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¿Andalucía puede salvar a Feijóo? El PP se juega el mapa

El PP mira a Andalucía como termómetro nacional: Moreno busca mayoría, Vox aprieta y Feijóo necesita una victoria que respire.

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Por qué Feijóo no moción censura

El Partido Popular de Andalucía afronta este 17 de mayo una votación que desborda, y bastante, las fronteras andaluzas. Juan Manuel Moreno no solo busca seguir gobernando la Junta: también pone a prueba la gran fantasía estratégica de Génova, esa idea de que una mayoría absoluta en Andalucía puede actuar como viento de cola para Alberto Núñez Feijóo en el último tramo de la legislatura nacional. Dicho en castellano menos de comité: si Moreno sale fuerte, Feijóo respira mejor. Si queda atrapado por Vox, la música cambia. Y mucho.

La clave está en los 55 escaños que marcan la mayoría absoluta en un Parlamento andaluz de 109 diputados. Las urnas han abierto de 9:00 a 20:00 y, hasta que avance el escrutinio, la noticia no es una victoria cerrada, sino la expectativa política que se ha instalado en la derecha: el PP parte como favorito, Moreno aspira a repetir gobierno sin depender de Vox y Génova observa Andalucía como quien mira un barómetro antes de salir al mar. Hay sol, sí. Pero también nubes bajas.

Moreno, la derecha amable que incomoda a todos

Juanma Moreno ha convertido la vía andaluza del PP en una especie de producto político de bajo ruido y alta rentabilidad. No grita como Ayuso, no incendia como Vox, no suele entregarse al barro con la pasión de quien ha descubierto una piscina municipal en agosto. Su fórmula es otra: calma, administración, sonrisa de despacho, regionalismo suave y una idea repetida hasta el cansancio, la de que Andalucía ha dejado de ser el cortijo sentimental del socialismo para convertirse en el gran laboratorio de la derecha gobernante.

Ese modelo tiene algo de conservadurismo con camisa blanca recién planchada. Moreno vende estabilidad, evita parecer bronco y se mueve en una frontera muy rentable: suficientemente a la derecha para retener al votante clásico del PP, suficientemente moderado para no asustar al centro, suficientemente andaluz para no parecer un delegado de Génova. Ahí está su fuerza. También su trampa. Porque la política española, últimamente, premia poco los matices y castiga mucho los silencios.

Las encuestas conocidas antes de la votación han situado al PP como claro favorito, con la duda principal en el borde exacto de la mayoría absoluta. Algunos sondeos lo aproximaban a ese umbral mágico de los 55 diputados, mientras el PSOE de María Jesús Montero aparecía lejos de sus viejos años de dominio y Vox intentaba mejorar o consolidar su presencia como tercera fuerza. Esa aritmética no es un detalle de fontanería parlamentaria. Es la diferencia entre un Moreno autónomo y un Moreno negociador, entre un PP andaluz con manos libres y un PP obligado a sentarse con Santiago Abascal en la antesala.

En 2022, Moreno logró una mayoría absoluta histórica con 58 escaños, un resultado que alteró la memoria política de Andalucía: el PP no solo ganó, sino que lo hizo en una tierra donde durante décadas el PSOE había parecido parte del paisaje, como los olivos, las ferias y los veranos que empiezan demasiado pronto. Repetir ahora esa hazaña no sería una simple continuidad. Sería una confirmación. Y las confirmaciones, en política, valen más que las sorpresas, porque convierten lo excepcional en costumbre.

El sueño de Génova: convertir Andalucía en manual nacional

La dirección nacional del PP mira a Andalucía con una mezcla de ilusión y prudencia. Ilusión porque una victoria clara de Moreno permite vender un mensaje sencillo: el PP puede ganar solo, puede frenar a Vox sin abrazarlo demasiado y puede derrotar al PSOE en una comunidad simbólica. Prudencia porque Feijóo no es Moreno, España no es Andalucía y una campaña autonómica, por mucho perfume nacional que tenga, no se trasplanta como un geranio de un balcón a otro.

