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¿EE UU e Israel preparan ya un zarpazo para derrocar a Irán?

Washington valora ataques selectivos mientras crece la presión y el riesgo regional con Irán, Israel y el petróleo como telón de fondo global Actualmente en el mundo ya tenemos 56 guerras (o conflictos armados activos) y, la verdad, no haría falta sumarle otra.

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Trump y Putin en guerra contra Irán

Washington valora ataques selectivos mientras crece la presión y el riesgo regional con Irán, Israel y el petróleo como telón de fondo global

Actualmente en el mundo ya tenemos 56 guerras (o conflictos armados activos) y, la verdad, no haría falta sumarle otra. Sin embargo, si miramos hacia el este, la cosa se complica. Cierto, de momento no hay una confirmación pública de un plan cerrado para “derrocar” al poder iraní, pero sí hay señales de que en Washington se está barajando una opción que va más allá del castigo simbólico: ataques selectivos contra mandos e instituciones de seguridad con la idea de que la calle, asfixiada por la represión, vuelva a levantarse con la sensación de que el Estado no es invulnerable. Ese es el corazón del debate que está incendiando titulares: golpear para inclinar la balanza interna, no solo para “mandar un mensaje”.

La otra mitad del cuadro es igual de importante y suele quedar tapada por la pólvora: hay un carril diplomático activo —con mediadores regionales y contactos discretos— porque el choque directo tiene un precio enorme, sobre todo si el estrecho de Ormuz se convierte en un interruptor del petróleo. En paralelo, Teherán ha elevado el tono hasta hablar de “guerra regional” si EE. UU. ataca, y el Parlamento iraní ha respondido a la Unión Europea etiquetando a los ejércitos europeos como “terroristas” en un pulso que mezcla propaganda, represalia legal y aviso a navegantes.

La tentación del golpe y el freno de la realidad

En Washington, el lenguaje que pesa no siempre sale en ruedas de prensa. Lo que se está deslizando en estos días, por canales conocidos, es una discusión sobre cómo usar la fuerza de forma que parezca quirúrgica y, a la vez, psicológicamente devastadora: golpear centros de mando, castigar unidades vinculadas a la represión, señalar nombres concretos, crear incertidumbre dentro de la propia estructura de seguridad iraní. En ese marco aparece una palabra que enciende todas las alarmas, “cambio de régimen”, porque implica una meta política, no solo militar; y porque, cuando la pronuncias, el adversario deja de imaginar concesiones y empieza a imaginar su funeral político.

El problema —y aquí es donde el humo se disipa— es que tumbar un sistema como el iraní no es como romper una puerta. El poder real en Teherán no se sostiene con una sola llave, sino con varias cerraduras: Guardia Revolucionaria, aparato judicial, redes económicas, control informativo, coerción en la calle, lealtades compradas o temidas. Por eso incluso quienes defienden el golpe limitado suelen admitir lo obvio: un ataque puede desorganizar, puede aterrorizar, puede alterar cálculos… pero también puede producir el efecto contrario, cerrar filas y justificar un puño todavía más duro.

En ese juego de sombras, lo que sí se ve con claridad es la coordinación militar. En los últimos días se han producido encuentros de alto nivel que, por sí solos, no demuestran una decisión final, pero sí dibujan un escenario de preparación. Han viajado a Washington figuras clave del ámbito de inteligencia y defensa israelí, y también responsables saudíes, en conversaciones enfocadas en Irán: qué objetivos serían “rentables”, qué represalias cabe esperar, qué aliados regionales se convierten en rehenes de la escalada. La región entera escucha cuando esos vuelos se cruzan.

Reuniones discretas, nombres propios

El dato más significativo no es solo que se reúnan, sino quién se reúne con quién. El jefe de inteligencia militar israelí, Shlomi Binder, ha estado en Washington para compartir información sobre posibles objetivos y, sobre todo, para medir el margen político estadounidense. El príncipe Khalid bin Salman se ha movido en la misma dirección, con una lógica distinta pero compatible: Arabia Saudí teme el incendio regional, sí, pero también teme que un Irán fortalecido por la impunidad salga más agresivo. En esa doble ansiedad se cuece la diplomacia del Golfo.

A esto se suma un gesto aún más explícito, aunque se haya contado con cuentagotas: el encuentro en el Pentágono entre el general Dan Caine y su homólogo israelí, Eyal Zamir, en plena escalada. No es una reunión de cortesía. Es un “¿qué hacemos si…?”, dicho sin micrófonos. Y en Israel, el ministro de Defensa Israel Katz ha revisado la “preparación operativa” del ejército para cualquier escenario tras ese viaje, una frase que, en su jerga, significa no descartar nada.

