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Salud

¿Cómo funciona Aletta, el robot que EE. UU. autoriza a sacar sangre?

Aletta ya puede extraer sangre de forma autónoma en EE.UU.: así funciona el robot aprobado por la FDA y qué cambia en los análisis clínicos.

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Aletta el robot que extrae sangre

Foto: vitestro.com

Un brazo apoyado, unos sensores buscando la vena y una aguja que avanza sin una mano humana sujetándola. Estados Unidos ha autorizado Aletta, el primer dispositivo robótico autónomo de este tipo capaz de realizar extracciones de sangre en adultos sin que un profesional tenga que intervenir manualmente durante la punción. La decisión de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), anunciada el 19 de agosto de 2026, convierte una tecnología que llevaba años ensayándose en hospitales europeos en un dispositivo autorizado para el mercado estadounidense.

Conviene precisar algo desde el principio porque el titular fácil puede llevar a engaño: Aletta extrae la sangre, no realiza el análisis clínico de la muestra. Automatiza la flebotomía, es decir, localiza una vena, prepara la piel, coloca el torniquete, introduce la aguja, llena los tubos y termina colocando el apósito. Y tampoco significa que el sanitario desaparezca de la habitación para irse a tomar café mientras el robot gobierna el laboratorio. La FDA exige la supervisión de una persona formada en extracción de sangre, aunque un mismo profesional podrá controlar simultáneamente hasta tres máquinas Aletta.

Cómo funciona Aletta y cómo encuentra una vena

La parte más llamativa está justo donde suelen empezar los problemas de una extracción convencional: encontrar una vena adecuada. Aletta combina luz de infrarrojo cercano con ecografía Doppler, dos tecnologías que permiten observar estructuras que a simple vista pueden resultar difíciles de distinguir y comprobar que el vaso elegido es realmente una vena y no una arteria. Si el sistema no localiza una opción que considere apropiada, sencillamente no pincha.

El paciente coloca el brazo siguiendo las indicaciones del equipo. Un profesional inicia la sesión y el propio paciente o el supervisor activa después la extracción. A partir de ahí comienza la secuencia automática. El dispositivo localiza el vaso sanguíneo, aplica el torniquete, desinfecta la zona, introduce la aguja, recoge las muestras en los tubos correspondientes y retira y desecha la aguja antes de colocar el vendaje. El supervisor comprueba posteriormente que los tubos se hayan llenado correctamente y en el orden previsto.

No es exactamente R2-D2 con una bata blanca. Tampoco pretende serlo. Es una máquina construida alrededor de una tarea muy concreta y repetitiva, una de esas maniobras sanitarias que parecen triviales hasta que la vena se esconde, el paciente se mueve o el primer intento falla.

Qué ocurre si el paciente mueve el brazo

Ahí aparece una de las cuestiones inevitables cuando una máquina maneja una aguja. Aletta incorpora diferentes niveles de seguridad y sensores que vigilan la intervención. Si el paciente se mueve demasiado, la aguja se desacopla automáticamente y la extracción se detiene. Otros sensores pueden interrumpir el procedimiento y avisar al supervisor cuando detectan una situación potencialmente insegura. Entre pacientes, el dispositivo debe ser limpiado por personal formado.

Durante la exploración ecográfica, el sistema mantiene asimismo la desinfección de la piel. Son detalles menos vistosos que el brazo robótico, pero bastante más importantes cuando la tecnología deja el laboratorio de ingeniería y empieza a trabajar sobre personas reales.

Un 94,5% de éxito al primer pinchazo

La autorización estadounidense no llega únicamente respaldada por demostraciones técnicas. Un estudio multicéntrico publicado en 2026 en la revista científica Clinical Chemistry evaluó el funcionamiento de una versión del sistema en condiciones clínicas habituales. Participaron 1.633 pacientes en la cohorte utilizada para estudiar su rendimiento durante las extracciones.

Cuando el dispositivo localizó una vena adecuada y realizó la punción, consiguió completar la extracción al primer intento en el 94,5% de los casos. La cifra se mantuvo elevada precisamente en algunos pacientes que suelen convertir una extracción sencilla en una pequeña expedición bajo la piel: alcanzó el 92,7% entre personas que declaraban tener un acceso venoso difícil y el 93,4% en mayores de 65 años. Entre participantes con obesidad, llegó al 97,4%.

Los acontecimientos adversos registrados durante el estudio fueron poco frecuentes y todos los comunicados fueron leves: afectaron al 0,6% de las venopunciones. Se observaron, entre otros casos, reacciones vasovagales, pequeños hematomas y una parestesia. Los datos examinados por la FDA muestran tasas de extracción satisfactoria comparables o superiores a las obtenidas por profesionales formados cuando Aletta decide efectuar la punción.

El dolor tampoco parece ser mayor

Hay otro dato con bastante más interés para quien mira una aguja con escaso entusiasmo. En el ensayo, el 90% de los pacientes declaró sentir un dolor menor o similar al experimentado durante una extracción manual. Un 19% habló de mucho menos dolor, un 32% de menos dolor y un 39% de una sensación comparable.

