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Tecnología

¿Quién es Alex Karp y cómo convirtió Palantir en un arma de guerra?

Alex Karp dirige Palantir, la firma que conecta inteligencia artificial, vigilancia y operaciones militares en Ucrania, Irán y Estados Unidos.

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Alex Karp en 2026

Alex Karp no fabrica misiles, drones ni cazas. Fabrica algo que en la guerra contemporánea puede resultar igual de decisivo: software capaz de reunir cantidades gigantescas de información, ordenarlas y convertirlas en decisiones operativas. Es el cofundador y consejero delegado de Palantir Technologies, una empresa nacida al calor de los servicios de inteligencia estadounidenses que ha terminado colocando sus plataformas en el corazón tecnológico del Pentágono, Ucrania, el aparato de defensa israelí y las operaciones migratorias de Estados Unidos.

Ahí está el núcleo del asunto. Palantir puede cruzar imágenes de satélite, vídeos de drones, posiciones conocidas, información logística, bases de datos y otras fuentes para que militares o analistas comprendan antes lo que está ocurriendo y actúen más deprisa. No aprieta el gatillo. Pero puede ayudar a decidir dónde mirar, qué objetivo priorizar y cómo reducir de horas a minutos ciertos procesos que antes exigían legiones de analistas. Durante la guerra de 2026 contra Irán, Maven Smart System, desarrollado por Palantir, estuvo entre las tecnologías empleadas para acelerar la identificación y priorización de objetivos.

Palantir, el sistema nervioso que convierte datos en objetivos

La revolución militar de la inteligencia artificial tiene menos aspecto de Terminator del que prometía Hollywood. Hay pantallas, bases de datos, sensores, coordenadas, mapas, cámaras térmicas y miles de vídeos llegando al mismo tiempo. El problema no es conseguir información. Al contrario: sobra. La dificultad consiste en encontrar dentro del ruido aquello que importa antes que el enemigo.

Palantir ha hecho negocio precisamente ahí. Sus programas funcionan como una capa que conecta información procedente de sistemas que muchas veces ni siquiera estaban concebidos para comunicarse entre sí. Gotham, Foundry, AIP y Maven responden a usos distintos, pero comparten una misma idea: convertir datos dispersos en una imagen operativa comprensible.

El Pentágono lleva años recorriendo ese camino. Project Maven nació en 2017 para aplicar aprendizaje automático al océano de imágenes que recibían los militares estadounidenses. El propio Departamento de Defensa admitía entonces que sus analistas estaban desbordados por millones de horas de vídeo. Palantir acabó ganando un lugar central en esa arquitectura. En 2024 recibió un contrato de 480 millones de dólares para Maven Smart System y, en mayo de 2025, el Ejército elevó en otros 795 millones el techo contractual vinculado a sus licencias.

El salto posterior fue todavía mayor. En julio de 2025, el Ejército estadounidense agrupó decenas de contratos en un acuerdo empresarial con Palantir cuyo valor potencial puede alcanzar los 10.000 millones de dólares durante diez años. Conviene la letra pequeña: esa cifra es un techo máximo de compras posibles, no un cheque entregado de una vez. Pero ilustra hasta qué punto una empresa que durante años cultivó el aura de contratista secreto se ha convertido en infraestructura ordinaria de defensa. El viejo complejo militar-industrial aprendió a programar.

Ucrania convirtió el software en una pieza del frente

La invasión rusa de Ucrania fue el gran escaparate de esta transformación. Karp viajó a Kyiv en 2022 y Palantir comenzó a trabajar estrechamente con el Gobierno ucraniano. Sus herramientas se utilizaron para analizar información del campo de batalla, integrar fuentes y apoyar procesos de decisión.

Cuatro años después, aquello ya no parece una anomalía. Ucrania está construyendo una doctrina militar donde datos, drones e inteligencia artificial funcionan casi como una misma maquinaria. En junio de 2026, responsables ucranianos hablaban abiertamente de una futura “guerra de sistemas operativos”: vencerá quien pueda comprender antes el campo de batalla y coordinar mejor armas, sensores y unidades. Las fuerzas ucranianas utilizan, entre otras tecnologías, herramientas desarrolladas por Palantir.

La expresión resulta bastante menos metafórica de lo que parece. Un dron detecta algo. Otro sensor aporta una señal. Una imagen de satélite muestra un cambio. Una base de datos identifica una unidad. El software cruza piezas y permite presentar una hipótesis operativa. Después decide una persona, al menos en el esquema declarado. Pero cada eslabón tarda menos.

Y ahí aparece el gran debate: cuando la máquina acelera la cadena de decisión, también reduce el tiempo disponible para discutirla.