El llamado efecto arrastre para Feijóo depende de algo más delicado que una foto de celebración. Génova necesita que el resultado andaluz refuerce tres ideas: que el PP sigue en fase ascendente, que Vox no es imprescindible cuando el candidato popular ensancha el campo y que el desgaste del Gobierno de Pedro Sánchez puede traducirse en poder institucional, no solo en ruido demoscópico. La política nacional lleva meses en una temperatura de olla exprés; una Andalucía azul con mayoría absoluta serviría para abrir la válvula. Un poco.

Pero el arrastre electoral no funciona como el levante. No sopla porque alguien lo invoque. Feijóo tiene un problema de perfil que Moreno no arrastra en Andalucía: el presidente andaluz gobierna, inaugura, anuncia, pisa territorio y se beneficia de la cercanía institucional. El líder nacional del PP compite en un tablero más áspero, con Cataluña, Euskadi, los pactos territoriales, Vox, el Senado, la investidura fallida de 2023 y una derecha mediática que no siempre le perdona la corbata templada. Moreno puede parecer moderado sin pedir disculpas. Feijóo, a menudo, debe explicar por qué lo es o por qué no lo es. Mala señal cuando uno tiene que explicar demasiado su propio personaje.

En paralelo, Génova prepara una reorganización interna para el último año de legislatura, con congresos autonómicos y provinciales destinados a engrasar la maquinaria del partido. Esa renovación no es una cuestión de agenda orgánica para iniciados, aunque suene a pasillo alfombrado y café recalentado. Es una forma de colocar piezas, cerrar heridas, asegurar liderazgos territoriales y llegar a la próxima batalla nacional con menos chirridos. Andalucía, en ese tablero, aparece como la gran vitrina: si el PP-A funciona, el partido querrá enseñar ese escaparate entero.

Vox, la sombra que decide incluso cuando no gobierna

La gran obsesión del PP no es solo ganar. Es no depender de Vox. Esa frase resume buena parte de la política autonómica española de los últimos años, con gobiernos populares condicionados por la ultraderecha en varias comunidades y con un electorado conservador que, según el territorio, pide pactos, los tolera o los castiga en silencio. Andalucía tiene ahí un valor especial: Moreno ya gobernó primero con apoyo de Vox y después en solitario. Conoce las dos versiones de la película. Naturalmente, prefiere la segunda.

La mayoría absoluta permitiría al PP andaluz gobernar sin negociar consejerías, discursos ni cesiones programáticas con Vox. Esa independencia no solo afecta a la Junta. También proyecta una imagen nacional más cómoda para Feijóo: la de un PP capaz de atraer voto suficiente sin quedar encadenado a la derecha radical. Para un líder que necesita convencer al centro sin perder a los suyos, no es poca cosa. Es casi la cuadratura del círculo, ese dibujo que todos prometen en campaña y que luego, al llegar los escaños, se convierte en una servilleta arrugada.

Vox, por su parte, juega una partida menos vistosa pero importante. Si el PP supera los 55 escaños, Vox queda reducido a oposición dura, altavoz parlamentario y presión cultural. Si Moreno se queda por debajo, la formación de Abascal puede reclamar precio político. Ahí Andalucía dejaría de ser el escaparate de la autonomía popular para convertirse en otro laboratorio de dependencia. No sería una catástrofe para el PP, pero sí una incomodidad. Y las incomodidades, en año preelectoral, pesan como sacos de arena.

El propio tono de campaña ha mostrado esa tensión. Moreno ha intentado marcar distancia con el estilo más agresivo de Vox, especialmente en inmigración y guerras culturales, mientras la izquierda ha buscado pinchar la burbuja de la moderación popular con asuntos mucho más terrenales: sanidad, vivienda, servicios públicos, empleo y gestión. Las elecciones andaluzas no se deciden solo en los platós ni en los argumentarios nacionales. También se deciden en la consulta médica que tarda, en el alquiler que no baja, en la lista de espera que desespera y en el pueblo donde la palabra “prosperidad” suena todavía a promesa pendiente.