La aceptación tampoco fue marginal: el 82% de los participantes respondió que preferiría el dispositivo en el futuro, lo preferiría claramente o no tendría una preferencia entre el robot y la extracción convencional. No significa que todo el mundo vaya a recibir encantado una aguja guiada por algoritmos, claro. Pero desmonta en parte la imagen de un paciente aterrorizado ante una máquina fría aproximándose al brazo.

Por qué Estados Unidos abre la puerta a estos robots

La explicación no está únicamente en el entusiasmo por automatizar cualquier cosa que tenga un botón. Hay un problema laboral detrás. La propia FDA relaciona su decisión con la creciente escasez de profesionales especializados en flebotomía y con los retrasos que esa falta de personal puede provocar en una de las pruebas médicas más frecuentes.

Al mismo tiempo, la demanda sanitaria estadounidense continúa creciendo. Las proyecciones laborales anticipan una expansión particularmente intensa del empleo sanitario durante esta década. El paisaje es bastante paradójico: hacen falta más trabajadores y, justo por eso, aparecen máquinas capaces de asumir una parte del trabajo rutinario. Automatización y necesidad de personal pueden crecer a la vez, aunque a primera vista parezca una contradicción.

El modelo pensado para Aletta ilustra bien esa lógica. No sustituye a tres profesionales por una habitación vacía llena de robots; permite que un flebotomista formado supervise hasta tres dispositivos simultáneamente. La persona continúa iniciando las sesiones, resolviendo incidencias y comprobando la recogida de muestras. La máquina se queda con la parte mecánica de la venopunción.

La FDA no ha dado permiso para cualquier paciente

La autorización tiene límites bastante claros. Aletta está indicada para adultos y en entornos ambulatorios. No supone una autorización general para utilizar el robot con niños, en cualquier circunstancia hospitalaria o sin supervisión especializada. Esa diferencia importa bastante cuando una novedad tecnológica empieza a circular resumida en cuatro palabras por las redes sociales.

La FDA utilizó para Aletta la vía regulatoria De Novo, destinada a determinados dispositivos nuevos de riesgo bajo o moderado para los que todavía no existe un tipo de producto equivalente previamente comercializado. El organismo ha establecido además controles específicos relativos, entre otros aspectos, al etiquetado, las pruebas de funcionamiento y la evaluación clínica.

El dispositivo ya había recorrido parte del camino al otro lado del Atlántico. Vitestro, la empresa neerlandesa que lo desarrolla, obtuvo el marcado CE europeo en 2024 y posteriormente comenzó despliegues y ensayos clínicos en Europa. La autorización estadounidense convierte ahora esa experiencia en algo bastante más grande: la posibilidad de entrar en uno de los mayores mercados sanitarios del planeta.

El sanitario sigue ahí, pero cambia su trabajo

Resulta tentador convertir cada robot sanitario en una batalla entre persona y máquina, porque siempre queda un titular estupendo. En la práctica, Aletta apunta a algo menos cinematográfico y probablemente más trascendente: automatizar una maniobra rutinaria sin eliminar la supervisión clínica.

El profesional sigue siendo responsable de poner en marcha el procedimiento, permanecer disponible ante cualquier incidencia y verificar las muestras obtenidas. La tecnología se ocupa de localizar la vena y ejecutar la punción con movimientos controlados y repetibles. Ese reparto podría aumentar la capacidad de centros con muchas extracciones diarias y reducir tiempos de espera, aunque la autorización de la FDA por sí sola no permite saber todavía a qué velocidad se instalará Aletta en consultas y centros de análisis de Estados Unidos.

Tampoco conviene convertir una tasa de éxito del 94,5% en una promesa de infalibilidad. Ningún sistema de venopunción acierta siempre, humano o robótico, y el propio Aletta está diseñado para renunciar a pinchar cuando no encuentra una vena que cumpla sus criterios. Esa cautela, paradójicamente, forma parte de lo interesante de la máquina: también sabe cuándo no debe intentarlo.

De buscar una vena a automatizar una rutina médica

Durante décadas, la extracción de sangre ha cambiado muchísimo menos que los aparatos encargados después de estudiar la muestra. Tubos, analizadores, programas informáticos y laboratorios se fueron automatizando mientras el momento decisivo seguía siendo profundamente artesanal: brazo, torniquete, vena y aguja, más la experiencia de quien pincha.

Aletta introduce la automatización precisamente en ese último territorio. No diagnostica enfermedades, no interpreta resultados y no reemplaza el juicio clínico. Hace algo aparentemente más modesto: sacar sangre. Pero lo hace localizando el vaso mediante imagen, controlando mecánicamente la punción y repitiendo un procedimiento que millones de personas conocen de memoria.

La autorización estadounidense marca, por eso, algo más que la llegada de otra máquina al hospital. Por primera vez, la FDA ha abierto formalmente la puerta a un dispositivo autónomo capaz de realizar una extracción venosa sin intervención manual durante la punción. La escena seguirá teniendo una aguja, un tubo y probablemente algún paciente mirando hacia otro lado. Lo nuevo será la mano que falta.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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