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Los 18 temas del Benidorm Fest 2026 y sus artistas
Una edición de estilos muy distintos, con canciones de amor, despecho, identidad y libertad interpretadas por 18 artistas.

Las 18 canciones del Benidorm Fest 2026 ya permiten hacerse una idea de la amplitud musical de su quinta edición. Hay bachata, rock, pop electrónico, ritmos urbanos y propuestas con raíz flamenca; también relatos de primeros encuentros, rupturas, amistad y conflictos que no tienen nada que ver con una pareja. La variedad no está solo en el sonido: cada candidatura busca una manera distinta de contar lo que le ocurre a alguien, desde la euforia de una fiesta hasta el cansancio de una relación que se ha agotado.
RTVE ha puesto los temas a disposición del público en RTVE Play y en la web oficial del festival tras darlos a conocer en diciembre de 2025. La programación anunciada sitúa las semifinales los días 10 y 12 de febrero de 2026 y la final el 14 de febrero. Antes de que las actuaciones añadan escenografía, luces y movimiento, las canciones muestran ya sus cartas: algunas se apoyan en un personaje reconocible; otras confían en el ritmo, en una imagen poderosa o en la tensión entre dos voces.
Del primer flechazo a los amores que duran un instante
Asha abre una historia de distancia y memoria con Turista. El viaje le sirve para hablar de una relación fugaz y de las dudas que deja su final. Entre estaciones, playas y recuerdos, la protagonista intenta decidir qué lugar ocupó en la vida de la otra persona: si aquello tuvo la profundidad que conserva en su memoria o si fue apenas una parada antes de seguir camino. La artista compuso el tema junto a Eyla y BENGRO. Su título sugiere algo más incómodo que marcharse de un sitio: la impresión de haber transitado por una vida ajena sin llegar a pertenecer a ella. El paisaje cambia, pero la pregunta permanece.
En Dopamina, Atyat traslada la atracción al terreno del impulso físico. La canción gira alrededor de una conexión intensa, capaz de alterar el ánimo y volver vertiginoso un acercamiento. Por eso el ritmo cumple una función narrativa: lleva al cuerpo la euforia que describe la letra, en lugar de limitarse a acompañarla. La propuesta incorpora influencias latinas y árabes ligadas a la identidad cultural de la artista. Ambas conviven dentro de una misma emoción y dan forma a un tema que busca transmitir energía desde el comienzo. Donde Asha mira hacia lo que ya se perdió, Atyat se instala en ese momento en que todavía parece posible que ocurra cualquier cosa.
También hay un encuentro inicial en Bailándote, aunque Dani J prescinde de las grandes declaraciones: el baile sustituye a la conversación. Dos personas que no se conocen descubren una química mientras comparten la pista, entre gestos que dicen más de lo que diría una presentación apresurada. La bachata y los ritmos latinos enlazan la canción con la trayectoria del artista y dan sentido a su relato. La cercanía física puede durar solo unos segundos o abrir la puerta a algo más, pero la pieza no necesita resolverlo de inmediato. Su interés está en ese breve intervalo en el que seguir el ritmo de alguien equivale a probar si existe una forma común de entenderse.
Izan Llunas se detiene en otra clase de comienzo. ¿Qué vas a hacer? retrata el primer flechazo y la expectativa de una vida compartida, ese salto mental que lleva de conocer a alguien a imaginar todo lo que podría venir después. La canción nació de una vivencia personal que sus tres compositores identificaron como una experiencia común. Según la información difundida sobre su creación, tomó forma en unas cuatro horas. La rapidez de ese proceso encaja con la emoción que cuenta: una impresión súbita, cargada de ilusión, incertidumbre y ganas de avanzar. No plantea un amor ya construido, sino el instante en que una posibilidad adquiere un tamaño desproporcionado en la imaginación.
En Los ojos no mienten, Kenneth sitúa ese instante en una fiesta a punto de terminar. El protagonista ya se marcha cuando la aparición de otra persona cambia el rumbo de la noche. Todavía no han intercambiado palabras, pero las miradas abren una historia posible. El tema celebra la confianza necesaria para acercarse y dar el primer paso sin saber qué ocurrirá después. La conexión quizá sea efímera; su importancia reside en que se siente verdadera mientras sucede. Frente al futuro que imagina Izan Llunas, Kenneth se concentra en una escena mínima: quedarse un poco más, sostener una mirada y aceptar que un encuentro casual puede alterar los planes.
La pista de baile también puede ser un campo de batalla
Dora y Marlon Collins llevan el coqueteo a un lugar menos cómodo en Rakata. Sus protagonistas se atraen, pero cada acercamiento trae consigo una nueva fricción; la conversación se parece por momentos a una discusión y las señales cambian de dirección. Esa inestabilidad encuentra un equivalente musical en la combinación de balada, cumbia, reguetón y sonidos electrónicos. La canción empieza como un intercambio entre dos personas y gana intensidad a medida que el vínculo se complica. No presenta la tensión como un obstáculo ajeno al deseo, sino como parte de la relación que ambos están construyendo. Avanzar y retroceder son, aquí, movimientos del mismo baile.
