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¿Por qué Anderson ganó el César y dejó sin premio a ‘Sirat’?

El César premia a Paul Thomas Anderson por ‘Una batalla tras otra’ y aparta a la española ‘Sirat’ en la gran noche fría del Olympia de París.
París cerró la noche del 26 de febrero de 2026 con una estatuilla extranjera que sonó a trueno en el Olympia: el César a mejor película extranjera fue para ‘One Battle After Another’ (‘Una batalla tras otra’), la nueva película de Paul Thomas Anderson, que se impuso a la española ‘Sirat’ de Óliver Laxe y a otras candidatas de Brasil, China y Noruega.
La escena tuvo algo de sello industrial bien puesto. Anderson no viajó a la capital francesa y el agradecimiento llegó por delegación: Olivier Snanoudj, representante de Warner en Francia, leyó un mensaje en nombre del director y de la productora Sara Murphy, celebrando el impacto del filme “en el público del mundo entero” y, con subrayado especial, en el público francés.
El premio extranjero que marcó la gala del Olympia
La 51ª ceremonia de los César se celebró en el teatro Olympia de París, con Camille Cottin como presidenta de la gala y Benjamin Lavernhe como maestro de ceremonias, una pareja pensada para combinar ironía, oficio y esa elegancia francesa que, cuando funciona, parece casual aunque esté medida al milímetro. El premio de honor anunciado para Jim Carrey añadió un punto de icono popular en una noche donde el cine francés también se miraba al espejo, con sus favoritas domésticas disputándose el protagonismo entre aplausos, discursos y esa electricidad de platea que solo aparece cuando hay industria… y hay ego.
En ese marco, el César a mejor película extranjera no fue un relleno entre categorías, sino un gesto con intención. La Academia francesa eligió una película estadounidense, sí, pero no una postal fácil: premió una obra con política, con familia y con paranoia como atmósfera, de esas que no buscan gustar a todos sino dejar marcas distintas en cada espectador. Y, en cine, a veces el prestigio nace justo ahí, en la incomodidad bien filmada, en el riesgo que no se disfraza de prudencia.
También hubo lectura europea, inevitable. Entre las candidatas estaban la brasileña ‘O Agente Secreto’ (‘El agente secreto’) de Kleber Mendonça Filho, la china ‘Black Dog’ de Guan Hu y la noruega ‘Sentimental Value’ (‘Valor sentimental’) de Joachim Trier, además de la española ‘Sirat’. Cinco títulos, cinco acentos, cinco maneras de contar un mundo que se ha vuelto nervioso. Francia escogió el que mezcla el delirio con el colmillo, el que convierte la política en un problema de sangre y casa, no solo de pancarta.
‘Una batalla tras otra’: de Pynchon a la paranoia federal
‘Una batalla tras otra’ llega con el ADN de Anderson a la vista: ambición formal, personajes que parecen estar siempre a medio paso del abismo y un pulso que alterna lo íntimo con lo histórico sin pedir permiso. La película se inspira en ‘Vineland’, la novela de Thomas Pynchon, y traslada ese espíritu de contracultura y resaca ideológica a una California de los 80 que no se retrata como fetiche retro, sino como un terreno donde la libertad se discute a puerta cerrada, con miedo y con ruido de fondo. La sensación es de época, sí, pero también de presente: instituciones vigilantes, discursos endurecidos, y gente que pensó haber salido de la lucha descubriendo que la lucha nunca termina del todo.
En el centro está Leonardo DiCaprio, interpretando a un exrevolucionario —un exhippie con el cuerpo ya cansado— que intenta sobrevivir fuera de foco, casi escondido, hasta que el pasado vuelve como una sirena policial en mitad de la noche. El relato lo empuja a una red de conspiraciones federales y persecuciones donde la política no es teoría, es amenaza directa, y donde la violencia institucional se presenta como un mecanismo frío, burocrático, sin necesidad de villanos caricaturescos. Anderson, que suele filmar la obsesión como una fuerza física, aquí la convierte en motor: el personaje corre, duda, se contradice, promete cosas que no puede cumplir… y aun así avanza.
La película no se limita al thriller. Su núcleo más corrosivo es doméstico: el regreso de su antiguo amor, encarnado por Teyana Taylor, una activista radical con la que tuvo una hija, y esa hija —interpretada por Chase Infiniti— creciendo sin conocer el pasado real de sus padres, como si la verdad fuera un cuarto prohibido en la casa. En esa tensión, la historia encuentra su filo: lo político se hereda, lo ideológico también deja cicatrices privadas, y los secretos familiares no son un “detalle dramático”, son una forma de poder.
