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Naturaleza

¿Adiós a la ola de calor? Llegan tormentas y bajan hasta 8 grados

Tormentas en el norte y descensos de hasta 8 grados ponen fin a la ola de calor, aunque el nordeste todavía rozará los 39 grados este jueves.

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Adiós a la ola de calor

Resumen

  • La ola de calor termina con tormentas y descensos de hasta ocho grados
  • Galicia y el norte notarán antes el alivio, con granizo y fuertes rachas
  • El nordeste y Baleares aún rozarán los 39 grados y mantendrán noches cálidas

La primera gran ola de calor del verano termina oficialmente este jueves 25 de junio en España, pero el alivio llegará con letra pequeña. Una masa de aire atlántico desplazará el aire abrasador hacia el este, provocará un descenso acusado de las temperaturas en buena parte de la Península y favorecerá la aparición de tormentas en el norte. El termómetro puede caer entre seis y ocho grados en apenas 24 horas en algunas zonas.

No será, sin embargo, un apagón térmico nacional. Mientras Galicia, la cornisa cantábrica y amplias áreas del interior norte recuperarán temperaturas más llevaderas, el nordeste peninsular y Baleares seguirán bajo un calor intenso, con máximas puntuales de entre 38 y 39 grados. Termina la ola como fenómeno meteorológico, sí; el verano duro no entrega todavía las llaves.

La ola termina, pero el calor no desaparece

Una ola de calor no concluye cuando alguien abre la ventana y nota una corriente agradable. La declaración responde a criterios concretos: extensión territorial, persistencia y temperaturas anormalmente elevadas respecto a la climatología de cada zona. Al romperse esa combinación, el episodio se da por terminado, aunque numerosos municipios continúen superando con holgura los 35 grados.

Ese matiz explica la aparente contradicción del jueves. España abandona oficialmente el episodio extremo y, al mismo tiempo, mantiene valores sofocantes en el valle del Ebro, depresiones del nordeste, Cataluña, Aragón y puntos de Baleares. Allí el descenso será débil, tardío o prácticamente inexistente durante las horas centrales.

En el centro, oeste y buena parte de la mitad norte, el cambio resultará mucho más visible. Las máximas caerán de forma notable en sectores de Castilla y León, Madrid, Extremadura, Castilla-La Mancha y Andalucía. Pasar de 40 a 32 grados sigue siendo pasar calor, naturalmente, pero el cuerpo lo recibe como quien sale de una cocina industrial y entra en un pasillo con las ventanas abiertas.

Dónde se notará antes el cambio de tiempo

El refrescamiento entrará por el noroeste peninsular y avanzará hacia el interior. Galicia será una de las primeras comunidades en notar el giro, tanto por el descenso térmico como por el aumento de la nubosidad y las precipitaciones. El aire húmedo del Atlántico chocará con una atmósfera todavía muy recalentada, una mezcla clásica para disparar chubascos de evolución rápida.

El cambio se extenderá por el área cantábrica y alcanzará zonas de Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra y el norte de Castilla y León. Las temperaturas perderán varios grados durante la jornada, en algunos casos después de una mañana aún bochornosa. Será uno de esos días extraños en los que se sale de casa bajo un sol pesado y se vuelve con olor a tierra mojada.

Galicia y el Cantábrico: tormentas y alivio brusco

Las tormentas serán más probables en Galicia, la cordillera Cantábrica y el entorno pirenaico, aunque también pueden aparecer chubascos dispersos en otros puntos montañosos del norte y nordeste. No se espera una lluvia continua y ordenada, de paraguas durante toda la tarde, sino episodios irregulares: una localidad puede recibir un chaparrón intenso mientras el municipio vecino apenas ve cuatro gotas.

Algunas células tormentosas podrían dejar granizo, aparato eléctrico y rachas fuertes de viento. El riesgo no reside únicamente en la cantidad de agua. Después de varios días de calor extremo, las corrientes descendentes de una tormenta pueden golpear el suelo con violencia y expandirse de forma repentina, levantando polvo, moviendo mobiliario urbano o complicando la circulación.

En Euskadi, donde se habían alcanzado temperaturas extraordinarias y noches casi imposibles para dormir, el viento del noroeste comenzará a refrescar el ambiente desde el litoral hacia el interior. La retirada del calor será gradual; por la mañana aún pueden superarse los 30 grados antes de que cambie el viento y la atmósfera empiece a respirar.

Nordeste y Baleares: todavía hasta 39 grados

La tregua será bastante más tímida en Aragón, Cataluña, el valle del Ebro y Baleares. En esas zonas persistirá una bolsa de aire muy cálido, con máximas que pueden alcanzar puntualmente los 38 o 39 grados. Zaragoza, Lleida y sectores interiores de Tarragona seguirán entre los puntos más calurosos.