Montero intenta salvar al PSOE de su peor espejo

El PSOE llega a estas elecciones con María Jesús Montero como candidata y con una misión difícil: impedir que Andalucía termine de certificar el cambio de época. Durante décadas, el socialismo andaluz fue poder, cultura institucional y red territorial. Era más que un partido. Era una manera de administrar el mapa. Ahora pelea desde la oposición contra un Moreno que ha ocupado el centro con habilidad y contra un clima nacional que no le facilita precisamente la faena.

Montero no es una candidata menor. Tiene peso nacional, oficio parlamentario, músculo dialéctico y conocimiento del Estado. Pero en Andalucía el PSOE no solo necesitaba una figura conocida; necesitaba reconstruir una confianza erosionada durante años. Ahí está el dilema. Un rostro fuerte puede movilizar, sí, pero también nacionaliza la contienda y convierte cada urna andaluza en una pequeña lectura sobre Pedro Sánchez. Para algunos votantes eso puede ser un estímulo. Para otros, un freno. La política, ya se sabe, es un espejo con demasiadas manchas.

Las encuestas han dibujado para el PSOE un escenario duro, con riesgo de resultado históricamente bajo y con la izquierda alternativa compitiendo por parte del malestar social. Por Andalucía y Adelante Andalucía han intentado aprovechar el desgaste socialista y la crítica a Moreno, aunque divididas, como tantas veces, en esa tradición española de levantar dos tiendas de campaña donde cabía una casa. Esa fragmentación puede ayudar al PP, porque en un sistema provincial con método d’Hondt cada resto cuenta, cada décima muerde y cada provincia tiene sus pequeñas trampas aritméticas.

El desgaste del PSOE-A no se explica solo por la campaña. Viene de lejos: pérdida de hegemonía, dificultad para renovar discurso, una marca nacional polarizante y un adversario que ha sabido vestir el cambio sin parecer ruptura traumática. Moreno no se presenta como un conquistador. Se presenta como gestor. Esa diferencia importa. En Andalucía, donde el recuerdo del poder socialista sigue siendo espeso, el PP ha aprendido a no entrar rompiendo platos. Ha ido cambiando la vajilla.

Sanidad, vivienda y empleo: la campaña real bajo el ruido nacional

Aunque Génova y Ferraz lean Andalucía como una especie de ensayo general, el votante andaluz no vive dentro de un gráfico electoral. Vive en barrios, pueblos, urbanizaciones, cortijos, pisos caros, centros de salud saturados, aulas, hospitales y carreteras. Por eso el resultado no puede entenderse solo como una pelea entre Feijóo y Sánchez con acento del sur. La campaña ha estado atravesada por problemas concretos, algunos muy incómodos para la Junta.

La sanidad andaluza ha sido uno de los puntos más sensibles. El caso de los retrasos y fallos en el cribado del cáncer de mama golpeó al Gobierno de Moreno y dio a la oposición un argumento de enorme carga humana. No se trataba de una discusión abstracta sobre presupuestos, sino de mujeres, pruebas, llamadas que no llegaron, incertidumbre y miedo. Ahí la política pierde el barniz de tertulia y se vuelve algo más áspero, casi físico. Un error sanitario no cabe bien en una frase de campaña. Hace ruido por dentro.

La vivienda también ha aparecido como una preocupación de fondo, especialmente en zonas tensionadas por el turismo, el crecimiento urbano y la pérdida de capacidad adquisitiva. Andalucía ha mejorado indicadores económicos en los últimos años, pero la vida cotidiana no siempre se mide con la misma alegría que una rueda de prensa. Un empleo puede crecer y seguir siendo precario. Una ciudad puede atraer inversión y expulsar vecinos. Una comunidad puede presumir de cifras y, al mismo tiempo, tener familias que no llegan a fin de mes. La macroeconomía, tan elegante en los informes, a veces se sienta fatal en la mesa de la cocina.

