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La natalidad europea cae y Bulgaria lidera, pero no se salva
Bulgaria conserva la fecundidad más alta de la UE, aunque también pierde nacimientos y envejece con rapidez.

En 2024 nacieron 3,55 millones de bebés en la Unión Europea y la fecundidad media cayó a 1,34 hijos por mujer, frente a los 1,38 del año anterior. Bulgaria encabezó la clasificación, con 1,72, mientras Malta quedó en 1,01 y España en 1,10. Ese primer puesto no describe un auge de los nacimientos: indica que, en una Europa donde la fecundidad es baja en casi todas partes, Bulgaria se mantiene por encima del resto.
La diferencia importa porque una tasa más alta no equivale a una población que crece. Los nacimientos búlgaros han disminuido durante décadas y el país también envejece. La comparación revela, más bien, dos fenómenos simultáneos: una caída extendida por el continente y ritmos distintos a la hora de posponer la maternidad y formar familias. España se acerca al extremo inferior, mientras Bulgaria resiste relativamente, sin escapar a las presiones demográficas que afectan a sus vecinos.
Una caída europea que va más allá de un mal año
La bajada de la media comunitaria, de 1,38 a 1,34 hijos por mujer, puede parecer pequeña si se mira como una variación anual. Pero detrás de esas centésimas hay millones de decisiones de formar familia que se aplazan, se reducen o no llegan a materializarse. En 2024, el total de nacimientos de la UE quedó en 3,55 millones, una cifra que, por sí sola, no repone las generaciones anteriores. El nivel de referencia para el reemplazo generacional suele situarse en torno a 2,1 hijos por mujer, muy por encima del dato europeo.
El descenso tampoco dibuja una frontera sencilla entre el norte y el sur, ni entre países ricos y menos prósperos. Francia, con 1,61, y Eslovenia, con 1,52, se situaron en la parte alta de la clasificación citada, pero tampoco alcanzaron el nivel de reemplazo. Malta y España, en el otro extremo, registraron 1,01 y 1,10, respectivamente. El resultado es un continente con diferencias entre países, pero con una realidad común: la fecundidad permanece por debajo del reemplazo en toda la tabla descrita.
Las proyecciones demográficas apuntan a que la población de la UE podría tocar techo en 2029 y empezar después a disminuir. Para finales de siglo, podría situarse por debajo de los 400 millones de habitantes, un 11,7% menos que en la actualidad según las proyecciones citadas. No es una predicción sobre el número de nacimientos de un año concreto, sino una estimación de cómo se combinarían la fecundidad, la mortalidad y las migraciones. El envejecimiento acompaña ese cambio: la proporción de mayores de 65 años aumentará mientras se reduce el peso relativo de las generaciones jóvenes.
Bulgaria lidera una clasificación, no una recuperación
La tasa búlgara de 1,72 hijos por mujer destaca frente a las del resto de la UE, pero no alcanza el umbral de reemplazo ni significa que el país tenga más nacimientos que antes. En 1994 se registraron allí 79.442 nacimientos; en 2024 fueron 53.428, un descenso del 33% en tres décadas. La cifra más reciente pone el liderazgo en perspectiva: Bulgaria conserva la fecundidad más alta de la UE en la comparación citada, al mismo tiempo que cuenta con menos nacimientos que en el pasado.
La población búlgara tampoco está protegida frente al envejecimiento. Las personas de 65 años o más representan el 24% de sus habitantes, según los datos recogidos sobre el país, que figura entre los Estados de la Unión donde este proceso avanza con rapidez. Así que el primer puesto no debe confundirse con una solución demográfica. El país mantiene una tasa relativamente más elevada, pero sigue afrontando una estructura poblacional envejecida y una caída prolongada del número de recién nacidos.
También conviene separar dos indicadores que a menudo se mezclan. El número de nacimientos cuenta cuántos niños nacen en un periodo; la fecundidad estima cuántos hijos tendría una mujer a lo largo de su vida si se mantuvieran las tasas de cada edad. Una población puede registrar una fecundidad relativamente alta y, aun así, tener menos nacimientos si hay menos mujeres en edad de tener hijos. Por eso el primer puesto búlgaro no contradice el descenso de sus nacimientos: ambos datos describen aspectos distintos del mismo panorama.