DiCaprio, Taylor e Infiniti: familia, choque y esquirlas
DiCaprio juega aquí con una energía reconocible: el hombre brillante y roto, carismático incluso cuando se hunde, capaz de convencer a otros y a sí mismo durante cinco minutos… y luego perderse. Teyana Taylor aporta otra vibración, más áspera, menos decorativa: su personaje no entra como nostalgia romántica, entra como detonador, como recordatorio de que ciertos ideales no se guardan en un cajón sin que acaben saliendo mal. Y Chase Infiniti, como la adolescente que vive en medio de esa tormenta, funciona como el espejo que obliga a los adultos a dejar de actuar.
Hay un detalle que da pistas sobre por qué esta película ha caído bien en un país como Francia: el guion no “explica” la radicalidad con frases didácticas, la muestra como una mezcla de convicción y supervivencia, de orgullo y vulnerabilidad. La madre no es un póster; es una persona capaz de decisiones discutibles, incluso brutales, y aun así humana. El padre no es un héroe; es un exmilitante que lleva años negociando consigo mismo. Y la hija no es un símbolo; es alguien que empieza a entender que su identidad se construyó sobre silencios.
La presencia de Sean Penn como antagonista —un militar obsesivo y amenazante, un enemigo que reaparece tras años— añade un peso especial: no solo por el actor, sino porque encarna esa idea de persecución larga, casi administrativa, como si el Estado pudiera guardarte un rencor en un archivador. Esa persecución, además, le da a la película una estructura de carrera sin descanso, “una batalla tras otra” de forma literal, con una lógica de caza que no se agota cuando cae la noche.
Una estética grande: VistaVision, 161 minutos y un sonido que aprieta
Hay decisiones técnicas que también cuentan historia. Anderson rodó en VistaVision, un formato de gran tamaño poco habitual en el cine contemporáneo, con una imagen que tiende a lo nítido y a lo físico: rostros, polvo, carreteras, luces duras. La película dura 161 minutos, un metraje que no se disculpa y que obliga a entrar en su ritmo, a aceptar sus cambios de tono, sus virajes. Y la música de Jonny Greenwood —nerviosa, obsesiva, a veces casi como un zumbido que se mete bajo la piel— actúa como otro personaje: no adorna, presiona. En conjunto, la película se presenta como una obra de gran escala, pero con una intención de autor muy clara, de esas que quieren que se note el trabajo, el riesgo, la costura.
En España, además, el título no es desconocido: se estrenó en salas en septiembre de 2025 y su salto a plataformas llegó después, con fecha marcada en HBO Max a partir del 19 de diciembre de 2025, lo que amplió su conversación más allá del circuito cinéfilo y la acercó al público que descubre películas a golpe de catálogo, una noche cualquiera, sin ceremonia de por medio. Esa combinación —cine grande en pantalla grande y luego vida larga en casa— ayuda a explicar por qué el filme ha seguido creciendo durante la temporada de premios.
‘Sirat’: el golpe parisino no borra el momento español
La derrota de ‘Sirat’ en los César duele por lo que tiene de foto inmediata: la película española estaba ahí, en la categoría, en el escaparate más visible del cine francés… y se quedó a un paso. Pero quedarse a un paso también es un dato, y no pequeño. ‘Sirat’, dirigida por Óliver Laxe, lleva tiempo construyendo un recorrido internacional que ya no se puede reducir a “cine de autor para minorías”. Es una obra que se discute, se celebra, se pelea; divide y arrastra, que en cultura suele ser otra forma de triunfar.
‘Sirat’ se sostiene con una mezcla poco complaciente: desierto, música, una sensación de amenaza que va creciendo sin necesidad de explicar demasiado, y un dispositivo narrativo que se apoya mucho en la experiencia sensorial. La película sigue a un padre, Luis —interpretado por Sergi López— que busca a su hija desaparecida, acompañado por su hijo Esteban, al que da vida Bruno Núñez Arjona, en un viaje que cruza paisajes secos, raves y una idea de mundo que se resquebraja. No es solo “una historia”: es un clima, un golpe de sonido, arena y sudor. En ese terreno, Laxe firma una película que parece hecha para verse en sala, con el volumen alto y la oscuridad completa.
