intervenciones. Si el tratamiento funciona, el beneficio puede ser importante; si la lesión provoca un efecto adverso persistente, no existe un dispositivo que permita deshacerla. Esa diferencia ayuda a entender por qué la novedad no convierte la técnica en una opción automática.

Qué síntomas puede aliviar y cuáles quedan fuera

El párkinson es un trastorno neurológico progresivo que afecta al movimiento, pero no se reduce al temblor. La pérdida o el deterioro de neuronas que producen dopamina en los ganglios basales altera el control motor. Entre los signos habituales están la lentitud de movimiento, la rigidez, los problemas de equilibrio y el temblor; también pueden aparecer dificultades para dormir, estreñimiento, depresión, cambios cognitivos, fatiga y alteraciones del habla o la deglución.

Los síntomas y su evolución varían de una persona a otra. A menudo comienzan poco a poco y afectan primero a un lado del cuerpo, aunque con el tiempo pueden extenderse al otro. Hay pacientes cuyo problema más limitante es el temblor; otros apenas tiemblan, pero sufren rigidez, lentitud, bloqueos al caminar o fluctuaciones motoras. Una técnica dirigida al temblor no puede tratar por sí sola todas esas manifestaciones.

En el procedimiento descrito, la zona cerebral tratada busca reducir sobre todo un temblor grave que no se controla adecuadamente con medicación. La acción suele ser contralateral: al intervenir en un lado del cerebro, se espera mejorar el temblor del lado opuesto del cuerpo. Por ello, los resultados de una intervención en una mano no implican necesariamente que desaparezcan los síntomas del resto del organismo ni que mejore la marcha.

El temblor esencial también puede tratarse con ultrasonidos focalizados y no es lo mismo que el párkinson, aunque ambas condiciones pueden causar movimientos involuntarios. En la serie napolitana, seis de las 10 personas tratadas tenían temblor esencial. Esta diferencia importa al interpretar la cifra global de resultados: los datos del grupo completo no describen exclusivamente a pacientes con párkinson.

Quién puede ser candidato a la intervención

La candidatura requiere una evaluación neurológica y radiológica, además de revisar la historia clínica y la respuesta a tratamientos previos. También se valoran las características del temblor, el estado general, la posibilidad de realizar una resonancia y aspectos del cráneo que pueden influir en el paso de los ultrasonidos. Algunas condiciones médicas o ciertos implantes incompatibles con la resonancia pueden impedir el procedimiento.

El cuadro clínico también cuenta. Una persona cuyo problema principal sean los bloqueos de la marcha, la rigidez o las fluctuaciones motoras complejas quizá no obtenga el mismo beneficio que alguien cuyo síntoma dominante sea un temblor resistente. El párkinson no sigue una trayectoria idéntica en todas las personas; por eso, la decisión depende de si el síntoma que más limita al paciente coincide con lo que la técnica puede tratar.

Los tratamientos habituales continúan siendo relevantes. La levodopa, a menudo combinada con carbidopa, ayuda a reponer dopamina en el cerebro y es una terapia principal para los síntomas motores. Hay otros medicamentos que actúan sobre el sistema dopaminérgico o sobre síntomas concretos. La elección y los cambios de medicación corresponden al equipo médico: dejar un fármaco de forma brusca puede causar problemas graves. Los ultrasonidos no sustituyen por defecto ese tratamiento ni eliminan la necesidad de seguimiento.

La evaluación también debe considerar las expectativas. Si el objetivo es reducir un temblor que impide comer o escribir, la intervención puede tener sentido para algunas personas. Si se espera frenar la enfermedad, recuperar todas las funciones o prescindir de cualquier terapia futura, la técnica no ofrece esas garantías. La utilidad se mide por el síntoma concreto que puede aliviar, no por una promesa de curación.

Ultrasonidos focalizados y estimulación cerebral profunda

La comparación más habitual es con la estimulación cerebral profunda, un tratamiento quirúrgico que implanta electrodos en áreas específicas del cerebro y los conecta a un dispositivo situado bajo la piel, generalmente en el pecho. Los impulsos eléctricos modulan la actividad de circuitos relacionados con el movimiento. A diferencia de la lesión térmica, la estimulación puede ajustarse después de la operación mediante la programación del dispositivo.

Ese ajuste es una ventaja, aunque la técnica requiere cirugía, implantes y mantenimiento. Los ultrasonidos evitan la apertura del cráneo y no dejan electrodos ni una batería bajo la piel; a cambio, producen una lesión que no puede regularse después como un estimulador. La recuperación puede ser más rápida en muchos casos, pero eso no basta para declarar que una alternativa sea mejor en todos los aspectos. Son tratamientos distintos, con compromisos y perfiles de pacientes diferentes.

La estimulación cerebral profunda puede contemplarse en personas con fluctuaciones motoras, temblor que no se controla con fármacos o dificultades para tolerar la medicación, siempre que la evaluación general lo permita. Los ultrasonidos pueden ser una opción para pacientes seleccionados con temblor predominante. La decisión exige valorar qué síntomas se quieren tratar, qué otras manifestaciones presenta la persona y cuánto pesa para ella que un tratamiento sea ajustable frente a la posibilidad de evitar implantes.

Qué sabemos de la evidencia y qué falta por conocer

La experiencia acumulada con ultrasonidos focalizados es más amplia en el temblor esencial que en el párkinson de predominio tremórico. Los estudios disponibles sobre párkinson apuntan a que pueden reducir temblores resistentes a la medicación, pero siguen siendo importantes las preguntas sobre la duración del efecto, la selección de pacientes y el equilibrio entre beneficios y efectos adversos. Los resultados iniciales de Nápoles se suman a ese campo de evidencia; no lo cierran.