También las noches continuarán siendo incómodas en el litoral mediterráneo. Las mínimas pueden mantenerse por encima de los 20 grados y, en áreas urbanas o junto al mar, acercarse a los 25. El problema no es solo dormir mal. Cuando el organismo no encuentra descanso térmico durante la madrugada, acumula fatiga y afronta el día siguiente con menos capacidad para regular su temperatura.

Por qué pueden bajar ocho grados en un solo día

El cambio se produce por la entrada de una masa de aire atlántico más fresca, empujada por vientos de componente oeste y noroeste. No llega una invasión polar ni conviene buscar el abrigo en el altillo. Simplemente se retira parte del aire extremadamente cálido que había quedado instalado sobre la Península y se sustituye por otro más templado.

La diferencia puede ser muy acusada porque el punto de partida era excepcional. Cuando una ciudad viene de registrar 40 o 42 grados, basta el giro del viento, el aumento de la nubosidad y la llegada de aire marítimo para que la máxima se desplome seis, siete u ocho grados. El termómetro baja deprisa; los edificios, el asfalto y las viviendas tardan bastante más en soltar el calor acumulado.

El aire atlántico desplaza la masa recalentada

Durante la ola de calor, una masa de aire muy cálida se extendió desde el norte de África y quedó reforzada por la estabilidad atmosférica, la fuerte insolación y los movimientos descendentes del aire. El resultado fue una especie de tapa sobre la Península: cielos despejados, suelo recalentado y temperaturas que subían jornada tras jornada.

La circulación atlántica rompe ahora esa tapa por el oeste. Al entrar aire más fresco en las capas bajas y mantenerse todavía mucho calor cerca del suelo, aumenta la inestabilidad atmosférica. El aire caliente asciende con rapidez, condensa la humedad y forma grandes nubes de desarrollo vertical. Ahí nacen las tormentas de verano: espectaculares, locales y, a veces, bastante traicioneras.

Una ola de calor que deja récords de junio

El episodio no ha sido uno más del calendario. Los datos provisionales sitúan el 23 de junio como el día más cálido registrado en España durante un mes de junio desde, al menos, 1950. La temperatura máxima media nacional alcanzó los 36,88 grados, una cifra que resume mejor la extensión del calor que cualquier termómetro aislado en una plaza al sol.

El norte peninsular, tradicionalmente asociado a veranos más moderados, concentró algunos de los registros más llamativos. Tama, en la comarca cántabra de Liébana, llegó a 43,7 grados, mientras el aeropuerto de Bilbao alcanzó 42,7. La capital vizcaína encadenó tres jornadas por encima de los 40 grados, algo extraordinario incluso dentro de la nueva normalidad climática, esa expresión algo tramposa que pretende convertir lo anómalo en paisaje cotidiano.

Las noches tampoco dieron tregua. En numerosas ciudades mediterráneas, del centro y del valle del Ebro, las mínimas no bajaron de 20 grados; en algunos puntos se mantuvieron por encima de 25. Son las llamadas noches tropicales y tórridas, nombres casi turísticos para una realidad bastante menos amable: hogares que no se enfrían, sueño fragmentado y mayor riesgo para mayores, enfermos crónicos, trabajadores al aire libre y personas que viven en viviendas mal aisladas.

El alivio térmico no elimina todos los riesgos

La bajada de temperaturas reducirá el peligro en muchas provincias, pero no borra de inmediato el impacto acumulado. Las casas conservan calor, el terreno permanece muy seco y el riesgo de incendios puede seguir elevado incluso donde aparezcan tormentas. Una lluvia breve moja la superficie; rara vez compensa semanas de sequedad.

Las tormentas secas o con poca precipitación plantean otro problema. Los rayos pueden alcanzar zonas forestales sin que caiga suficiente agua para apagar una posible ignición. A ello se suman las rachas de viento, capaces de avivar y desplazar rápidamente cualquier foco. Refrescar no equivale, por desgracia, a dejar el monte fuera de peligro.

También conviene mantener las precauciones frente al calor en el nordeste, Baleares y las áreas donde las máximas seguirán cerca de 40 grados. El fin administrativo de una ola no protege del golpe de calor. El cuerpo humano entiende de temperatura, humedad y exposición; los comunicados oficiales le interesan más bien poco.

Un respiro, no un cambio de estación

El giro atmosférico traerá tormentas al norte, un descenso contundente en buena parte del país y una noche algo más soportable para millones de personas. Después de varias jornadas abrasadoras, será una tregua real. En algunos lugares, incluso parecerá que alguien ha bajado por fin el termostato.

Pero España seguirá dividida entre dos tiempos. Al oeste y al norte, aire atlántico, nubes y máximas en retroceso; en el nordeste y Baleares, calor intenso y termómetros cercanos a 39 grados. Y tras el descenso, las temperaturas podrían volver a remontar durante los días siguientes.

La ola se acaba. El horno pierde potencia, pero no está desenchufado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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