Y aquí aparece uno de los puntos más relevantes para entender el momento de ‘Sirat’: su potencia técnica se ha convertido en noticia por sí misma. El trabajo de sonido de Amanda Villavieja, Laia Casanovas y Yasmina Praderas ha colocado a la película en el centro del debate internacional, con nominaciones que van más allá del prestigio simbólico: hablan de oficio, de innovación y de una forma de diseñar el sonido como narración, no como adorno. En un año de grandes producciones, ‘Sirat’ ha logrado que se hable de su sonido como se habla de una escena o de un personaje, y eso no pasa por accidente.
Óliver Laxe y el factor Francia: respeto, exigencia y una puerta abierta
Que ‘Sirat’ compitiera en París no era una casualidad: Francia lleva años siendo uno de los ecosistemas más serios para el cine de autor europeo, con una crítica intensa y un público habituado a que una película exija algo. Laxe, que juega con el paisaje como si el paisaje respirara, encaja bien en esa tradición: cine con músculo estético, pero también con una especie de verdad física, de textura. Esta vez el César se escapó, sí, pero la nominación deja una idea fuerte: el cine español contemporáneo, cuando encuentra una voz propia, puede entrar en salas francesas sin pedir perdón.
Además, ‘Sirat’ llega a esta temporada con otro tipo de impulso: está instalada en la conversación de premios en España y fuera, con una carrera que no se limita a un único territorio. Cuando una película suma presencia en festivales, en premios nacionales y en la conversación internacional, su valor no depende de una estatuilla concreta, aunque la estatuilla haga ruido. El ruido ayuda, claro. Pero lo que queda es el recorrido, y ‘Sirat’ ya lo tiene.
Brasil, China y Noruega: los otros tres nombres del combate
La categoría de mejor película extranjera en los César de este año dibujaba un mapa interesante, casi una fotografía del cine que está circulando con fuerza. ‘O Agente Secreto’, de Kleber Mendonça Filho, representa un tipo de cine político brasileño que mezcla tensión, memoria y una mirada muy concreta sobre el poder. Ambientada en 1977, en plena dictadura militar, la película se centra en Marcelo, un profesor que vuelve a Recife buscando recomponer su vida y reencontrarse con su hijo, pero descubre que la ciudad no es refugio y que la amenaza —policial, institucional, clandestina— sigue ahí, pegada a las paredes. En su reparto figuran nombres como Wagner Moura y Udo Kier, una combinación que ya sugiere el tono: realismo tenso con destellos de rareza.
Lo interesante, visto desde España, es que ‘El agente secreto’ ha llegado muy cerca de los César con su estreno reciente en salas españolas, lo que convierte su candidatura en algo más tangible, menos abstracto. No era “la película brasileña que suena en festivales”, era un título con presencia real en cartelera, con conversación encendida en críticas, con esa división típica entre quienes celebran su ambición y quienes la encuentran excesiva. En cualquier caso, su presencia en la terna final francesa confirma una idea: Mendonça Filho sigue siendo un nombre de peso en el cine internacional, y Francia lo toma en serio.
La china ‘Black Dog’ pone otro acento: un relato con una fuerza más silenciosa, más de paisaje y mirada. Su historia —un hombre que regresa a su ciudad tras salir de prisión, trabaja en una patrulla encargada de retirar perros callejeros y termina conectando con un perro negro en el borde del desierto de Gobi— parece sencilla en papel, pero es cine de atmósfera, de ritmo interno, con un fondo social claro. En España, además, es un título que ya había pasado por salas desde julio de 2025, lo que le dio un recorrido previo antes de aterrizar en la conversación de premios, como esas películas que se abren paso sin gritar y, de repente, aparecen en una lista importante.
Y luego estaba Noruega con Joachim Trier y ‘Sentimental Value’ (‘Valor sentimental’), un director que en Europa se ha consolidado como un contador de historias íntimas con filo, capaz de convertir un conflicto familiar en radiografía social. Su película llegaba a los César con el prestigio de un autor reconocido y con un tipo de sensibilidad que suele encajar bien en los premios europeos. De hecho, el título ya venía marcado por un dato significativo de temporada: en los BAFTA, ‘Sentimental Value’ se impuso como mejor película de habla no inglesa, un detalle que explica por qué su nombre sonaba con fuerza en cualquier quiniela continental, incluida la francesa.
De París a Los Ángeles: el empujón hacia los Oscar del 15 de marzo
El César para ‘Una batalla tras otra’ llega en el momento perfecto, casi como si la temporada de premios hubiera medido la distancia con regla. En menos de tres semanas, el 15 de marzo, Hollywood celebra los Oscar, y la película de Paul Thomas Anderson aterriza allí con una cifra de nominaciones que pesa: 13 candidaturas, en un año donde el máximo ruido lo ha generado ‘Sinners’ con un récord de 16 nominaciones. En la narrativa de premios, esto no es solo una cuenta; es una historia que se repite en titulares, que se instala en conversaciones de industria, que crea una sensación de inevitabilidad o, al menos, de favorito serio.