En diciembre de 2024, el organismo británico NICE actualizó sus recomendaciones sobre la talamotomía con ultrasonidos focalizados guiados por resonancia para el temblor moderado o grave asociado al párkinson. La orientación mantiene un enfoque prudente, con evaluación especializada, recogida de datos y seguimiento. Que una técnica aparezca en una guía clínica no significa que sea adecuada para todos: refleja que su uso debe enmarcarse en criterios y vigilancia.

También existen autorizaciones para determinados usos en Estados Unidos, incluidos algunos pacientes con temblor predominante y otros síntomas motores, y se ha ampliado la posibilidad de tratar ambos lados de manera escalonada en casos seleccionados. La experiencia bilateral exige cautela porque el cerebro no funciona como una carretera en la que se puedan intervenir dos carriles sin consecuencias. La ampliación de una indicación no elimina la necesidad de medir riesgos y beneficios en cada caso.

Otro límite es que una reducción del temblor no equivale necesariamente a una mejora igual en todas las actividades cotidianas. La vida diaria depende de factores que no se miden con una sola escala: equilibrio, destreza, autonomía, ánimo, apoyo familiar y evolución de otros síntomas. El seguimiento permite comprobar si la mejoría inicial se mantiene y si compensa para la persona los efectos de la intervención.

Una enfermedad más amplia que el temblor

El temblor suele ser la imagen más reconocible del párkinson, pero no aparece en todos los casos ni siempre es el síntoma más incapacitante. La enfermedad puede afectar a la escritura, la expresión facial, la voz, el sueño, la memoria y el sistema nervioso autónomo, que regula funciones como la presión arterial y la digestión. Por eso, la ausencia de temblor no descarta la enfermedad y su presencia, por sí sola, tampoco confirma el diagnóstico.

El diagnóstico se basa principalmente en la historia clínica y en una exploración neurológica. No existe un análisis de sangre que diagnostique los casos no genéticos de forma directa. Algunas pruebas pueden ayudar a descartar otras causas, y la respuesta a determinados medicamentos puede aportar información, pero los síntomas de parkinsonismo también aparecen en otros trastornos que requieren tratamientos diferentes. Acertar con el diagnóstico es esencial antes de valorar una terapia dirigida a un síntoma.

La causa exacta de la enfermedad sigue sin conocerse. La edad es un factor de riesgo importante; la mayoría de los casos aparece después de los 60 años, aunque alrededor del 5 % al 10 % comienza antes de los 50. Algunas formas tempranas se relacionan con variantes genéticas, pero la mayoría de los casos no parece hereditaria. La investigación apunta a una combinación posible de factores genéticos y ambientales, sin que exista una explicación única para cada paciente.

La atención, por tanto, suele abarcar más que la medicación o una intervención tecnológica. La fisioterapia, la terapia ocupacional y la logopedia pueden ayudar a abordar dificultades de movilidad, equilibrio, voz y deglución; el ejercicio y una alimentación adecuada apoyan el bienestar general. La enfermedad puede avanzar lentamente, pero con el tiempo afectar al trabajo, las tareas domésticas y la vida social. El cuidado cotidiano sigue siendo parte central del tratamiento, incluso cuando se reduce el temblor.

El acceso también forma parte del avance

En España, la Sociedad Española de Neurología ha situado por encima de 200.000 el número de personas afectadas y calcula alrededor de 10.000 nuevos diagnósticos cada año. A escala mundial, la Organización Mundial de la Salud estimó que en 2019 vivían más de 8,5 millones de personas con la enfermedad y señaló que su prevalencia se había duplicado en 25 años. Son cifras que describen una presión creciente sobre los servicios sanitarios, no una predicción exacta de la evolución de cada persona.

Una técnica como la del centro napolitano necesita equipos de resonancia adecuados, profesionales con experiencia, protocolos y seguimiento. Por eso, que exista una opción avanzada no significa que esté disponible en todos los hospitales ni que todos los pacientes que podrían beneficiarse tengan acceso a ella. La innovación clínica también se mide por su capacidad de llegar a quienes cumplen los criterios, y no solo por el resultado obtenido en un centro especializado.

Ese acceso requiere integrar la tecnología en una atención más amplia, con neurología, rehabilitación y apoyo para las personas cuidadoras. Una intervención puede reducir un temblor, pero no resuelve por sí sola las dificultades de movilidad, el cansancio, los cambios cognitivos o las barreras para participar en la vida social. La noticia médica tiene una dimensión práctica, pero también una pregunta de sistema: cómo distribuir tratamientos complejos de manera segura y equitativa.

La medida real de una mano más quieta

Durante el procedimiento, ver cómo disminuye el temblor puede ser un momento de enorme impacto para el paciente y el equipo. Pero la valoración completa llega después: cuando se comprueba si la persona conserva la mejoría, qué tareas puede retomar y si aparecen efectos secundarios. El temblor puede reaparecer parcialmente con el tiempo a medida que progresa la enfermedad, y el resultado no es idéntico para todos.

El casco de ultrasonidos no borra el párkinson ni devuelve al cerebro las neuronas perdidas. Ofrece una alternativa para reducir un síntoma concreto en personas cuidadosamente seleccionadas, con la ventaja de evitar una incisión y los implantes, y con el coste de crear una lesión permanente. La promesa razonable no es curarlo todo, sino ganar control sobre un temblor que no responde bien a otras opciones.

La historia del Vanvitelli merece atención por lo que muestra y por lo que todavía no permite afirmar. Diez pacientes tratados, resultados iniciales notables y una técnica que requiere evaluación especializada: ese es el alcance informativo de la noticia. Para quienes recuperan una firma legible o pueden comer sin que la mano se rebele, el cambio puede ser enorme. La medicina avanza también con esas victorias cotidianas, siempre que el entusiasmo no oculte sus límites.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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