En el centro de todo aparece Donald Trump, que ha jugado estos días con dos registros que conviven mal: amenaza y negociación. Ha hablado de una “armada” moviéndose en la región, ha marcado líneas rojas relacionadas con la represión interna, y al mismo tiempo ha dejado caer que hay conversaciones nucleares en marcha. Esa mezcla no es improvisación pura; también es táctica: la amenaza como palanca, la negociación como salida, y el reloj como presión.

La calle iraní: represión, apagón y cuentas imposibles

Para entender por qué se habla de golpear “para animar” a la protesta, hay que mirar el terreno. Las manifestaciones que estallaron a finales de diciembre por la economía se convirtieron rápido en algo más político, con consignas directas contra el liderazgo supremo. El régimen respondió como sabe: violencia masiva, detenciones en cadena, juicios acelerados y un control informativo que, en algunos momentos, ha parecido casi de estado de sitio. El resultado es una niebla de cifras: distintos recuentos sitúan en miles las víctimas mortales y en decenas de miles los detenidos, mientras Teherán discute o rechaza esas estimaciones y acusa a “enemigos exteriores” de inflarlas. No es un detalle menor: cuando el dato se vuelve campo de batalla, también se vuelve arma.

Ese control se ha apoyado en una herramienta vieja pero eficaz: el apagón. Se ha descrito un bloqueo de internet y telefonía en momentos clave, con intentos de neutralizar conexiones satelitales y cortar el flujo de imágenes que alimenta la indignación. La represión funciona mejor cuando no se ve; y la protesta, cuando no se coordina, se fragmenta. Lo que en otras sociedades sería “ruido digital” aquí se convierte en supervivencia: si no circula el vídeo, no circula la rabia compartida.

La figura del líder supremo, Ali Khamenei, ha endurecido el discurso: cualquier ataque estadounidense, ha advertido, provocaría una guerra regional. Esa frase tiene un objetivo interno y otro externo. Interno: cerrar el relato, convertir la protesta en “golpe” y la disidencia en traición. Externo: recordar que Irán no juega solo, que tiene capacidad de respuesta y que el precio puede pagarse en varios países a la vez. La palabra “regional” no es retórica decorativa; es una amenaza de expansión.

En este contexto aparece el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, con un margen estrecho, atrapado entre la exigencia de firmeza del sistema y la necesidad de evitar el colapso económico. En la práctica, el poder decisivo no pasa por su despacho, y esa es parte del drama: cuando la presión se dispara, los centros de mando reales se mueven hacia los órganos de seguridad. Y ahí, cualquier golpe externo tiende a reforzar al sector más duro, porque la guerra —o su amenaza— es el hábitat natural de un Estado de seguridad.

En Washington se ha mirado a la oposición y ha visto lo que se suele ver en estas crisis: mucha rabia, poca coordinación, liderazgos dispersos, organizaciones debilitadas por la represión, y un Estado que ha demostrado que puede aplastar sin pestañear. Incluso actores del exilio que intentan dar una bandera común se enfrentan al problema clásico: dentro del país no siempre se reconoce un mando único, y fuera se sospecha del que parezca demasiado “patrocinado”. Un nombre se ha vuelto recurrente en estos días, Reza Pahlavi, que ha llamado a movilizaciones y aparece citado en análisis políticos estadounidenses. Su presencia, sin embargo, no resuelve la ecuación: un símbolo no sustituye una estructura, y un hashtag no derriba un aparato armado.

Y luego está la economía, siempre la economía. El sistema iraní ha intentado aliviar el incendio con medidas que suenan pequeñas incluso en el papel, como pagos mensuales modestos anunciados por el Gobierno; en un país donde la inflación muerde y las sanciones ahogan, esos gestos se leen de dos formas: como ayuda, sí, pero también como señal de debilidad fiscal. Cuando un poder reparte monedas en mitad de una tormenta, suele ser porque teme que el barco se abra por abajo.

Europa entra a lo grande: IRGC, sanciones y represalias

La Unión Europea ha decidido dejar de caminar de puntillas y ha dado un paso de enorme carga política: designar a la Guardia Revolucionaria como organización terrorista, una decisión que cambia el marco legal, endurece las relaciones y añade combustible al choque. No es solo un titular; abre la puerta a congelaciones de activos, persecución de apoyos materiales y una cascada de consecuencias diplomáticas. Para Teherán, además, es una humillación estratégica: el cuerpo que presume de ser columna del sistema pasa a ser tratado como amenaza criminal por un bloque entero.