De Ucrania a Irán: cuando Maven acelera la guerra

La campaña estadounidense e israelí contra Irán iniciada el 28 de febrero de 2026 llevó esa lógica a otra escala. Maven Smart System fue empleado para procesar información y apoyar la selección y priorización de objetivos. El sistema podía combinar datos procedentes de distintas fuentes, sugerir blancos y generar información operativa para los mandos militares.

No significa que un algoritmo decidiera autónomamente bombardear. Esa simplificación vende muchos titulares pero explica poco. Lo verdaderamente novedoso es otra cosa: la inteligencia artificial interviene cada vez más en el proceso que conduce hasta la decisión humana. Si antes reunir los datos necesarios podía consumir horas o días, algunos análisis pueden completarse prácticamente en tiempo real.

Ese incremento de velocidad tiene ventajas militares evidentes. También introduce un problema jurídico y moral bastante incómodo. Una herramienta puede clasificar mil objetivos en el tiempo en que un equipo humano examinaba unas decenas. Pero la capacidad humana para revisar errores, contexto y proporcionalidad no aumenta al mismo ritmo.

En otras palabras: hemos construido una autopista para los datos mientras la conciencia sigue circulando por una carretera secundaria.

Las fuerzas ucranianas mantienen oficialmente un modelo con intervención humana, y el Pentágono presenta estos sistemas como herramientas de apoyo al mando. El problema que señalan especialistas en inteligencia artificial militar es que, cuanto más rápida sea la guerra, mayor será la presión para aceptar recomendaciones automáticas, porque detenerse a comprobarlas puede significar perder la ventaja operacional.

La alianza israelí que alimentó la polémica

Palantir también estrechó públicamente su relación con Israel después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la posterior guerra de Gaza. En enero de 2024, la compañía y el Ministerio de Defensa israelí alcanzaron una asociación estratégica para misiones relacionadas con la guerra. Karp y Peter Thiel habían viajado a Israel y la empresa dejó pocas dudas sobre su posición respecto al conflicto.

La naturaleza exacta de determinadas herramientas y operaciones permanece protegida por el secreto militar. Por eso conviene desconfiar de afirmaciones demasiado redondas sobre qué algoritmo escogió qué objetivo concreto. Lo comprobado es la colaboración tecnológica; también, el uso creciente de sistemas de IA para integrar inteligencia y acortar lo que los militares denominan kill chain, la cadena que va desde la detección de un posible objetivo hasta una eventual acción contra él.

Karp tampoco ha intentado disimular el carácter letal de ese negocio. En distintas intervenciones públicas ha reconocido que el producto de Palantir se utiliza ocasionalmente para matar personas o enemigos y ha defendido que las empresas tecnológicas occidentales participen directamente en la defensa nacional. Una sinceridad corporativa poco frecuente: en Silicon Valley suelen preferir hablar de ecosistemas, experiencias y comunidades mientras pasan la factura. Karp habla de poder.

El filósofo que terminó construyendo tecnología militar

Alexander Caedmon Karp parece, de entrada, un personaje improbable para este papel. Estudió en Haverford, obtuvo el título de Derecho en Stanford y se doctoró en teoría social en la Universidad Goethe de Fráncfort. Allí se movió en el entorno intelectual alemán y pasó por el Instituto Sigmund Freud. En Stanford había conocido a Peter Thiel, quien acabaría convirtiéndose en su socio y en una de las figuras más influyentes de la derecha tecnológica estadounidense.

Palantir nació en 2003. Karp dirige la compañía desde mediados de aquella década. Uno de sus primeros apoyos llegó de In-Q-Tel, el vehículo inversor vinculado a la CIA, y la propia agencia estuvo entre sus clientes iniciales. La idea original tenía ADN posterior al 11-S: analizar enormes bases de datos para encontrar conexiones que un investigador convencional podía pasar por alto.

Dos décadas después, aquel software concebido alrededor de la inteligencia antiterrorista se ha extendido por defensa, empresas privadas, fuerzas policiales, sanidad y administraciones públicas. Karp sostiene que la tecnología occidental debe ponerse al servicio de las democracias y de su capacidad para defenderse. Sus críticos contestan que semejante concentración de información y poder tecnológico en empresas privadas puede terminar debilitando precisamente aquello que afirma proteger.

La contradicción es formidable, casi demasiado perfecta para un doctor en teoría social.

Palantir quiere ser simultáneamente contratista militar, compañía de inteligencia artificial, proveedor empresarial y guardián de datos sensibles. Su producto fundamental no es una bomba; es conocimiento organizado a escala industrial. Y saber antes que los demás, desde Sun Tzu hasta un operador de drones conectado a una nube militar, nunca ha sido una ventaja menor.