El calendario de la maternidad ayuda a entender el contraste
Una de las diferencias entre Bulgaria y buena parte de Europa está en la edad a la que llega el primer hijo. En los datos del artículo original, la media de la UE se situaba en 29,9 años para el primer nacimiento y en 31,3 años para el conjunto de los partos. En Bulgaria, la edad media al tener el primer hijo era de 26,9 años. Empezar antes deja un margen más amplio para tener un segundo hijo; retrasar ese primer nacimiento puede comprimir el calendario familiar.
La edad, sin embargo, no explica por sí sola las decisiones. Intervienen los estudios, el empleo, la vivienda, la estabilidad económica, la disponibilidad de cuidados y las expectativas personales. El nacimiento del primer hijo puede llegar tarde porque una pareja así lo decide, pero también porque no encuentra condiciones para independizarse o sostener una crianza. La fecundidad de un país no es una medida directa de cuánto desean tener hijos sus habitantes: refleja también cuánto pueden llevar a cabo esos proyectos.
El dato búlgaro de edad requiere, además, una cautela. La media de 27,6 años para las madres primerizas comunicada por una asociación del país puede verse afectada por los partos de madres adolescentes, especialmente en la comunidad romaní. La información disponible señala que las mujeres búlgaras tienen hijos después de los 30 años, en línea con la media europea. Eso muestra por qué una cifra promedio no describe por igual a todos los grupos y por qué las comparaciones deben leerse con atención a cómo se construye cada estadística.
España, cerca del extremo más bajo
Con 1,10 hijos por mujer en la comparación de 2024, España solo quedó por encima de Malta, que registró 1,01. En el mismo año se contabilizaron en España 318.005 nacimientos, un 0,8% menos que en 2023. La serie prolonga una tendencia de descenso que se arrastra desde hace años y que no puede interpretarse como un tropiezo aislado. El país combina una fecundidad muy baja con una maternidad cada vez más tardía.
Los datos provisionales citados para 2025 apuntan a 321.164 nacimientos, alrededor de un 1% más que el año anterior. Ese repunte interrumpe por ahora la secuencia descendente en el recuento anual, pero no basta para hablar de un cambio estructural: se trata de una cifra provisional de nacimientos, mientras que el 1,10 corresponde a la tasa de fecundidad de 2024. No son indicadores intercambiables. Para saber si se consolida una recuperación habrá que observar la evolución posterior, no solo una variación anual.
La composición de los nacimientos también cambia la lectura. En 2024, el 33,3% correspondió a madres nacidas en el extranjero. Esa proporción muestra que la inmigración contribuye de forma importante al número total de nacimientos en España; no permite concluir que toda la evolución dependa de ella ni que la llegada de población vaya a revertir por sí sola la baja fecundidad. Las migraciones pueden amortiguar la reducción de la población, pero el efecto sobre los nacimientos depende también de la edad, la composición de los hogares y las trayectorias vitales de quienes llegan.
Vivienda, empleo y decisiones aplazadas
En España, el retraso de la emancipación se combina con la dificultad de acceder a una vivienda y con trayectorias laborales que pueden ser inestables al comienzo de la vida adulta. Si la salida del hogar familiar se aplaza, también pueden retrasarse la convivencia, el primer hijo y la decisión de ampliar la familia. No es una cadena automática para todas las personas, pero ayuda a comprender por qué las condiciones materiales forman parte de la explicación demográfica. Esperar a tener una base económica y residencial más firme puede desplazar la maternidad varios años.
Ese retraso pesa especialmente cuando el primer nacimiento llega cerca de los 30 años o después. El tiempo disponible para decidir si se quiere tener otro hijo se reduce, y a la incertidumbre económica se suman las necesidades de conciliación y cuidado. En España, el 50,7% de los nacimientos correspondió a primeros hijos, según los datos del artículo original. La proporción no explica por sí sola por qué muchas familias no tienen un segundo, pero sí muestra que la llegada del primer hijo no se traduce necesariamente en una familia más amplia.
El coste de la vivienda resulta particularmente visible en grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga y Palma, donde el acceso a espacio y estabilidad puede condicionar los planes familiares. A ello se añaden los gastos y el tiempo asociados a la crianza. Sería reduccionista atribuir la baja fecundidad a una sola causa, igual que lo sería presentarla como una simple preferencia cultural. Los factores económicos y sociales se cruzan con la autonomía individual; el resultado agregado refleja esa mezcla, no una decisión uniforme de toda una generación.