Ese movimiento europeo ha llegado acompañado de sanciones por la represión y por capacidades militares. En la lista aparecen nombres concretos de la estructura estatal iraní, entre ellos el ministro del Interior Eskandar Momeni y el fiscal general Mohammad Movahedi Azad, además de mandos de la Guardia Revolucionaria y responsables de fuerzas de seguridad. También se han señalado entidades vinculadas a censura, campañas de desinformación y herramientas de vigilancia, una forma de decir que, en 2026, la represión no es solo porra y fusil; también es software y control de señal.

Europa, en paralelo, ha ampliado restricciones sobre componentes y tecnologías relacionadas con drones y misiles, un asunto que conecta con el nervio más sensible de Irán: su capacidad de disuasión. Porque Teherán insiste en que su programa de misiles es “defensivo” y no negociable, mientras sus rivales lo consideran parte del problema central. Cuando esas dos frases chocan, no hay acuerdo fácil; hay, como mucho, treguas temporales.

La respuesta iraní y el pulso con Bruselas

La reacción en Teherán ha sido una mezcla de teatro político y medida de presión. El presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, ha anunciado que Irán considera a los ejércitos de los países europeos como “terroristas”, amparándose en legislación nacional de represalias. En el hemiciclo, los gestos han sido deliberados: diputados vistiendo uniformes de la Guardia Revolucionaria, consignas, una escenografía pensada para enviar un mensaje interno de unidad y otro externo de desafío. Es una forma de decir: “si nos criminalizas, te criminalizo”, aunque el efecto práctico sea más simbólico que operativo.

En la diplomacia iraní, el tono también ha subido. El ministro de Exteriores Abbas Araqchi ha calificado la decisión europea de error estratégico y de daño a los intereses europeos, un discurso que busca dividir, sembrar dudas, encontrar grietas entre capitales. Y se ha hablado incluso de expulsar agregados militares europeos, un gesto que no sería solo expulsión: sería cortar canales de comunicación que, en crisis, pueden evitar accidentes. En este tipo de tensiones, a veces lo más peligroso no es el misil, sino el silencio.

Europa, por su parte, se encuentra en una posición delicada: endurece por derechos humanos y seguridad, pero sabe que un choque frontal total con Irán afecta a la estabilidad regional, a rutas energéticas y a la seguridad de sus propios intereses. Es el dilema del bloque: castigar sin incendiar, presionar sin romper el último hilo por el que puede circular una negociación.

El petróleo manda: Ormuz, flotas y nervios en el mercado

Si se quiere entender por qué el “zarpazo” se mide con regla, basta mirar el mapa marítimo. EE. UU. ha incrementado su presencia naval y ha reforzado defensas aéreas en la región, y el despliegue se ha leído como advertencia y como preparación. En ese contexto, la aparición de un grupo de portaviones —con el USS Abraham Lincoln mencionado en crónicas recientes— no es solo músculo militar: es un mensaje a Teherán y, de paso, una señal a los mercados. Cuando un portaviones se acerca, el barril suele ponerse nervioso.

Irán ha negado algunos rumores de ejercicios navales con fuego real en Ormuz, un desmentido que, leído entre líneas, también tiene sentido: si Teherán quiere evitar una excusa que dispare la escalada, le conviene no regalar imágenes de provocación. A la vez, mantiene el discurso de que está preparado para responder. Ese equilibrio —negar maniobras y amenazar a la vez— es típico de una crisis donde todos quieren parecer duros sin ser los responsables de la primera chispa.

Las casas de análisis han puesto números a lo que en política se dice con metáforas. Algunos escenarios contemplan que la acción, si llega, sea limitada para evitar un salto al vacío: golpes selectivos, incautaciones de petroleros, presión económica, escalada controlada. Y aun así, el riesgo permanece: un dron derribado, un error de cálculo, un ataque por terceros, una cadena de represalias que nadie reconoce pero todos pagan. En los últimos días se ha mencionado que el crudo ha incorporado una prima de riesgo y que el mercado teme el cuello de botella de Ormuz si Irán decide jugar la carta del bloqueo o de la inseguridad marítima.

La guerra por los barcos: sanciones y “shadow fleet”

En paralelo a la amenaza militar, EE. UU. ha apretado por donde duele sin disparar: el dinero. Se han anunciado sanciones contra parte de la llamada “flota en la sombra”, embarcaciones y empresas acusadas de mover petróleo iraní para financiar al régimen en plena represión. El mensaje político es claro: cortar ingresos que sostienen al aparato de seguridad y, a la vez, elevar el coste de seguir matando en las calles. En la práctica, sancionar barcos no detiene de golpe el flujo, pero sí lo hace más caro, más arriesgado, más clandestino; una economía ya enferma no necesita mucho para toser sangre.