Con Bomba de amor, Luna Ki apuesta por una libertad afectiva ligada al presente. Su regreso al certamen llega con una propuesta de seducción, movimiento y amor sin ataduras, donde la intensidad de una noche no tiene por qué convertirse en una promesa sobre el futuro. La canción prefiere dejar espacio a lo que sucede mientras suena la música antes que exigir una definición para cada encuentro. Esa actitud abierta y luminosa convierte el baile en una manera de compartir afecto sin imponerle una única forma. Frente a las dudas y los forcejeos de Rakata, aquí domina la disposición a vivir una conexión por lo que ofrece en ese momento.
Miranda! y bailamamá llevan la celebración a otra escala en Despierto amándote, una canción concebida expresamente para el Benidorm Fest. Su punto de partida es vivir el amor y la vida con intensidad, sin discreción ni vergüenza por mostrar lo que se siente. En la creación participaron también Didi Gutman y Cachorro López, músicos, compositores y productores argentinos. La colaboración desemboca en una propuesta de pop expansivo que busca trasladar esa emoción al escenario y al público. El exceso no aparece como algo que deba corregirse, sino como una decisión expresiva: poner color donde a menudo se espera contención y hacer visible una alegría que no quiere pasar inadvertida.
Estas tres canciones utilizan el movimiento de formas distintas. En Rakata, el ritmo sigue los avances y retrocesos de una relación; en Bomba de amor, abre un espacio de libertad; en Despierto amándote, amplifica una celebración. La pista no es, por tanto, un simple decorado compartido por propuestas bailables. Funciona como un lugar donde los personajes negocian distancias, muestran sus deseos o dejan de esconderlos. Esa diferencia importa en un cartel tan variado: dos temas pueden invitar a bailar y contar historias casi opuestas cuando se escucha qué ocurre detrás del pulso.
La ruptura, el miedo y las trampas de la idealización
Greg Taro elige una imagen pequeña para hablar de algo difícil de conservar. En Velita, la llama representa el recuerdo de un vínculo valioso, incluso cuando una relación termina o su futuro resulta incierto. La canción parte del deseo de cuidar lo vivido con alguien importante, pero evita presentar el amor como una garantía de permanencia. También mira hacia los afectos del pasado: que una historia haya acabado no obliga a borrar aquello que tuvo sentido. La vela puede apagarse con facilidad y, precisamente por eso, resulta una imagen adecuada para una memoria que necesita cuidado. No se trata de negar una pérdida, sino de reconocer que hubo luz mientras duró.
KITAI encuentra el conflicto antes de que la relación llegue a vivirse plenamente. En El amor te da miedo hay una conexión mutua frenada por el temor a comprometerse. Los sentimientos existen; lo que falta es la decisión de exponerse a sus consecuencias. La vocalista Kenya ha explicado que la canción nace de una experiencia personal en la que otras personas pueden reconocerse. La banda lleva esa tensión a una propuesta de rock y sitúa la intensidad interpretativa en primer plano. El miedo no acaba necesariamente con el vínculo, pero puede dejarlo inmóvil: dos personas permanecen cerca sin atravesar la distancia que separa lo que sienten de lo que se atreven a hacer.
MAYO explora una inmovilidad distinta en Tócame. Su protagonista percibe que una relación le hace daño y, aun así, se aferra a una fantasía romántica que no encaja con los hechos. El deseo no actúa como una fuerza liberadora, sino como parte del mecanismo que lo mantiene atrapado. Reconocer el dolor tampoco basta para romperlo: la ilusión ofrece un refugio provisional y, al mismo tiempo, prolonga las heridas. La canción sitúa el conflicto entre lo que alguien necesita creer y aquello que ya sabe. No presenta la relación tóxica como una sucesión de señales fáciles de interpretar desde fuera, sino como una contradicción íntima que cuesta abandonar.
En No volveré a llorar, KU Minerva llega a un punto posterior de ese desgaste. La historia sigue a alguien que ha intentado encontrar su sitio en una relación o situación sin conseguirlo y termina decidiendo que ya no invertirá fuerzas en lo que no cambia. Juan Sueiro, Nacho Canut, Mauro Canut y Fernando Delgado firman la composición. La liberación emocional no se presenta como un gesto espontáneo: nace de la frustración acumulada y de admitir el daño recibido. Así, el título no significa que el dolor desaparezca por arte de magia. Marca una determinación después del cansancio, la posibilidad de mirar hacia delante sin seguir atado al mismo ciclo.