Cuando faltan trabajadores, la inmigración gana peso
El envejecimiento no cambia solo el tamaño de la población: también modifica la relación entre quienes trabajan y quienes se jubilan. La Autoridad Europea del Trabajo ha señalado tensiones de mano de obra en sectores como la sanidad, la construcción y el transporte. Durante años, trabajadores procedentes de Polonia, Rumanía y Bulgaria ayudaron a cubrir parte de esas necesidades en otros países de la Unión. Pero esos mismos países también envejecen, de modo que la movilidad dentro de Europa no puede darse por sentada como una reserva inagotable de trabajadores.
En ese contexto, la inmigración desde fuera de Europa adquiere más importancia para cubrir vacantes y sostener la población activa. La competencia puede intensificarse por perfiles cualificados, como médicos, enfermeros, docentes y técnicos industriales. El Parlamento Europeo aprobó la creación de una plataforma de reservas de talento para conectar empleadores comunitarios con solicitantes de empleo cualificados de terceros países. La iniciativa refleja un cambio de escala: la contratación internacional empieza a plantearse como parte de la respuesta laboral europea, no solo como una cuestión nacional.
Ese debate convive con políticas de asilo más restrictivas y con mecanismos de regularización orientados a responder a la escasez de trabajadores. No es una contradicción que desaparezca con una sola medida: los países gestionan a la vez la protección internacional, las necesidades de sus empresas y las reglas de entrada y residencia. La baja natalidad hace más visible esa tensión, pero no determina por sí sola qué política debe adoptarse. La inmigración puede cubrir necesidades concretas de mano de obra; no elimina automáticamente el envejecimiento ni sustituye todos los cambios de población que se producen a largo plazo.
Menos nacimientos transforman escuelas y economías
El efecto de una cohorte más pequeña aparece primero en servicios ligados a la infancia. Con menos nacimientos, habrá menos alumnos al cabo de unos años, aunque el impacto no se distribuya de manera idéntica entre regiones. En algunos lugares puede reducir la presión sobre aulas y permitir una atención más individualizada; en otros, la caída de matrícula puede poner en cuestión la continuidad de centros o servicios. La demografía cambia despacio, pero sus efectos llegan a instituciones que no siempre pueden adaptarse con la misma rapidez.
Más adelante, esas generaciones más reducidas alcanzarán la edad laboral y se incorporarán a un mercado que necesitará reemplazar a quienes se jubilan. Si la demanda de trabajadores se mantiene o crece en ciertos sectores y hay menos jóvenes disponibles, aumentará la presión sobre la contratación, la formación y la organización del trabajo. El problema no consiste únicamente en que haya menos personas, sino en cómo encajan las necesidades de empleo con las capacidades y la distribución de la población activa.
Las pensiones, la sanidad y los cuidados de larga duración también quedan expuestos al envejecimiento. Una población con más personas mayores requiere servicios y financiación, mientras una base laboral relativamente menor debe sostener una parte mayor de esas necesidades. Esto no significa que el sistema se derrumbe de forma automática: intervienen la productividad, la edad efectiva de jubilación, la participación laboral, los salarios y las decisiones públicas. Pero sí explica por qué la fecundidad baja se convierte en una cuestión económica y social, además de familiar.
El liderazgo búlgaro no resuelve el desafío europeo
La comparación entre 1,72 hijos por mujer en Bulgaria, 1,34 de media comunitaria y 1,10 en España resume el contraste, pero no permite elegir un único modelo. Bulgaria mantiene una fecundidad superior, aunque ha perdido un tercio de sus nacimientos respecto a 1994 y tiene un 24% de población mayor de 65 años. España registra menos fecundidad y un número de nacimientos sostenido en parte por madres nacidas fuera del país. Ninguno de esos datos aislados describe por completo la salud demográfica de una sociedad.
Lo que comparten los países de la UE es una fecundidad alejada del reemplazo y una población que envejece. El ritmo y las causas varían: intervienen el momento de tener el primer hijo, las condiciones de empleo y vivienda, la migración y el tamaño de las generaciones en edad fértil. Por eso Bulgaria puede encabezar la clasificación y, a la vez, afrontar una caída de nacimientos; y España puede registrar un leve repunte provisional sin haber salido de la zona baja de fecundidad.
La cifra que encabeza una tabla ofrece una fotografía, no una garantía para el futuro. En el caso búlgaro, resistir significa caer menos en la comparación europea, no haber detenido el descenso ni asegurado el reemplazo generacional. Para España, el desafío tampoco se reduce a recuperar nacimientos: incluye facilitar que las decisiones familiares no queden condicionadas por la falta de vivienda, la inestabilidad y las dificultades para conciliar. La tendencia demográfica se construye durante años, y sus consecuencias se miden tanto en bebés como en aulas, empleo y cuidados.

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