Ese tipo de presión tiene un efecto colateral: si se aprieta demasiado, el mercado global se tensa; si no se aprieta, el régimen respira. Y ahí aparece la contradicción estadounidense: quiere presionar sin disparar los precios en casa, quiere intimidar sin entrar en una guerra que se trague la agenda doméstica. Por eso la palabra “limitado” se repite: limitado el golpe, limitado el riesgo, limitado el incendio… como si el incendio obedeciera.

La región, además, no es un tablero vacío. Hay aliados y rivales, hay bases, hay infraestructuras energéticas, hay rutas comerciales. Y hay memorias recientes de choque. El episodio de junio de 2025 —la llamada “guerra de 12 días”, con ataques israelíes y participación estadounidense— dejó una enseñanza incómoda: se puede dañar, sí; destruir capacidades críticas por completo es otra historia. En aquel momento, evaluaciones preliminares estadounidenses indicaron que los ataques no borraron la capacidad nuclear iraní y solo la retrasaron unos meses, un dato que hoy vuelve como boomerang cuando se habla de bombardear “para resolver”.

Entre la amenaza y el acuerdo: qué puede pasar ahora

La pregunta que se hacen en los despachos —y que en público nadie formula así— no es “¿podemos golpear?”, sino “¿qué conseguimos golpeando?”. Si la meta es empujar a Irán a un acuerdo nuclear más duro, la amenaza sirve como palanca. Si la meta es tumbar el régimen, el salto es mucho mayor y el margen de error, letal. Porque un golpe externo, incluso “selectivo”, puede unir a sectores enfrentados dentro del país bajo la bandera de la supervivencia nacional. El fenómeno es viejo: cuando la patria se siente atacada, muchos odios internos se congelan… aunque sea temporalmente.

En este punto, la diplomacia aparece como salida y como trampa. Se habla de conversaciones sobre el programa nuclear, de mediaciones de países del Golfo, de intentos de montar un formato de negociación, de avances parciales. También se habla de exigencias duras: frenar enriquecimiento, limitar misiles, recortar apoyo a grupos armados regionales. Irán, por su parte, insiste en que su derecho a enriquecer para usos civiles no se negocia y que su programa de misiles es intocable. Ese choque de líneas rojas hace que la negociación sea un pasillo estrecho con paredes de cuchillas.

Mientras tanto, la represión interna sigue siendo el acelerante. En Washington se ha deslizado la idea de que ciertos umbrales —ejecuciones masivas, asesinatos indiscriminados de manifestantes— podrían precipitar una respuesta. Esa lógica mezcla moral y estrategia: castigar por derechos humanos y, a la vez, aprovechar la debilidad del régimen. Pero esa misma mezcla es explosiva, porque convierte un conflicto interno en casus belli potencial, y a Irán le da incentivo para endurecer su relato: “nos atacan por existir”.

También hay un factor que se menciona menos: el marco político y legal en Estados Unidos. El Congreso vigila, los militares miden riesgos, los aliados piden contención, y la memoria de guerras largas pesa. Un documento del Servicio de Investigación del Congreso ha subrayado elementos que enfrían el entusiasmo de quienes sueñan con un derrumbe rápido: falta de liderazgo unificado en la protesta, brutalidad estatal “sin precedentes”, intentos de cortar comunicaciones, y la ausencia —por ahora— de señales claras de deserciones masivas en los pilares del sistema, que suele ser el punto de inflexión en crisis de este tipo.

Lo que queda, entonces, es un escenario que se parece más a una partida de póker que a una operación quirúrgica con final garantizado. Washington quiere que Teherán crea que el golpe es real y cercano. Teherán quiere que Washington crea que la respuesta será regional y dolorosa. Israel quiere mantener la iniciativa sin cargar con todo el coste. Arabia Saudí y otros vecinos quieren que el incendio no les queme la casa, pero también quieren que Irán no salga de esto más fuerte. Y Europa ha decidido que el precio de mirar hacia otro lado era demasiado alto, aunque esa decisión le devuelva amenazas directas.

Si se busca una conclusión limpia, no la hay. Lo que hay es un abanico de probabilidades, una tensión que ha subido varios escalones en pocas semanas y una evidencia que atraviesa todo: cuando se mezclan represión interna, negociación nuclear y amenaza militar, el margen para el error se reduce. Un “zarpazo” puede ocurrir sin que nadie lo llame así. Y un intento de “derrocar” puede quedarse en algo mucho más modesto: castigar, intimidar, forzar una firma. En Oriente Medio, a veces, lo que empieza como gesto termina como guerra; y lo que se anuncia como guerra acaba siendo gesto. Aquí, de momento, el pulso está en el aire, tenso, vibrando… y cualquiera que diga que ya conoce el final, miente o vende algo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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