El PP de Andalucía confía en que el balance general de Moreno pese más que esos agujeros. La oposición espera lo contrario: que el malestar acumulado rompa la imagen de presidente sereno, eficaz y transversal. Entre ambas lecturas se mueve la elección. No es solo una pelea por quién manda. Es una disputa sobre qué se considera buena gestión: bajar impuestos, atraer inversión y vender estabilidad, o reforzar servicios públicos, reducir desigualdad y atender mejor las grietas sociales. Las dos cosas pueden sonar compatibles hasta que llega el presupuesto. Entonces empieza la política de verdad.

El Partido Popular de Andalucía como marca propia

Uno de los grandes logros de Moreno ha sido convertir al Partido Popular de Andalucía en una marca con vida relativamente autónoma. No completamente independiente de Génova, claro; eso en los grandes partidos españoles es casi ciencia ficción. Pero sí con un tono reconocible. El PP-A ha conseguido hablar de Andalucía sin parecer únicamente una sucursal nacional y, al mismo tiempo, ofrecer a Feijóo una historia útil: la de una derecha que gobierna sin estridencias y gana donde antes parecía condenada a esperar.

Esa autonomía explica por qué el resultado andaluz no puede leerse de manera plana. Una mayoría absoluta de Moreno sería un éxito del PP, pero sobre todo sería un éxito de Moreno. Génova lo aprovecharía, por supuesto, faltaría más. Los partidos son máquinas de apropiarse de las buenas noticias y repartir las malas en sobres pequeños. Pero el liderazgo territorial del presidente andaluz tiene rasgos propios: pragmatismo, presencia institucional, desideologización parcial del discurso y una habilidad evidente para ocupar espacios que el PSOE dejó vacíos.

La pregunta para Feijóo es si ese modelo puede proyectarse sobre España. La respuesta honesta es incómoda: en parte sí, en parte no. Sí, porque la moderación eficaz puede atraer voto cansado del espectáculo permanente. No, porque el mapa nacional es más fragmentado, más bronco y menos dócil que el andaluz. En unas generales pesan Cataluña, Euskadi, los pactos con Vox, la relación con Europa, la política exterior, el desgaste del Gobierno central y la memoria reciente de una investidura fallida. Andalucía ayuda. No sustituye nada.

También hay un dato psicológico. Una victoria clara cambia el ánimo de un partido. Los dirigentes sonríen más, las bases creen más, los medios afines empujan más, los críticos callan un rato. A veces, poco rato. Pero callan. Si Moreno logra revalidar una mayoría absoluta o quedarse muy cerca, Feijóo gana oxígeno político. Si el PP queda obligado a pactar con Vox, el relato se estrecha. Seguiría siendo victoria, pero no sueño. Y en política la diferencia entre victoria y sueño puede decidir una portada.

Un termómetro andaluz con lectura nacional

Andalucía vota este domingo en unas elecciones autonómicas, pero el eco llegará a Madrid antes incluso de que se apaguen los focos de los colegios electorales. El PP busca confirmar que Moreno no fue una excepción de 2022, sino el inicio de una hegemonía conservadora en la comunidad más poblada de España. El PSOE intenta evitar que su antiguo granero electoral se convierta definitivamente en museo de sí mismo. Vox espera que la aritmética le permita cobrar influencia. Y Feijóo mira, claro que mira, porque una mayoría absoluta andaluza puede darle al PP nacional el relato que más necesita: ganar solo todavía es posible.

La noche electoral dirá si ese relato camina con piernas o se queda en deseo. Por ahora, lo verificable es que el Partido Popular de Andalucía llega como favorito, que Moreno ha construido una posición política sólida y que Génova aspira a convertir esa fortaleza regional en impulso nacional. No será automático. Nada serio lo es. Pero si Andalucía confirma de nuevo la mayoría absoluta del PP, Feijóo tendrá algo más que una foto con sonrisas: tendrá un argumento. Y en una legislatura embarrada, un argumento limpio vale casi como un ministerio.

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