Del ICE al Pentágono: vigilancia, contratos y poder

El poder de Palantir no se limita al frente militar. También trabaja desde hace años con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas estadounidense, ICE. En 2025 la agencia adjudicó a la empresa unos 30 millones de dólares adicionales para desarrollar ImmigrationOS, una plataforma destinada, entre otras funciones, a facilitar la priorización de operaciones migratorias y obtener información casi en tiempo real sobre determinados procesos de salida del país.

Durante 2026 esa relación siguió creciendo. Los registros federales recogen una adjudicación de más de 86 millones de dólares a Palantir vinculada a operaciones de Enforcement and Removal Operations del ICE. Aquí desaparecen los drones y las coordenadas de artillería, pero no la cuestión fundamental: qué ocurre cuando enormes cantidades de información personal pueden reunirse, relacionarse y presentarse a una autoridad pública con una rapidez nunca vista.

Palantir insiste desde hace años en que sus plataformas no son propietarias de los datos de sus clientes ni conceden automáticamente acceso irrestricto a ellos. Sus sistemas incorporan permisos, registros de auditoría y controles sobre quién puede consultar cada conjunto de información. Técnicamente es relevante. Políticamente no resuelve el dilema.

Porque una herramienta puede respetar perfectamente sus permisos y, aun así, servir a una política discutible. El debate democrático no consiste únicamente en preguntar si alguien robó una base de datos. También importa quién decidió crearla, con qué información, bajo qué ley, durante cuánto tiempo y para hacer exactamente qué.

Toda esta polémica no parece haber frenado el negocio estadounidense de Palantir. Más bien lo contrario. En el segundo trimestre de 2026, la empresa ingresó 1.935 millones de dólares, un 93 % más que un año antes. Solo los ingresos procedentes del Gobierno estadounidense alcanzaron 809 millones, con un crecimiento interanual del 90 %. Palantir elevó además su previsión anual hasta algo más de 8.150 millones de dólares.

Ese crecimiento muestra que la compañía ya no es simplemente aquel misterioso proveedor de la CIA de los años posteriores al 11-S. Se está convirtiendo en uno de los grandes ganadores de la convergencia entre inteligencia artificial, defensa, seguridad nacional y gestión pública.

Fuera de Estados Unidos el escenario resulta más áspero. Gobiernos europeos y determinados sectores políticos muestran crecientes reservas ante la dependencia tecnológica estadounidense y ante la presencia de Palantir en infraestructuras públicas sensibles. Al mismo tiempo, la compañía conserva contratos importantes en Europa y continúa defendiendo que sus herramientas permiten a cada cliente mantener el control sobre sus propios datos.

La discusión, por tanto, ya no gira únicamente alrededor de Alex Karp. Ni siquiera alrededor de Palantir. El personaje ayuda —pelo indomable, camisetas ajustadas, artes marciales, doctorado alemán, multimillonario que habla de matar enemigos— porque nuestro tiempo sigue necesitando rostros para entender sistemas demasiado grandes. Pero detrás del personaje hay algo bastante más profundo.

La guerra moderna también se escribe en código

Durante siglos, el poder militar se midió contando soldados, barcos, cañones, aviones y cabezas nucleares. Todo eso continúa importando. La diferencia es que entre el sensor y el arma se ha instalado una nueva infraestructura invisible: algoritmos que ordenan el campo de batalla.

Palantir ocupa una posición privilegiada en esa capa. No es la única empresa, ni controla por sí misma las operaciones de sus clientes, ni puede describirse con rigor como el cerebro secreto de todas las guerras occidentales. Pero sus contratos y el uso documentado de su tecnología demuestran que el software se ha convertido en una pieza estratégica comparable a otros componentes tradicionales de defensa.

Alex Karp entendió pronto ese cambio y decidió no esconderlo detrás del habitual terciopelo verbal de Silicon Valley. Su tesis es sencilla y polémica: Occidente necesita empresas tecnológicas dispuestas a participar en su defensa, incluso cuando sus productos terminan relacionados con la muerte. Sus detractores ven justamente ahí el peligro: compañías privadas acumulando una influencia extraordinaria sobre guerra, vigilancia, fronteras y decisiones públicas.

Quizá ambas cosas puedan ser ciertas al mismo tiempo. Ese es el incómodo territorio que ocupa Palantir. La guerra sigue oliendo a combustible, metal quemado y pólvora, pero una parte creciente empieza mucho antes, delante de una pantalla, cuando millones de datos se convierten en un punto sobre un mapa.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.