Del afecto que protege a las voces que incomodan
Funambulista dirige Sobran gilipo**as contra quienes aprovechan las debilidades ajenas o pretenden ordenar la vida de los demás. En su punto de mira están, entre otros, los falsos gurús de las redes sociales que reparten instrucciones sobre cómo pensar, comer, invertir o sentir sin una base necesariamente sólida. La canción adopta un tono desinhibido y se sirve de la ironía para convertir el hartazgo en desahogo. Bajo la provocación hay una distinción clara: apartar las intromisiones y dejar sitio a relaciones que sí aportan algo. Para el artista, la música permite expresar lo que le mueve; aquí pone palabras a la irritación que produce una autoridad impostada.
María León y Julia Medina responden a una decepción desde un lugar colectivo. En Las Damas y el Vagabundo, dos mujeres encuentran apoyo mutuo y transforman una experiencia de traición en una celebración de la amistad. La propuesta habla de complicidad, fortaleza femenina y sororidad sin recurrir a un tono solemne. Su carácter festivo refuerza la idea central: recuperar el espacio propio también puede implicar salir, cantar y compartir la alegría con quien ha estado al lado. En vez de enfrentar a sus protagonistas entre sí, la historia las reúne. La amistad deja de ser un elemento secundario frente al romance y se convierte en el vínculo que permite seguir adelante.
El afecto adquiere otra amplitud en T amaré, de Tony Grox y LUCYCALYS. La declaración puede dirigirse a una pareja, una amistad o un familiar: importa la presencia de alguien que ofrece confianza y hace sentir a salvo, no una categoría concreta de relación. La canción nació de una idea espontánea de Pula que fue tomando forma junto a Tony Grox. Sus artistas la sitúan en el pop contemporáneo con matices flamencos y un recorrido que avanza desde la intimidad hasta un final más colectivo. Después de las canciones marcadas por el miedo, el desgaste o la traición, esta propuesta recuerda que una persona cercana también puede funcionar como refugio.
Personajes, raíces y conflictos que van más allá del romance
Mikel Herzog Jr. desplaza la tensión al interior de una misma persona en Mi mitad. El rubí y el carbón representan fuerzas contrapuestas, luz y oscuridad que chocan y dificultan encontrar equilibrio. Su canción no busca un responsable externo: el adversario está en la propia cabeza, en las partes de uno mismo que cuesta aceptar o reconciliar. La imagen de las dos mitades expresa esa pugna sin prometer una solución sencilla. Frente a tantos relatos construidos alrededor de otra persona, esta propuesta mira hacia una identidad que todavía se está negociando. También plantea una dificultad reconocible: convivir con rasgos contradictorios sin reducirse a uno solo de ellos.
Rosalinda Galán recurre a un personaje literario para cambiar el punto de vista de una historia conocida. En Mataora recupera a Carmen, protagonista de la novela de Prosper Mérimée, y le concede el centro de su propio relato. La figura perseguida por quienes quieren poseerla deja de estar definida únicamente por las miradas que recibe. Desde su perspectiva, no acepta promesas ni compromisos impuestos, ni el supuesto derecho de otros a decidir por ella. Ese cambio altera la lectura de un personaje que ha pasado por numerosas adaptaciones. La canción no se limita a evocarlo: pregunta qué sucede cuando Carmen deja de ser observada y toma la palabra.
The Quinquis parten de una herida más cotidiana en Tú no me quieres. Reys, compositor y productor del tema, se inspira en la sensación de haber sido utilizado por alguien que fingió afecto para obtener otra cosa. La canción conserva la rabia del despecho y la lleva a un sonido que cruza una raíz flamenca con influencias de la música británica. Su elaboración también refleja el trabajo del grupo: Reys desarrolló la pieza con aportaciones de sus compañeros en el bajo y las voces, antes de completar el proceso con la mezcla y la masterización. La decepción sirve así para contar un episodio concreto y, a la vez, para afirmar una identidad musical compartida.
Un escenario para historias que no caben en una sola etiqueta
El Benidorm Fest de 2026 se presenta sin que su candidatura esté vinculada a representar a España en Eurovisión. Ese cambio modifica el marco del certamen, pero no borra lo que une a sus 18 propuestas: cada artista llega con una historia reconocible y una forma particular de trasladarla a la música. Hay encuentros que apenas duran una noche, vínculos que se resisten a terminar y voces que buscan dejar de ser definidas por otros. Entre el baile, la ironía y la introspección, el cartel evita quedar encerrado en un solo género o en una única idea del amor.
Las semifinales y la final añadirán la dimensión escénica a canciones que ya pueden escucharse por sí mismas. Una coreografía podrá acentuar un conflicto; una interpretación, descubrir un matiz que la grabación apenas insinúa. Pero la diversidad del festival empieza antes de que se enciendan las luces, en las decisiones sobre quién habla, qué recuerda y qué está dispuesto a dejar atrás. Ahí conviven la vela frágil de Greg Taro, la Carmen que toma la palabra y la pista donde dos desconocidos intentan entenderse. Sus diferencias son, precisamente, lo que da forma a esta edición.

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