La lectura es clara: el César funciona como un sello europeo añadido, un “sí” de prestigio que se suma a una campaña ya cargada de combustible. Y no llega en vacío. ‘Una batalla tras otra’ venía de arrasar en los BAFTA, donde se llevó seis premios, incluida mejor película y mejor dirección para Anderson, y donde Sean Penn fue reconocido como mejor actor de reparto. Ese tipo de racha no garantiza el Oscar, pero cambia el clima, empuja titulares, endurece la competencia.
Hay una diferencia sutil entre ganar un premio y ganar un relato. El César a mejor película extranjera, por sí mismo, no mueve votos en Hollywood de forma automática, pero sí fortalece una idea: la película no es solo una candidata americana con buena campaña, es también una película validada por un gran escaparate europeo. En los Oscar, donde conviven gustos muy distintos, esos sellos cruzados importan más de lo que se admite en público. No es una cuestión romántica; es industria pura, percepción, conversación.
Una película que ha hecho carrera en varios frentes
‘Una batalla tras otra’ ha sumado puntos por caminos distintos. Por un lado, el circuito de premios: críticos, academias, asociaciones. Por otro, el circuito de conversación cultural: su tema —radicalismo, Estado, familia, memoria— ha encendido debates que no se apagan al salir del cine. Y luego está el tercer frente, más silencioso pero clave: el de la artesanía cinematográfica, esa parte que en premios se traduce en votos en categorías técnicas. Rodar en VistaVision, apostar por una fotografía con presencia física, levantar un sonido y una música que empujan… todo eso alimenta su candidatura más allá del nombre de DiCaprio o del aura de Anderson.
En España, además, hay un detalle práctico que multiplica su presencia: su paso a plataforma a finales de 2025 hizo que la película se viera y se revisara, que se compartieran escenas, que se comentara el personaje de Teyana Taylor y la dinámica familiar. En una temporada donde el consumo se mezcla —sala, plataforma, conversación digital—, esa disponibilidad se convierte en ventaja. No porque sustituya la sala, sino porque prolonga la vida del título.
Y, mientras tanto, la historia de ‘Sirat’ corre en paralelo con una narrativa distinta: la del cine español que llega fuerte a los Oscar por película internacional y por sonido, con un equipo técnico que se ha convertido en protagonista por su trabajo, no por su foto. En cierto modo, la noche de los César dibuja dos líneas: la de Anderson consolidando su favoritismo con un premio europeo, y la de Laxe reafirmando que su película ya está en el circuito grande, aunque la estatuilla francesa se fuera por otra puerta.
El eco del César en 2026
El premio de París no cambia el hecho central: ‘Una batalla tras otra’ ha sido la elegida como mejor película extranjera en los César de este año. Pero sí ayuda a entender el momento del cine internacional: se premia una obra política y psicodélica, una película larga y ambiciosa, una historia que no separa conspiración de familia. Francia, con su tradición de autor y su gusto por el cine que se arriesga formalmente, ha reconocido a un director estadounidense que, paradójicamente, siempre ha sido más europeo de lo que su pasaporte sugiere.
Para España, la noche deja un matiz menos vistoso pero igual de relevante: ‘Sirat’ no salió con César, pero salió con confirmación. Estar nominada en París, en una categoría que cada año funciona como escaparate mundial, la coloca en un lugar donde las películas españolas no aterrizan por rutina. Y, además, llega con una energía propia: su recorrido de premios, su conversación y su músculo técnico, especialmente en sonido, la han convertido en uno de los títulos españoles más comentados del año fuera de las fronteras.
Al final, el Olympia ofreció una imagen nítida, casi cinematográfica: Anderson ausente físicamente pero presente en el escenario a través de un mensaje leído, DiCaprio como centro de una película que ya corre hacia los Oscar con el depósito lleno, Laxe y ‘Sirat’ como la candidatura española que sigue acumulando prestigio incluso cuando pierde. Y esa combinación —triunfo, derrota, impulso— resume bastante bien cómo funciona el cine cuando se junta con los premios: no siempre gana quien más lo necesita, pero casi siempre se ve, de golpe, quién está moviendo de verdad la temporada.












